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lunes, 29 de abril de 2013

DIA 13 Ankara-Estambul



Ya estoy en Estambul, en el hotel, en Sultanahmet, a un paso de la mezquita azul, escuchando la llamada al rezo. Mañana a las 6 de la mañana no me hará tanta gracia, pero es lo que tiene alojarse aquí. Estoy descansando un poco, hasta las 23.30, que es cuando tengo que estar en el aeropuerto para recoger a Elma, si no hay retrasos. Espero que el tráfico sea menos intenso a esas horas...

Hoy tengo que ponerle el primer punto negativo a este país. Hasta ahora, todo había sido perfecto. Pero hoy, en Ankara, he visto que las ciudades grandes son todas iguales: la gente va a su bola y la educación desaparece. No es que haya sido nada escandaloso, pero es que estaba el listón muy alto desde que llegué aquí. En todos estos días, todo ha sido espléndido, las gentes turcas con las que he tenido contacto han sido educadas, atentas, serviciales y amables, y siempre haciendo un esfuerzo por entendernos, cosa que a veces no ha sido fácil.

Ankara

Pues bien, hoy en Ankara, empezando por los empleados del hotel, siguiendo por los conductores de sus calles, y terminando por los militares encargados del mausoleo de Ataturk, todos ellos han tenido una actitud que, para nada, se corresponde con la imagen que me estaba haciendo de Turquía. En el hotel, bastante bordes a la hora del desayuno y del check out, los conductores, bastante más agresivos que en otros sitios (he visto 3 accidentes en cosa de una hora. Eso sí, en uno de ellos, mientras esperaban la asistencia, estaban tranquilamente sentados tomándose un chai, y el accidente bien señalizado con un pack de 6 cajas de leche colocadas estratégicamente 15 metros antes que los coches accidentados) y los militares del control de seguridad del mausoleo, unos prepotentes que lo flipas, y casi la tenemos nada mas empezar el día.


El casco lo he candado a la moto y sólo me he llevado la bolsa sobredepósito. Al llegar al control, arco detector de metales y scanner. Pasan la bolsa, y me dice el que yo creo que era el más tonto, que la bolsa se queda allí con ellos. Y yo le digo que ni de coña. ¿Por qué? Pues porque es muy grande, me dice el tipo. ¿Grande? No es más grande que cualquiera de las mochilas que tus compañeros están dejando pasar, le contesto. Es muy grande, me vuelve a decir.

Intento cambiar de sujeto a ver si hay más suerte y me dirijo a otro de los que estaba en el despachillo, pero no me hace ni caso, y el primero me persigue por el pasillo como una mosca cojonera. Ya veo que hemos entrado en barrena y no me va a dejar pasar la bolsa, cueste lo que cueste. Esa va a ser su gran labor de esta mañana.

Mal alimentados no se les ve...
Mi interés por pasar la bolsa no es otro más que en ella llevo las cosas mas valiosas de mi viaje, y si la pierdo, estoy seriamente jodido, por eso, me gusta tenerla conmigo en todo momento. Al final, cojo la cámara y dejo la bolsa, porque veo que la alternativa es volver por donde he venido y quedarme sin ver el jodido mausoleo, que, por otra parte, es lo único que tiene esta ciudad.

Llego al mausoleo, y os juro que si llego a saber, ni me preocupo en discutir con el tonto del pueblo. Mejor me hubiera ido. Yo no sé si es que ya estoy cruzado o qué, pero no me gusta en absoluto. Ya sabía a dónde venía, tampoco puedo decir que me pille por sorpresa, pero me parece muy soso. Además, hay militares por todos lados, demasiados, algo no me cuadra. En 5 minutos decido que me piro, y conforme enfilo las escaleras para volver al punto de control, empiezan a llegar como 25 cochazos oficiales con sus lucecitas rojas y azules en la rejilla del radiador funcionando a todo trapo. Tiene que ser algún tipo de comitiva oficial de algún país árabe, por la ropa que llevan. Yo lo sé, que he visto mucho documental de la 2. Ahora entiendo porqué está plagado de soldados.

Y a mí estas cosas sí que me ponen enfermo, ese doble rasero con el que nos miden. Seguro que algún jeque árabe lleva una bolsa sobredepósito igualica a la mía, y nadie le dice ni pío. Así es que hasta luego, Lucas. Agarro mis cosas y me piro. Tengo ganas de salir de esta ciudad. No vuelvo ni loco, y desde luego, si alguien tiene dudas de si venir o no, mi opinión creo que está clara. Antes del viaje, me habían dicho que no merecía la pena, pero ya que pasaba por aquí de camino a Estambul, pues me quedé, pero vaya...

Bueno, yo a lo mío. Me coloco mis cositas y a rodar. En 5 minutos ya se me ha pasado el cabreo, ya tengo el síndrome del casco: yo lo llamo así, y es que cada vez que me lo pongo y salgo a dar una vuelta, no puedo dejar de sonreir. Disfruto tanto, que me olvido de todo lo demás. Solo es eso: sonreir y disfrutar, y esta vez no iba a ser distinto.

En el camino hacia Estambul no me encuentro nada reseñable. Apenas hago fotos, y algún que otro vídeo, pero por hacer algo. Es que si no, me da la sensación de que no estoy haciendo los deberes.

Paro a comer en una pizzería que veo al borde de la carretera, desde donde escribo la mini crónica de los enanos, que se me olvido ayer. Esa es la clase de gente que yo espero encontrarme en este pais, personas sin malear, tan inocentes y tan honestos. No olvidaré fácilmente las miradas de esos dos críos, os lo aseguro.

Bueno, y ahora, lo mas excitante del día: la entrada a Estambul en hora punta, pa que lo flipes!! Las retenciones ya se empiezan a formar cuando en mi GPS dice que me falta 40 kilómetros para llegar a mi destino. ¡40!

Curiosa decoración en Sultanahmet
Mi intención inicial es tomármelo con calma y respetar las normas, aunque nadie en toda la ciudad lo haga. A los 2 minutos, estoy de los nervios, no hay manera de avanzar, así que poco a poco, me voy metiendo en harina, y cada minuto que pasa, me la suda un poco más infringir todas las normas de tráfico habidas y por haber, hasta que me mimetizo tanto en el ambiente, que conduzco como ellos, es decir, sálvese quien pueda! Hueco que pillo, me meto. Los arcenes son un carril más. Los pivotes están ahí para practicar la gynkana. Y en menos de nada, estoy disfrutando como un niño, aunque, eso sí, este juego es bastante peligroso. No recomiendo hacerlo muy a menudo. Hoy ha salido bien, pero cualquier imprevisto hubiera acabado en accidente, y mi objetivo número uno en un viaje así es, sencillamente, no tener accidentes para no arruinarlo todo.

Después de un buen rato de conducción suicida, llego al hotel sudoroso y con subidón de adrenalina. Me reciben con una cervecita, gran detalle, así sí, coño!!

Y en unas horas, al aeropuerto. De aquí al domingo no prometo nada, no sé cuándo escribiré ni cuánto, me voy a relajar un poquito. Más aún, si cabe. Pero a partir del domingo, back to work. Prometido. Hasta pronto. Besos y abrazos.









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