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viernes, 3 de mayo de 2013

DIA 16 Capadoccia-Antalya



Una cocina-cueva

El comedor del hotelillo-cueva donde nos alojamos es, en sí, otra pequeña cueva, con mesas corridas, donde te sientas junto con el resto de huéspedes. En la cena estuvimos junto a una pareja de eslovenos, que viajan con su niño de 6 años, y tuvimos un rato bastante agradable. El resto de huéspedes son franceses, los hay a montones. Demasiados para mi gusto. Lo siento, no los soporto. Sé que no está bien generalizar, pero es así, no los soporto!! Ya lo he dicho...


Al rato, aparecieron 4 músicos con instrumentos típicos de la Capadoccia, y dieron un pequeño concierto, con sus peculiares sonidos.

Elma en un alarde de actividad
¡Qué agusto!

Y en el desayuno, las mismas mesas corridas, con lo de siempre, pero aquí, la diferencia eran las mermeladas. Había de 6 tipos, todas caseras, y ricas tirando a muy ricas. A mi lado, un guía turístico, al que miro como una presa a la que sacar información. Él se da cuenta, pero no le importa, le encanta hablar, y le gusta escucharse. Le pregunto por los mejores sitios, y lo más importante, para intentar aprovechar el tiempo al máximo. Me comenta que en 3 días se puede ver la Capadoccia estupendamente. Nosotros tenemos una mañana, así que empieza a resumir, chaval. 


Al ir en moto, tenemos la ventaja de que nos movemos muy rápido, y sin tener que esperar a que todos los japoneses se monten en el autobús con sus miles de fotos y millones de souvenirs. Me da un mapa con lo esencial, y con eso, vamos listos.

Empaquetamos y nos movemos. Día soleado de nuevo. Os juro que no he hecho un pacto con el diablo, palabrita del Niño Jesús.

Formaciones espectaculares en el medio de la Capadoccia
Salimos de Avanos hacia Zelve, donde hay lo que llaman un museo al aire libre, es decir, formaciones típicas de aquí, pero, en cierta manera, protegidas. Digo en cierta manera, porque  la verdad es que cuidan bastante poco su patrimonio cultural y natural. Hay bastante basura y las infraestructuras están muy descuidadas. Pero supongo que así les sirve. Llevan muchos años siendo el destino turístico por excelencia de Turquía. Y no me extraña. Los paisajes son más que espectaculares. Empiezo a castigar al disparador. Está teniendo trabajo extra estos días, pero aguanta como un campeón y no se queja ni una sola vez.

Un pequeño refrigerio

De ahí a Göreme y Uçhisar, dos de las poblaciones mas conocidas de la zona. Uçhisar está en una colina y arriba del todo tiene un castillo, siendo este el punto mas alto de la Capadoccia, desde donde se ve todo, todo, todo. Norte, sur, este y oeste. Y aunque sí que es verdad que, como dicen por aquí, es único en el mundo, no dejo de pensar que todos estos paisajes me recuerdan muchísimo a las Bardenas Reales, en el sur de Navarra, y no es que esté barriendo para casa, lo digo como lo siento.

Ciudad-cueva de Kaymakli

Y para finalizar nuestro periplo capadócico, cruzamos Nevsehir y paramos en Kaymakli, donde hay una ciudad subterránea construida debajo de la ciudad exterior, y que era donde se refugiaban sus habitantes en caso de ataque. El sitio es claustrofóbico, tengo que ir agachado la mayor parte del tiempo. Los pasillos son tan estrechos y bajos, que voy en cuclillas y mis hombros y cabeza rozan en las paredes. Sé de más de uno que yo conozco, que no pasa por aquí ni de coña. Y no voy a dar nombres. Todo esto, con lámparas cada pocos metros y flechitas que te indican el camino a seguir. Me imagino lo dura que tenía que ser la vida aquí, iluminando esto con antorchas y cocinando no sé cómo, al margen de otras comodidades que es imposible mantener en estas condiciones. Cómo han cambiado las cosas, al menos para nosotros, amigos del primer mundo.
A las 2 de la tarde, a la carretera de nuevo, dirección Antalya, hacia la costa del Mediterráneo. Nos separan 600 kms del ala, así que toca darle un poco de alegría al puño y retorcerle la oreja a la moto.

Y mira, a veces, la alegría dura poco. Y en este caso, así fue. En una de esas rectas kilométricas y aburridas que hay por esta zona y en las que no controlas muy bien la velocidad a la que vas, me encuentro de frente con un coche de policía parado en la mediana. ¡Mierda, el radar! Pero ya es tarde, hasta le veo la cara al tipo que está dentro, mirándome con cara de pocos amigos. Seguimos adelante, pasan los kilómetros, y nada. Incluso pienso en meterme por alguna pista de las muchas que hay por aquí y salir vaya usted a saber donde. El caso es que no lo hago, y parece que nos libramos de esta.

Pero mire usted por donde, que va a ser que no. Como 8 kilómetros más adelante, cuando casi se me había olvidado la jugada, veo otro coche de policía. A la desesperada, intento ocultarme detrás del camión que llevo delante, pero el truco del avestruz, como os podéis imaginar, no funciona. El poli de turno me indica por señas que pare en el arcén. Me han pillado. Pues nada, a ver que me cuentan.

Pasaporte, documentación, chaval, que ibas a toda ostia. ¿Si? pues no me he dado cuenta, se lo juro, señor agente. Pues la maquinita de hacer dinero dice otra cosa. Tiene que haber sido un error. Pues no, chaval, no. Voy a tener que crujirte. No me diga. Sí le digo. Vaya.

Muchísimas gracias, señor agente...
Ya, si eso, pago el año que viene...
Todo esto, por señas, claro. Mi turco aún no es fluido. A todo esto, justo detrás de mí, han parado a un coche, otra víctima que ha caído en sus garras. El conductor es turco, pero vive en Holanda, y, por supuesto habla inglés. Los polis lo usan como traductor. Me van a follar, aunque eso ya lo sabía yo hace un rato, que soy un tío muy avispado. Y me dice que tengo que presentar la denuncia en el control de aduanas antes de salir del país, y pagar allí. ¿Cómo? Aquí se acaban mis intentos de escabullirme. Si no me hacen pagar al momento, como se hace en España con los extranjeros, la llevan clara, no pago ni de coña!! Siguen parando coches, en un momento, estamos allí parados 6 vehículos. Parece que nos ha tocado el equipo de radar mas hijo puta del país. Me vienen ciertos pensamientos a la cabeza, que alguno los sabrá identificar. Juas.

Recupero mi documentación y salimos de allí cagando leches, no vaya a ser que cambien de idea y pretendan cobrarme in situ.

Pero no todo iban a ser malas noticias. A los pocos kilómetros, se enciende el chivato de la gasolina, y es que ya se sabe que cuando tú corres, la gasolina vuela... En la primera gasolinera nos dicen que no hay sin plomo, cosa que dudo. Luego, pensando, llegamos a la conclusión de que al ser una moto, compras pocos litros y encima, al ser extranjero, seguramente pagas con tarjeta, así que igual no les compensa la molestia. No pasa nada, nos vamos a la siguiente. Total, hay gasolineras cada kilómetro y medio, es increíble.

En esta, la actitud es completamente distinta. Vienen dos personas, con una gran sonrisa los dos. Llenan el depósito, y al terminar: ¿Chai? Hombreeee!! Esto sí! Ya estaba echando de menos la hospitalidad turca. Pues claro que chai, majete, gustosamente. Nos sacan sendos tés y nos sentamos en las sillas de plástico que tienen para gente como nosotros, y el que parece ser el jefe, se sienta a nuestro lado para darnos conversación. Bueno, conversación, lo que se dice conversación, no es, pero un rato la mar de agradable, sí. Además, he llegado a la conclusión de que, en estos casos, lo mejor es sacar el mapa, y eso ayuda un montón a enterarte de algo, además de pasar un rato bien divertido. Que si de dónde vienes, a dónde vas, cuantos días, ¿en moto desde España?, tú no estas bien, tronco, haztelo mirar urgentemente, y esas cosas...

Tras la paradita de unos 20 minutos, continuamos ruta. El paisaje va cambiando. De las rectas interminables y campos amarillentos, vamos pasando a carreteras de montaña y densos bosques de pinos. La carretera, de repente, aparece mojada. Ha llovido no hace mucho, pero a nosotros no nos ha caído ni una gota. Lo que ocurre es que el agua ha provocado que todos los olores de la montaña se despierten y se mezclen. El olor es tan penetrante, que levanto la visera para para que no se me escape nada. ¡Qué placer para los sentidos!

Y al final, el mar. El Mediterráneo, al fondo, a lo lejos. Pero allí está, acercándose poco a poco. Esta es la manera de viajar, estoy convencido de ello, poco a poco, llegando a los sitios por tierra y mimetizándote en ellos, con disimulo. Y además, te evitas el jetlag, que no es poco.

Ahora, en el Hotel Sydney, en la costa de Antalya, con playita privada y desayuno con vistas al mar. No es por joder, os lo aseguro. Besos.



PD: Esto ya sí que es por joder, a dañar...no han dado ni las 9 de la mañana y ya nos hemos dado un bañito en el mar...uuffff, qué placer!!







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