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domingo, 5 de mayo de 2013

DIA 17 Antalya-Pamukkale-Efeso-Estambul




Voy con un poco de retraso, así que a currar!!

Dejamos el hotel Sydney y, con él, la zona de Kemer, en Antalya. Para que os hagáis una idea, es como Salou, pero en ruso. Hoteles en primera línea de playa y restaurantes con cartas sólo en ruso, con comida rusa y con gente de Rusia, es decir, rusos. Me esperaba otra cosa. Igual es que no he encontrado el sitio correcto, que seguro que lo habrá, pero desde luego, en ese sentido, no ha habido suerte. Eso sí, el baño en el Mediterráneo ha sido una de las sorpresas agradables de este viaje.

Salimos dirección Denizli, con el objetivo de ver Pamukkale, uno de los platos fuertes de cualquier viaje a Turquía que se precie. Cita obligada, vaya. Y como consecuencia de estas citas obligadas, ya sabes: miles, ¿qué digo?, millones de turistas por todos lados. Es el peaje.

A los pocos kilómetros, hay que repostar, ya que no llené el tanque el día anterior, y la moto tiene un poquillo de sed. Pobrecilla. Como siempre, desde que decido repostar hasta que aparece la primera gasolinera, pueden pasar, como mucho, 5 kilómetros. No más.

Venga, vamos a boxes. Como casi siempre en este bendito país, tras darle de beber a la moto, nos ofrecen de beber a nosostros: "¿Chai?" dice el gasolinero. Yo ya, ni dudo: "Venga, maestro". Pero hoy, la cosa no se queda ahí. La moto es un cementerio de insectos rodante: tengo mosquitos, avispas, mariposas y demás bichillos voladores , que se empeñaron en su día en que querían hacer el viaje conmigo, y ahí están, sin decir esta boca es mía. Pero ahora, es el gasolinero el que se empeña en que eso no puede seguir así, que no puedo ir con esas pintas por su país, así que casi me obliga a mover la moto al lado de su manguera de agua a presión mega último modelo de la marca "Quita Que Voy", y le mete un fregado a la burra, que a los 5 minutos parece que me la han cambiado. Impecable, oiga.

Por supuesto, el tío se niega, casi ofendido, a aceptar el dinero que le ofrezco por sus servicios. Aquí se paga la gasolina, y punto. Aunque, ahora que lo pienso, a 2 euros el litro, ya está bien pagado, ¿no?. Pero el detalle es el detalle. Muchísimas gracias, caballero, y hasta la próxima.

30 kilómetros antes de llegar a Denizli, el cielo se pone negro, como de tormenta de verano. Hace mucho calor y las nubes se están formando a toda velocidad. Entonces, al borde de la carretera, vemos un mercadillo de verduras local, y digo local, porque allí no han visto un extranjero en su vida, o al menos, así me lo parece a mí, por sus caras cuando damos un pequeño paseo entre los puestecillos de frutas y verduras, mientras fuera, diluvia durante los 20 minutos que dura nuestra visita.

Mercadillo local
Nos aborda un vendedor de frutos secos, y el tío me cae bien, es salao el jodido, y no se corta un pelo, como a mí me gusta. Le pido permiso para grabar, sabiendo de antemano la respuesta: sin problemas, chato. Lo cierto es que pido permiso, a veces, por un mínimo de educación. Hay gente a la que no le sienta bien que le pongas una cámara en las narices y empieces a grabar o fotografiar su vida. Pero este es de los que no le importa, incluso le gusta, y hace poses y posturitas. Un crack, vamos. Su mujer, al lado, sin decir nada, como siempre. Sólo observa, no opina. Es la tónica general en este país. Ahí sí que les queda mucho por evolucionar, aunque al ser un tema tan arraigado, cultural y religiosamente, veo el tema de la igualdad de sexos bastante complicado. A ellas no se les ve trabajando en ningún sitio, salvo alguna excepción, como es este caso, en puestos de venta, en mercadillos y demás. En otros sitios, nada de nada. Supongo que se dedicaran a estar en casa, cuidando de los hijos y tal. Ellos son majísimos y amabilísimos hasta el extremo, en cambio, de ellas, no puedo opinar. Puedo contar con los dedos de mi mano derecha las veces que he hablado con una mujer en este país, y me sobran dedos. Hablé con la madre de un vendedor en la Capadoccia, crucé 4 palabras, más bien 4 gestos, y al ir a despedirme e intentar estrechar su mano, se escabulló como pudo, para evitar cualquier contacto físico con un hombre en público. Lo tenía que intentar, aunque me imaginaba la reacción.
En fin, que me voy por las ramas. Le compramos unos frutos secos al chaval, unas fotitos para el recuerdo, y como ha dejado de llover, continuamos hacia Pamukkale, a donde llegamos poco después, tras cruzar Denizli y seguir los millones de señales que hay indicando el camino. Imposible perderse. Me temo lo peor.

Piscinas naturales en Pamukkale
Y, efectivamente, al llegar, nos encontramos los tres parkings inmensos que hay, a rebosar de autobuses. Como me dijo un señor al que no soporto, hace tiempo: "no se puede comprar merluza grande, que pese poco". Pues eso, no se puede pretender visitar un sitio tan extraordinariamente bello y famoso por mérito propio, y que seas el único que lo hace. No.

Hay que mentalizarse e intentar abstraerse de todos los japos y demás seres a una cámara compacta pegados, que pululan por el lugar. Por supuesto, con el mismo derecho que yo, pero hablando de derechos, yo también lo tengo: a sentirme agobiado en semejantes aglomeraciones. Hay a quien le gusta estar en sitios así, e incluso disfruta disfrazado en medio de la masa. Yo no puedo. Cada vez me cuesta más. ¿Me estaré haciendo mayor?

Increíble la belleza del lugar!!
Comenzamos el ascenso, y para el que no lo sepa, Pamukkale es una formación natural que por las singulares características del terreno, y con el paso de los siglos, han ido apareciendo una serie de piscinas naturales (y hoy en día, algunas artificiales), gracias a la sedimentación de roca caliza, formando una especie de cascada congelada, completamente blanca, que en un día soleado como hoy y sin gafas de sol, por capullo y haberlas olvidado en la moto, hacen que abrir los ojos sea una tarea complicadilla. Si es que pareces novato, joder! Mira todos esos japos, no se les ha olvidado a ninguno. Aunque tampoco se les ha olvidado la cara de pánfilos. Uy, ¿he vuelto a pensar en voz alta?.

Recorremos la zona de arriba a abajo, y en la parte más alta, la densidad de turista por centímetro cuadrado disminuye sensiblemente. La gente es vaga hasta para esto, pero mejor para nosotros, que disfrutamos de unos momentos de tranquilidad entre tanta belleza. Creo que Pamukkale significa castillo de algodón, y si realmente es así, el nombre le viene que ni pintado. Cuando veáis alguna foto lo entenderéis.

Vista general de las laderas de Pamukkale
A la vuelta nos damos un bañito que nos deja la ropa y el cuerpo recubiertos de un polvo blanquecino, que es el que provoca todo esto, así que tan contentos con nuestra ropa teñida.

Al llegar a la moto, cervezota que te crió. Nos la merecemos después de semejante pateada.

Escuchando las batallitas de Robert
Sentados en unos sofás estupendos al pie de la carretera, escucho un sonido familiar. Ese runrun característico de un motor boxer como el mío. Aparece un tipo grandote montado en una 1150 GS de hace unos añitos, pero espectacular, ella. Como un burro de carga la lleva el tío. Le saludo y se acerca. Comenzamos las presentaciones y se sienta con nosotros a compartir experiencias. Aunque más experiencias tiene él, pero bueno. Se llama Robert, es de Arizona, y es piloto, no sé si comercial o militar, no me queda muy claro. Él da a entender que comercial, pero mi sexto sentido me dice que este tío ha bombardeado algún que otro pueblecillo afgano o iraquí. Lleva 4 años viajando con su moto alrededor del mundo, y le quedan otros 2 años para completar la vuelta al globo. Trabaja 50 días, y viaja durante 3 semanas, deja la moto donde esté, vuelve a trabajar 50 días, contándolos, para volver a su último destino y recuperar su máquina para continuar. Soltero sin hijos, como no podía ser de otra manera, pero como él dice, es la manera que él ha decidido de vivir su vida. Decidió en su día que quería ver el mundo con sus propios ojos, y en ello está. Parece buen tipo, un poco friky, pero gracioso para hablar con él durante una hora. Ya no le caben mas banderas en la chupa BMW que lleva, así que le ha colgado un par de cintas de tela sujetas con 2 tuercas (como lo cuento), y ahí va cosiendo mas banderas de los diferentes países por los que pasa.

Después de esa agradable charleta con Robert, es hora de moverse. Se nos está haciendo tarde y tenemos planeado ir a Izmir para ver mañana las ruinas de Éfeso, otra cita obligada.

Sin entretenernos más, retorcijón de oreja a la moto, y a hacer kilómetros. Llegamos a Izmir de noche, y nos metemos en el primer hotel decente que encontramos. Un poco caro, la verdad, pero creo que es dinero bien invertido, sobre todo cuando llevas todo el día sin parar a más de 35 grados de temperatura.

Descubro que he cometido un error, y es que, Éfeso no está en Izmir, sino en Selçuk, a unos 80 kms al sur. Una pequeña cagada, por que mañana tenemos que bajar para luego volver a subir, dirección Estambul. Eso me pasa por no revisar mis notas, que mezclado con mi memoria prodigiosa, pues dan como resultado este tipo de cosas. Un mal menor, de todas formas.

A la mañana siguiente, salimos temprano para Selçuk, y llegamos a buena hora, no sin que antes me vuelvan a parar en un control de velocidad, que ya ni siquiera me preocupa, porque visto lo visto, no voy a pagar ni un duro. Pero mira por donde, va, y el poli, tras preguntarme de dónde soy y a dónde voy, me dice que puedo continuar. Yo creo que con los 3 o 4 coches que tenían parados a esa horas, ya habían hecho el cupo hasta la hora del almuerzo, así que sin preguntar nada más, salimos de allá sin mirar atrás.

Me quedo con ganas de preguntar porqué se centran única y exclusivamente en los controles de velocidad, que los hay a cientos, a lo largo y ancho de Turquía, y no se preocupan por la gente sin casco, 4 pasajeros en una moto, 7 en un coche, gente viajando en cualquier tipo de remolque, cinturones de seguridad como si se los ahorran, y demás barbaridades que he visto en todos estos días. Supongo que es más cómodo y más rentable poner a 2 polis cada 10 km y sacudir estopa a diestro y siniestro, y a la seguridad vial, que le den por culo. Digo yo.

Éfeso. Pues más de lo mismo. Hordas de turistas sin control por todos lados, aparte del dinero que te soplan por respirar el aire de estos sitios. Pero una vez más, hay que pagar el peaje, y así lo hacemos. Al igual que en Pamukkale, en cuanto te sales del circuito típico, ya no es necesario sacar los codos para hacer fotos, y nadie te empuja, ni te insulta, ni te veja...ay, que me he confundido de historia, perdón.

No estamos demasiado tiempo aquí, está bien, pero como suele pasar con estas cosas, no te sorprende nada. Recuperamos las chupas y cascos de la tienda donde los hemos dejado, después de comprar unos souvenirs para la family.

Y de ahí, una visita aún más rápida a la Casa de la Virgen María, que no es más que otro sitio de culto, donde no está muy claro si es cierto o no (seguramente no), y de nuevo, te sangran hasta la saciedad. Fotos de turista, y a la carretera de nuevo. El plan era ir a ver las ruinas de Troya, pero va a ser imposible, no hay tiempo, así que cambiamos de ruta y nos ahorramos unos 200 kms, que a estas alturas de la película, y teniendo el culo como lo tengo, suena a música celestial para mí.

De todas formas, hoy se hace más llevadero, porque hacemos paraditas estratégicas cada menos kilómetros, sin estirar demasiado, que ya se sabe que si tensas mucho la goma, al final se parte. Suavecito. Y parece que hay un poco de suerte, y de las decenas de controles de velocidad que vemos por el camino, no nos paran en ninguno. ¡Mejor!

Al final, llegamos a Estambul de noche, otra vez. No hay manera de llegar a los sitios a una hora religiosa. Nos alojamos en un hostel a 5 minutos del aeropuerto. El vuelo de Elma sale muy temprano y no es cuestión de andar perdiendo el tiempo a esas horas intempestivas. Nos quedan unas 4 horas de sueño, un poco escaso, pero suficiente para ir tirando.

Llegamos al Atatturk con tiempo de sobra. Check in, un poco de charleta, y despedida. Los dos nos quedamos tristes, han sido unos días buenísimos, intensos, y todo ha salido bien, sin contratiempos. Más no se puede pedir.

Ahora me toca a mí continuar en solitario, tengo otras 2 semanas por delante, así que seguimos con la aventura. Desearme suerte. Besos.




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