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jueves, 25 de abril de 2013

DIA 8 Monasterio de Rila-Estambul



La ventana de mi habitación no tiene ni cortinas ni persianas, así que me despiertan los primeros rayos de sol a eso de las 7 de la mañana. He dormido como un niño. La ventana da a un riachuelo que pasa por detrás del monasterio, y el sonido del agua corriente aún me ha hecho dormir más profundamente. La verdad es que necesitaba una nochecita de estas, tanquilidad y sueño reconfortante.

Lo primero que hago al levantarme es abrir la puerta de la habitación, con la cámara en la mano de nuevo, con la intención de hacer esas fotos con buena luz que no pude hacer anoche. El sitio vuelve a estar apoteósico: fresquito, despejado, nieve en las cumbres colindantes y el mismo silencio...no se oye absolutamente nada. El sitio es mágico. A mí, así me lo parece, lo mires por donde lo mires.

Vuelvo a disparar como tropecientas mil veces, una y otra vez, no puedo parar. Sé que, seguramente, no caiga por aquí otra vez en mi vida, así que esta es una de esas oportunidades que, o la tomas, o la dejas...la tomo, claro que la tomo!

Tras una ducha sin cortinas ni plato, donde el agua cae directamente al suelo, mojándolo todo, recojo los bártulos y abandono este sitio que no se me olvidará en la vida, os lo aseguro.

Conforme salgo por la puerta y empiezo a cargar mis cosas en la moto, llega un autobús lleno de gente. Justo a tiempo! Me libré! Poco después me doy cuenta que son los empleados del monasterio: tiendas de souvenirs, oficinita de correos, limpieza... y cada uno se dirige a sus puestos a comenzar la jornada. Los turistas no tardarán en llegar, así que, antes de que me empiece a erupcionar la piel, arranco y me voy.


Hoy tengo buena kilometrada si quiero llegar a Estambul, así que me dejo de tonterías y cojo la autovía dirección Sofía. Tengo que desandar un poco. Vuelvo a tener un día estupendo, sol radiante, y conforme voy bajando las montañas donde esta enclavado el monasterio, voy viendo como sube el termómetro de la moto desde los 6º de arriba hasta los 15º de abajo, y eso al punto de la mañana, que aún no aprieta el sol.

Sigo sin pegatina de Bulgaria para mi moto. Ayer en Sofía fue imposible dar con una, así que cuando llego a Plovdiv, lo primero que hago es agenciarme una. Tras preguntar en una pequeña tienda de escudos que veo de pasada, ellos no tienen, pero me indican una tienda de souvenirs un poco más abajo donde podría encontrar lo que busco. Me atiende una señora mayor a la que pregunto si habla ingles sabiendo la respuesta de antemano. Efectivamente, no me equivoco, y comienza el baile de los signos. Lo que está claro es que, si hay voluntad, te entiendes con cualquiera, y esta vez no iba a ser menos, y tras un pequeño teatrillo al que ya me estoy acostumbrando, la señora saca de un cajón un fajo de pegatinas que no lo abarca con la mano. Venga pegatinas!! No me entretengo, cojo la segunda que veo. Me sirve y punto, tampoco tiene que ser una obra de arte.
Después me siento en una terracita, previa comprobación de que hay wifi disponible, y con una cervecita y el portátil encima de la mesa, me dispongo a colgar la crónica del día anterior en Rila y a contestar algún que otro mensaje.

El camarero, al enterarse que soy español, intenta la estrategia del buen rollito, y empieza a sonar música en castellano. Agradezco el detalle, pero la mitad no las conozco y la otra mitad es una mierda. Pero la intención es lo que cuenta ¿no?

Conduzco durante otro par de horas. El GPS me la vuelve a jugar. El aparatito en cuestión es, a mi forma de entender esto, básico, porque te saca de mil y un apuros, y ya no concibo viajar sin él. Pero cuando se pone tonto, me sale así, como de dentro, unas ganas terribles de sacarlo de su soporte y cuidadosamente echarlo a las ruedas de cualquier camión que amablemente pase por ahí en ese momento. Pues esta ha sido una de esas veces. Iba yo a mi bola por la autovía, cuando he visto una señal que indicaba Estambul, pero según el cacharro, tenía que coger un desvío como 5 kms más adelante. Ante la opción de obedecer a mi sentido común o al aparatito de los cojones, ya sabéis cual es la respuesta. Espero al desvío de más adelante, y nada más incorporarme a la nueva carretera, me doy cuenta que no soy el mas listo de la clase: si es que estaba bien claro, ESTAMBUL, pero no, me la tenía que jugar. Pues nada, aproximadamente han sido 40 kms de infierno, con unos cráteres del tamaño de un balón de reglamento, pero nada más.

Después del esfuerzo, mi reloj estomacal anuncia su llegada en modo de rugido. Unos días toca gorgoteo; otros, retorcijones. Pero hoy, rugido. Así que paro urgentemente, que con estas cosas no se bromea. Y me zampo el primer kebab, que no el último, de este viaje. Dios, es enorme!! Esto compensa el mal rato del GPS. Si es que soy de un agradecido...Café rápido y a la moto. No me quiero entretener porque el tiempo vuela, y me va a pasar lo de todos los días. Aún me queda un buen trozo.
Un poco contento sí que se me ve...

Por fin, y tras una semana de viaje, avisto la frontera de Turquía. Además, me pilla por sorpresa, porque estaba adelantando a un montón de camiones parados en el arcén, pensando que habría habido un accidente, y resulta que era la cola de la aduana. Mejor dicho, la fila.

Aquí si que hay un poco más de control: pasaporte, documentación del vehículo y carta verde. Además, hay que pasar por caja. Son 15 euros o 10 libras, que lo había leído en un foro, y yo, que soy un tío avispado, tenia un billete de 10 pounds que me sobró de la última vez que estuve en Inglaterra, y no se me ocurrió mejor manera de gastarlo que ésta. Tras pasar por cuatro puntos de control distintos, me encuentro oficial y legalmente en Turquía. Subidón! Fotos con el típico cartel y salgo zumbando. Al ataqueeee!!!

Aún me quedan 200 y pico kilómetros, y ya empiezo a estar cansado. Los hago todo lo ligero que puedo y un buen rato después empiezo a entrar en lo que puede ser la afueras de la ciudad. Hoy no llego al centro. Me puse en contacto con un turco, miembro de un motoclub, y que me pareció que podía ser buen tipo, y arreglé con él para que me reservase un hueco en su taller de confianza para ponerle los zapatitos nuevos a mi máquina, que ya le hacen falta, y así de paso, a ver si me los quito de la chepa, que ya estoy un poco hasta los eggs.

Desayuno en el Kuzgun Motor Adventure, rodeado
 de buena gente
Tras jugarme la vida en las carreteras de acceso a Estambul, sorteando toda clase de conductores suicidas mientras intentaba escuchar lo que me decía el dichoso GPS, llego al motoclub, y sorpresa, hay 4 tíos esperándome: 2 turcos, un ingles y un japones. Y resulta que son 2 eminencias en este mundillo. El inglés, Adam, lleva 7 años en la carretera, y se ha recorrido el mundo entero, pero en profundidad. Ahora está en su tercera moto. Y el japo, Yoshi, lleva también 3 añitos rulando por ahí. Casi nada con la parejita. Están esperando el visado para salir hacia Irán. Les hago la ola a los dos. Y aquí estoy, en el motoclub. Me quedo aquí a dormir, me dejan un sofá, y la pareja feliz por ahí andan tirados. Cutre de narices, sin ducha ni nada, pero entre la hora que es y la paliza que llevo, como para ponerme a buscar algo, aparte que es exactamente donde quiero estar. Tengo mucho que aprender de estos dos. Yo aún sigo acelerado, sigo con nuestro ritmo de vida, tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro, tengo, tengo, tengo.... Estos dos están absolutamente relajados, llevan aquí tres semanas esperando un visado que no llega por no se qué problemas burocráticos, y los tíos no se les ve ni preocupados.
Esto es una cúpula, y no la del Vaticano

En fin, mañana sera otro día y espero que os esté molando. Abrazo.

Yoshi, el japonés errante

















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