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sábado, 27 de abril de 2013

DIA 11 Samsun-Trabzon-Monasterio Sumela-Gümüshane



Las vistas de mi habitación, esta vez, no es que sean las mejores del mundo: la ventana da a un patio de 1x2. Si extiendo el brazo, toco la pared de enfrente. Por lo demás, el hotel está bien, y lo mejor, el buffet: cómo mola eso de bajar y que esté todo preparadito, listo para ser devorado. Desde las ventanas del comedor sí que veo la calle, y con esas vistas, dos buenas noticias: la primera, que la moto está exactamente donde la dejé, y la segunda, que vuelve a estar despejado y con un sol radiante.

Como cada día también, lo primero de todo es darle de beber a la moto, así que paro en la primera gasolinera que veo. Lleno, por favor, que se suele decir. Hoy me toca un gasolinero rechoncho y afable, que lo intenta con ahínco, pero es difícil comunicarse así. Al final, después de pagar, algo que entiendo: ¿Chai? Joé, que afición al té tiene esta gente. Bueno, no sé si al té o al descansito que implica, que con la tontería del chai y la novedad del chalao español, nos juntamos 6 o 7 personas en el despacho del jefe. Otra cosa que da mucho juego es la cámara del casco. En cuanto se fijan en ella, yo les digo que saluden, y ahí ya empieza el teatro, cada vez es distinto, pero siempre muy divertido. Me rió un montón con las chorradas que le da por hacer a cada uno. Tengo ya horas enteras de grabaciones, voy a necesitar un curso intensivo de edición de vídeo a mi vuelta, así que si alguno de los que andáis por ahí, controla un poco del tema, aceptaría gustoso unas clases particulares.

Me ofrecen un segundo chai, pero ya no lo acepto, porque si no, no me muevo de allí. Continúo por la misma carretera que me trajo a Samsun. Doble carril y buen asfalto. Hoy los kilómetros caen rápido, tengo tarea por hacer y no me entretengo. Además, tampoco hay nada reseñable. La carretera esta salpicada de pueblos que son un calco unos de otros, así que hoy no tengo problemas de conciencia con el tema de las fotos. De hecho, no hago ninguna hasta la hora de comer.

Es en Espiye donde decido parar a comer. Desde fuera, el pueblo aparentaba ser un ejemplo de urbanismo, con aceras amplias e incluso con rebajes, y jardines también amplios y bien cuidados. Pero al adentrarme un poco entre sus callejuelas, veo que es como todos, calles sin asfaltar, muchos edificios en ruinas y bastante basura por el suelo. Pero tiene un ambientillo que me gusta, así que me doy un par de vueltas por el centro, grabando desde la moto, y decidiendo dónde me siento a comer. 

Varias generaciones posando en Espiye
No lo tengo nada claro, así que en un momento dado, paro la moto para estirar un poco las piernas y se me acerca un grupillo de niños de unos 10 años, chapurreando inglés con mucha más soltura que sus mayores. Así que intento cruzar alguna frase con ellos para pasar el rato. Entonces, de la nada, se incorpora un chaval un poco mayor, y luego un par de adolescentes, y más tarde algún que otro abuelo, y en cuestión de un par de minutos, hay montado un guirigay en medio de la calle, que parece eso la Gran Vía en hora punta. A veces me preguntan algo, y yo respondo como puedo. Otras veces, empiezan a hablar entre ellos a toda velocidad, y se olvidan que estoy ahí y que no entiendo un carajo de lo que dicen. Ya tengo el ranking de las preguntas estrella: la primera es de dónde eres, la segunda, cuánto vale la moto, y la tercera, ¿estás solo?

Cuando les respondo que sí, se quedan sin habla, como si realmente les importara, y noto cierta sensación de lástima hacia mí. Curioso, ¿verdad? No se dan cuenta que esto es una decisión propia. A ellos no les entra en la cabeza el estar solos, y muchos menos, hacer cosas solos. Para qué, si puedes hacerlo acompañado, piensan.  

Al poco rato, se aburren de mí, y uno a uno se despiden estrechándome la mano y deseándome suerte, menos los mas peques, que a ellos les choco la mano. Unos críos muy sanotes, me han parecido. Y allá que se van, con su jefecillo a la cabeza, que es el que lleva el balón de fútbol, y que también será el que hace los equipos, por supuesto. Si es que ya se nos ve venir desde pequeños, ¿no os parece?

Entro a comer en un restaurante pequeñito que está a la vuelta de la esquina. Allí me encuentro a padre e hijo, los dos currando, aunque ahora hay poca gente en el sitio. Le hago entender que quiero comer lo que ha comido él. Le cuesta entenderme pero al final, me pilla. Me dice: te voy a hacer una pizza alargada con un montón de ingredientes que te vas a chupar los dedos, chaval! Todo ello en un perfecto turco con acento del norte. 

El chaval es el que se encarga de mi gozo y disfrute durante la próxima media hora. Empieza a estirar la masa y le pregunto a ver si le importa que le grabe mientras lo hace. No problem, es la respuesta. Parece la respuesta nacional. Nadie tiene "problem". ¡Qué envidia!
Çelik en plena faena

Parece que esta tocando el piano, de lo suave que lo hace. Se toma su tiempo, no tiene prisa...pero yo sí, coño! Tengo un hambre que me muero. Le pone los ingredientes y me va explicando todo lo que le echa, paso por paso. Después le da forma, y le pone queso y un huevo por encima, y con una pala larga de madera, de estas de panadero, la mete al horno para que se vaya haciendo. 

Mientras tanto, el padre me enseña fotos de su otro hijo. Vive en New Jersey con su mujer e hija, y cuando me las está enseñando le brillan los ojos, no sé si de emoción o de orgullo o de las dos cosas juntas.

Yo le pregunto al hermano a ver si no ha pensado en saltar el charco. Su cara es un poema y hace gestos como si estuviera amasando una base de pizza imaginaria. Lo que quiere decir es que él no se puede ir porque se toma su trabajo muy en serio, y no puede dejar el negocio. En resumen, que su sitio está en Turquía y no en ninguna otro parte.

La pizza sale del horno y tiene una pinta que te mueres. ¡¡Al ataque!! ¡Soy muy feliz durante esos breves momentos que tardo en devorarla!

Çelik, que así se llama el chef, me da toda clase de detalles sobre cómo llegar a Trabzon y posteriormente, al monasterio de Sumela, que es el punto mas oriental al que voy a llegar en este viaje. Me despido de la familia que me ha dado de comer tan amablemente, y parto hacia el Este, lo poco que me queda.

Monasterio de Sumela
Un ratito más tarde me topo con Trabzon, más grande de lo que esperaba, por lo que, simplemente, me doy un paseillo con la moto y continúo hacia Sumela. Al igual que el de Rila, Sumela también está en lo alto de una montaña, tan en lo alto, que esta construido literalmente pegado a ella. Y eso es lo que lo hace tan espectacular. La entrada son 8 liras, no muy caro. Mil o dos mil fotos más tarde, termino mi paseo por el monasterio, que no esta habitado, como lo estaba el de Rila. Son dos edificios completamente distintos, pero cada uno con sus peculiaridades y su encanto.

Conduzco un poco más, pero ya me caigo de sueño, así que ya vale por hoy. En el siguiente pueblo, paro a buscar alojamiento.

Y aquí estoy, en Gümüshane, pueblo alegre y dicharachero donde los haya. Casi mejor me voy al pulguero, no puedo más...zzzzzzzzzzzzzzzz






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