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viernes, 30 de mayo de 2014

BIELORRUSIA - MOSCÚ


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Bajo a desayunar con la esperanza de que estos rusos sepan lo qué es un desayuno en condiciones, pero, por desgracia, descubro que no, por lo menos los de aquí. Muy básico, con 4 embutidos, cereales chungos, café más chungo, y algo que podría ser parecido al croissant, pero en secorro. En fin, hago de tripas corazón, y engullo lo que pillo, para no tener que parar en un buen rato.

Aparte, la decoración del hotel no es que sea sobria, es que, directamente, no hay decoración. Pero bueno, como de decoración no vive el hombre, eso me da igual, pero el desayuno me fastidia un poco más. A ver cómo voy a mantener yo mis michelines comiendo así. ¡Vamos hombre!

Al volver a la habitación, me junto con Alexander, el ciclista. Salen ya, que tienen carrera. Teniendo en cuenta que sigue lloviendo, nos damos el pésame mutuamente por el día que nos espera, y nos despedimos, deseándonos suerte, también mutuamente. Muy majo el chaval, un buenazo...

¡Agua vaaa!
Recojo, una vez más, y al llegar a la moto y abrir una de las maletas laterales me encuentro con la desagradable sorpresa de ver mi atlas de carreteras de Europa flotando en 3 dedos de agua. ¡Mecagüen la mar! Con el cariño que le tenía, y ha quedado totalmente inservible. Por lo visto, con la caída que tuve en Lituania (que se me abolló la maleta, aparte de petar el antiniebla) se han descuadrado las juntas y me entra agua no sé muy bien de dónde. Ni siquiera sé si fue ayer o ha sido esta noche, porque cuando saqué la bolsa de la ropa, no me fijé, pero el atlas va siempre debajo. Bueno, ya no va a ir más. Lo tiro directamente a una papelera cercana, con todo el dolor de mi corazón. Hasta siempre, amigo. Nunca te olvidaré. Snif, snif.

Después de ponerme chubasquero de nuevo, arranco y cojo dirección Moscú. ¡Joder, cómo suena eso! ¿O no? Si todo va bien, hoy cumpliré otro de los objetivos de este viaje, que es llegar hasta la catedral de San Basilio en moto. He estado mirando en Google Maps la mejor forma de entrar a esa zona, y ya lo tengo decidido, a ver qué tal va.

Hoy llueve flojito. El asfalto sigue mojado, pero si sigue así, empezará a secarse, porque incluso se empieza a intuir un cierto resol que me pone las pilas aún más, si cabe. El paisaje es precioso. Verde, muy verde. Con tanta agua lo tienen fácil para tener estos paisajes. Aquí, la mayoría de las casas de campo son de madera, y muchas de ellas pintadas de color verde, no sé la razón, pero algo habrá, seguro, porque es el mismo tono una y otra vez. Es un verde muy ruso.

Los adelantamientos que hace esta gente ya no me afectan. Lo cierto es que te acostumbras a todo. Son unos jodidos suicidas, pero es la típica norma no escrita que todo el mundo respeta y nadie protesta. Aquí se produce el milagro de la multiplicación: se sacan carriles de donde, en principio, no existen. Además, hay muchos tramos que los están reasfaltando y están sin líneas divisorias de carriles, y eso ya es el despiporre. Cada uno hace lo que le sale del higo. Yo, cojo, y me pongo tranquilamente a la derecha, y sálvese quien pueda. Velocidad de crucero y que vayan cayendo los kilómetros, que yo estoy aquí de paso, chavales, no me jodáis! Aunque también es verdad que, de vez en cuando soy yo el que se contagia de la locura y haces unos adelantamientos que en casa ni se te ocurriría, pero son los menos.

Y en esas estamos, en uno de esos tramos en obras. Hay un semáforo provisional de esos que dan paso alternativo porque uno de las carriles está cortado, cuando escucho un "bbrrrrrrr" que me resulta familiar. Desde atrás, aparece una GS como la mía, con una pareja montados en ella. Nos saludamos y se pone a mi altura. ¡Por fin más motoristas! Yo creo que son los primeros que veo desde que entré en Rusia. Ni siquiera se ven motos pequeñas, muy pocas. Supongo que con el clima de mierda que tienen, se te tienen que quitar todas las ganas de pasar más frío que el estrictamente necesario, que es mucho. Inviernos muy largos y crudos, y primaveras que no llegan al verano tiene que ser muy duro psicológicamente.

La pareja son americanos, y también van a Moscú, como era previsible. Vienen desde Letonia. Y ya no nos da tiempo a hablar más. El semáforo se pone verde y hay que moverse si no queremos que algún tovarich nos pase por encima sin contemplaciones. Ya que vamos en la misma dirección, decidimos rodar juntos, por lo menos durante un rato. Viene bien ir con más motos de vez en cuando. Vas mucho más protegido, porque sólo te tienes que preocupar de un flanco, en este caso ellos van delante, por lo que yo ando más pendiente de lo que viene por detrás. En serio que se nota mucho. Son muchas horas rodando en soledad, y es verdad que es muy bonito y eres libre al cien por cien, pero a veces apetece tener un poco de compañía.

Y así tiramos unos cuantos kilómetros, hasta que quedan aproximadamente 100 para llegar a la capi, cuando veo que ponen el intermitente y se salen hacia un pueblo. Yo me voy detrás, aunque sea quiero despedirme de ellos. Van directos a un McDonalds. Estos americanos no pueden vivir sin lo suyo. No, es broma. Al parar los motores, lo primero que hace el conductor es disculparse por ir allí, pero que ese sitio es garantía de baños limpios (sobre todo para ella, porque ya se sabe que nosotros aligeramos mucho más fácil) y buena wifi. 

Cuando se quitan los cascos casi me caigo de culo... Delante de mí tengo a una pareja de abueletes que andarán más cerca de los 70 que de los 60. Empezamos a conversar, y yo, que tenía la intención de despedirme y seguir mi camino, cambio de idea y me quedo con ellos a disfrutar de una Big Mac. Bueno, más que la hamburguesa, lo que me apetece es escuchar a esta pareja peculiar donde las halla.
Viven en Seattle, y allí tienen otra moto, pero la que conducen hoy la compraron hace dos años en EEUU y la trajeron a Europa, y nunca volvió. La dejan en un garaje en Alemania por 300$ al año, una ganga. Me quedo alucinado con la idea. No está mal pensado. Tienes la moto a buen recaudo, y una vez al año (su viaje, esta vez es de 2 meses) vuelas al sitio que sea, coges la moto y te pegas un viaje cojonudo en otro continente. Desde luego que hay miles de maneras de viajar en moto, y cada día conoces alguien que te sorprende con una nueva.

Tom & Mona (y McDonalds en ruso)

Les hace mucha gracia que Elma venga a pasar unos días a Moscú, porque ellos, me confiesan, lo han hecho un montón de veces. El tenía más tiempo libre que ella, y ella le alcanzaba en avión. Al final somos todos muy parecidos, ¿verdad?

Ha sido una conversación estupenda. Da gusto conocer gente así, con tanta experiencia y una forma peculiar de entender la vida. Por cierto, son Tom y Mona (no he querido hacer ningún chiste fácil con su nombre). Hemos intercambiado mails, porque igual pasan por Pamplona en unas semanas, cuando yo ya esté por allí. Sería un auténtico lujo poder verlos, y así se lo hago saber. Estaría encantadísimo de hacer de anfitrión.

Salimos afuera, y tras un poco más de cháchara, nos ponemos los cascos y a la carretera de nuevo. Vamos a entrar juntos en Moscú, y luego cada uno se desviará por donde le mande el señor que viaja dentro del GPS.  

La entrada a Moscú es caótica, aunque no demasiado lenta, gracias a que la mayoría del tráfico es de salida, y es donde están los grandes atascos. Ya que estamos, nos cae un tormentón de mil pares de narices. Si es que lo queremos todo, y no puede ser.

Cuando estamos ya prácticamente en la zona central de Moscú, nos despedimos desde nuestras monturas. Ha sido un placer, Tom y Mona. ¡¡Mucha suerte!!

Yo me voy como un tiro a la Plaza Roja. No quiero esperar más, quiero mi foto en la catedral de San Basilio. Voy a la entrada que previamente había decidido y me meto hasta la cocina. Yo, por si acaso, me bajo de la moto y hago unas cuantas fotos rápidamente. Ante todo, que no me jodan el plan. ¡Ya las tengo!

 Uf, y más vale, porque al girarme, veo a unos 100 metro a un poli que viene corriendo hacia mí. ¡Mierda! Me va a echar, ya lo estoy viendo. Ya desde lejos me hace señas como diciendo que ahí no puedo estar. Cuando llega a mi altura, intento explicarle que van a ser sólo un par de minutos, fotos, y que me piro. Ni dos minutos ni leches, tú te piras de aquí ahora mismo, por la gloria de Lenin. Ah, bueno, pues si va a ser por Lenin, yo ahí no me meto, ya me voy, ya, que tampoco hace falta ponerse así.

De todas formas, yo entiendo que todo el mundo quiere ese par de minutos para hacer su foto especial, y tienen que estar hasta los huevos, pero me da igual. Lo que no sabe ese chaval es que, por mis cojones, que voy a conseguir esa foto, ya lo verás. Algo ingeniaré, pero no me voy de Moscú sin la puta foto. ¡Por estas!

Y de ahí, al hotel, a instalarme y a esperar la llegada de Elma, que es a las 6 de la mañana, así que toca madrugón. Me voy a la camita, que las 5 dan muy pronto, sobre todo teniendo en cuenta que aquí estamos con 2 horas de adelanto. Buenas noches. Besos y abrazos.






jueves, 29 de mayo de 2014

SAN PETERSBURGO - BIELORRUSIA


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¡Me voy!

He mirado la predicción del tiempo, y resulta que hoy dan malo, pero es que mañana va a ser mucho peor. Ilgam me pone un ejemplo muy gráfico. Me dice: jueves, y abre un poco el grifo de la cocina, dejando caer unas gotillas. Luego dice: viernes, y abre el grifo a tope, saliendo todo el chorrazo. Vale, vale, me queda claro. Empaqueto y me piro. Casi hasta me da pena, porque ya me había hecho a la idea de quedarme un día más, y ver alguna de las tantas cosas que se me han quedado en el tintero. Bueno, diré lo típico de que ya tengo una excusa para volver...

Desayuno con Ilgam, charlando agusto. Es un gran conversador, aunque nuestra capadidad de comunicación es limitada por el idioma, pero nos entendemos bastante bien. Es el tipo de persona con el que congenias desde el primer momento y parece que hace años que te conoces. Pues eso.

Desde la ventana de la cocina vemos cómo empieza a llover con intensidad. Ya empezamos. Me parece que va a ser un día muy largo. La tormenta para enseguida, pero me parece que no será la última.

Después llega el momento de recoger todo. Pongo el piloto automático, y cada cosa va a su sitio prácticamente sin pensar. Al final, todos los días lo mismo. Se llega a tener una rutina hasta en el caos que significa estar de viaje cada día en un sitio.

Me escapo un momento a traer la moto del parking, que está a un minuto. Allí está mi niña, un poco enfadada, porque la he dejado sola bajo la incesante lluvia durante 2 días. Ni me mira a la cara. Vengaaaa, venga, que ahora te pongo un poco de gasolina y nos vamos a dar un paseo, vale? Y si te portas bien, igual hasta te limpio la pantalla y te hincho un poco las ruedas...

Subo al apartemento e Ilgam se ofrece a ayudarme a cargar las cosas. Antes de salir me hace sentarme en el sofá de la entrada. Dice que es una tradición rusa, sentarse antes de salir de casa, chequear que todo está en orden, rezar y ya puedes salir sin problemas. Y así lo hacemos.

Nos sacamos un par de fotos y antes de arrancar nos despedimos con un fuerte abrazo. En poco tiempo le he cogido cariño al chaval. Es impresionante la calidad humana de este tío, me ha tratado como si fuera su hermano pequeño, y me ha ayudado en todo lo que estaba en su mano y más. Ilgam, como sé que leerás esto con tu traductor, sólo quiero que sepas que siempre estaré agradecido por cómo te has portado conmigo. Has sido el primer ruso con el que he tenido un trato cercano, y la verdad es que has puesto el listón muy, muy alto. Un abrazo enorme!!




Venga, va. Salgo de San Petersburgo sin problemas, el tráfico no es demasiado intenso y avanzo rápido. De vez en cuando chispea un poquillo, pero sin llegar a mojar del todo el asfalto. Por ahora va aguantando.

Sufro varios adelantamientos de infarto, algún susto de frente, pero lo que más me acojona es cuando vienen por detrás, que, si estás despistado y no los ves venir, te dan un susto de muerte al pasar a menos de 50 cms. Decido circular por el medio del carril, porque total, da igual donde te sitúes, porque siempre te adelantan apurando. Así, de esta manera, por lo menos tienes un margen de maniobra a tu derecha. Si los ves, claro. Pero bueno, al final a todo te acostumbras, y al cabo de un rato, ya ni me preocupo.

Ahora los nervios me vienen por otro asunto. Me dirijo hacia la frontera con Bielorrusia. No tendría mayor problema si no fuera por el pequeño detalle de que no tengo visado de entrada para ese país. Según otros viajeros, las fronteras están abiertas desde Rusia porque los dos países pertenecen a la Federación Rusa, no siendo así si accedes desde cualquier otro país, que entonces ahí si que no te libras: sin visado, no pasas.

Ilgam me había hecho la consulta el día anterior sobre si era válido el visado de Rusia en Bielorrusia, pero la respuesta fue negativa: a pesar de estar las fronteras abiertas, al ir con pasaporte español, sigues necesitando visado para entrar en el país, y si te pillan, te expulsan y te ponen una multa de 3000 $ (más tarde Ilgam me confiesa que se equivocó, y eran 300$, pero yo en ese momento pensaba que era la primera cifra).

Y ahí estoy yo, cada vez menos kilómetros para la frontera, y dándole vueltas: entro, no entro, entro, no entro... Bah, para qué dices chorradas, si ya sabes lo que vas a hacer. Pues también es verdad, ¡me la juego! Y si me pillan, pues ya veremos cómo salimos de ésta.

A todo esto, empieza a llover, suave al principio, pero poco a poco va aumentado la intensidad, y cuando faltan unos 10 kilómetros, eso parece el diluvio universal. Me parece ver a Noé por ahí agazapado, que por lo visto, también anda sin visado.

Allí está... Ya la veo... Primero el lado ruso, donde no hay nadie... ¡Bien!... Llego al lado Bielorruso y veo a dos soldados, uno de ellos en la ventanilla delantera de un coche, y el otro apoyado en una valla, mirándome. ¡Mierda! Me va a parar, me va a parar... Llego hasta una señal de STOP muy grande y muy roja, ella, y voy reduciendo la velocidad pero sin detenerme del todo. Mientras, devuelvo la mirada al soldado de la valla, para ver cuál es su reacción, y en un momento dado, hace un gesto con la cabeza, como diciendo: "Venga, cateto, tiraaaa!!"

Y tiro, por supuesto que tiro. Le meto un golpe de gas y salgo zumbando... ¡TOMAAAAA! ¡YA ESTOY EN BIELORRUSIAAAA!

Lo primero de todo es hacerse las fotos de rigor con el cartel de bienvenida. Yo creo que nunca me había hecho tanto ilusión una foto de este tipo. Después de la sesión, sigo carretera adelante, para asomarme un poco a la ventanilla del país. Tampoco quiero que se me vaya la olla, porque, al fin y al cabo, ahora mismo soy un inmigrante ilegal, y aunque todos sabemos que tampoco es que sea el crimen del milenio, sí que es verdad que si te pillan en esa situación y coincides con el tonto de la clase vestido de uniforme, pues te puede hacer pasar un mal rato. Así que hago unos cuantos kilómetros, y cuando ya he cumplido el expediente, doy la vuelta y vuelvo por donde he venido. Paso otra vez por el control, y el soldado de la valla sigue en la misma posición (qué stress de trabajo, oiga), ni se ha movido. Me suben otra vez las pulsaciones, porque si me para ahora, ahí sí que no tengo excusa.

Yo, por si acaso, para aparentar normalidad, le saludo levantando la mano como si nos conociéramos del bar. El tío me vuelve a mirar como diciendo, esta vez: "Otra vez el tonto de hace media hora. ¿Qué cojones estará haciendo? Me voy a merendar" Lo que da de sí una mirada, ¿eh?






Bueno, oye, objetivo cumplido. Ha ido bien, y ya estoy otra vez en tierras rusas, con mi correspondiente visado en regla y con el corazón en su sitio, a ritmo normal. Ha sido emocionante. Puede parecer una chorrada, pero a mí se me han puesto los pelos de punta, y es que una frontera de estas impresiona, a mí por lo menos...

Ahora es cuando toca buscar alojamiento. No he reservado nada porque no tenía ni idea de cómo iba a acabar la aventurilla, así que pongo en el GPS la ciudad mediana más cercana, y que me lleve. Velikiye Luki se llama. Me planto allí, y me encuentro con un problema con el que no contaba: no tengo ni pajolera idea de como se escribe hotel, pensión, hostel, habitacón... en cirílico, y todos los carteles me parecen iguales. No sé si es un restaurante, una farmacia o una tienda de souvenirs. Podría sacar el librito de frases útiles que llevo en el bolso, pero con la que está cayendo, me da una pereza que alucinas, así que busco sin mirar los carteles, sólo el aspecto del edificio. Y allí veo uno que parece un hotel. Y, efectivamente, lo era... ¡Redios, qué aguililla soy! También tenía otra pista, pero esa es para despistados, que es la palabra HOTEL escrita en grandes letras amarillas encima del edifico... Venga, va, fustigadme ahora, que sí, que soy  muuuu tonto!!

En la recepción no hablan inglés, pero usan el traductor de San Google con una soltura envidiable. 30 euros con desayuno. Teniendo en cuenta que estoy como una sopa y hecho añicos, ni me planteo el buscar algo más barato. ¿Dónde hay que firmar, niña?

Cuando estoy cogiendo las bolsas de la moto, escucho a mi espalda una voz: "Hola". ¡Jarl! Casi me da! Me giro y me encuentro a un chaval de unos 25 años que me mira sonriendo. Yo, que soy un tío educado, porque fuí a colegio de pago, le contesto, por supuesto. Nos ponemos a charlar, y resulta que es Alexander, ciclista y que vivió 3 años en España. Ah, ¿sí? ¿Dónde?. En Pamplona. ¡No jodas, yo soy de Pamplona!

Hay que ver lo pequeño que es el mundo. Aquí la gente no habla más que ruso, y de repente, encuentro a un chaval, que habla inglés y castellano perfectamente, y encima ha corrido en el Caja Rural, un equipo navarro. Tiene bemoles la cosa. Charlamos un ratillo y me dice que si tengo cualquier problema con el idioma, que no dude en decírselo. Gracias majo, no te preocupes, que me voy a meter en la habitación, y no me sacan de allí ni con agua caliente.

Bueno, gente, mañana Moscú, otra gran cita del viaje. A ver qué nos depara. Besos y abrazos.






miércoles, 28 de mayo de 2014

TALLIN - SAN PETERSBURGO


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Hoy he pasado frío. Frío y penurias. La predicción era mala, y esta mañana cuando me he levantado, se ha confirmado. Cielo completamente encapotado y seco, pero amenazante.

No pasa nada. Cambio otra vez de plan, y decido desayunar rápido, empaquetar y dejar el hotel, para ir a dar un último meneo a la ciudad, pero ya listo para salir en cuanto vea lo que me falta.


Tallin es impresionante. Es lo más bonito que he visto hasta el momento en este viaje. Al igual que las otras dos capitales bálticas, es pequeñita y menuda, pero va un punto más allá. Tiene un aire medieval un poco distinto. Está muy bien conservada y cuidada, y eso que, de normal, a mí me gustan las ciudades un poco más brutas, con cosas rotas y destartaladas, y si tienen un poco de suciedad tampoco me importa. Ese extra de mierdecilla en las calles les da un aire más fotogénico, que es lo que a mí me gusta. Pero Tallin me ha gustado mucho, no sólo por la ciudad en sí, también por el ambiente, muy relajado y tranquilo, con gente sin prisas, mucho deportista por las calles, etc. Me parece de una calidad de vida envidiable.

Después de esta corta pero muy bien aprovechada visita, carretera y manta. Dirección Rusia. Al pensar en la frontera me da una cosilla en el estómago que no me había pasado nunca con ninguna otra frontera. Sí que es cierto que el enfrentarte a todas esas barreras, policías, vallas, funcionarios, papeleos varios... no suele ser plato de gusto, pero tampoco es algo insufrible, para qué nos vamos a engañar. Incluso en ocasiones, ese paso por la frontera se convierte en una de las mejores anécdotas de todo el viaje.


Pero ahí voy yo, un poco más nervioso que de normal. Y es que esta vez es diferente, no por nada, yo creo que es más todo lo que he leído que lo que me voy a encontrar en realidad. A veces, el tener demasiada información es contraproducente, porque te haces unas pajas mentales completamente erróneas. Como cuando lees en internet sobre tu posible enfermedad antes de ir al médico, y cuando llegas a la consulta, sabes más que el propio médico. Tiene usted los pies planos, le voy a recetar... Pare, pare, pare, ¿como que los pies planos?, si yo creía que tenía artrosis múltiple. Ya... usted ha estado mirando en internet ¿verdad?. Pues no, en internet no, en el ordenador del sobrino, que sabe mucho de esto y salen unas fotos en esa pantalla que alucina, oiga. Ya, pues yo le digo que lo que pasa es que tiene los pies planos. No, no, no, no, no, que yo le digo que es artrosis múltiple. Mire, ¿sabe que vamos a hacer?. Dígame. Le voy a recetar una medicación para la artrosis, y usted va a salir cagando ostias de mi consulta, que me tienen frito, coño!

Pues así voy yo a la frontera. Lo último que he leído es de un tipo cuya novia es rusa, y la última vez que entraron, estuvieron dos horas y media dando vueltas de aquí para allá, siendo mareados por montones de tovarich, y eso que su novia, al ser rusa, entendía todo a la primera y se saltaba las colas. Y decía que si eras una persona normal, podías prepararte a esperar más de 4 horas... Pero yo no soy una persona normal. O al menos, eso me dicen en mi casa. En fin, dentro de poco lo vamos a comprobar... me refiero a la espera, lo de mi anormalidad está fuera de toda duda.

Cuando estoy a medio camino entre Tallin y la frontera, tengo que parar, porque me estoy quedando como un churro. En vista del tiempo, había colocado el forro de invierno en la chupa, pero no en el pantalón, y teniendo en cuenta que hace 6 grados y una humedad altísima, pues eso, que voy tiritando de frío. Paro en una especie de merendero de esos a pie de carretera, y ni corto ni perezoso, me pongo en culitatis mientras coloco el forro del pantalón en su sitio. Algún camionero que pasa, toca la bocina al ver el espectáculo. ¡Qué mala es la soledad! Un trozo de carne y te pones loco.

Sigo ruta y unos cuantos kilómetros más adelante, el señor que va dentro del GPS me dice aquello de "paso fronterizo más adelante". Pues nada, vamos a ver. Lo localizo a lo lejos. Vallas altísimas y señales de STOP por todas partes. Me acerco a una casetilla que hay al lado de la primera barrera. Sale un señor con cara de bueno, pero es que éste es estonio, los malos están al otro lado. Me enseña un ticket y yo encojo los hombros. ¿No tienes ticket? Pues no. Pues tira para atrás, vete por esta rotonda, giras a la derecha, luego a la izquierda, luego rezas un padrenuestro y tres avemarías, y llegas a un sitio. Vale, guay, un sitio ¿y?. Allí te registras. Vale, cojonudo. Empezamos bien, ahora me tengo que registrar. Venga, chaval, ponte a buscar "un sitio" en una ciudad que no conoces y no sabes muy bien en qué consiste lo que tienes que hacer. Venga, empiezo a seguir las vagas indicaciones que me ha dado el amigo de la barrera, pero cada vez estoy más perdido, y el sitio no aparece por ningún lado. Por cierto, no sé si os he comentado, pero hace un buen rato que empezó a llover, para rematar la jugada y hacer mi entrada en Rusia más auténtica. ¿Cómo vas a entrar en Rusia bajo un sol de justicia? Tiene que ser con una mierda de tiempo, y ya si nieva, lo bordamos. Con dos cojones.

Sigo dando vueltas y sigo sin encontrar nada. Veo una comisaría de policía y me acerco a preguntar. Hay una poli en la puerta, la cual apenas habla inglés pero entiende lo que le estoy preguntando. Seguro que no soy ni el primero ni el último. Entra dentro y sale 20 segundos después con papel y boli, y me hace un croquis. Muy salada, la niña. Si no es por ella, aún estoy dando vueltas por allí.

Por fin lo encuentro. Ahora lo entiendo todo. Es un parking enorme con 2 casetillas tercermundistas a un lado. Hay 5 o 6 camiones, pero hay capacidad para cientos de ellos. El tema es que parte del papeleo hay que hacerlo aquí, que no hay problemas de sitio, porque si no, en la misma frontera se montaría un follón de narices. Voy pillando, que soy un chaval avispado donde los haya.

El tema va rápido, hay poca gente, y en cuestión de un cuarto de hora, he terminado y me voy de vuelta a la barrera. Allí está esperando mi amigo. Le entrego el famoso ticket, y a la jaula.Las vallas pueden medir 5 metros de altura tranquilamente. Altísimas. No creo que nadie se ponga a saltar eso, pero con la mitad de altura, tampoco. Exageraos.

Primer control de pasaporte. Estos son los estonios, y la cosa va rápida. Suele ser así. Al fin y al cabo, te estás pirando de su país, así que en caso de que seas malo, le pasan la patata caliente al vecino. ¡Tú la llevas!

Al terminar, me indican que tengo que cruzar el puente y que al otro lado me esperan los tovarich. Así lo hago. El límite aquí lo marca el río. A un lado Estonia, al otro Rusia. Y yo en el medio del puente.La verdad que la climatología le da un airecillo misterioso a todo esto. Un día gris, triste, apagado, frío, lluvioso... joder, parece que me deportan. ¡La de historietas que se monta uno cuando está solo! Me siento como un camionero tocando la bocina.

Al llegar hay unos 10 coches delante de mí. La cola se va moviendo lentamente. No se dan ninguna prisa esta gente.Se acerca un soldado y me dice no se qué. Sorry, mi no anderstan. El tío pone cara de circunstancias y va a la parte de atrás de la moto a mirar la matrícula. Se pone a mi lado y busca algo: el número de bastidor. Se lo muestro, lo apunta y señalando una pequeña oficina, me dice: "passport control". Ok, ahora sí anderstan. Cojo toda la documentación y a la oficina. Otra cola, claro. Cuando me toca a mí, me acerco a la ventanilla (que es como cualquier ventanilla en cualquier otro sitio) La poli ni me mira a la cara. Coge el fajo de documentación que le entrego y tras introducir en el ordenador infinidad de datos (no sé qué puede estar escribiendo tanto rato) me devuelve todo.

Después, otra ventanilla, más de lo mismo, pero aquí hay que rellenar un pequeño formulario con fecha de entrada, fecha de salida, por dónde entras, por dónde sales, blablabla. Otro cuartito de hora.

Al salir, me está esperando el primer soldado, que es el único que me habla, porque el resto sólo emiten sonidos guturales, que no soy capaz de entender. Me dice que mueva la moto, está en todo el puto medio, y le estoy revolucionando el gallinero. Al final, nos vamos a hacer amigos, tú y yo, ya lo verás.

Pongo la moto donde me indica, y me pide que abra un par de maletas, les echa un vistazo rápido, sin tocar nada, y listo. Nada exhaustivo.

Y venga, otra ventanilla. ¡Copón, no pueden hacerlo todo en el mismo sitio! Estoy dando más vueltas que un tonto. Aquí hay que rellenar datos de la moto, si llevas divisas, algo que declarar, etc. Unos 20 minutos.

Y por fin, clan clan, sello en el pasaporte. Parece que esto toca a su fin. Al final han sido casi 2 horas, incluyendo el ratito que me he pasado buscando el primer registro. Ni tan mal. Muy lejos de las 4 horas y pico que decía el novio de la rusa. Eso me pasa por mirar en internet.

Cuando estoy preparándome para irme, viene el primer soldado y me estrecha la mano sonriendo. Si ya te he dicho yo que nos íbamos a hacer amigos, tontorrón. Al final, estas cosas unen mucho. Luego, ya si eso, te mando un mail. 

Arranco y entro en el gigante soviético. Tampoco ha sido nada del otro mundo. Un poco más largo y tedioso, pero es sólo cuestión de un poco de paciencia, y las cosas van saliendo solas.


Cojo dirección San Petersburgo. Me imagino esto sin el GPS, y no acabo de entender cómo se podía conducir por aquí hace 20 años, sin ningún tipo de tecnología, y sin entender un carajo de lo que pone en los carteles. Es imposible siquiera imaginarse qué quieren decir esos símbolos cirílicos. Pero imposible, vaya. 


Lo primero que me doy cuenta es que, o estoy atento, o alguno de estos cabrones me va a llevar por delante. Se supone que el límite es 90, y yo voy, más o menos, respetándolo. Pero aquí la peña te adelanta sin consuelo. Si hay el mínimo hueco, se meten, y como en moto dejas más hueco, se meten seguro, cueste lo que cueste. Al final, lo único que puedo hacer es conducir por todo el medio del carril, y tener un ojo continuamente en el retrovisor, para ver si el que viene detrás es un homicida en potencia o no. A todo esto hay que añadirle el agua, que conforme me voy acercando a la ciudad, va arreciando. Ideal. Lo mejor para frenar en caso de apuro es que esté la carretera bien mojada. ¿O era al revés?

Poco a poco, voy entrando en la ciudad. Los atascos son monumentales, pero más o menos los voy sorteando, y el navegador me va llevando bastante bien, sin demasiados líos. Repito, entrar en una ciudad así, a pelo, ahora mismo lo veo imposible. Ya digo yo que la tecnología nos vuelve medio gilipollas, pero no me veo yo preguntando hasta llegar al sitio. Al final, el bicho se vuelve un poco loco, e incluso así, tengo que dar unas cuantas vueltas hasta que doy con el apartamento, o el apartamento se da conmigo, no sé.

Muy bueno el sitio. Habitación enorme, cocina disponible con todo, muy limpio y organizado, una wifi que aunque al principio me cuesta echarla a andar, luego va como un tiro. 

Y además de todo esto, que es, más o menos, lo normal, aparte, como extra, está Ilgam, que es el encargado del garito. Un fenómeno. Baja enseguida a ayudarme a subir las cosas, me prepara un té, me explica el funcionamiento de todo con pelos y señales, insiste en acompañarme a un parking donde dejar la moto, porque a pesar de tener un patio privado donde dejarla, no se fía. Uf, es una buena moto, no, no, no, aquí peligro. Negocia el precio él mismo y lo consigue por 3 euros la noche. Fantástico. Incluso paga él porque yo aún no tengo rublos (luego arreglamos) Y al rato, como colofón, me prepara la cena. Una especie de arroz, que por lo que consigo entender, sólo hay en Rusia. Ni idea, chaval, pero yo a estas horas y desde el mediodía que llevo sin comer nada, me como lo que me pongas en el plato. Habla un inglés muy justito, pero nos apañamos. Al menos nos podemos comunicar, porque la mayoría de la gente no habla ni papa. Ni papa de inglés, quiero decir, el ruso lo dominan, los muy jodidos, y mira que parece difícil.

Después de todo esto, y teniendo en cuenta que aquí hay que adelantar otra hora (ya son dos respecto a España) me dan las 12 de la noche, estoy reventado y no he escrito una sola palabra, así que desisto y lo dejo para otro momento. Me meto en mi camita, y me duermo en 3, 2, 1, ya...

Duermo del tirón. Por fin 7 horas seguidas. Aguuuussttooo!! Como ya me imaginaba, en cuanto me ve aparecer, Ilgam va directo a la cocina y me prepara un café. Le digo que no quiero desayunar nada, que ya comeré algo más tarde. Ya me da palo buitrearle más comida. Me comenta que tiene que ir media hora al banco, pero que le espere y se viene conmigo al centro. What!! Yo alucino con este tío. Tiene la intención de pegarse toda la mañana conmigo enseñándome su ciudad. No me lo puedo creeer, me ha tocado la lotería. Voy a estar poco tiempo en San Petersburgo, pero si tienes a alguien que te lleva, se le puede sacar mucho partido. La pena es que está diluviando, una verdadera lástima, con el buen tiempo que estaba teniendo hasta ahora. En fin, habrá que apañarse. 

Salimos juntos de casa, desayuno por el camino y nos metemos en el lío. Compro un paraguas baratillo porque llueve muchísimo, y mira que me gusta poco tener una mano ocupada cargando ese instrumento del demonio, pero hoy no hay opción si no quiero mojarme completamente y agarrar una pulmonía. 
El tío me da una paliza que no olvidaré. Fue soldado durante muchos años, y anda a una velocidad que no le puedo seguir. Encima, mi tobillo no está recuperado del todo, y veo las estrellas de vez en cuando. Me va enseñando y explicando todo. Parques, iglesias, museos, esculturas, tiendas... todo lo que se cruza en nuestro camino. Yo creo que hay cosas que se las inventa, no se puede saber tanto, pero me da igual, me entretiene, que es de lo que se trata, y me lleva por sitios que yo solo no habría encontrado ni en broma. Entre monumento y monumento, me va contando su vida: nació es Siberia, a 5000 kms de aquí, después se fue a servir a su patria (palabras textuales) a Vladivostock, la parte más oriental de Rusia, tocando con Japón, después en Riga, Letonia, cuando aún existía la URSS, y hace nueve años, hubo una reestructuración en el ejército y eliminaron su puesto, quedándose en la puta calle. Lo echa mucho de menos, se le ve en la mirada. Habla de sus compañeros con pasión, y de lo bien que se lo pasaba haciendo la instrucción. Está casado con un mujer 15 años mayor que él, y viven en Pushkin, en las afueras de San Petersburgo, pero él, muchos días duerme en el apartamento, como ha hecho hoy. Lo cierto es que lo he pasado de maravilla con él. Y para colmo, no quería dejarme pagar nada, ni siquiera un café. Estamos locos, o qué?? Tengo que pelear con él cada vez que hay que echar la mano al bolsillo. Ya lo que me faltaba es que encima del remojón que nos estábamos pegando, me invitara él a mis gastos. No, no, no...


Paramos a comer en un buffet al que me lleva, bastante sencillo, pero con comida contundente y abundante, que es de lo que se trata. Menos de 6 euros incluyendo el medio litrito de cerveza. Ilgam no bebe. Más adelante me cuenta que hace tiempo, tuvo dos años muy malos en los que abusó mucho del alcohol, y estuvo a punto de meterse en problemas serios, no ha contado más y yo tampoco he querido agobiarle con preguntas. Bastante me ha contado el hombre de su vida ya. Me dice que lleva 17 años sin probar el alcohol. Yo siempre digo que no me fío de la gente que no bebe, y es verdad, un tío que no disfruta de una buena cerveza o una buena copa de vino, no es trigo limpio, seguro que tiene por ahí algún vicio oculto que no quiere sacar a la luz. Ésta es sólo una de mis teorías chorras con el valor científico que puede tener un chalao que se va de viaje solo y que todo su entorno piensa que está como las maracas de Machín. Pero es lo que hay. Y en esta teoría no incluyo a los alcohólicos, que bastante vicio tuvieron en su día, y olé sus cojones de haber sido capaces de salir del agujero. Yeah!
Ilgam, the boss
 Después de comer vamos al apartamento a descansar un poco.Vaya paliza me ha metido el tío. Mi tobillo me va a reventar. Me meto una buena siesta entre pecho y espalda que me deja nuevo.

Después, ya solo, me voy a ver una de las estaciones de tren y el metro. La estación de tren no merece mucho la pena, hago alguna foto más por compromiso que por otra cosa. Pero el metro sí que mola. Para empezar, dicen que es el más profundo del mundo, y me lo creo, por lo largas que son las escaleras mecánicas. Parece que vas a visitar al mismo Belcebú. Y luego otra cosa que me llama la atención. Los andenes no son como los conocemos nosotros. Aquí no ves venir el tren, sólo hay un muro bien grueso, con diferentes puertas, que se supone que deben coincidir con las puertas de los vagones. Y así es. Llega el tren, y al detenerse (porque escucharse, sí se escucha) se abren primero las puerta del andén, y posteriormente las del tren. Imposible que haya atropellos. Muy curioso. Realmente merece la pena un viajecito subterráneo en este metro. Y el precio, más que barato. 28 rublos el trayecto, que al cambio supone unos 60 céntimos. No está nada mal.
Y con esto, doy por concluida la jornada, y tras comprar algo de cena, que me prepararé en el apartamento, me retiro de las calles, que ya me toca. Llevo todo el día a remojo y estoy calado. Y no hay que ponerse malo, así que a cuidarse. 

El plan era salir mañana hacia Moscú, pero la predicción del tiempo es incluso peor que la de hoy, así que ya he hablado con Ilgam, e igual me quedo un día más. Lo decidiré por la mañana, porque lo cierto es que no me apetece nada meterme 9 o 10 horas de moto bajo un manto de agua. Además estos tíos están muy locos y con la manera que tienen de conducir, prefiero jugármela lo justo.

Mañana os cuento qué es lo que he hecho. Besos y abrazos.


lunes, 26 de mayo de 2014

RIGA - TALLIN


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Hoy me planteo el día de manera distinta: en vez de hacer mis tareillas por la mañana, y después recoger todo y salir a ver cosas, hoy lo voy a hacer al revés. Bajo a desayuna a las 7:15 y para las 8 de la mañana estoy saliendo por la puerta del hotel. El check out es a las 12:00 como casi siempre, así es que dispongo de 4 horas para perderme por Riga, tiempo más que suficiente. Además, para no perder nada de tiempo, me voy en moto. Podría haber ido andando, pero así, de paso, culebreo un poco por las calles antes de aparcarla en algún rincón y así ya puedo cojear un rato a mis anchas.


Como es temprano, no hay prácticamente nadie por las calles, salvo la gente que se dirige a sus trabajos. Turistas 0 - Aitor 1.
Me están gustando mucho las ciudades bálticas, son pequeñas, coquetas y con grandes dosis de historia en sus callejuelas. Entre Vilnius y Riga están poniendo el listón bastante alto. Y falta la que debe ser la joya de la corona: Tallin, de la que me han hablado maravillas. En cuanto termine mis gestiones por aquí, arranco hacia Estonia.

Después de pasear un buen rato, acabo en las puertas de la catedral. No es que sea yo un tío demasiado religioso, pero bueno, por echar un vistazo rápido, tampoco creo que me vaya a salir ningún sarpullido. Pero tenemos sorpresa: nada más entrar, una rubia que no es de bote (por aquí ninguna lo es) me indica una caseta que parece una taquilla. Y en efecto, es lo que es. 3 pavos pretenden soplarme esta gente por entrar a una catedral. Vamos hombre, ahora sí que lo tengo claro. Hasta luego, Lucas. Me quedo con las fotos desde fuera, que con eso voy más que servido.

Va pasando el tiempo, y llega el momento de marcharse, con la cámara y la mente llenas de recuerdos. Conduzco hasta el hotel, y tras una nueva ducha, cargo la moto y nos vamos dirección Tallin.

Buena carretera y pocos camiones, mis grandes enemigos de los últimos días. Parece que me he desmarcado un poco de su ruta. Solecito rico, y la brújula marcando continuamente la N, no se desvía ni un milímetro. Aquí las rectas son eternas. A este paso voy a cuadrar las gomas antes de llegar a la mitad del viaje. Echo en falta una buena carreterita de curvas donde poder dar un poco de alegría en forma de gas. Bueno, todo llegará. Siempre queremos lo que no tenemos, nunca es bastante. No me estoy quejando, nada más lejos de la realidad. Me siento como un auténtico privilegiado. Antes chateaba con un amigo y me preguntaba a ver si lo estaba disfrutando. Mi respuesta es que cómo alguien puede no  disfrutar cuando hace lo que le da la gana las 24 horas del día, y no se acuerda de otra cosa que no sea conducir, comer, fotografiar y conocer gentes y lugares. Para mí, esa es la máxima expresión de libertad, y eso es lo que estoy viviendo ahora mismo. ¿Disfrutar? Disfrutar es poco.

Como la carretera es un poco aburrida, consulto el plano y busco alguna pistita bien marcada que me pueda servir. Tiene que ser algo muy fácil porque el tobillo aún lo tengo tocado, y aunque puedo andar ya sin problemas, sí que noto dolor cuando camino sobre terreno irregular. Y si me lo vuelvo a retorcer, igual no hablamos de un esguince, sino de una rotura, y eso no puede ser de ninguna de las maneras.

¡Menudo equipo!
                                                                                                                                    Me meto por un bosque de pinos altísimos, más o menos como el de hace un par de días, por una pista sin ninguna dificultad. Incluso en muchos tramos puedo ir sentado. Un poco más adelante veo una granja con un molino la mar de chulo, y me acerco a fotografiar. Mala idea. De repente, de la nada, salen media docena de perros corriendo hacia mí y ladrando como locos. El más grande de todos no levanta ni dos palmos del suelo, o sea que mucho daño no me van a hacer, pero montan una escandalera que da miedito. Como veo que no tienen intención de moverse de su sitio, soy yo el que se da la vuelta y regresa por donde ha venido, sin fotos y con el orgullo herido. Putos perros pequeños!! Ya que te lías a tener un perro, ten uno grande, joder, que realmente te pueda defender en caso de apuro y que no dé verguenza sacarlo a pasear. Y lo dice uno que en su día tuvo una pekinesa que pasó a mejor vida (bueno, no, a mejor vida es imposible) y que no la olvidará nunca. Pero hoy en día, si tuviera perro, sería uno grande... Coño, Aitor, que te vas, que te vaaaass!! Céntrate!!


Venga, pues lo dicho, poco después retomo la carretera, y enseguida el señor que va dentro del GPS dice aquello de "paso fronterizo más adelante" ¿Ya? Pues sí, chato, ya. Pues qué corto se me ha hecho. Será que estabas entretenido. Será.


Una frontera más abandonada, con sus barracones desvencijados y cierto aire soviético, o ex soviético, o lo que sea. Foto de rigor y adelante, pase usted. Bienvenido a Estonia.

Nada más entrar, me llama la atención el cartel de velocidades que hay en todas las fronteras. En éste sólo hay dos: en ciudad, 50 y en carretera, 90. A tomar por saco. No hay más. Imagínate la de autopistas que te vas a encontrar por estas tierras. Ah, y la luz de cruce, obligatoria las 24 horas del día, cosa que me parece fantástico. Así tendría que ser en todo el jodido mundo. Un vehículo con las luces encendidas es visto muchísimo antes por el resto, se mire como se mire.

Mirando a la cara al mar Báltico
Los bosques se van cerrando a ambos lados de la carretera, hasta formar una gran y tupida cortina de árboles que no dejan ver nada más allá. Según el dibujo que hace el señor del GPS en la pantalla, el mar Báltico queda a mi izquierda, a no más de 100 metros. Tiene que estar ahí, pero es tal la frondosidad que no se ve un carajo, así que me desvío hacia un pueblo que veo que está en la costa. A ver si me voy a ir yo de aquí sin ver el mar. ¡Vamos, hombre!

Efectivamente, el mar estaba ahí, llego enseguida. No es que haya playas paradisíacas ni chiringuitos sirviendo mojito fresco, pero es el mar Báltico, y hay que verlo, ¿no te parece?


Y finalmente, Tallin. Como todo el trayecto, entro en la ciudad de Sur a Norte, y eso hace que antes de llegar al casco histórico, tenga una vista panorámica desde lo alto de una colina. Pinta muy bien: se aprecian todas las torres de las iglesias, tengo la catedral al lado, y también se van perfectamente las murallas con sus famosas torres. No os creáis que soy un gran conocedor de la historia de Estonia ni mucho menos, pero es que la Wikipedia es la releche. En un momento te pone al día de cualquier cosa que se te ocurra. Y es que lo cierto es que no voy demasiado bien documentado en este viaje, así que voy haciendo los deberes día a día, que tampoco está mal, no te creas.


Recorro la ciudad con la moto, unas fotitos, y al hotel. Está retirado del centro, así que mañana haré lo mismo: desayunar temprano, visita mañanera y salida. 

No acabo de verlo claro, pero mañana, si todo va bien, entraré en Rusia. Por fin, una frontera de las de verdad. De las que tienes que sacar el pasaporte, y la documentación, y el seguro, y.... Tengo ganas de entrar en ese monstruo de país, que aunque voy a recorrer una parte ínfima de su inmenso territorio, siento muchísima curiosidad. 

Os cuento mañana a ver qué tal me ha ido,¿ok? Besos y abrazos











domingo, 25 de mayo de 2014

VILNIUS - RIGA


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El hotelillo es sencillo en lo material, pero increíble en el trato humano. Cada persona del staff con la que me cruzo, al verme cojear como un octogenario, se para unos segundos para interesarse por mi tobillo, y cada uno me da sus consejillos para recuperarme rapidamente. De todas formas, me he levantado mejor de lo esperado, puedo andar dignamente, con una ligera cojera, y es un dolor sordo, soportable el que tengo. 

El desayuno no está incluido, pero el café y el té son gratis, y puedes comprar croissants recién hechos y traidos por un pastelero francés (en serio) por 3 litas (menos de un euro). También tienen un frigorífico enorme, con todo tipo de bebidas, incluyendo varios tipos de cerveza en botellas de medio litro, que ya fueron catadas ayer. Un detalle cojonudo es que no pagas las bebidas, las apuntas en una hoja con tu número de habitación, y pagas cuando quieres, además a precios muy módicos. Ayer, al llegar a la habitación, en la almohada había un folio enrollado y atado con una cuerdecilla en plan pergamino. Era una carta de bienvenida que me llamó tanto la atención que la fotografié, y muestra muy bien la calidad humana que me he encontrado. Me mola el estilo de esta gente.

Después, recojo los bártulos y los saco de la habitación, dejando todo en una especie de cuarto de material, donde me guardan todo hasta que vuelva de patear la ciudad. Mejor dicho, cojearla

Para no andar tanto, mejor voy en moto. Qué gran idea, ¿verdad? Pues sí, si no fuera porque casualmente hoy se celebra el Maraton de Vilnius, y están todas las calles cortadas. Tiro por aquí, nada. Por allá, nada. Por arriba, por abajo. Imposible. Es una ciudad pequeña, y vayas por donde vayas te encuentra todo cortado al tráfico. Así que después de dar unas cuantas vueltas, decido dejar la moto a 200 metros del hotel y me voy andando. Vamos, que me he ahorrado una distancia brutal, teniendo en cuenta que he estado más de media hora dando vueltas. En fin. 

Una mala noche la tiene cualquiera
Vueltecilla por el centro más que agradable. A pesar del barullo que la organización de un maratón genera, se ve que es una ciudad la mar de tranquila, en la que las distancias se pueden hacer perfectamente a pie, sobre todo si los tienes sanos. Me gusta Lituania, y Vilnius en particular me parece una ciudad a visitar, muy coqueta y apañada, y cuyos habitantes son gente amable y servicial, y con un nivel de inglés en la calle que ya lo quisieran para sí muchos países supuestamente más avanzados. El 100% de la gente a la que me he dirigido, me ha respondido con una fluidez y acento acojonantes. Supongo que el nivel educativo por estos lares será bastante alto, me da a mí en la nariz.

Después de 4 horas en las que da tiempo más que de sobra a ver lo más importante de la ciudad, regreso al hotel a vestirme de astronauta y salir a rodar unas millas, que me apetece. Recorro los últimos 200 metros del trayecto en moto. Si es que soy más chulo que nadie.








Normalmente, siempre te quitas las botas de moto (o cualquier otro tipo de botas) con un suspiro de alivio de tamaño XXL. Pues bien, hoy ha sido al revés. El suspiro lo he dado cuando me las he puesto. Buf, qué sensación de rigidez! Se agradece algo que te apriete el tobillo cuando lo tienes en las condiciones que está el mío. Además, aprieto las hebillas al máximo soportable, y la sensación de rigidez aumenta un poquito más. Listo para montar. Como ya me había advertido Sergio Morchón, el doctor Jaus, en la moto es donde mejor estoy, porque el tobillo no se menea, y va bien protegido dentro de la bota. Y así ha sido. Ni me he acordado de mi lesión en todo el trayecto

Una vez preparado, me despido de la gente, que entre empleados y clientes, había unos cuantos. Llegar en moto siempre genera curiosidad, y además con matrícula extranjera desconocida, más. Mucha gente me pregunta a ver de donde soy porque ven la E en la matrícula, y no lo relacionan con España. Es algo que siempre da mucho juego para iniciar una conversación.

Carretera y manta. Hoy tocan unos 300 kms. Coser y cantar.

Después de un rato encima de la moto, llego a una frontera: esta vez la de Letonia. Joder, voy a país por día. A este paso me recorro el mundo en un par de mesecillos. Al igual que en días anteriores, la frontera completamente abandonada, con los antiguos barracones de control en estado ruinoso. Es curioso verlo así, en esas condiciones. 

Sigo adelante y al contrario que otras ocasiones, no parece que haya cambiado de país. Todo se ve exactamente igual que en el anterior. Será que son primos hermanos.

Ya entrando en Riga se empiezan a echar unos nubarrones a toda velocidad y se levanta un viento huracanado que hace difícil la conducción incluso para los coches. Parece que el señor Eolo no está de muy buen humor. Chaval, con ese carácter, no te casamos, eeehhhhh?

Por suerte, el hotel está en la parte de la ciudad por la que yo entro, y llego enseguida. Cuando aún estoy descargando bolsas, empieza a jarrear como si no lo hubiera hecho nunca. Me libro por cuestión de segundos.

El hotel tiene una pinta estupenda. He subido un poco mi presupuesto esta vez porque vi que tenían masajista, pero tras hablar con ella, me dice que es mejor no tocar nada siendo la lesión tan reciente, porque sería contraproducente, que ella no mete mano hasta que ha pasado una semana. Así que me quedo sin masaje. Una pena, llevaba todo el trayecto pensando en él. Bueno, más adelante será. No pienso acabar este viaje sin recibir un buen masaje de los pies a la cabeza. Aún no sé el sitio, pero me lo estoy ganando. ¡He dicho!

Tras cenar algo en un restaurante pequeñín al lado del hotel, vuelvo a la habitación a descansar y mañana me pateo la ciudad, que es algo mayor que Vilnius, pero también pequeña y manejable. Así que hasta mañana, chavales. Un placer, como siempre...






WROCLAW - VARSOVIA - VILNIUS


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Dejo Wroclaw sin prisa, me he levantado a una hora prudente, he desayunado tranquilo, he charlado con el dueño del apartamento, y a eso de las 11 he arrancado. Objetivo: Varsovia, como en la II Guerra Mundial. Hablando de la Guerra, hay monumentos en recuerdo a los caídos (y a los no caídos) por todas partes. No es para menos. Tuvo que ser muy heavy lo que se vivió aquí no hace demasiados años.

Al principio, la carretera es buena, de 2 carriles y avanzo rápido, pero a los 80 kms más o menos, se acaba el chollo y volvemos al carril único. El tráfico de camiones es increíble. Parece mentira que no haya una autopista, o por lo menos una vía desdoblada, teniendo en cuenta el tráfico pesado que soporta esto.

La carretera, que no está mal en cuanto a paisajes y demás, se convierte en un infierno porque no hay manera de avanzar. Ni siquiera puedes adelantar, porque el tráfico es tal, que siempre viene alguien de frente, por  lo que no queda otra que joderse y esperar.

Pues así para el resto del trayecto, como te lo cuento. La única parada que hago es en un McDonalds al borde de la carretera a 20 kms de Varsovia, y es que iba a desfallecer en cualquier momento. La comida aquí será una mierda, pero cuando tienes hambre, lo bien que entra, coño!!

El hotel es fantástico. Súper tranquilo, habitación inmensa, 22 euros desayuno incluido. Es lo que tiene el estar alejado del centro (a unos 15 kms aproximadamente) pero con la moto, eso no es un problema. Se le quitan las maletas y a funcionar.
Como he llegado temprano, me pego una ducha rápida y salgo hacia el centro. Me pierdo un buen rato por el casco antiguo de la ciudad. Lo cierto es que no me impresiona demasiado, no veo grandes cosas que me llamen la atención, y el ambiente como que no me acaba de convencer, hay algo raro que no me cuadra. Yo creo que es la gente. O yo he tenido mala suerte y me han tocado los más bordes del lugar, o es que su manera de hablar es así de brusca. Seguramente es esto segundo, pero me hace sentir incómodo, y eso que yo no es que sea ningún ejemplo de dulzura. Bueno, ni de dulzura ni de nada, ya que nos ponemos.

 En las ciudades grandes siempre tengo la misma sensación, no sé si justificada o injustificada, pero ahí está. Tengo ganas de llegar a sitios más pequeños, donde el contacto humano siempre es más cercano y la gente no está tan maleada.

Bueno, yo sigo a lo mío, que es callejear y fotografiar lo que me viene en gana. En ese sentido sí disfruto. Con la cámara en la mano soy feliz. Se me pasa el tiempo volando, ni me entero. No me acuerdo ni de comer, algo bastante complicado en mí.

Un rato después me voy al Palacio de la Cultura y de la Ciencia, para hacerme un poco el cultureta, pero no voy por las exposiciones, que seguro que están de cine, sino porque con sus 234 metros de altura, y siendo el edificio más alto de Polonia, tiene un mirador en su planta trigésima que te quita el hipo.

Está atardeciendo a toda velocidad, y he decidido venir a esta hora precisamente por eso: me apetecía pillar ese momento del día que no se sabe si amanece o atardece. La verdad es que las vistas son espectaculares. Bien merece la entrada los 20 slotis que me han cobrado (unos 5 euros).

Hay un tío dos arcos más allá, y se acerca hablándome en polaco. Chaval, como no te expreses mejor, así no vamos a ningún lado. Ah, perdona, pensaba que eras de por aquí. ¿Qué pasa? ¿Tengo cara de polaco? Jajaja, si es que soy de un ocurrente con los chistes, una barbaridad.

Le pregunto a ver qué hace. Tiene montado un trípode de unos 2 metros de altura, no he visto cosa igual en mi vida. Es un profesional, y está haciendo un time lapse. Tiene un montaje de flipar, el tío. Ya me gustaría verlo. Me da su tarjeta con su página web y cada uno a lo suyo. Ya que estamos, hago un poco el oriental, y le copio la idea. ¡Voy a hacer un time lapse también! Lo jodido es que yo no tengo los aparatos que tiene el colega, así que lo tengo que hacer a mano. El polaco aún se está partiendo de risa de verme presionando el disparador cada 3 o 4 segundos durante 20 minutos, y encima, me imagino que quedará como un churro. Ya os contaré.

Después de esto, doy por concluida la jornada, agarro la moto, y me voy a dormir.

Me levanto como nuevo, la cama era enorme y firme, cojonuda. De vez en cuando viene bien una cura de sueño, para ir recuperando un poquillo. Como el desayuno está incluido, voy a dejar mi impronta en el local.
Me pongo albardado, como siempre. Aprovecho estas ocasiones y desayuno como si se fuera a acabar el mundo, así, después, puedo aguantar todo el día sin parar a comer. Pico algo rápido y sigo, y así aprovecho mejor el día. Eso sí, luego una buena cena no me la quita nadie.

Salgo a media mañana, tranquilamente. La intención es llegar a eso de las 6 de la tarde. No hay prisa.

La carretera es como la de ayer, y el tráfico de camiones, también como el de ayer. Aguanto como puedo la primera mitad del trayecto, pero llega un momento que se me hace insufrible. Busco en el mapa una alternativa. El problema es que hay un camino más corto, pero hay que entrar en Bielorrusia, y no tengo visado. Igual con el visado de Rusia me dejarían entrar, pero sólo tengo dos entradas, y si gasto ahora una de ellas para esta chorrada, pues no tiene mucho sentido, así que rebuscando en el mapa, veo una carretera secundaria que va derechita a Vilnius, objetivo del día. 


Sin dudarlo más, cambio de ruta y desobedeciendo al GPS, arranco. El señor que va dentro del navegador no hace más que protestar. Cambie de sentido si es posible... cambie de sentido si es posible... ¡Que no me sale de los cojones! ¡Hombre! ¡que por aquí voy muy bien!


También hay tiempo para un poquito de off
Y he de decir que ha sido todo un acierto. Una carreterilla secundaria en perfecto estado, sin tráfico, con paisajes espectaculares y menos kilómetros hasta mi destino. ¡A topeeeee! Además, como tengo tiempo, me da por pajarear un poquillo y empiezo a meterme por unas pistas que se van convirtiendo en bosques, y acabo recorriendo un montón de kilómetros entre árboles, siendo una experiencia de lo más gratificante, después del agobio de la carretera anterior. Al final, abandono los bosques, y tras chequear que voy en la dirección correcta, continuo por carretera.
De repente, veo unas señales que me llaman un poco la atención, así como de la Unión Europea, o algo así... ¡Leche! ¡Si es la frontera! Me pilla por sorpresa, no me lo esperaba, el señor del GPS debe estar enfadado por lo de antes, porque de normal me dice: "paso fronterizo más adelante". Y ahora se ha quedado mudo. Seguro que lo ha hecho por joder. Pero da igual, no hay absolutamente nadie, como en todas las fronteras anteriores que he pasado. En ninguna me han pedido nada, ni siquiera me han mirado a la cara. Y es que con esto de Unión Europea, las fronteras se han quedado un tanto descafeinadas. Le quita ese puntillo de emoción de enfrentarte al funcionario de turno, que dependiendo del día que tenga, te puede arruinar el día con esperas sinsentido y trámites burocráticos infinitos, o te lo puede facilitar dejándote pasar a la primera y sin más dilaciones.

Bueno, pues aquí estoy ya, en Lituania. Joder, se dice pronto, pero ya cuesta un rato llegar,¿eh?

El paisaje cambia al instante. No me refiero al paisaje natural, que por supuesto es el mismo, sino al paisaje humano. Lo primero que me llama la atención son las líneas eléctricas, parece que los postes se van a caer en cualquier momento y los cables están todo roñosos. Sensación de abandono y falta de mantenimiento. Luego las casas, los coches, el asfaltado, etc, etc. Igual es que he entrado por una frontera pequeña y esto está un poco más cutre. A ver, no me malinterpretéis. No quiero decir que sea un país atrasado ni muchísimo menos. Puede ser que las prioridades sean otras. No sé, de todas formas, tampoco es nada demasiado exagerado.

Paso delante de un cementerio que me llama la atención. Hay gente arreglando las tumbas de sus muertos, y veo un caminillo que pasa por un lateral, y yo que no puedo dejar de husmear, me meto. 

Y ahí voy yo, todo ufano, por el caminillo del cementerio, cuando de repente, no me digas qué es lo que hago con la rueda delantera, pero el caso es que pierde tracción, y en milésimas de segundo estoy en el suelo tragando polvo y hierba. Os pongo un enlace al vídeo que es bastante gráfico. La edición no está nada currada, está el vídeo en crudo, sólo lo he recortado para que no fuese eterno. No había pensado publicarlo, porque me da un poco de vergüenza, pero ante los comentarios de alguno de vosotros, me voy a tirar al barro. Además, ¿cómo se llama este blog? Al que rueda, le sucede. ¡Pues eso mismo!

He llegado a Vilnius y lo poco que he visto, me ha encantado. Es más mi tipo de ciudad, más pequeña y coqueta, y sobre todo, la calidez de la gente. Todas las personas con las que he hablado, han sido amables, educadas, serviciales... Así da gusto. He pedido hielo en tres sitios distintos a lo largo de la tarde, y en los tres me han atendido de maravilla, sonriendo en todo momento, e interesándose por mí estado, incluso ofreciéndose a llevarme al hospital, si fuera necesario. Así da gusto... ¿o qué?

Dependiendo de cómo me levante mañana, decidiré si visito la ciudad por la mañana y sigo ruta, o por el contrario, me quedo aquí descansando. La verdad es que no es un mal sitio para quedarse. Me gustaría investigar un poquillo la ciudad, y como ya os he dicho antes, lo que he visto de ella, me pareces interesantísimo. 

Mañana os cuento a ver que tal voy. Besos y abrazos.










viernes, 23 de mayo de 2014

DIA 4.- PRAGA - WROCLAW


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Al levantarme, la conexión sigue por los suelos, así que la crónica se queda sin subir. Son las 8. Tengo 3 horas de tiempo porque a las 11 he quedado con el del apartamento. Tiempo más que suficiente para darme otro garbeo por esta encantadora ciudad, y de paso la exprimo un poco durante el día, que ayer cuando empezó mi visita estaba ya anocheciendo.



Como aún es temprano, las tiendas están cerradas, los camareros de los restaurantes tímidamente empiezan a colocar las terrazas, y los turistas todavía están en pleno proceso de convertir su hígado en paté en esos buffets de hotel caro que se cascan. Yo, como voy de pobretón por la vida, no tengo el desayuno incluido, así que tengo que encontrar algún rinconcillo agradable donde poner el huevo.

Y en esas estaba, disfrutando de mi capuchino y de mis 2 bollos gigantes que me acababa de pedir en una cafetería diminuta que había en una callejuela (con obrador propio y todo, he llegado a ella por el olor, no te digo más) cuando han empezado a entrar hordas de gente, a voz en grito, que si yo un café, que si yo un bollo, que si... mecagüen tus muelas!! Con lo tranquilo que estaba yo aquí solito. Yo creo que lo que ha llegado allí era más o menos la mitad de la población italiana. Mira que no falla. Llegas a cualquier sitio del mundo, te sientas en cualquier plaza y observas 5 minutos, y el grupo que más grita y gesticula y da por culo, no falla... españoles o italianos. Al 100%. Eso sí que es la marca España, y no lo que nos venden por ahí...
En fin, que yo al punto de la mañana no estoy para gritos, así que finiquito mi desayuno y me largo rápidamente, antes de alguno de los italianos se dé cuenta que soy de los suyos y me abrase vivo.

La temperatura empieza a apretar, y mira que es temprano. Hoy me parece que va a tocar sudar un poco, tanto en el paseo mañanero, como más tarde en la moto. Pero yo lo prefiero así, para que nos vamos a engañar: llevo bastante mejor el calor que el frío. Y ya la lluvia, ni te cuento. Pero es lo que tiene viajar en moto. No todo iban a ser ventajas. 

Vuelvo a visitar, más o menos, las mismas cosas que ya vi ayer, pero por el día no tiene nada que ver, y fotográficamente, menos. Hay una luz alucinante, aunque por la hora que es, va a durar muy poco. En cuanto el sol se levante un poco más, ya no será lo mismo, así que hay que darse prisa.

Además, hoy visito el castillo, al que ayer no subí. Lo dicho: buena sudada tras subir los millones de escalones que dan acceso al mismo. Buufff!!! Que no son horas!!

El castillo está bien, no se puede decir otra cosa, es bonito, pero para mi gusto, un castillo-catedral más. Como siempre, me gusta más por fuera que por dentro. El otro día comentaba con un amigo y los dos coincidíamos en que, normalmente, en los viajes, preferimos mil veces sentarnos tranquilamente en un banco o en una terraza, con una cervecita fría entre las manos, y simplemente observar. Observar la fauna. Personalmente, a mí me satisface mucho más apreciar las diferencias culturales a vistazos, e imaginarme cosas, que, con total seguridad, no tienen nada que ver con la realidad, pero... ¿qué más da? Yo me lo paso genial.

Hoy también me he dado cuenta de una actitud que llevo observando hace tiempo y me llama mucho la atención. Os pongo en situación. Vas paseando, sin rumbo, como siempre. Algo te llama la atención. Te imaginas la foto, pruebas un encuadre. Otro. Otro. Te agachas. Te arrodillas. Te retuerces. Ya casi la tienes. Estás a puntito de presionar el disparador, cuando, sin haberlo percibido antes, notas un aliento en la nuca. Acojonado, te giras, y ahí está. Se trata de un ente con los ojos rasgados que le delatan. No es trigo limpio. Él sabe que está haciendo algo malo. Y tú también lo sabes. En fin, continúas a lo tuyo. Ya, un poco desconcentrado, terminas de hacer esa foto que nunca ampliarás, porque ya está sucia. Y está sucia, porque en cuanto terminas tu foto y te mueves medio milímetro de tu sitio, el oriental, cual animal de presa, ocupa tu sitio al instante, y en menos de 3 segundos ha hecho 7 fotos, y se va tan campante, sonriendo, como siempre. Y ahí te quedas tú, con cara de panoli, sabiendo que esa foto nunca será única. Ninguna lo es, pero en este caso es tan obvio, que no te queda más remedio que seguir con tu paseo, a ver qué surge. Igual la SGAE podía meter un poco de caña, o algo. Por plagio descarado, no sé...

Para cuando dan las 11, ya me he duchado de nuevo, he empaquetado y he entregado las llaves. El sitio estaba muy bien, salvo la pega de la wifi. Bueno, no es el fin del mundo, ni mucho menos.

Salgo de Praga sin problemas, bastante rápido, no hay atascos de consideración. Hasta la frontera con Polonia hay muy buena carretera, 2 carriles en cada sentido y tal. Sin problemas. Nada más entrar en Polonia, la cosa cambia. El asfalto sigue siendo más que aceptable, pero sólo un carril. En principio no hay problema. Me gustan más estas carreteras. El problema es el tráfico de camiones que soporta, que ralentiza muchísimo la circulación, pero que le vamos a hacer. No queda más remedio que armarse de paciencia y poco a poco van cayendo los kilómetros. Además, no merece la pena andar adelantando demasiado, porque por primera vez en este viaje, he visto controles de velocidad que no fueran los radares fijos al borde de la carretera.

Habré visto como 4 o 5. Usan esa especie de prismáticos que se supone que miden la velocidad al apuntarte. No sé qué fiabilidad tendrán, pero me imagino que eso es secundario. Si te paran, te joden. El caso es que como yo iba agazapado detrás de un camión del que me he hecho amigo, pues no he tenido ningún contratiempo, digamos, económico. Ya tuve suficiente ayer con la cagada que me pegué con el cambio. En fin. Creo que de aquí en adelante, esta va a ser la tónica, así que con más cuidado, si cabe.

Llego a Wroclaw (Polonia), no había oído ese nombre en mi vida antes del viaje, y va y resulta que es Breslavia. Tócate los pies. Así, a botepronto, no le veo yo mucho parecido, pero algo habrá, oye.

He vuelto a reservar un apartamento. 22 euros. Estamos que lo tiramos. Cuanto más al norte avanzas, más baratos los precios. Una cosaaa... Estoy a media hora del centro, así que dejo la moto aparcada y me voy dando un paseo, hoy que tengo tiempo. No he leído nada sobre la ciudad, solamente conozco la información que me ha facilitado el del apartamento, un chaval bastante majete, cuyo nombre impronunciable he olvidado a los 2 segundos. Memoria selectiva es lo que tengo. Una enfermedad como otra cualquiera, muy común, especialmente en hombres.

Me pierdo un poco por sus calles, hasta que doy con la plaza, llena de restaurantes y garitos. Pero llena, lo que se dice llena. Una cosa bárbara. Localizo el restaurante que me ha recomendado el chaval, pero no tiene ni una mesa libre. Parece que la recomendación era bastante buena, pero como no soy ningún milindris y me como lo que sea, me la juego con el de al lado. 

Al final, ha salido bien la cosa. Ensalada, carne y postre. Un clásico. Ah, y cerveza negra, bastante fuerte, que me ha dejado un rato bastante trastornado.

Después, vuelta a casa tranquilamente, charlita a través de skype, y ahora, en cuanto termine esto, a la piltra. Otro día más. Poco a poco nos vamos acercando al objetivo.

Besos y abrazos.