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miércoles, 21 de mayo de 2014

DIA 3.- BAD WORISHOFEN - PRAGA



No siempre lo barato sale caro. He dormido de maravilla (más de 5 horas, que ya es todo un récord), el sitio es elegante y tranquilo, y encima el desayuno se lo han currado. Tiene de todo, y yo, que soy un tío agradecido a la vez que cortés, pues le he metido caña de la buena. Hasta las trancas, vaya!! Yo creo que el italiano de la recepción tendrá que ir a terapia después de lo que ha visto esta mañana, te lo digo yo.
Marienplatz

¿Que qué tal el tiempo? Pues un sol radiante, calorcito y sin viento. Para que quieres más.

Entre pitos y flautas me han dado las 10 y media, bastante tarde para mí, pero con el plan que tengo hoy, me sirve. Arranco hacia Munich y me planto allí en menos de una hora. Vaya carreteras que se calzan estos alemanes, ni un solo bache, oiga, impresionante.

En Munich me voy directo a Marienplatz, que es como la plaza del pueblo, como su propio nombre indica: platz de plaza y marien de pueblo. Si es que hay que daros todo mascao...

Se supone que aquí y alrededores está lo más destacado de la ciudad, sobre todo si va a ser una visita relámpago, como es mi caso. Lo que sí tengo localizado es una cervecería: Hofbrauhaus, que se supone que es la más famosa del mundo. Inmensa, oye. Y no es que sea el típico sitio turístico plagado de gente como yo. No. Esto está lleno de alemanes de todos los estilos y todas las edades. Me llama mucho la atención la cantidad de gente mayor (mayores de 60) metiéndose entre pecho y espalda unas jarras de cerveza del tamaño de mi cabeza, que no es chica. No por el hecho de verles bebiendo alcohol, sólo faltaba, sino por la cantidad. Madre mía, qué jarras!! La normal es de un litro!!
Doy una vuelta por el local, observando todo y para ver el funcionamiento. Repito, es muy grande, te lleva un buen rato recorrerlo en su totalidad. Al final veo una mesa con 6 sillas vacía. Me da un poco de palo sentarme sólo en una mesa tan grande, pero mira, yo quiero mi cerveza.


Mientras me voy quitando la chupa (¡Dios, qué calor!) aparece una pareja de esos señores mayores que mencionaba antes y hablando en su gutural idioma, por los gestos, entiendo que me están pidiendo permiso para sentarse a mi vera. ¡Por supuesto, chaval! ¿Quién soy yo para decirte que no? Como si estuvieras en tu casa. Llevan sendas jarras de litro en sus manos, pero no son de cristal. Son grises, no sé si de cerámica, con una tapa metálica, y por lo que entiendo, es para mantener la cerveza fresquita. ¡No saben nada estos abueletes!

¡Vaya chavalería que nos hemos juntado!
Yo me pido la mía, pero me la traen en jarra de cristal. No pasa nada, en peores plazas hemos toreao.
Es curioso lo que te suelta la lengua el alcohol, porque en 5 minutos me encuentro hablando con ellos como si nos conociéramos desde la infancia. Uno de ellos habla algo de inglés, el otro apenas nada, pero no importa, nos entendemos. Y si no, da igual, tampoco vamos a hacer una tesis.

Después de un buen rato allí sentado, hay que moverse. La despedida es difícil. Chavales, sé que es duro, puede que no nos volvamos a ver. Nooooo. No desfallezcáis, sed fuertes. Lo seremos, no te preocupes. Buenos, pues ya me quedo más tranquilo.

Estrechamos las manos y de ahí, a la moto. Dirección Praga.

En Alemania sería un pecado no coger la autopista, así que vamos a la jaula. Es impresionante la velocidad a la que conducen en algunos tramos. Yo tenía pensado que no había límite, aunque yo veo continuamente señales de 120. Bueno, las señales están, pero en muchas ocasiones me han quitado las pegatinas ¡Cabrones, con lo que cuesta ponerlas! Miras por el retrovisor y los ves venir, a veces acojona la velocidad que traen, pero calculo que alguno pasa a 200 largos, pero muy largos. Un error de cálculo y adiós. Eso sí, corren donde se puede correr. La gran diferencia con España es que aquí, en el momento que marca menos de 120, lo respetan a rajatabla. Que hay obras, se reduce un carril y demás, pues todo dios a 80, sin rechistar, desde el Kia Picanto hasta el BMW serie 7. Lo cierto es que da gusto. Además veo que se respeta mucho a los vehículos de dos ruedas, tanto motos como bicis. Está claro que estamos a años luz.
Son las 7 de la tarde cuando llego a Praga, muy buena hora para lo que estoy acostumbrado. He reservado una habitación en unos apartamentos en el centro, justo debajo del castillo. El sitio está de cine, es una habitación triple inmensa, con todo nuevecito. Hasta internet TV, aunque ya le he dicho al jefe que por mí no se preocupe, que no la voy a hacer ni encender.

Tengo un paseo de 5 minutos de reloj hasta el puente. Entre una cosa y otra, ya está anocheciendo. Había oído hablar muy bien sobre esta ciudad, y la verdad es que tiene un puntillo especial, aunque después de caminar un buen rato, mi opinión es que es perfecta para venir en pareja. Muy, muy romántica, con infinidad de restaurantes coquetos y rinconcitos donde sentarse unos minutos. A cada rato te encuentras parejitas de enamorados dándose el lote sin complejos. Aquí alguno va a pillar... y no voy a ser yo.

Veo una oficina de cambio de dinero y digo: ¡Esta es la mía! Cambio unos eurillos, y asi tengo dinero en efectivo para cenar y para la cervecita de después. Muy amable la chica del mostrador, Miro el tipo de cambio, y me parece correcto. Antes de salir del apartamento, he mirado el tipo aproximado para que no me timen, así que venga, al lío. Me devuelve las coronas y me voy tan contento con mis nuevos billetitos del Monopoly.

Pero empiezo a hacer mis cálculos y algo no me cuadra. Miro el recibo que me ha dado la tipa, y veo que me ha dado aproximadamente un 20% menos de lo que esperaba. Vuelvo a la oficina a toda leche y miro el panel donde exponen los tipos, y allí está, bien clarito. No es que me haya timado la chavala. Es que soy un auténtico gilipollas. He mirado la columna equivocada, y la gracia me ha salido a doblón. Ya me parecía a mí demasiado bueno para ser el centro. Mucho mirar en internet... ¿pa qué?

De la mala ostia que llevo en el cuerpo, me compro una pizza y un par de cervezas y me voy a la habitación, no sin antes aprovechar para hacer esas últimas fotos, ya noche cerrada, y las calles con menos gente. Definitivamente, Praga me parece una ciudad mágica, que seguramente ha cambiado mucho en los últimos años debido a la masificación del turismo, pero que aún tiene mucho que aportar.


Hasta la próxima, chavales. Besos y abrazos.





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