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jueves, 29 de mayo de 2014

SAN PETERSBURGO - BIELORRUSIA


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¡Me voy!

He mirado la predicción del tiempo, y resulta que hoy dan malo, pero es que mañana va a ser mucho peor. Ilgam me pone un ejemplo muy gráfico. Me dice: jueves, y abre un poco el grifo de la cocina, dejando caer unas gotillas. Luego dice: viernes, y abre el grifo a tope, saliendo todo el chorrazo. Vale, vale, me queda claro. Empaqueto y me piro. Casi hasta me da pena, porque ya me había hecho a la idea de quedarme un día más, y ver alguna de las tantas cosas que se me han quedado en el tintero. Bueno, diré lo típico de que ya tengo una excusa para volver...

Desayuno con Ilgam, charlando agusto. Es un gran conversador, aunque nuestra capadidad de comunicación es limitada por el idioma, pero nos entendemos bastante bien. Es el tipo de persona con el que congenias desde el primer momento y parece que hace años que te conoces. Pues eso.

Desde la ventana de la cocina vemos cómo empieza a llover con intensidad. Ya empezamos. Me parece que va a ser un día muy largo. La tormenta para enseguida, pero me parece que no será la última.

Después llega el momento de recoger todo. Pongo el piloto automático, y cada cosa va a su sitio prácticamente sin pensar. Al final, todos los días lo mismo. Se llega a tener una rutina hasta en el caos que significa estar de viaje cada día en un sitio.

Me escapo un momento a traer la moto del parking, que está a un minuto. Allí está mi niña, un poco enfadada, porque la he dejado sola bajo la incesante lluvia durante 2 días. Ni me mira a la cara. Vengaaaa, venga, que ahora te pongo un poco de gasolina y nos vamos a dar un paseo, vale? Y si te portas bien, igual hasta te limpio la pantalla y te hincho un poco las ruedas...

Subo al apartemento e Ilgam se ofrece a ayudarme a cargar las cosas. Antes de salir me hace sentarme en el sofá de la entrada. Dice que es una tradición rusa, sentarse antes de salir de casa, chequear que todo está en orden, rezar y ya puedes salir sin problemas. Y así lo hacemos.

Nos sacamos un par de fotos y antes de arrancar nos despedimos con un fuerte abrazo. En poco tiempo le he cogido cariño al chaval. Es impresionante la calidad humana de este tío, me ha tratado como si fuera su hermano pequeño, y me ha ayudado en todo lo que estaba en su mano y más. Ilgam, como sé que leerás esto con tu traductor, sólo quiero que sepas que siempre estaré agradecido por cómo te has portado conmigo. Has sido el primer ruso con el que he tenido un trato cercano, y la verdad es que has puesto el listón muy, muy alto. Un abrazo enorme!!




Venga, va. Salgo de San Petersburgo sin problemas, el tráfico no es demasiado intenso y avanzo rápido. De vez en cuando chispea un poquillo, pero sin llegar a mojar del todo el asfalto. Por ahora va aguantando.

Sufro varios adelantamientos de infarto, algún susto de frente, pero lo que más me acojona es cuando vienen por detrás, que, si estás despistado y no los ves venir, te dan un susto de muerte al pasar a menos de 50 cms. Decido circular por el medio del carril, porque total, da igual donde te sitúes, porque siempre te adelantan apurando. Así, de esta manera, por lo menos tienes un margen de maniobra a tu derecha. Si los ves, claro. Pero bueno, al final a todo te acostumbras, y al cabo de un rato, ya ni me preocupo.

Ahora los nervios me vienen por otro asunto. Me dirijo hacia la frontera con Bielorrusia. No tendría mayor problema si no fuera por el pequeño detalle de que no tengo visado de entrada para ese país. Según otros viajeros, las fronteras están abiertas desde Rusia porque los dos países pertenecen a la Federación Rusa, no siendo así si accedes desde cualquier otro país, que entonces ahí si que no te libras: sin visado, no pasas.

Ilgam me había hecho la consulta el día anterior sobre si era válido el visado de Rusia en Bielorrusia, pero la respuesta fue negativa: a pesar de estar las fronteras abiertas, al ir con pasaporte español, sigues necesitando visado para entrar en el país, y si te pillan, te expulsan y te ponen una multa de 3000 $ (más tarde Ilgam me confiesa que se equivocó, y eran 300$, pero yo en ese momento pensaba que era la primera cifra).

Y ahí estoy yo, cada vez menos kilómetros para la frontera, y dándole vueltas: entro, no entro, entro, no entro... Bah, para qué dices chorradas, si ya sabes lo que vas a hacer. Pues también es verdad, ¡me la juego! Y si me pillan, pues ya veremos cómo salimos de ésta.

A todo esto, empieza a llover, suave al principio, pero poco a poco va aumentado la intensidad, y cuando faltan unos 10 kilómetros, eso parece el diluvio universal. Me parece ver a Noé por ahí agazapado, que por lo visto, también anda sin visado.

Allí está... Ya la veo... Primero el lado ruso, donde no hay nadie... ¡Bien!... Llego al lado Bielorruso y veo a dos soldados, uno de ellos en la ventanilla delantera de un coche, y el otro apoyado en una valla, mirándome. ¡Mierda! Me va a parar, me va a parar... Llego hasta una señal de STOP muy grande y muy roja, ella, y voy reduciendo la velocidad pero sin detenerme del todo. Mientras, devuelvo la mirada al soldado de la valla, para ver cuál es su reacción, y en un momento dado, hace un gesto con la cabeza, como diciendo: "Venga, cateto, tiraaaa!!"

Y tiro, por supuesto que tiro. Le meto un golpe de gas y salgo zumbando... ¡TOMAAAAA! ¡YA ESTOY EN BIELORRUSIAAAA!

Lo primero de todo es hacerse las fotos de rigor con el cartel de bienvenida. Yo creo que nunca me había hecho tanto ilusión una foto de este tipo. Después de la sesión, sigo carretera adelante, para asomarme un poco a la ventanilla del país. Tampoco quiero que se me vaya la olla, porque, al fin y al cabo, ahora mismo soy un inmigrante ilegal, y aunque todos sabemos que tampoco es que sea el crimen del milenio, sí que es verdad que si te pillan en esa situación y coincides con el tonto de la clase vestido de uniforme, pues te puede hacer pasar un mal rato. Así que hago unos cuantos kilómetros, y cuando ya he cumplido el expediente, doy la vuelta y vuelvo por donde he venido. Paso otra vez por el control, y el soldado de la valla sigue en la misma posición (qué stress de trabajo, oiga), ni se ha movido. Me suben otra vez las pulsaciones, porque si me para ahora, ahí sí que no tengo excusa.

Yo, por si acaso, para aparentar normalidad, le saludo levantando la mano como si nos conociéramos del bar. El tío me vuelve a mirar como diciendo, esta vez: "Otra vez el tonto de hace media hora. ¿Qué cojones estará haciendo? Me voy a merendar" Lo que da de sí una mirada, ¿eh?






Bueno, oye, objetivo cumplido. Ha ido bien, y ya estoy otra vez en tierras rusas, con mi correspondiente visado en regla y con el corazón en su sitio, a ritmo normal. Ha sido emocionante. Puede parecer una chorrada, pero a mí se me han puesto los pelos de punta, y es que una frontera de estas impresiona, a mí por lo menos...

Ahora es cuando toca buscar alojamiento. No he reservado nada porque no tenía ni idea de cómo iba a acabar la aventurilla, así que pongo en el GPS la ciudad mediana más cercana, y que me lleve. Velikiye Luki se llama. Me planto allí, y me encuentro con un problema con el que no contaba: no tengo ni pajolera idea de como se escribe hotel, pensión, hostel, habitacón... en cirílico, y todos los carteles me parecen iguales. No sé si es un restaurante, una farmacia o una tienda de souvenirs. Podría sacar el librito de frases útiles que llevo en el bolso, pero con la que está cayendo, me da una pereza que alucinas, así que busco sin mirar los carteles, sólo el aspecto del edificio. Y allí veo uno que parece un hotel. Y, efectivamente, lo era... ¡Redios, qué aguililla soy! También tenía otra pista, pero esa es para despistados, que es la palabra HOTEL escrita en grandes letras amarillas encima del edifico... Venga, va, fustigadme ahora, que sí, que soy  muuuu tonto!!

En la recepción no hablan inglés, pero usan el traductor de San Google con una soltura envidiable. 30 euros con desayuno. Teniendo en cuenta que estoy como una sopa y hecho añicos, ni me planteo el buscar algo más barato. ¿Dónde hay que firmar, niña?

Cuando estoy cogiendo las bolsas de la moto, escucho a mi espalda una voz: "Hola". ¡Jarl! Casi me da! Me giro y me encuentro a un chaval de unos 25 años que me mira sonriendo. Yo, que soy un tío educado, porque fuí a colegio de pago, le contesto, por supuesto. Nos ponemos a charlar, y resulta que es Alexander, ciclista y que vivió 3 años en España. Ah, ¿sí? ¿Dónde?. En Pamplona. ¡No jodas, yo soy de Pamplona!

Hay que ver lo pequeño que es el mundo. Aquí la gente no habla más que ruso, y de repente, encuentro a un chaval, que habla inglés y castellano perfectamente, y encima ha corrido en el Caja Rural, un equipo navarro. Tiene bemoles la cosa. Charlamos un ratillo y me dice que si tengo cualquier problema con el idioma, que no dude en decírselo. Gracias majo, no te preocupes, que me voy a meter en la habitación, y no me sacan de allí ni con agua caliente.

Bueno, gente, mañana Moscú, otra gran cita del viaje. A ver qué nos depara. Besos y abrazos.






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