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domingo, 25 de mayo de 2014

VILNIUS - RIGA


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El hotelillo es sencillo en lo material, pero increíble en el trato humano. Cada persona del staff con la que me cruzo, al verme cojear como un octogenario, se para unos segundos para interesarse por mi tobillo, y cada uno me da sus consejillos para recuperarme rapidamente. De todas formas, me he levantado mejor de lo esperado, puedo andar dignamente, con una ligera cojera, y es un dolor sordo, soportable el que tengo. 

El desayuno no está incluido, pero el café y el té son gratis, y puedes comprar croissants recién hechos y traidos por un pastelero francés (en serio) por 3 litas (menos de un euro). También tienen un frigorífico enorme, con todo tipo de bebidas, incluyendo varios tipos de cerveza en botellas de medio litro, que ya fueron catadas ayer. Un detalle cojonudo es que no pagas las bebidas, las apuntas en una hoja con tu número de habitación, y pagas cuando quieres, además a precios muy módicos. Ayer, al llegar a la habitación, en la almohada había un folio enrollado y atado con una cuerdecilla en plan pergamino. Era una carta de bienvenida que me llamó tanto la atención que la fotografié, y muestra muy bien la calidad humana que me he encontrado. Me mola el estilo de esta gente.

Después, recojo los bártulos y los saco de la habitación, dejando todo en una especie de cuarto de material, donde me guardan todo hasta que vuelva de patear la ciudad. Mejor dicho, cojearla

Para no andar tanto, mejor voy en moto. Qué gran idea, ¿verdad? Pues sí, si no fuera porque casualmente hoy se celebra el Maraton de Vilnius, y están todas las calles cortadas. Tiro por aquí, nada. Por allá, nada. Por arriba, por abajo. Imposible. Es una ciudad pequeña, y vayas por donde vayas te encuentra todo cortado al tráfico. Así que después de dar unas cuantas vueltas, decido dejar la moto a 200 metros del hotel y me voy andando. Vamos, que me he ahorrado una distancia brutal, teniendo en cuenta que he estado más de media hora dando vueltas. En fin. 

Una mala noche la tiene cualquiera
Vueltecilla por el centro más que agradable. A pesar del barullo que la organización de un maratón genera, se ve que es una ciudad la mar de tranquila, en la que las distancias se pueden hacer perfectamente a pie, sobre todo si los tienes sanos. Me gusta Lituania, y Vilnius en particular me parece una ciudad a visitar, muy coqueta y apañada, y cuyos habitantes son gente amable y servicial, y con un nivel de inglés en la calle que ya lo quisieran para sí muchos países supuestamente más avanzados. El 100% de la gente a la que me he dirigido, me ha respondido con una fluidez y acento acojonantes. Supongo que el nivel educativo por estos lares será bastante alto, me da a mí en la nariz.

Después de 4 horas en las que da tiempo más que de sobra a ver lo más importante de la ciudad, regreso al hotel a vestirme de astronauta y salir a rodar unas millas, que me apetece. Recorro los últimos 200 metros del trayecto en moto. Si es que soy más chulo que nadie.








Normalmente, siempre te quitas las botas de moto (o cualquier otro tipo de botas) con un suspiro de alivio de tamaño XXL. Pues bien, hoy ha sido al revés. El suspiro lo he dado cuando me las he puesto. Buf, qué sensación de rigidez! Se agradece algo que te apriete el tobillo cuando lo tienes en las condiciones que está el mío. Además, aprieto las hebillas al máximo soportable, y la sensación de rigidez aumenta un poquito más. Listo para montar. Como ya me había advertido Sergio Morchón, el doctor Jaus, en la moto es donde mejor estoy, porque el tobillo no se menea, y va bien protegido dentro de la bota. Y así ha sido. Ni me he acordado de mi lesión en todo el trayecto

Una vez preparado, me despido de la gente, que entre empleados y clientes, había unos cuantos. Llegar en moto siempre genera curiosidad, y además con matrícula extranjera desconocida, más. Mucha gente me pregunta a ver de donde soy porque ven la E en la matrícula, y no lo relacionan con España. Es algo que siempre da mucho juego para iniciar una conversación.

Carretera y manta. Hoy tocan unos 300 kms. Coser y cantar.

Después de un rato encima de la moto, llego a una frontera: esta vez la de Letonia. Joder, voy a país por día. A este paso me recorro el mundo en un par de mesecillos. Al igual que en días anteriores, la frontera completamente abandonada, con los antiguos barracones de control en estado ruinoso. Es curioso verlo así, en esas condiciones. 

Sigo adelante y al contrario que otras ocasiones, no parece que haya cambiado de país. Todo se ve exactamente igual que en el anterior. Será que son primos hermanos.

Ya entrando en Riga se empiezan a echar unos nubarrones a toda velocidad y se levanta un viento huracanado que hace difícil la conducción incluso para los coches. Parece que el señor Eolo no está de muy buen humor. Chaval, con ese carácter, no te casamos, eeehhhhh?

Por suerte, el hotel está en la parte de la ciudad por la que yo entro, y llego enseguida. Cuando aún estoy descargando bolsas, empieza a jarrear como si no lo hubiera hecho nunca. Me libro por cuestión de segundos.

El hotel tiene una pinta estupenda. He subido un poco mi presupuesto esta vez porque vi que tenían masajista, pero tras hablar con ella, me dice que es mejor no tocar nada siendo la lesión tan reciente, porque sería contraproducente, que ella no mete mano hasta que ha pasado una semana. Así que me quedo sin masaje. Una pena, llevaba todo el trayecto pensando en él. Bueno, más adelante será. No pienso acabar este viaje sin recibir un buen masaje de los pies a la cabeza. Aún no sé el sitio, pero me lo estoy ganando. ¡He dicho!

Tras cenar algo en un restaurante pequeñín al lado del hotel, vuelvo a la habitación a descansar y mañana me pateo la ciudad, que es algo mayor que Vilnius, pero también pequeña y manejable. Así que hasta mañana, chavales. Un placer, como siempre...






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