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domingo, 22 de junio de 2014

VEYGNES - CERVERA - PAMPLONA



Hoy toca madrugar. Tampoco tengo mucho que hacer aquí, así que me doy una buena ducha, recojo el chiringuito, me despido de los hermanos franceses, y carretera y manta.

Un día más, el clima es benévolo conmigo, y no se ve ni una sola nube en el firmamento. Ahora la temperatura es buena, muy buena, pero tiene pinta de que más tarde, el señor del tiempo no va a ser tan majo, y hoy va a calentar de verdad. No me importa, prefiero calor que frío. Mil veces.

Paro en un pequeño bar al borde de la carretera para desayunar algo. Aquí no hay suerte. Sólo tiene unas pequeñas magdalenas, normales tirando a mediocres. Es un pecado desayunar esto en un país como Francia, mundialmente conocido por su extraordinaria repostería, pero bueno, el hambre aprieta, y no me voy a poner en plan milindris a estas alturas de la peli. Me como unas cuantas y arreglado. Pero no se lo digáis a nadie, que uno tiene una reputación que mantener...

Voy por carreteras secundarias, evitando las aburridas autopistas francesas, pero lo cierto es que si quieres atravesar este país y lo quieres hacer medianamente rápido, al final no te queda más remedio que entrar en la jaula, porque si no, la cantidad de pueblos que tienes que atravesar, con sus miles de semáforos y rotondas por todas partes, hace que el ritmo sea cansino, muy cansino. Así que, al final, cedo, y entro en la autopista, pero esto tampoco lo comentéis. Bueno, teniendo en cuenta que el viaje toca a su fin, creo que me puedo permitir alguna pequeña licencia, ¿no?

Circulo por autopista hasta pasado Perpignan, donde me desvío a la derecha por la D115, dirección España. No voy a entrar por La Jonquera, quiero probar otra entrada, y esa carreterilla, sobre el mapa, tiene muy buena pinta. Afortunadamente no me equivoco, y en unos pocos kilómetros, me encuentro rodando por una carretera de montaña de lo más cuqui. Bien de curvitas para dar la bienvenida a la que se supone que va a ser mi última frontera.
La D115 se convierte en la C38 cuando cruzo la inexistente frontera, y comienza la bajada por el mismo tipo de carretera. Paro a repostar tanto para mí como para la moto en una gasolinera Repsol. REPSOL. No es por hacer publicidad, ni nada que se le parezca, pero es que me ha hecho ilusión y todo. Hasta las cosas más tontas se acaban echando de menos. 

Cojo la C25 dirección Lleida, pero no llegaré allí. Voy a parar en Cervera, donde he quedado con Isaac Feliu, el fenómeno que me pasó los tracks de los Alpes, para así poder conocernos en persona y charlar un ratillo de nuestras cosas. 

Yo no lo sabía, pero resulta que es el pueblo que vio nacer a Marc Márquez, el niño que está revolucionando el Mundial de Motociclismo. Al entrar en el pueblo, una de las primeras cosas que veo es uno de sus clubs de fans, así que, qué mejor sitio para esperar a Isaac que en esta terraza. 

Isaac aparece enseguida, montado en su máquina, su GSA, con la que dio la vuelta a todo el continente africano, y como eso no le bastaba, cogió el animal de él, y se subió hasta Cabo Norte, uniendo en un mismo viaje los dos puntos extremos de cada hemisferio. Se dice pronto, ¿eh?

Tras tomarnos sendas cervezas, y charlar animadamente un buen rato, en el que nos pisamos el uno al otro, de la cantidad de batallas que salen (parecemos el abuelo Cebolleta y su compinche), le pregunto por un camping cercano donde me pueda quedar a dormir. Se me queda mirando con cara divertida, y me dice: Pero chaval, tu qué te crees que es esto. Aquí el camping más cercano está a 100 kms. Que aquí no hay playa ni cosas de esas. Anda, agarra los bártulos y vente para mi casa, que tengo una cama como pa ti.

Yo declino la invitación, pero con la boca pequeña, ya se sabe, cosas de la educación y tal, pero lo cierto es que no me apetece un carajo recorrer 100 kms más hasta llegar a un camping que no sé ni si existe. Así que tras hacerme un poco el remolón, acepto encantado la invitación, y así de paso, tenemos la oportunidad de seguir dándonos la paliza el uno al otro.

Le sigo por unas carreteras mega secundarias, hasta que llegamos a su casa. Tras saludar a Cris y Merchi, su mujer e hija, me instalo, me ducho, y nos vamos a cenar una pizza al pueblo. El muy jodido no me deja ni pagar. Encima que me aloja en su casa, me invita a cenar. ¿Así se siente un mantenido? ;-)

Duermo como un bebé. Esto de vivir en un pueblo tiene sus ventajas. Hay un silencio sepulcral. Una maravilla, oiga. Los que somos carne de ciudad no estamos acostumbrados a este silencio, y lo cierto es que, de vez en cuando, se agradece. Bautizamos la moto con unas pegatinas especiales. Son las pegatinas del proyecto de Isaac: MOTERUS, una red social para moteros. Como su logo indica, meet, share, plan & ride. Claro que sí. Conoce, comparte, planifica y rueda. Si te va este rollo, ya sabes: www.moterus.es ¡Suerte con el proyecto, tío!

Me acompaña a desayunar y tras otro rato de charleta, nos despedimos. Ha sido uno de los encuentros más agradables de todo el viaje. Un gran tipo, este Isaac. Nos veremos en breve, seguro.

Y ahora me dirijo a Sabiñánigo. He quedado allí con mi hermano, porque él tiene mono de rodar y a mí me apetecía hacer los últimos kilómetros acompañado. Y, ¿qué mejor compañía que la de mi hermanico pequeño? Habíamos quedado a las 12, pero le mando un mensaje para decirle que voy un poco tarde. Me he entretenido en Cervera, y ahora no llego, pero bueno, que no nos entren las prisas ahora.

Llego a las 12 y media pasadas, y cuando me aproximo al restaurante donde he quedado con Iñigo, veo en la puerta del garito un poco más de bulto del esperado. Nada más y nada menos que 7 motos y 11 personas. Mi brodel ha corrido la voz y se han apuntado unos cuantos del Motoclub 7 de Julio, que han aprovechado su salida de domingo para venir a recibirme. ¡Todo un detallazo! Se me ponen los pelos de punta sólo de recordarlo. Y es que, uno, después de semejante viaje y estando ya tan cerca de casa, como que está más sensible de lo normal. 



Comentamos el viaje durante un buen rato, e intento responder a todas las preguntas., todo esto con una buena cervecita en las manos, que aquí, se puede, aunque sin abusar, por supuesto. Pero es que la mayoría de países que he atravesado tienen tasa 0'0, así que aprovechando esa permisividad que caracteriza a nuestros gobernantes y que tanto se preocupan por nosotros, me meto entre pecho y espalda esa cervecita bien fresquita... Yeaaaahhhh!!!

Y después, sin entretenernos demasiado, arrancamos nuestras monturas y me dejo llevar por la estela del grupo, que me ha preparado una ruta de bienvenida, hacia carreteras francesas, para, después de unos kilómetros por el país vecino, entrar en Navarra por Belagua, en mi modesta opinión, la zona más bonita y espectacular de mi tierra, con sus montañas más altas y su alucinante paisaje kárstico.

Iñigo y Virginia, desde su máquina
Paramos a comer en el Portalet, antes de cruzar a Francia, para después darnos un buen baño de curvas por los diferentes puertos de la zona. Para rematar la faena, el cielo se encapota, y empieza a llover, cada vez más fuerte. Rápidamente, paramos para ponernos los impermeables, y más vale, porque en poco rato, nos caen unos cuantos litros encima, con una soberana granizada incluida y atravesando unos bancos de niebla bastante interesantes. Vamos, lo que se dice una ruta variada. Si es que mi hermano, cuando se pone a organizar, no se le olvida ni el más mínimo detalle ;-) Por supuesto, desde aquí, mi más sincero agradecimiento a ti, Iñigo, y por añadidura, a todos los demás, empezando por mi cuñada Virginia, Alberto, Alicia, Victor, Yoli, Txuma, Alberto, Josetxo, Jose Ignacio y Elena. Fue un auténtico placer compartir con vosotros esos últimos kilómetros. Es una sensación muy agradable el dejarse llevar y no tener que pensar hacia dónde tiras en cada cruce, y sólo piensas en seguir la estela de la moto que llevas delante. Sobre todo cuando has rodado solo durante tantos días. Una vez más, ¡gracias!


Para cuando entramos en Navarra, el señor que organiza el tiempo nos da un poco de tregua, y poco a poco, se va despejando, hasta quedarse de nuevo un día radiante. Paramos en la piedra de San Martín para hacernos la foto de grupo, y continuamos ruta dirección sur, hasta coger la autovía que nos lleva directos a Pamplona. El plan era tomar todos juntos un refrigerio en la sede del Motoclub, en Mutilva, pero el tiempo se me ha echado encima, y no puede ser. Tengo que estar antes de las 8 de la tarde en el teatro de Ansoain, donde actúan Elma y Candela en su espectáculo flamenco de fin de año, tras muchos meses de duros ensayos.

Lo mejor de todo, es que ellas piensan que yo llego el martes, y no se esperan mi presencia entre el público, así que a ver cuál es la reacción. He estado medio engañando al personal para que pensaran que estoy en Suiza a estas alturas, pero el tema de mentir no se me da muy bien, así que ya veremos, aunque eso, ya forma parte de otra historia...

La ruta ha terminado. Ha sido un viaje intenso, duro (sobre todo físicamente), pero a la vez enorme y satisfactorio. Ahora toca recomponer todos los recuerdos y dejar que el poso se vaya asentando. Seguiré viajando un tiempo mientras trabajo en la edición de los vídeos, que será un proceso largo, supongo. Como el año pasado, más o menos, cuando terminé el último de los vídeos en diciembre, aunque este año espero ir un poco más rápido, ya que no empiezo de cero.

Sólo me queda agradeceros a todos vuestro apoyo, en forma de mensajes, tanto en el blog, en Facebook o vía correo electrónico. No podré olvidar la avalancha de mensajes que recibí cuando solicité ayuda e información cuando me encontré la frontera georgiana cerrada por desprendimientos. Eso es sólo un ejemplo de todo lo que ha sucedido aquí en el último mes y medio. 

Por supuesto, si alguien necesita info sobre cualquier cosa referente a la ruta, que se ponga en contacto conmigo a través de cualquiera de los medios antes mencionados, e intentaré resolver cualquier duda, dentro de mi conocimiento y experiencia propia. 

Una vez más, gracias a todos. Nos veremos por aquí.

Besos y abrazos...


viernes, 20 de junio de 2014

BLED - STELVIO - PISOGNE - SESTRIERE - VEYNES


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Como ya me imaginaba, al dejar el B&B descansado y fresco, y con el cielo despejado y brillante, los paisajes que tanto me gustaron ayer por la tarde, hoy son absolutamente espectaculares. El lago con su castillo, y después las carreteras secundarias eslovenas, que son algo impresionante. A esas horas de la mañana y sin apenas tráfico, con buena temperatura y todo el día por delante, tengo uno de esos ratos para recordar, curveando suavemente y dejando que el aire acaricie mi cara. 


Antes de llegar a la frontera italiana, paro a desayunar en un restaurante donde pone un cartel de "Bikers welcome". La verdad es que soy bienvenido, pero no tiene nada para comer a esas horas. Café sí que tiene, así que le pido permiso para desayunar las galletas que llevo en la moto, y todos contentos. Hasta me pido un segundo café, por eso de ir bien despejado, y por hacer un poco más de gasto, ya que tan amablemente me ha dejado desayunar en su terraza. 1'50 euros los dos cafés. Estos precios tan asequibles tocan a su fin. En cuanto cruce la frontera que tengo a un par de kilómetros, me meto de lleno en territorio de precios escandalosos. Lo bueno se va acabando, snif, snif...


Hoy voy a hacer una ruta off road que me ha recomendado Isaac, un gran tipo, que sin conocernos personalmente, me ha pasado unos tracks para el GPS de unas rutas que hizo él hace un tiempo. Me da cierto respeto, porque el nivel que tiene él en off, no tiene nada que ver con el mío. Yo soy bastante torpe, y con la burra cargada, más. Me ha dicho que esté tranquilo, que es una ruta asequible y preciosa, así que allá vamos. 

Las carreteras de aproximación son fantásticas: bonitas curvas y paisajes brutales. Esto son los Dolomitas y los desniveles son increíbles. En un momento, se levanta una mole delante de ti que te deja sin respiración. Preciosa esta zona.

Lleno el tanque antes de emprender la ruta. No quiero sorpresas como la de la Transfagarasan. Ahora sí que me quedo sin respiración: 1'82 euros el litro. ¡Bienvenido a Italia, chaval! Ya te echábamos en falta... Más del doble de lo que cuesta el litro en Rusia, aunque aún más barata que en Turquía, donde allí te ponen oro líquido a unos 2 euros el litro. Un pequeño robo, ¿no os parece?

Comienzo la ruta de Isaac. Al principio se trata de asfalto, y más vale, porque los desniveles son brutales: ya al principio hay señales de rampas del 28%, y más arriba aún pica más. Casi prefiero no saber las cifras, pero en los tramos que voy de pie encima de la moto, tengo que echar todo el peso adelante para contrarrestar el poderío de esas rampas. Sigo subiendo y pasamos al hormigón, con numerosos surcos para desalojar el agua. Hay zonas completamente cubiertas de tierra por las recientes lluvias, y la cosa se va complicando un poquito, pero sin más. 

El problema más gordo viene cuando me encuentro un árbol derribado en medio del camino, con un pequeño paso que han practicado a base de hachazos, dejando el espacio justo para que pueda pasar una persona, y no muy grande. Sigo andando unos centenares de metros, y veo como el hormigón termina, y empieza la pista que venía buscando, ya sin desniveles gigantescos, y siguiendo la cresta de las montañas, continúa serpenteando hasta que se pierde en la distancia. 

No va a poder ser. No hay manera humana de pasar a través de ese árbol con semejante máquina. Difícilmente podría pasar un scooter. Incluso tomo medidas para ver si quitando la pantalla y los retrovisores podría llegar a pasar, pero las cuentas no me salen. Así que no tengo más remedio que, con cuidado, dar la vuelta, y con el rabo entre las piernas, emprender el regreso por donde he venido. Una lástima. Tendré que volver algún día. El problema es que se me están quedando tantas cosas en el tintero, que voy a necesitar otro mes entero si quiero hacerlas. Algún día, quizás algún día...



Próximo objetivo: el paso del Stelvio. Hace unas semanas estaba cerrado por nieve, así que a ver si, con un poco de suerte, lo han abierto ya y lo puedo atravesar.

Conforme me acerco, la cantidad de moteros por las carreteras aumenta exponencialmente. No está sólo el Stelvio. Hay un montón de pasos alpinos por la zona, y la mayoría de ellos han estado cerrados hasta hace poco, así que la gente está con ganas, y hoy que hace buen día, parece que no soy el único que ha tenido la brillante idea de subir a las montañas. A pesar del intenso tráfico, disfruto muchísimo durante toda la aproximación. Firme en buen estado y tiempo inmejorable.

Comienzo el ascenso, y las curvas cada vez son más cerradas, hasta que empiezan las "tornantes", que así es como están señalizadas y numeradas cada una de las curvas de 180º que tiene el famoso paso. La primera que veo es la 46, no sé si se me ha pasado alguna, pero para para que os hagáis una idea de la longitud del puerto: 46 curvas de ese calibre, una detrás de otra. Se dice pronto, ¿eh?

Es un ascenso continuo e intenso. Casi todas las curvas hay que cogerlas en segunda velocidad, y alguna de ellas en primera, influyendo mucho el tráfico que viene de bajada que a veces hace imposible coger la mejor trazada. 

Llego arriba y está todo lleno de motos, todas amontonadas por todas partes. Yo me había fijado que a la izquierda había un mirador, detrás de un restaurante. Tiro para allí, pensando que igual estaba cerrado y por eso estaban ahí todos amontonados. Subo, subo y subo, y resulta que está abierto y sin problemas. Hay 4 motos contadas. ¡Mejor imposible! Estoy un buen rato admirando el paisaje y haciendo las fotos de rigor. Gozada, no puedo decir otra cosa. Pongo la moto al borde del barranco. Alguno me mira con curiosidad. Ya sé lo que piensan. Ya está aquí el típico friky solitario que quiere hacerse la mejor foto, y como se descuide, se nos va barranco abajo, y vamos a tener que ir a recogerlo con pala. 

Pues bueno, lo de friky, igual sí, pero lo de recogerme con pala, como que no. Uno ya va cogiendo callo haciendo todas estas chorradas, y ya no me caigo tan fácilmente.

El cielo se está encapotando rápidamente, con unas nubes de lo más negras. Me da la impresión de que el señor que se encarga del tiempo nos está dando unos 15 minutos antes de descargar una buena tormenta, que ya me conozco yo estos episodios de montaña. Yo recojo el chiringuito que había montado y tiro para abajo a toda leche. Llego a los puestos de souvenirs, donde sigue toda la peña, cada vez más amontonada. Compro la primera pegatina que encuentro y tiro hacia abajo. No me apetece mojarme. Toda esta tropa está ahí tan tranquila, y en breve, les va a caer la del pulpo. Chavales, yo me piro. Hasta la próxima. Suerte.



 Al poco rato, empieza a chispear, y luego, cada vez más fuerte, cae una ligera tormenta que dura unas 5 minutos, y ni siquiera me da tiempo a mojarme demasiado, pero en un momento que paro y miro hacia arriba, veo las nubes que están enganchadas en la cima, y las columnas de agua que están descargando, y no puedo dejar de sentir cierta angustia por toda esa peña que se ha quedado arriba, y ahora les tiene que estar cayendo agua como para llenar un pantano. O pántano, como dice un amigo mío.

Sigo bajando y las curvas, poco a poco, dejan paso a los túneles. La zona está plagada de ellos. Unos más largos, otros más cortos, alguno de ellos, kilométrico de verdad. Estoy hablando de túneles de 8-10 kilómetros de longitud, que en cualquier otra zona, te plantan un peaje por la inversión necesaria para semejante obra de ingeniería. Aquí no, todos son gratuitos, cosa que se agradece.

En uno de ellos, presencio un pequeño incidente que no me afecta directamente, pero por los pelos. Voy tan tranquilo por uno de esos túneles, cuando escucho un sonoro derrapaje. Al mirar por el retrovisor, veo que el coche que circula detrás de mí, a unos 100 metros, ha perdido el control, y está dando bandazos, y golpeando alternativamente a ambos lados del túnel. Mi reacción inmediata es acelerar, aunque es imposible que me alcance, porque a cada golpe, él va perdiendo velocidad. No vuelca, se mantiene sobre las 4 ruedas. Más vale. Yo paro un poco más adelante y veo que los coches que van detrás del accidentado han parado y se aproximan al vehículo. El conductor se baja por su propio pie y parece que está bien. Yo me quedo un rato parado con los 4 intermitentes encendidos y haciendo señales a los vehículos que vienen en la otra dirección. No es nada el susto que me he llevado yo, con el que tiene que tener el conductor del coche. Los golpes han sido fuertes, pero cuando veo que están intentando mover el coche y el conductor está bien, yo ya no pinto nada en el sitio, y continuo.

El señor que va dentro del GPS me juega una mala pasada (o buena, según se mire), porque me dice que abandone la carretera principal por la que circulo, para coger una secundaria, que poco a poco, comienza a ascender, y se convierte en un puerto de montaña en toda regla. Hago otro montón de tornantes, tipo a las del Stelvio, y cuando llego arriba me encuentro con la agradable sorpresa de que acabo de subir el mítico Mortirolo, puerto que se hizo famoso en los años 90, gracias a las épicas batallas ciclistas que aquí se libraron. Eran los tiempos de mi paisano Induráin, Chiapucci, Pantani "el pirata", etc. Recuerdo aquellas tardes pegado al televisor, viendo a esas pequeñas máquinas dándole a los pedales y atacando constantemente. Para mí, esos fueron los grandes del ciclismo.


Y así, sin comerlo ni beberlo, gracias al señor que viaja dentro del GPS, me encuentro en uno de esos pasos míticos, donde el asfalto sigue lleno de pintadas de apoyo a los ciclistas que compiten y sufren por estos lares. Un auténtico placer haber caído por aquí, la verdad.

Después de hacer unos cuantos kilómetros más, es hora de buscar un sitio donde planchar la oreja. Tenía la intención de acampar en cualquier sitio montañoso que me gustara, y pasar allí la noche, en soledad, lejos de todo tipo de ondas, las wifi incluidas. Pero el tiempo está un poco inestable, y no me apetece acabar como una sopa tras una de estas tormentas alpinas, que tanto se dan por aquí. Así que paro a cenar en un restaurante, asegurándome antes que disponen de internet, para poder buscar un alojamiento barato y digno.

Mientras ceno una auténtica pizza italiana, encuentro un motel no muy lejos de donde me encuentro, así que me dirijo hacia allí, dispuesto a darle una paliza a esa cama que me está esperando.

Amanezco, curiosamente, en el mismo sitio donde me dormí. No me he movido ni medio milímetro. Un pueblecito italiano llamado Pisogne, a orillas del lago d'Iseo, cerca de Bergamo.


Conforme circulo a orillas del lago, paro un par de veces para tomar alguna fotografía. No siempre puedo parar donde me apetece, y siempre me quedo con la sensación de que hay fotos que no se deberían quedar ahí, sin poder capturarlas, pero resulta imposible captar todas y cada una de las imágenes que visualizas en tu retina. Es una pena, pero es así.


Desde que volví a entrar en la zona de comfort, observo cada vez más a menudo a gente practicando deporte. Ciclismo, jogging, baloncesto... Esto es un signo inequívoco de que estoy en el primer mundo. Cuando te mueves por países más pobres, nadie se preocupa por mantenerse en forma, tienen otras cosas bastante más urgentes y necesarias en las que pensar, y el deporte como hobby no es una prioridad. Una vez más, las prioridades cambian mucho dependiendo del lugar en el que te encuentres.

Tengo que pasar por la zona de Milán y Turín, y como son zonas que ni fu ni fa, decido entrar en la jaula de la autopista, a ver si no me da alergia, y gano un poquito de tiempo.

Estos italianos son un poquito guarretes y descuidados, y en varias ocasiones, se da la circunstancia que desde el coche que circula delante, asoma una mano traicionera y arroja algún despojo en forma de kleenex, colillas, vasos de café, bricks de zumo... Parece que tienen bastante costumbre de tirar todo por la ventanilla, porque en las dos horas que circulo por la autopista, tengo la oportunidad de verlo en varias ocasiones.

El plan para hoy es hacer otra ruta off road, recomendada también por el bueno de Isaac Feliú. Ésta cerca de Sestriere, en los Alpes italianos. Cuando llego a la zona, veo que se trata del típico pueblo alpino donde su economía gira en torno a una estación de sky. Tiendas de material de montaña y sky, y bares y restaurantes, sobre todo. Como algo sencillo, y me dan un sablazo considerable. Ya se sabe que en sitios así, aparte de la consumición, parece que tienes que pagar las vistas, y hasta el aire que respiras. En fin.

Esta vez disfruto la ruta como un niño pequeño. Es una pista sencilla, en buen estado, justo lo que estaba buscando, para quitarme un poco el mono, y disfrutar un buen rato sin poner en peligro ni mi integridad física, ni la de la moto, las dos igual de importantes, a estas alturas de la película.

A pesar de todo, al final, llega un punto donde me encuentro con un charco gigante de barro con el que no me atrevo. Es el típico paso que, si te pones cabezón, seguramente lo pasas, pero si te quedas atascado en el medio, te va a llevar un buen rato sacar la moto de ahí, e igual necesitas la ayuda de alguien, además de ponerte como un Cristo de barro, por supuesto. Como es una opción que no me apetece lo más mínimo, y ya he tenido la tralla que estaba buscando, creo que la mejor opción es volver por donde he venido, y volver a disfrutar de la senda, pero en sentido contrario.









Me cuesta desandar lo andado (o más bien, desrrodar lo rodado) una barbaridad: paro infinidad de veces a fotografiar paisajes o grabar vídeos. Acumulo una buena cantidad de material, como si no tuviera suficiente con todo lo que tengo de los días anteriores. 

Vuelvo a pisar lo negro, y enfilo dirección Francia, hacia el paso de Claviere. La carretera serpentea bastante y no deja espacio al aburrimiento. Cualquier carretera que elijas por esta zona, seguro que es un acierto. Aquí no se puede fallar.

Llego a la frontera francesa, y hasta que no estoy encima, no reconozco el sitio: es el mismo paso por el que crucé el año pasado, pero hasta ahora no me había dado cuenta. Hace un año lo crucé a 2º centígrados y nevando, mientras que este año hace 25º y un sol radiante. No es de extrañar que no me sonara nada, aunque, ahora sí, voy reconociendo sitios y paisajes. Pues mira que hay sitios para cruzar los Alpes, y tengo que elegir el mismo. No me importa, porque es como si pasara por aquí por primera vez. 

Continuo dirección suroeste, sin más orientación que la brújula que llevo en el manillar. Me da igual la carretera que sea, sólo quiero que sea alguna que, poco a poco, me vaya acercando a casa.

Voy viendo un montón de campings a lo largo del camino. La zona está plagada de ellos. Como no tengo ni idea de cuál puede ser el mejor, vamos a dejar que sea el azar el que decida. Veo un lago nada más pasar el pueblo de Veynes, y justo al lado del mismo, uno de esos millones de campings que hay por la zona. 13 euros por pasar la noche en el sitio más íntimo que conozco, que es mi tienda de campaña, no me parece caro en absoluto. Además, restaurante módico, wifi decente y baños en muy buenas condiciones. Por supuesto, me quedo aquí. 
Los dueños son 2 hermanos franceses muy majos, que me tratan de maravilla, y hasta me prestan una alargadera para poder conectar el ordenador a uno de los enchufes del restaurante que se encuentra un poco alejado de la mesa donde estoy cenando. 
La única pega que se le puede poner al garito es que juega Francia contra no sé quién, y hay una pantalla gigante para ver el partido, y al poco rato, el restaurante se llena de futboleros que vienen a ver al equipo de sus amores. A mí, personalmente, el fútbol me la trae al pairo, y la selección francesa, aún más. Así que tras cenar y contestar un par de mensajes, recojo la oficina que tengo allí montada y me retiro a mis aposentos, para pillar mi esterilla y mi saco, que me espera con su cremallera abierta. Mañana será otro día. Ya puedo oler mi hogar. Esto se acaba...

Besos y abrazos.

miércoles, 18 de junio de 2014

BUDAPEST - BRATISLAVA - VIENA - BLED


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El día que paso en Budapest lo dedico al turisteo en toda regla, aunque esta vez paso un poco más desapercibido, ya que la réflex no cuelga de mi cuello... ¿Por qué? Pues porque uno es así de canelo, y la batería se ha quedado en el cargador y no en la cámara, como debería. Lo cierto es que me da tanta pereza volver al camping a cogerla, que paso de todo, y uso sólo la videocámara, que no es lo mismo, lo sé, pero uno tiene derecho a que le coja la pereza de vez en cuando. O la tontería, no sé muy bien...

Son las 12 pasadas cuando empiezo a patear, tampoco hay prisa, que así es la manera de disfrutar este asunto. Para un día que realmente puedo estar así de relajado, lo voy a aprovechar. No voy a mirar la hora ni una sola vez, comeré cuando tenga hambre y cuando esté muy cansado, a dormir. Y punto.

Y como el hambre nunca me falta y me ataca enseguida, me voy a la calle Vaci, que es donde están todas las tiendas de souvenirs y está petado de turistas, y busco un restaurante que me ha recomendado mi cuñado, que de estas cosas sabe un huevo. 

Restaurante Fatal... No, no es que haya comido mal, todo lo contrario, pero es que se llama así el sitio. Y es que no hace honor a su nombre. Me dejo aconsejar por el camarero y me saca una ensalada y un platazo de carne estofada que da miedo mirarlo y olerlo. ¡Qué placer para los sentidos!

Ya que estoy por esta zona, aprovecho para agenciarme las correspondientes pegatinas para las maletas de la moto. Estoy un poco harto de preguntar por pegatinas y que me intenten vender todo tipo de artículos inservibles y figuritas horteras de las que cogen polvo en las estanterías. Le pregunto a un pavo por las dichosas pegatinas, y me dice, sí, sí, sígueme. Venga, vamos para dentro de la tienda, y tras recorrerla entera me muestra una estantería llena con los más diversos artículos... pero no hay pegatinas por ningún lado. 

A ver, machote, que quiero pegatinas. Sí, de esas que les quitas el papelito de atrás y se adhieren a los sitios. Lo que viene a ser una pegatina, vaya. Ah, pues es que de eso no tenemos... pero tengo unos imanes para el frigorífico... O sea, que pegatinas, ni una, ¿no?... No, no, pero ha visto estas figuritas para el baño... Estoooo, vamos a ver como me cago en tu puta madre con un poco de elegancia. ¡Que no quiero imanes, ni figuritas, ni pins, ni peluches! ¡Quiero una jodida pegatina con la bandera de tu país! ¡Y si no la tienes, dímelo, y la busco en otro sitio! Si no, perdemos el tiempo los dos. Y de paso, yo también pierdo la paciencia, porque cuando es la primera vez, pues no pasa nada, pero cuando te la intentan meter en cada tienda a la que entras, al final, uno se cansa y se pone tenso.

Bueno, al final, las consigo y la sangre no llega al río.

Para eliminar las tensiones, creo que ha llegado el momento de probar uno de los famosos spas húngaros, ya que por estas tierras deben abundar las aguas termales, y te das unos bañitos de agua caliente de lo más reconfortantes. Yo, que ya llevo una paliza importante en el cuerpo, y el tobillo aún no lo tengo recuperado del todo, creo que me vendrá de perlas un buen chapuzón en una de esas piscinas maravillosas.

Baños Szechenyi, se llaman. Está lleno de locales. Hay turistas, pero no demasiados, por lo menos hoy, aunque sí que es verdad que lo aconsejan en los puntos de información turística, así que habrá días y días, supongo. La entrada sale a unos 12 euros y se puede alquilar toalla. Lo del bañador, parece que te lo tienes que traer de casa, así que me va  a tocar darme ese chapuzón del que os hablaba con esos gayumbos tan sexys que llevo puestos desde hace unos días. Tampoco os creáis que llamo la atención. Con la fauna que maneja este sitio, yo soy de lo más normalito del lugar, para que os hagáis una idea. No, ahora en serio, hay gente de todo tipo, por supuesto. Pero lo que sí que es cierto, es que las piscinas son grandes y el agua está a 37-38 grados. Me da la sensación de que mi visita a Budapest termina aquí, porque con la bajada de tensión que me está dando tras todo este rato a remojo calentorro, no creo que sea capaz de hacer nada más que arrastrarme hasta el camping y gatear dentro de mi tienda, para dormir como un bebé el resto de la noche.

Al día siguiente me despierto temprano, recojo la tienda y desayuno. Quiero salir pronto, que hoy tengo tarea. Al ir al baño, me fijo en una foto que no había visto los días anteriores. Sale un señor haciendo el mosaico que veís en la foto de abajo. Se trata del fundador del Bikercamp, que, al parecer, murió en accidente de moto en 2004. Me parece muy bonito que hayan continuado con su idea, sobre todo con el espíritu con el que nació, de dar alojamiento barato y de calidad a los viajeros en moto que caen por Budapest. Desde luego, si alguno de los que me leéis, venís a esta ciudad en moto, sería un pecado alojaros en cualquier otro sitio que no sea éste. A toro pasado, se trata del alojamiento en el que más cómodo me he encontrado en todo el viaje. No digo más.





Tras despedirme de los dos alemanes que tenían la tienda al lado de la mía, y firmar el libro de huéspedes, la dueña del garito me abre la puerta del garaje y me despide desde allí.


Tengo unos 200 kilómetros hasta Bratislava, y los hago del tirón. Esta vez, ni siquiera tengo que parar en la última gasolinera antes de la frontera, porque he gastado todo el dinero que tenía. Y a partir de ahora, se acabó el cambiar dinero y cruzar fronteras coñazo. Entramos en la zona euro, y esto, cada vez se parece más a lo que vemos cada día en nuestras casas. Aquí ya nada te sorprende, todo es moderno, civilizado, limpio, ordenado... Entro de nuevo en la zona de comfort, esa que abandoné hace unas semanas cuando pisé por primera vez tierras rusas, y todo era distinto y más difícil. Te lo tenías que currar más, empezando por un idioma que no entiendes, un alfabeto que tampoco entiendes, y una cultura que la entiendes aún menos.


Ahora, todo el mundo, o casi todo el mundo, habla inglés. Entiendo los carteles. Usan el euro... En fin, que lo que es la aventura pura y dura, llega poco a poco a su final. A partir de ahora me convierto en un mero observador.

Entro en Bratislava y la vuelta a la ciudad es ,más bien, corta. Accedo a la zona histórica con la moto, aunque creo que está prohibido, pero bueno, aunque hay alguno que me mira un poco raro, nadie dice nada.

Parece bastante bonita, aunque tampoco puedo hablar demasiado. Mi visita es muy reducida, y consta de una vuelta en moto por la zona histórica, cafecito en una terraza, 4 fotos y vídeos, compra de pegatina, y listo. En total, unas 2 horas. Está claro que en dos horas no puedes decir que conoces una ciudad, pero sí, al menos, te puedes hacer una pequeña idea. Creo que algún día volveré...

70 kilómetros me separan de Viena. Paso la frontera sin enterarme, porque ya sólo están los carteles, nada más, al igual que el resto de países de Europa, vaya.

Y en Viena hago más o menos lo mismo que he hecho en Bratislava. Vuelta mínima, como algo y listo. No tengo tiempo para más. Estamos a miércoles y el domingo tengo que estar en casa. Hay una actuación de fin de curso a la que tengo que asistir, así que tengo que darle un poco de gas, porque además, aún tengo rutas interesantes que hacer por los Alpes.

Como Austria es caro a más no poder, decido que voy a pasar la noche en Eslovenia, que tengo muy buen recuerdo del año pasado, cuando me pareció un país realmente espectacular, una auténtica joya bastante desconocida en nuestro país, pero que merece mucho la pena.

Cojo la autopista y acabo en Bled, un pueblecito esloveno a la orilla de un lago, con su castillo en lo alto, y todo. Precioso, el sitio. Alojamiento asequible y cena barata y de calidad. Creo que ha sido una decisión acertada no dormir en Austria. Yeaaahhh!!!

Según veo en la wikipedia más tarde, la zona de Bled está encuadrada en los llamados Alpes Julianos, de los que nunca había oído hablar, pero ahora entiendo todo este paisaje montañoso que me rodea. De verdad, impresionante.

Y eso que, a estas alturas del día, las baterías ya las tengo bajo mínimos, y por experiencia sé que cuando llegas a un sitio tarde y cansado, no eres capaz de apreciar toda su belleza, porque estás más preocupado de otras cosas, como son buscar alojamiento y sustento. Como todo en la vida, es cuestión de prioridades. Seguramente, mañana por la mañana, esto que hoy me parece precioso, será espectacular. Ya lo veréis.

Besos y abrazos.






martes, 17 de junio de 2014

BUCAREST - TRANSFAGARASAN - ORADEA - BUDAPEST


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Hoy toca madrugar, tengo una tirada de kilómetros bastante interesante, y si no salgo rápido, se me puede hacer de noche.

El principal objetivo del día es hacer la Transfagarasan, que es una de las carreteras míticas en el mundo motociclista, al ser la carretera más alta de Rumanía, con una serie de curvas espectaculares, que la han hecho famosa en el mundo entero. La última información de la que dispongo dice que aún permanece cerrada tras el invierno, así que voy a ir por el lado norte (más espectacular, por lo visto) y a ver hasta dónde puedo subir...

 Antes de llegar, paso por Bran, donde se supone que está el castillo del Conde Drácula, aunque también según las últimas informaciones que me llegan, este no es el verdadero, está en otra zona que me pilla más lejos, así que me tendré que conformar con el de Bran. Ya voy avisado de que es un sitio super turístico, para que no me pille desprevenido. Y es que sitios tan masificados me dan cierta alergia, y no aguanto mucho tiempo rodeado de tanta gente. Sólo lo soporto en casos excepcionales donde la visita a ciertos sitios es obligada por alguna razón en concreto, pero no son muchos. Normalmente el sarpullido comienza a los 2 minutos de llegar.

Pues tampoco da tanto miedito...
Y esta ocasión, no iba a ser una excepción. Nada más entrar al pueblo ya empiezo a ver tiendas de souvenirs por todos lados. Me empiezan a picar los brazos. Restaurantes de comida rápida. Me pican las piernas. Buscavidas varios en cada esquina. Me pica la cabeza. Y al final, en lo alto de una colina, el castillo. No está mal, pero con todo esto que lo rodea, pierde todo el encanto que pudiera llegar a tener. Por supuesto, ni me planteo esperar las colas para entrar. Hago un par de fotos sin mucha pasión y me piro a toda leche, antes de que me empiece a picar otras partes del cuerpo mucho más delicadas.

A lo tonto, hace ya casi tres horas que llevo en movimiento, y aún no he desayunado, así que paro en un pueblecillo fuera del ambiente masificado de Bran. Yo no sé francés pero en la puerta pone "boulangerie" y yo que soy la mar de listo, me suena que ahí no puedo fallar. Café y dos pasteles contundentes, que se convierten en un placer para los sentidos, y seguimos ruta.

No pinta muy bien
Voy tranquilo, sin prisa, quiero saborear este momento. Conforme me voy acercando, a mi izquierda tengo unas montañas de las de verdad. Son los Cárpatos, así que un respeto. El tiempo es bueno, nubes y claros, y buena temperatura, pero allá, en las montañas las nubes están bien agarradas a las cimas. No parece que amenace lluvia, pero no creo que haya buena visibilidad.

Cojo el desvío a la izquierda, ese que lleva a la mítica carretera, y empieza a subir y a subir, cada vez más. La carretera no está en buen estado pero es perfectamente transitable.

Llego a un punto donde hay una señal de prohibido el paso de lo más aparente, pero como os podéis imaginar, me la suda, básicamente. Yo tiro para arriba como un tiro, hasta que no se pueda seguir.

A pesar de los cartelitos...
Empieza la zona más bonita, con curvas reviradas, una tras otra sin descanso, en un imparable ascenso. No paro ni para hacer fotos ni para grabar. Total, como se supone que en algún momento no voy a poder continuar, ya las haré a la vuelta... ÑÑÑÑÑÑÑ...Primer error. 

Sigo subiendo. Curva, contracurva, recontracurva... Joder, no tiene fin!! Esto ya es vicio. Mañana mismo a confesar me voy. Y a lo tonto, llego hasta arriba, hasta el túnel. Hay un montón de tiendas de comida y de souvenirs. Mira, aquí no me pica nada, no sé... Tampoco hay demasiada gente. Paso de largo y voy hacia el túnel.

No sé si será mi mente calenturienta, pero a mí me parece que la puerta está abierta, y bien abierta. Juzgad vosotros mismos...

...las puertas del túnel abiertas!!

TOOOMMMAAAAAAAA!!! No me lo puedo creer. Abiertas de par en par. Yo por si acaso me meto a toda leche, no vaya a ser que a alguien le dé por cerrarlas.

Salgo al otro lado, y más de lo mismo, pero como ya me habían dicho, la parte norte es más espectacular, aunque este lado bien merece una visita, ¡cómo no!

Empiezo la bajada, despacio. No tengo ninguna prisa. Pero cuando todo parecía tan bonito, me doy cuenta de mi segundo error de la jornada. No le he puesto gasolina a la gordi, porque no pensaba llegar tan lejos y con lo que llevaba me llegaba para subir y bajar, y así de paso, iba 30 kilos más ligero, que se nota, oiga.

Pero ahora resulta que sigo bajando y bajando y esto parece que no tiene fin. Le consulto al señor que va dentro del GPS y me dice que la siguiente gasolinera está donde Cristo perdió la chancleta. Veo una moto con matrícula rumana aparcada en el arcén con su conductor al lado. Paro y le pregunto. Le explico mi situación y mirando su GPS (éste no sé si lleva un señor dentro), me confirma que la gasolinera más cercana no está nada cercana.

Y lo peor de todo es que me dice que está esperando a un amigo que se ha quedado haciendo fotos, y que de aquí se van a hacer la Transalpina, otro carreterón. Me invita a ir con ellos. ¡Me cago en tó! Estoy sin gasolina (aunque eso no sería un gran problema, porque seguro que llego a alguna con lo que me queda), pero lo peor es que no he hecho ninguna foto y sólo he grabado con la cámara del casco. ¿Qué hago? Me voy con estos tíos a otra carretera espectacular, o me doy la vuelta a por mis fotos? 

No tengo elección. No me puedo ir de aquí sin esas fotos. No me lo perdonaría nunca. Así que la Transalpina se queda en la bolsa de cosas por hacer... Algún día, quizás algún día...

Vuelvo por donde he venido, subo hasta arriba y paso el túnel, otra vez. A falta de una, dos. Di que sí. El tiempo ha mejorado un poco y la visibilidad ha aumentado. Lo cierto es que el sitio es un auténtico paraíso para los que nos gustan las curvitas. No he visto nada igual en mi vida. Cada kilómetro tengo que parar. Una foto aquí, un vídeo allá. Un sinvivir, vaya.



¡¡FELICIDAD!!


Llego abajo, hasta el desvío de la carretera principal y entro en la primera gasolinera que veo a tirones (no es para tanto, pero casi). Me meto una comida en condiciones: 3 barritas energéticas y listo. No tengo tiempo para más. Hoy ha tocado así, y con todo el rollo, se me ha hecho super tarde, y aún tengo una tirada más que interesante.

Ahora es cuando veo la Rumania profunda, esa que todos nos imaginamos. Pueblos pequeños, rurales, aislados, con viejecitas vestidas de negro sentadas en grupos de 3 o 4 a las puertas de sus casas, dejando pasar esa poca vida que les queda ya. 

Lo cierto es que también hay niños. Bastantes. Y como cualquier niño en un pueblo, se les ve felices, radiantes. 

Veo un grupo de adultos detrás de un coche, y por la parte de abajo, veo unos piececillos moviéndose rápidamente hacia la parte delantera. Entonces la veo. Es una niña de uno 5 años que al oir el ruido del motor ha salido disparada a curiosear. Me mira con sus enormes ojos mientras agita su mano con pasión infantil, saludándome. Yo toco la bocina en respuesta. Reduzco la velocidad y me giro, y la veo cómo va corriendo disparada hacia su madre, dando botes de alegría porque ese astronauta que acaba de pasar le ha devuelto el saludo. Los niños son niños allá donde vayas. Y que siga siendo así, ¿no os parece?


Los últimos 70 kms de la jornada se convierten en un infierno. La carretera está destrozada, y hay muchos tramos en obras regulados por semáforos que dan paso alternativo. Tan alternativo es, que no puedes avanzar más de 3 kilómetros sin tener que parar en uno de ellos. Esos 70 kms se traducen, a posteriori, en casi 3 horas de mala leche, porque con la paliza que llevo en el cuerpo, lo único que me apetece es llegar a la habitación que tengo reservada y descansar un poco, tras una larga ducha.

Al menos, la cama donde caigo rendido es fantástica, bien firme, como a mí me gusta. Duermo del tirón hasta la mañana siguiente.

Hoy tengo menos tarea. Un día mucho más relajado. Salgo dirección Budapest, en Hungría. Eso significa una frontera más. Tan sólo hay unos pocos kilómetros desde el hotel hasta la misma. Como siempre, paro en una gasolinera para gastar el poco dinero rumano que me queda.

Ya en la frontera, los policías rumanos ni aparecen. Directamente los húngaros. Me miran el pasaporte y ya. Listo. Se acabaron las fronteras complicadas. A partir de ahora, esto va a ser coser y cantar. Pasamos de las 2 horas largas de trámites burocráticos, a los 3 minutos escasos de ojeo rápido. Y se agradece, oiga.

Cuando estoy junto al típico cartel de velocidades que hay a la entrada de cada país, veo venir hacia mí una moto, y encima de ella, un motorista, curiosamente. Se trata de Johan, un finlandés que viene de Kosovo y va de vuelta a casa. No sabe donde va a alojarse en Budapest. Yo le digo que un amigo me ha recomendado un sitio cojonudo. Sí, hombre, Xavi, el de Cunit, ¿no lo conoces? Pues así, de primeras, no me suena. Bueno, igual si te digo que es el Banana, caes. ¡Hombreeee! Haberlo dicho antes. Un crack, el Banana.


Así que compartimos ruta hasta Budapest y nos vamos derechos al Bikercamp, un camping un poco peculiar. Es un sitio pensado para moteros, aunque se puede alojar cualquiera, por supuesto. Está en la ciudad, y se trata de una casa normal con un jardín bastante grande, habilitado para acampar. Todo al detalle: los baños, las duchas, las mesas, la cocina, aparcamiento para las motos, los miles de enchufes para cargar las miles de chorradas que llevamos todos, y lo mejor de todo: una nevera llena de latas de cerveza bien fría, junto a la cual hay una pizarra donde pones tu nombre y vas apuntando lo que vas consumiendo. ¡Qué peligro! Y con Johan, más. El jodido finlandés, antes de montar las tiendas, ya ha cogido 2 latas de medio litro, se acerca, me pasa una, brindamos y directo al gaznate.... ¡YEAAAAHHHH! Así da gusto conocer gente. Sin tonterías.

Un rato después, con las tiendas montadas y alguna cerveza más en las venas, cojo la cámara y me voy a cenar algo y a hacer alguna foto nocturna, que me imagino que en una ciudad como Budapest, es algo que merece la pena.

No me equivoco. La ciudad es preciosa, y con todos los monumentos, edificios y puentes iluminados, te deja sin respiración. Mucho más bonita de lo que esperaba. Después de un buen rato dándole caña al disparador, es hora de volver y darle una paliza a la esterilla, en esta ocasión. Lo cierto es que, en cierta manera, me apetecía dormir en la tienda, aunque las comodidades sean menores y tal, pero es una sensación distinta, y aunque no estás en el medio de las montañas, es un sitio curioso donde alojarse.

El desayuno es a las 8, pero para esa hora ya llevo un buen rato despierto. La tranquilidad es total, parece mentira que estemos en la ciudad, no se oye nada, excepto algún pajarillo madrugador.

Enseguida empieza el movimiento. Hay algunos ciclistas, y para cuando salgo de la tienda, ya tienen todo prácticamente recogido. Esta gente está hecha de otra pasta, aunque no deben comer lo suficiente, porque están todos hechos unos tirillas. Otra cosa somos los que vamos en moto. Bien lucidos estamos todos. Entre cerveza y comida estoy cogiendo un perfil de lo más salsero.

Johan ha decidido que se va para Eslovaquia, así que tras el desayuno, desmonta su tienda, y nos despedimos.Es curioso, pero cuando coincides con otro que viaja sólo, puedes hablar de las mayores chorradas del mundo, pero una pregunta que nunca sale es la razón por la que viajamos solos. Cuando hablas con otras personas, es de las primeras cosas que te preguntan. Que si no te da miedo, y tal... ¿Miedo? A mí lo que me da miedo es la letra de la hipoteca que llama a mi puerta todos los meses. Lo demás no es miedo. Qué va.

Hay otros 4 moteros (2 ingleses y 2 alemanes). Estos se quedan un día más. Los alemanes van dirección Eslovenia, y los ingleses hacia Serbia. La cuestión es no parar quietos. ¡Qué gente!

Y hoy me voy a dedicar a pajarear por Budapest, que creo que merece la pena. Tengo un par de sitios que quiero ver. Luego colgaré alguna foto. Vamooooossss!!!!


 

















sábado, 14 de junio de 2014

CHISINAU - BUCAREST


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Hoy desayuno en un sitio con glamour: Creme de la creme, un nombre muy sugerente, y aunque hay unos pasteles que se salen del mundo, yo me voy a lo clásico, y me zampo 3 croissants de chocolate con su correspondiente café. Cuando le digo a la camarera que quiero 3, se parte de la risa, no entiendo por qué...
Me cobran la astronómica cantidad de 2'80 euros.

Me paso por el centro para hacer alguna fotillo antes de irme y de paso, a ver si encuentro la pegatina del país, que mi visita va a ser más bien corta, y no voy a tener muchas oportunidades de comprar una.

Veo un mercadillo de artesanía. Dejo la moto encima de la acera y me voy a enredar un poco, a ver que veo. Un señor muy salao intenta venderme sus figuritas de madera, lo que declino con elegancia, y ya que estamos, le pregunto por las famosas pegatinas. Él no tiene, pero por gestos, me dice que le siga. Se recorre medio mercadillo, preguntando puesto por puesto, hasta que al final, una señora regordeta saca un fajo de pegatinas de debajo de la mesa. ¡Hombreee! Mira tú por dónde. Tiene la mía, justo la que quería, y no otra...Bueno, más bien sólo tiene una, pero me gusta. Le compro un par, y tras agradecerle el favor al señor tendero, me voy a la moto.

Hay una policía merodeando por el lugar. Ya me va a multar, pienso yo, no me jodas, si aquí cada uno aparca donde le viene en gana. Pues bien, también me equivoco. Estaba echando un vistazo porque al ver la matrícula sentía curiosidad, y me estaba esperando. Charlamos un ratillo (habla inglés perfectamente). Como tantas otras personas, piensa que estoy loco por ir solo por el mundo. Yo le digo que así no discuto con nadie. Y es verdad, hago lo que me da la gana sin tener que consultar nada. ¿Libertad? ¿Para qué quieres más? 


Salgo de la ciudad con dirección Rumanía. El señor que va dentro del GPS sigue de huelga, así que toca preguntar un par de veces, porque esto es un poco lío. Pero enseguida cojo la buena dirección. Paso por una gasolinera y veo un carro tirado por un burro parado junto a uno de los dos surtidores, y el dueño pagando al gasolinero. Imaginaos la estampa. Intento encuadrar lo mejor que puedo la toma, porque la imagen es un descojono, pero más tarde comprobaré que, en realidad no estaba grabando, y no tengo las imágenes, pero no podía pasar sin contarlo, porque ha sido divertidísimo. Luego, pensando, me he dado cuenta que dentro del carro llevaba unas bombonas, que sería butano o algo así, y era por eso por lo que estaba pagando, pero la imagen no tenía precio. En fin, me la guardo en mi disco duro cerebral, que aunque no es muy de fiar, es el único que tengo.

¡CURVAS! Aún existen! Ya se me había olvidado su existencia. No es que haya ningún puerto de montaña con carreteras reviradas, pero la recta más larga no llega a 300 metros, y eso, a día de hoy, lo considero un auténtico lujo. Llevo varias semanas metido en una recta constante, y aburrido es algo que se queda corto para definir mi estado. Pero por fin, volvemos a carreteras medianamente normales, por lo menos, lo que yo considero como normal, vaya.

En la frontera, los policías moldavos hoy están de buen humor, y no me dan ningún dolor de cabeza. La cosa va rápida, y en 10 minutos me dan la boleta. Pero para espectacular, los rumanos. Hay bastante cola de coches cuando llego a su lado, pero como siempre, echándole un poco de morro, me planto adelante del todo, y voy derecho a la oficina del control de pasaportes. Coge el poli mi documentación, la mira 3 segundos contados... uno, dos, tres, ya está... y me dice que coja la moto y la ponga al otro lado de la barrera para el control de aduanas. Perfecto. Así lo hago. Vuelvo a coger la documentación y voy a la otra oficina. Otro poli me dice: ¿Te ha mirado el pasaporte mi compañero? Al ser mi respuesta afirmativa, con un gesto de la mano y un "chao" me dice que me puedo marchar... 

Toma ya, la frontera más rápida de la historia. No han pasado ni 5 minutos y ya estoy en Rumanía, y ni siquiera me ha mirado las maletas. Esta vez ni me bajo de la moto para grabar el cartel de entrada, no vaya a ser que pase lo de ayer, y halla alguien con exceso de celo en las inmediaciones.

Nada más dejar las barreras, cruzo un par de pueblos pequeñitos, donde veo las imágenes que confirman la idea que tenemos en España de Rumanía: un país atrasado lleno de carteristas. Sé que es una imagen muy simplista, pero es la que la mayoría de la gente tiene, debido, sobre todo, al tipo de inmigración que recibimos en nuestro país. 

Bien, pues lo que veo, confirma que es un país atrasado: casas destartaladas, gente descalza por la calle, carros tirados por burros aparcados en la puerta de cada casa, etc, etc. Lo de los carteristas no lo puedo confirmar.

Pero, en unos pocos kilómetros, empiezo a ver cosas que me demuestran lo equivocado que estaba, y lo cateto que soy. Las carreteras parecen un circuito de velocidad, perfectamente asfaltadas, señalizadas y pintadas. Los siguientes pueblos que cruzo son un poco más grandes, y si nadie te dice nada, serías incapaz de decir en qué país de Europa te encuentras. Paro en un banco para cambiar dinero, y el segurata de la puerta, en un perfecto inglés, le explica al provinciano del casco en la cabeza como se usa una máquina igual que un cajero automático, pero para cambiar divisas. Restaurantes por todos lados, tiendas de moda, gente calzada... Jajaja, qué aldeano soy. Y qué fácil es tirar de tópicos. Una vez más, estaba equivocado. Por supuesto, no se trata del país más avanzado de Europa, pero por lo que veo, creo que tienen una calidad de vida más que aceptable, y aparte, cada vez que comento la tasa de desempleo que manejamos en España, la gente se tira de los pelos. Y se supone que nosotros somos los avanzados... En fin...

Otra cosa que me sorprende es el idioma. Ya me pasó también en Moldavia. Y es que el cirílico ha desaparecido por completo. Ahora soy capaz de leer cualquier cosa, y no solo eso, muchas de las palabras son un calco al castellano. Te pones a leer una carta en un restaurante, y sin ayuda, eres capaz de saber más o menos, por dónde van los tiros. Los carteles de las tiendas, los subtítulos de la tele... Coño, y es que el mundo cirílico es tan complicado. Era tan difícil encontrar cualquier cosa, que, a veces, directamente desistía, sólo por vagancia.

Paro a comer rápidamente una hamburguesa en un garito a pie de carretera. Muy buena, por cierto. El dueño me comenta que hace media hora aproximadamente, han parado dos motos con matrícula española, pero que ya se han ido, y desconoce el rumbo que han tomado, no les ha preguntado. Qué pena, hubiera sido un puntazo parar a comer y coincidir con viajeros españoles. No es fácil encontrarte con paisanos en estos lares.

Se están formando unos nubarrones inmensos en cuestión de minutos, y el cielo se está poniendo cada vez más oscuro. Creo que voy a tener que ir sacando los remos, qué pereza, ¿no? 

Aunque no lo parezca, eso que hay tras
la cortina de agua, es un coche.
Empieza a caer agua, poquito al principio, y hasta en tres ocasiones, para y me da unos kilómetros de tregua, pero a la cuarta se abre el cielo y empieza a caer agua en cantidades industriales. Paro en el primer edificio que veo. Parece una especie de área de servicio, pero sacada de una película de terror. Hay un porche, y sin más contemplaciones, meto la moto hasta dentro. No me he mojado demasiado, pero ahí fuera está cayendo agua a litros. Se empieza a acumular agua en la carretera, y de los campos colindantes también salen ríos de agua que se va acumulando y hace que la vía sea cada vez más peligrosa, incluso para los coches. Se está liando una buena.

Yo me siento en un banco que hay al lado de la moto, a esperar pacientemente, a ver cuánto tarda en parar. A mi lado se sienta un agricultor, que por señas me indica cual es su tractor. Lo ha dejado en medio del campo que está enfrente, y ha venido a refugiarse igual que yo. Poco después llegan dos compañeros más, y mantenemos un diálogo de besugos de lo más cachondo. Muy majos, sobre todo el primero, y aunque no nos entendemos un carajo, lo pasamos de maravilla. Se acaba probando mis gafas, nos hacemos fotos, me pregunta mil chorradas sobre la moto... Me la cambia por el tractor... Ssssshhhhh!! Hasta aquí hemos llegado!! Eso ni en broma!! A mi gordita no la cambio yo por ná!! Vamos, hombre!!
Mis nuevos amigos rumanos

Al final hasta sale el sol, pero me dicen que no salga aún, que la tormenta va en la dirección en la que voy yo, y la voy a alcanzar. Y tienen razón, así que me quedo un rato más con ellos, haciendo el ganso. Mientras esperan y para aprovechar bien el tiempo, se han sacado unas cervezas y se las están tomando tan ricamente. Me ofrecen una, pero también por señas, les digo que no puedo, que aún me quedan unos kilómetros y no me la juego. 

Un ratillo después, cuando ya las nubes amenazantes se han alejado lo suficiente, dejo a mis colegas agricultores, y sigo mi camino.

Se ha liado una bien gorda. Hay muchos tramos inundados, por los que los coches tienen serio problemas para pasar, y se están formando unas retenciones alucinantes. Yo, con la moto, paso sin problemas, y voy avanzando más rápido. 

Al final, llega un momento que el tráfico está completamente parado. Yo sigo por el carril izquierdo. Vaya lío hay aquí montado. Al final veo lo que ha pasado. Ha habido un accidente, y los coches se han quedado cruzados, bloqueando la carretera en ambos sentidos. Ya pueden quitar rápido esos coches de ahí, si no quieren que esto se les vaya de las manos. Yo, poco a poco, me meto entre los coches accidentados y paso sin mayor problemas. Ventajas e inconvenientes de ir en moto.

Tiro hacia adelante, y durante muchos kilómetros, voy solo por la carretera. Con el atasco que he dejado atrás, no viene ni Blás. Una cosa que me llama la atención es que en esta carretera, que es de un solo carril, hay un arcén más ancho que de normal, pero tampoco llega a la anchura de un carril. Pues bien, ellos lo usan como un carril adicional, y si alguien te quiere adelantar, tú te apartas, le dejas pasar, y vuelves al carril. Es una versión un poco más evolucionada de lo que es el estilo ruso: allí lo hacen a las bravas, o te quitas o te quito. Vale, vale, ya me quito...

Con la tormenta que ha caido, y el sol que ha salido ahora, salen a relucir todos los olores del campo rumano. ¡Qué delicia! Levanto la mentonera para disfrutar al máximo de estas fragancias. Es uno de esos ratos de disfrute máximo encima de la moto, sobre todo después de la tensión del tormentón.

Llego a Bucarest, y como el señor que va dentro del GPS ha decidido suspender la huelga, llego al B&B sin problemas. Es una casa donde viven padre e hijo, y tienen un apartamento junto a su casa que lo alquilan por habitaciones. Estoy yo solo, o sea que todo para mí. Genial. Desparramo todos mis cacharros por la habitación, como siempre, y a cenar al restaurante que me ha recomendado Radu.

A la vuelta, veo un cartel pegado en una cabina de teléfonos destartalada que me deja ojiplático. No voy a hacer más comentarios. Os pongo la foto... Eeyyyy!!!







Duermo como un pequeño lirón, y me despierto como nuevo. Hoy me voy a dedicar a hacer el haragán. Turismo, paseos, fotos y cervecitas. Ese es el plan. Ni más ni menos. Ya me toca un día de calma, que llevo unos días de mucha marcha y el cansancio va haciendo mella.

Os dejo unas fotos. Luego, si eso, me las devolvéis...


















































Y después de estar un rato en la habitación, descansando y poniéndome al día, vienen Radu, su padre y su perro Maxi, y resulta que me han preparado la cena. Mich, o como se escriba, carne especiada que está buenísima, bien regado con la correspondiente cerveza. Un gustazo de gente. Hay días en los que todo sale bien y te sientes con suerte. Hoy ha sido uno de esos días.

Mañana la Transfagarasan. ¡Dios, qué nervios! Besos y abrazos.

¡Buen equipo!