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miércoles, 18 de junio de 2014

BUDAPEST - BRATISLAVA - VIENA - BLED


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El día que paso en Budapest lo dedico al turisteo en toda regla, aunque esta vez paso un poco más desapercibido, ya que la réflex no cuelga de mi cuello... ¿Por qué? Pues porque uno es así de canelo, y la batería se ha quedado en el cargador y no en la cámara, como debería. Lo cierto es que me da tanta pereza volver al camping a cogerla, que paso de todo, y uso sólo la videocámara, que no es lo mismo, lo sé, pero uno tiene derecho a que le coja la pereza de vez en cuando. O la tontería, no sé muy bien...

Son las 12 pasadas cuando empiezo a patear, tampoco hay prisa, que así es la manera de disfrutar este asunto. Para un día que realmente puedo estar así de relajado, lo voy a aprovechar. No voy a mirar la hora ni una sola vez, comeré cuando tenga hambre y cuando esté muy cansado, a dormir. Y punto.

Y como el hambre nunca me falta y me ataca enseguida, me voy a la calle Vaci, que es donde están todas las tiendas de souvenirs y está petado de turistas, y busco un restaurante que me ha recomendado mi cuñado, que de estas cosas sabe un huevo. 

Restaurante Fatal... No, no es que haya comido mal, todo lo contrario, pero es que se llama así el sitio. Y es que no hace honor a su nombre. Me dejo aconsejar por el camarero y me saca una ensalada y un platazo de carne estofada que da miedo mirarlo y olerlo. ¡Qué placer para los sentidos!

Ya que estoy por esta zona, aprovecho para agenciarme las correspondientes pegatinas para las maletas de la moto. Estoy un poco harto de preguntar por pegatinas y que me intenten vender todo tipo de artículos inservibles y figuritas horteras de las que cogen polvo en las estanterías. Le pregunto a un pavo por las dichosas pegatinas, y me dice, sí, sí, sígueme. Venga, vamos para dentro de la tienda, y tras recorrerla entera me muestra una estantería llena con los más diversos artículos... pero no hay pegatinas por ningún lado. 

A ver, machote, que quiero pegatinas. Sí, de esas que les quitas el papelito de atrás y se adhieren a los sitios. Lo que viene a ser una pegatina, vaya. Ah, pues es que de eso no tenemos... pero tengo unos imanes para el frigorífico... O sea, que pegatinas, ni una, ¿no?... No, no, pero ha visto estas figuritas para el baño... Estoooo, vamos a ver como me cago en tu puta madre con un poco de elegancia. ¡Que no quiero imanes, ni figuritas, ni pins, ni peluches! ¡Quiero una jodida pegatina con la bandera de tu país! ¡Y si no la tienes, dímelo, y la busco en otro sitio! Si no, perdemos el tiempo los dos. Y de paso, yo también pierdo la paciencia, porque cuando es la primera vez, pues no pasa nada, pero cuando te la intentan meter en cada tienda a la que entras, al final, uno se cansa y se pone tenso.

Bueno, al final, las consigo y la sangre no llega al río.

Para eliminar las tensiones, creo que ha llegado el momento de probar uno de los famosos spas húngaros, ya que por estas tierras deben abundar las aguas termales, y te das unos bañitos de agua caliente de lo más reconfortantes. Yo, que ya llevo una paliza importante en el cuerpo, y el tobillo aún no lo tengo recuperado del todo, creo que me vendrá de perlas un buen chapuzón en una de esas piscinas maravillosas.

Baños Szechenyi, se llaman. Está lleno de locales. Hay turistas, pero no demasiados, por lo menos hoy, aunque sí que es verdad que lo aconsejan en los puntos de información turística, así que habrá días y días, supongo. La entrada sale a unos 12 euros y se puede alquilar toalla. Lo del bañador, parece que te lo tienes que traer de casa, así que me va  a tocar darme ese chapuzón del que os hablaba con esos gayumbos tan sexys que llevo puestos desde hace unos días. Tampoco os creáis que llamo la atención. Con la fauna que maneja este sitio, yo soy de lo más normalito del lugar, para que os hagáis una idea. No, ahora en serio, hay gente de todo tipo, por supuesto. Pero lo que sí que es cierto, es que las piscinas son grandes y el agua está a 37-38 grados. Me da la sensación de que mi visita a Budapest termina aquí, porque con la bajada de tensión que me está dando tras todo este rato a remojo calentorro, no creo que sea capaz de hacer nada más que arrastrarme hasta el camping y gatear dentro de mi tienda, para dormir como un bebé el resto de la noche.

Al día siguiente me despierto temprano, recojo la tienda y desayuno. Quiero salir pronto, que hoy tengo tarea. Al ir al baño, me fijo en una foto que no había visto los días anteriores. Sale un señor haciendo el mosaico que veís en la foto de abajo. Se trata del fundador del Bikercamp, que, al parecer, murió en accidente de moto en 2004. Me parece muy bonito que hayan continuado con su idea, sobre todo con el espíritu con el que nació, de dar alojamiento barato y de calidad a los viajeros en moto que caen por Budapest. Desde luego, si alguno de los que me leéis, venís a esta ciudad en moto, sería un pecado alojaros en cualquier otro sitio que no sea éste. A toro pasado, se trata del alojamiento en el que más cómodo me he encontrado en todo el viaje. No digo más.





Tras despedirme de los dos alemanes que tenían la tienda al lado de la mía, y firmar el libro de huéspedes, la dueña del garito me abre la puerta del garaje y me despide desde allí.


Tengo unos 200 kilómetros hasta Bratislava, y los hago del tirón. Esta vez, ni siquiera tengo que parar en la última gasolinera antes de la frontera, porque he gastado todo el dinero que tenía. Y a partir de ahora, se acabó el cambiar dinero y cruzar fronteras coñazo. Entramos en la zona euro, y esto, cada vez se parece más a lo que vemos cada día en nuestras casas. Aquí ya nada te sorprende, todo es moderno, civilizado, limpio, ordenado... Entro de nuevo en la zona de comfort, esa que abandoné hace unas semanas cuando pisé por primera vez tierras rusas, y todo era distinto y más difícil. Te lo tenías que currar más, empezando por un idioma que no entiendes, un alfabeto que tampoco entiendes, y una cultura que la entiendes aún menos.


Ahora, todo el mundo, o casi todo el mundo, habla inglés. Entiendo los carteles. Usan el euro... En fin, que lo que es la aventura pura y dura, llega poco a poco a su final. A partir de ahora me convierto en un mero observador.

Entro en Bratislava y la vuelta a la ciudad es ,más bien, corta. Accedo a la zona histórica con la moto, aunque creo que está prohibido, pero bueno, aunque hay alguno que me mira un poco raro, nadie dice nada.

Parece bastante bonita, aunque tampoco puedo hablar demasiado. Mi visita es muy reducida, y consta de una vuelta en moto por la zona histórica, cafecito en una terraza, 4 fotos y vídeos, compra de pegatina, y listo. En total, unas 2 horas. Está claro que en dos horas no puedes decir que conoces una ciudad, pero sí, al menos, te puedes hacer una pequeña idea. Creo que algún día volveré...

70 kilómetros me separan de Viena. Paso la frontera sin enterarme, porque ya sólo están los carteles, nada más, al igual que el resto de países de Europa, vaya.

Y en Viena hago más o menos lo mismo que he hecho en Bratislava. Vuelta mínima, como algo y listo. No tengo tiempo para más. Estamos a miércoles y el domingo tengo que estar en casa. Hay una actuación de fin de curso a la que tengo que asistir, así que tengo que darle un poco de gas, porque además, aún tengo rutas interesantes que hacer por los Alpes.

Como Austria es caro a más no poder, decido que voy a pasar la noche en Eslovenia, que tengo muy buen recuerdo del año pasado, cuando me pareció un país realmente espectacular, una auténtica joya bastante desconocida en nuestro país, pero que merece mucho la pena.

Cojo la autopista y acabo en Bled, un pueblecito esloveno a la orilla de un lago, con su castillo en lo alto, y todo. Precioso, el sitio. Alojamiento asequible y cena barata y de calidad. Creo que ha sido una decisión acertada no dormir en Austria. Yeaaahhh!!!

Según veo en la wikipedia más tarde, la zona de Bled está encuadrada en los llamados Alpes Julianos, de los que nunca había oído hablar, pero ahora entiendo todo este paisaje montañoso que me rodea. De verdad, impresionante.

Y eso que, a estas alturas del día, las baterías ya las tengo bajo mínimos, y por experiencia sé que cuando llegas a un sitio tarde y cansado, no eres capaz de apreciar toda su belleza, porque estás más preocupado de otras cosas, como son buscar alojamiento y sustento. Como todo en la vida, es cuestión de prioridades. Seguramente, mañana por la mañana, esto que hoy me parece precioso, será espectacular. Ya lo veréis.

Besos y abrazos.






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