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jueves, 5 de junio de 2014

MOSCÚ - KIEV



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Me despierto sobre las 6 de la mañana en la cama de arriba de una litera que, muy amablemente, me ha cedido el Banana (o Xavi). No he dormido mal, para qué nos vamos a engañar. Esperaba algo bastante peor, pero el cansancio está haciendo mella y llega un momento que sería capaz de dormirme de pie. Los bártulos los dejé preparados el día anterior para molestar lo menos posible a mi compi de habitación. 

Aunque está medio dormido, nos despedimos con un apretón de manos, porque en posición horizontal el abrazo está fuera de lugar, no vaya a ser que me caiga encima y confundamos los términos. Fuera coñas, desde aquí, Xavi, muchísimas gracias por todo! Nos vemos por las wifis!!

Son las 6:30 cuando arranco la moto. Tengo unas cuantas horas hasta Kiev, así que no me quiero entretener. De salida, paso por la Plaza Roja para echarle un último vistazo a estas maravillas, y enfilo la carretera. 

A la hora y media aproximadamente, paro en una gasolinera porque el tigre que llevo en el estómago se está despertando, y además, ya me está dando un poco de sueño, así que toca mi dosis de cafeína en vena. El sitio es para mear y no echar gota. Más que cutre. Aquí no hay término medio. O te encuentras una gasolinera con cafetería tipo Starbucks cuyos baños se limpian solos (como vimos el otro día) o te encuentras esto. Voy a desayunar aquí porque las circunstancias mandan, pero vaya, esto es la definición de agujero inmundo. Quentin Tarantino podría inspirarse aquí para una de sus guarrerías. Para Torrente sería muy limpio.

Y no te digo nada el baño. Bueno, mejor letrinas. Así, como suena: letrinas, y de las malas. Más vale que sólo tenía que hacer aguas menores, si no, no aguanto. ¡Qué peste! Mientras hacía lo mío, veía ahí abajo el recado del anterior valiente que se había aventurado a entrar en semejante habitáculo. Muchas gracias, salao. Espero devolvértelo algún día.      

Sigo camino y el sueño no desaparece. Me parece que va a ser un día largo, porque con el coñazo de carreteras que hay por aquí y el sueño que tengo, esto va a ser de lo más divertido. Divertido sobre todo si me duermo encima de la moto. Ya veréis como mola, ya. 

A grandes males, grandes remedios. Paro en otra gasolinera, que otra cosa no habrá, pero gasolineras, las que quieras y más, y me compro una lata de Red Bull XXL, a ver si con esto arreglamos algo. No me gusta nada esa mierda, pero en situaciones así, hay dos opciones (ilegales, alguna más, pero va a ser que no). O cafeína en gotero, o dormir. Vamos a probar la primera, a ver si resulta.

El ingeniero que se encargó del diseño de las carreteras no se complicó demasiado la existencia. Escuadra, cartabón y a correr. Las pocas curvas que hay supongo que serán los efectos secundarios del vodka en dosis rusas.

Parece que algo me despeja, pero tampoco te creas que es la panacea. Al poco rato empiezo a bostezar. No me lo puedo creer. Así no puedo seguir, en una de estas me voy a ir a la cuneta, o peor aún, de frente contra un camión, y mira que eso no mola nada. Lo digo por experiencia.
Decidido. Voy a parar. La cosa no está fácil. No encuentro nada adecuado para mi espalda. Los sitios en los que voy parando, o están llenos de mierda que dejan los camioneros, o están llenos de bichos enormes, o las dos cosas a la vez. Al final, un merendero de madera con los colores ucranianos a pesar de estar todavía en Rusia, es el sitio elegido. Además, es una madera muy cómoda. No duele ni nada. En la foto podéis apreciar lo agusto que está uno allí, en el medio de la nada, intentando descansar un poquillo, y ya de paso, poniendo las vértebras cada una en su sitio.Unos 45 minutos después arranco de nuevo. No me puedo eternizar aquí, si no, no llego.

Cuando estoy a unos 4 kilómetros de la frontera, paro a comer algo y a llenar el tanque. No sé el precio de la gasolina en Ucrania, pero me da igual, no puede estar mucho más barata que aquí (75 céntimos). El chico que me atiende no sabe decir ni hello en inglés, y como no nos entendemos, me dice por señas que vaya con él dentro de la tienda. Habrá alguien que hable inglés, supongo yo. 

Me lleva hasta la chica que está atendiendo en el mostrador. Y lo cojonudo es que sabe de inglés exactamente lo mismo que el chaval, o sea, cero pelotero. El muy cabrón se ha quitado el marrón de encima muy elegantemente. Balones fuera. Joder, podría ser español perfectamente, el jodío.

Al final, consigo que me active el surtidor para llenar el tanque, y me como una especie de empanada de atún y tomate recién traída de La Coruña. Coca Cola Zero, por eso de cuidarse, y me quedo como un señor. Ya estoy listo para enfrentarme a los polis-militares de la frontera. 

Conforme me acerco, veo que la frontera rusa parece normal, no veo nada fuera de sitio. Voy hasta el primer STOP, entrego documentación, y demás, y empiezan con sus cosas, Son bastante desagradables. Rudos, toscos, serios... Lo que nosotros entendemos por un ruso. Aunque lo cierto es que la imagen que tenía yo de esta nación en cuanto a sus gentes, era mucho peor de lo que me he encontrado. La gente de la calle se ha portado muy bien conmigo, han sido serviciales, atentos, y... serios. Mira, eso sí. Son serios, pero sólo al principio. En cuanto entablas una pequeña conversación y rompes el hielo, te das cuenta que hasta son capaces de sonreir. Sí, sí.

Pero no son así los militares de la frontera. Estos están muy metidos en su papel y ni sonreir ni ostias. En fin, que me la pela. Tú termina con mis papeles que me esperan al otro lado, máquina. Hay uno que hasta me hace quitarme el casco para comprobar que soy yo. Me mira fijamente, mira el pasaporte, me vuelve a mirar, vuelve a mirar el pasaporte... Así unas 6 veces... ¡Que sí, cojones! ¡Que soy yo! ¿Si estás ciego cómo coño entraste en el ejército?

Terminan conmigo y salgo a visitar a mis colegas ucranianos, que me esperan unos metros más allá. He quitado la cámara del casco porque aquí no se andan con chorradas y paso de que me la confisquen, que a alguno le ha pasado. Conforme me acerco a la barrera, me la juego un poquillo y la saco de la bolsa sobredepósito, porque eso merece la pena que lo veáis. La imagen no vale nada, está movida y no se aprecia casi nada, pero es lo único que pude conseguir. Hay bloques de hormigón y sacos terreros por todas partes. Estos tíos están atrincherados, pero nada más. Se ve más seguridad que de normal, pero en el trato son muy normales, incluso amables, al contrario que los rusos. Alguno se acerca y me pregunta por la moto, que si me mola tu cacharro, que si yo tengo en pepino RR, que si tal, que si Pascual... Conversaciones banales, pero que hacen que el ambiente sea distendido y tranquilo. Paso a una oficina y mientras me hacen el papeleo veo a un tío jugando en el ordenador al buscaminas versión soviética, y una chica viendo una especie de telenovela en su portátil. Vamos, dejándose la espalda en el curro. Digo dejándose la espalda porque las sillas tienen muy mala pinta, y eso no tiene que ser nada bueno para el lumbago, casi seguro.

Y entre unas cosas y otras, han pasado unos 45 minutos y ya soy libre de nuevo... UCRANIAAAAA!!! Aquí, por no haber, no hay ni cartel de bienvenida, con la banderita, y eso. Con lo que me gusta a mí hacerme esas fotos. Como sustitución cutre salchichera, me hago una foto en el primer cartel que hay nada más pasar los controles... Kiev, 332 kms... ¡Allá vamos!

Después de la frontera hay un montón de buscavidas que intentan que cambies dinero con ellos, cosa que todo el mundo sabe que no hay que hacer jamás de los jamases, porque te dan un palo que te dejan temblando, así que paso de ellos, meto primera y pa'lante.

Lo primero que me llama la atención es la carretera: asfalto impecable, oiga usted. Pero impecable. Ni un solo bache. Y se agradece, sobre todo cuando me he comido un montón de kilómetros de carretera chunga, recta y aburrida por tierras rusas. 

Un poco más adelante me encuentro con un control. Pero sólo es eso, un control, porque no hay nadie. Está abandonado, y lo han dejado ahí, en el medio, a ver si alguien se estampa contra él. Muy bonito. Pero que muy bonito. Supongo que será debido a lo sucedido recientemente en este país, y como son muy previsores, lo dejan puesto por si lo necesitan de nuevo. No van a trabajar dos veces. ¿Para qué?

Yo, por si acaso, ni me bajo de la moto. Unas cuantas fotos y listo.

El resto del camino, sin novedad. Lo único reseñable es que me vuelve a entrar un sueño brutal. Ya no sé qué hacer. Levanto la visera para que me dé el aire, me cambio de postura cada poco tiempo, me pongo a cantar a voz en grito... Pero nada funciona. Buf, tengo que llegar porque si no me la voy a dar.

Más vale que por el camino siempre encuentras cosillas que te llaman la atención, unas más que otras. Como esos 3 tanques de combate subidos en un remolque y arrastrados por un camión de gran tonelaje, muy mimetizados, ellos. A saber a dónde los llevarán, y para qué... Bueno, para qué sí sé... Nada bueno, nada bueno.

Y por fin, Kiev. Y sin dormirme. Hay un tráfico densísimo y muy lento. Culebreo como puedo entre toda esa orgía de coches, y voy avanzando poco a poco. Apenas se ven motos, ni grandes ni pequeñas. El señor que va dentro del GPS me lleva directo al hostel que me ha recomendado el Banana, que está en el mismo Maidan. Situación inmejorable. Y cuando ya lo tengo localizado, sigo y me voy al campamento,quiero verlo ya, me puede la impaciencia. 

Me acerco a unas de sus entradas y paro enfrente, a ver qué pasa. No sé que actitud tiene esta gente, así que un poco de prudencia no viene mal, no vaya a ser que por capullo, me meta en un lío a lo tonto. Hay gente por todas partes. Un tío grandote se me queda mirando, curioso. Le pregunto por señas si puedo hacer fotos, aunque ya lo estoy grabando todo con la cámara del casco. Se acerca y, sin mediar palabra, me tiende la mano. Se la estrecho. Es muy fuerte, no quisiera que me sacudiera el polvo un tío así. Se acerca otro vestido con uniforme militar, un poco más mayor. Tiene pinta de jefecillo. Se ponen a hablar, pero yo no soy el tema de conversación, por su lenguaje corporal. Unos segundos después, el primero me presta atención. le vuelvo a preguntar a ver si puedo hacer fotos, a lo que me responde que sí, que no hay problema. Ya están acostumbrados. Saco la cámara y le doy cera de la buena. En un momento hago como 40. No sé para qué, porque después puedo hacer todas las que quiera, pero me puede el ansia.

Son ellos los que me dicen a ver si quiero una foto de grupo. Hombre, a ver, eso ni se pregunta. Venga esa foto. Me empiezan a abrasar a preguntas, y a contarme su vida. Dos de ellos son ex combatientes de Afganistán, y no quiero ni saber cuántos talibanes se han podido cargar entre los dos. Y aquí, en su país, a más de uno le habrán limpiado el forro, que eso aquí está muy de moda, y viste mucho.

Después de un rato de charleta, ahora sí es momento de ir a poner el huevo. La habitación es como para un Click de Playmobil sin accesorios. No me puedo ni revolver, pero desde la terraza hay unas vistas espectaculares de toda la plaza, cosa que no tiene precio. Bajo a cenar. Hay varios chiringuitos justo enfrente, además de un McDonalds, el cual lo ignoro. Me zampo 2 empanadas de un palmo (hoy es el día de las empanadas, son distintas a las de la comida, pero empanadas al fin y al cabo) y su correspondiente medio litro de cerveza ucraniana de 7.1 grados, por el módico precio de 2'80 euros. Regalado, vaya. Y si encima lo comparamos con los precios de Moscú, ni te cuento.

Después me doy una vuelta por el campamento. No sabía hasta que punto se podía pasear por allí, pero veo enseguida que la vida es completamente normal, y el campamento está integrado en el paisaje de la ciudad. Están los acampados, militares o gente que lo parece, por sus vestimentas y actitud, pero también se ve gente que viene y va, entra sale, usa los pasos subterráneos, etc. O sea, como si ese campamento no estuviese allí. Me doy un paseo rápido y vuelvo al hostel. Se me ha echo tarde y tengo cosas que hacer, así que dejo el paseo para mañana, que tengo todo el día para perderme.

Y eso es, precisamente lo que hago al día siguiente. Desayuno en el mismo sitio que cené anoche. Café, 60 céntimos, 2 bollos de chocolate, 80 céntimos. No está mal, ¿no? Ahora ya estoy listo para patearme la ciudad. 

Lo primero, me meto otra vez en el campamento de Maidan. Es de las cosas más impresionantes que he visto. Está completamente tomado. Todas las entradas a la plaza están abiertas, pero las barricadas ocupan el 80% del espacio, dejan un trozo para el paso de personas y, en su caso, vehículos. Pero lo que veo es que en caso de necesidad, blindan la plaza en cuestión de minutos. Y ahí no entra ni Dios. Ni tampoco sale. 

No sé muy bien qué es lo que espera esta gente, pero lo que sí tengo claro es que cualquiera que quiera entrar por la fuerza, no lo va a tener nada fácil. Hay millones de neumáticos, adoquines (levantados de las aceras, que están más peladas que un pavo en Acción de Gracias), palets de carga, barras de acero... En fin, lo que viene a ser una barricada de las de verdad. Y sobre todo, ahí dentro hay gente que está dispuesta a morir por lo suyo. Ya lo han demostrado.

Armas no se ven muchas, al menos a simple vista, pero no tengo ninguna duda de que por ahí dentro tienen un auténtico arsenal. Hago mil fotos. ¿Qué digo, mil? ¡¡Dos mil!! No dejo títere con cabeza. Nadie dice nada, aunque también es cierto que cuando he hecho un par de fotos hacia la zona de las tiendas de campaña, ha habido varios que no me han mirado nada bien. Y a buen entendedor.... Tengo un montón de fotos impresionantes sin necesidad de jugarme el tipo.

Después me paseo un poco por el resto de la ciudad, compro la consiguiente pegatina del país, y hago el haragán el resto de la jornada.

He colgado en Feisbuk un album titulado Kiev (ocurrente que es uno) donde hay unas cuantas fotos para que os hagáis una idea de todo esto.

Y mañana, regresamos a la Madre Rusia, a ver que me cuentan en la frontera, de nuevo, estos hijos de Puttin.

Gracias por los comentarios. Sois muy grandes. Besos y abrazos.



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