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jueves, 12 de junio de 2014

ROSTOV - KHERSON


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Cuando salgo a cargar la moto, después de desayunar, me encuentro 2 motos más aparcadas junto a la mía. Una Ducati Monster y una Africa Twin, las dos con matrículas rusas. En las mesas de la terraza hay tres personas que me sonríen. Nos ponemos a rajar, por supuesto. Son dos hombres y una mujer. Ella es la que habla inglés y hace de traductora. Yo pensaba que eran rusos pero resulta que son armenios, de camino a casa. ¿Ah, si? ¿Y por dónde tenéis pensado pasar? Pues por la Georgian Military Highway..... ÑÑÑÑÑÑÑ.... ERROR!! Está cortada! Resulta que ya lo saben pero dicen que la abren a lo largo de esta semana. Yo les digo lo que vi, y que a mí me dio la impresión de que eso iba para largo. También es cierto que un amigo turco me ha enviado un mail diciendo que la abren el día 14. No lo sé. Como siempre, informaciones contradictorias. Pero yo sé lo que vi, y se lo transmito. Se quedan preocupados, porque me dicen que para ellos es completamente imposible conseguir el visado de Azerbaján, por la situación política que viven los dos países. ¡Mierda de fronteras, joder! Es algo que nunca entenderé. ¿Por qué no podemos movernos libremente por donde nos dé la gana? No estás haciendo daño a nadie pero cada vez que cruzas una puta barrera de esas, te hacen sentir como si fueras un criminal en potencia.


Siento ser yo el que les da las malas noticias, pero es mejor tener toda la información posible. Después de un rato de cháchara, yo me tengo que mover, que se me está haciendo tarde. Nos deseamos suerte mutuamente, y se quedan allí los tres, con caras serias, preocupados.

Ruedo tranquilo por una carretera de un carril en cada sentido, en bastante buen estado. Hace solete, buena temperatura, y me voy encontrando mejor, después del obligado cambio de planes.

Para disfrutar aún más, me salgo de la carretera y cojo unas pistas que van entre campos de cereal. Los campos aquí son infinitos, inmensos, como las rectas en la carretera. Es este país todo es a lo grande. Estatuas, edificios, rectas, baches, personas... Todo grande, todo a lo bestia. No hay término medio.

Y poco a poco, recorro los últimos kilómetros pisando territorio ruso. Esta vez va en serio. Una vez que cruce la frontera con Ucrania, ya no hay vuelta atrás. Mi visado es de dos entradas, y ya las tengo gastadas.

Reposto en la última gasolinera que veo una vez que el señor que va dentro del GPS me dice aquello de "paso fronterizo más adelante", para gastar los últimos rublos que me quedan. Unos 700 (15 eurillos, más o menos)

Los policías de frontera rusos se van a llevar la palma en cuanto a mala educación y mala leche. Con lo poco que cuesta hacer la vida sencilla a todo el mundo, y esta gente se dedica a tocar los cojones a diestro y siniestro. No les gusta que no hables ruso, les cuesta más esfuerzo hacer el hijoputa, y eso no está bien. A ver, chaval (en esta caso, chavala), trabajas un una frontera, te guste o no, y también, te guste o no, en una frontera, por narices, van a pasar extranjeros, que unos hablarán ruso, y otros, como es mi caso, pues no. Pero eso es algo que ya deberías haber aprendido, ¿no te parece? Así que a ver si cambias esa cara de mustia que tienes y esos malos modos, porque para lo buena que estás, menuda mala ostia que gastas, niña. Que así no te casamos, ¡coño!

En el lado ucraniano, mucho mejor. Más amables, incluso sonrientes, algunos de ellos, sobre todo cuando ven el pasaporte español. Madrid-Barça, Barça-Madrid, bendito fútbol. Hay un par de jovenzuelos pubertosos aún con granitos en la cara que se acercan y me empiezan a hablar en inglés. Son periodistas ucranianos (serán más bien becarios, por la edad) y sienten curiosidad al ver la matrícula. Me preguntan a ver si tengo algún inconveniente en que me hagan una entrevista. ¿Yo? Ninguno, chaval, pero espera que me arregle un poco, que todo el día con el casco, me deja la melena hecha un asco.

Piden permiso para sacar la cámara y la respuesta es un NIET como la copa de un pino. Me miran con cara de resignación. Lo siento chavales, yo no me la juego aquí, y vosotros tampoco, que no está la cosa para tonterías.

Termino el papeleo, y al salir, me encuentro en la carretera los bloques de hormigón más grandes que he visto en mi vida. El señor Puttin va a tener que comprar tanques bien grandes si quiere pasar por aquí. Eso sí, los tienen pintaditos de colores, para darle alegría al asunto.




Sigo hacia adelante. Los primeros kilómetros son fantasmagóricos. No me cruzo con ningún coche. Lo cierto es que la frontera estaba vacía. Un coche ucraniano y yo. En el coche iban tres hombres, y allí se han quedado, respondiendo preguntas. Aparte de los colorines de los bloques de hormigón, no parece que haya mucha fiesta por aquí. Recorro 30 kilómetros hasta que empiezo a ver signos de vida humana. Unos trabajadores cortando hierbas de las cunetas, algún coche espaciado, algún agricultor a lo lejos. Y poco a poco, va volviendo la normalidad, pero no os voy a mentir diciendo que iba la mar de tranquilo. Te haces tantas pajas mentales con todo lo que te dice la gente sobre Ucrania, que al final te crees que estás atravesando un país en guerra, y no es así, al menos por ahora. Desde luego que la cosa está tensa, y se nota, pero hoy por hoy, en mis dos visitas a este país, sólo he visto presencia militar, pero siempre en actitud tranquila y relajada.


De repente se abre ante mí el mar. Sí, sí, el mar. No me lo esperaba. Iba tan pendiente de mis paranoias bélicas que no me había dado cuenta que estoy junto al Mar Negro. ¡Toma ya!


Me hubiera gustado estar a la orilla de este mar, pero un poco más al sur, en la costa turca, pero habrá que dejarlo para otra ocasión. Tampoco puede uno plantarse en Turquía en moto todos los años, no hay que abusar.


Estoy un ratillo tranquilamente tumbado en la arena, bajo un árbol, simplemente escuchando el romper de las pequeñas olas que llegan a la orilla. Después de los nervios fronterizos, me viene bien un poco de calma.

Media hora después, continúo. La carretera es mala, un carril en cada sentido y llena de petachos, que hacen que el traqueteo sea constante. Aquí es donde creo que merece la pena viajar en una trail. Mi burra se traga los baches que da gusto verla. Me imagino esto montado en una deportiva, y me da la risa. Cada cosa para lo que es, ¿no?

Cuando estoy llegando a Mariupol, y ya pensaba que todo iba a ir como la seda, me doy de bruces con un control militar de los de verdad. Hormigón, sacos terreros, tanquetas, soldados por todas partes con sus AK 47. Forman un zig zag para obligarte a reducir la velocidad, hasta que llegas al STOP, grande y rojo, muy rojo. Se me acerca un crío que parece que está jugando a los soldaditos con sus amigos del cole. Pero el fusil que lleva en el pecho no parece de juguete. Me mira con cara divertida, y como no hay manera de entenderse, me deja pasar sin más.

¿Qué clase de ejército tiene a niños en sus filas? Este crío aún no tiene pelos en los huevos, y se anda paseando por la vida con su uniforme de camuflaje al que le ha cortado las mangas, por eso de la moda, y con un AK 47, de esos que les gusta mucho a las niñas de su clase. ¡Madre mía, qué  peligro!


Por lo que veo, hay controles de este tipo en todos los accesos a las grandes ciudades del Este de Ucrania, tanto en las entradas como en las salidas. El control de la salida que yo atravieso es mucho más grande que el primero, y con soldados de verdad, con cara de pocos amigos, pidiendo el pasaporte y documentación, y revisando todos y cada uno de los vehículos que pasa por ahí. Veo la cosa tan seria que me quito la cámara del casco para evitar algún disgusto. No tengo ninguna gana de entrar a discutir con un armario ropero vestido de caqui y armado hasta los dientes.

Por lo demás, el país vive en absoluta normalidad. No se ve nada fuera de sitio, y la gente hace una vida completamente normal, como es lógico por otra parte.

Continúo por la misma carretera bacheada hasta que llego a Kherson. Aquí yo no hay ningún tipo de control, la ciudad es completamente normal, con sus terrazas, sus jardines, sus plazas... como en cualquier otro sitio, y ni rastro de tanquetas y fusiles.

Aquí me quedo. Mañana Moldavia. Besos y abrazos.


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