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martes, 10 de junio de 2014

VOLGOGRADO - VLADIKAVKAZ - MINERALNYE - ROSTOV


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Como casi todas las mañanas, el desayuno no lo tengo incluído, porque ya se sabe que en los hoteles de lujo donde duermo, no se les suele ocurrir. Así que también, como casi todas las mañanas, me tengo que buscar la vida para echarle algo al tigre que se me ha colado en el estómago. 

Esta vez el sitio elegido es una gasolinera. A veces es una cafetería, otras veces un chiringuito de carretera, otras veces un super... Pero hoy, toca gasolinera. 12 mini croissants de chocolate y un café largo, sólo, que aquí no saben lo que es la leche.

No sé qué pasa por esta zona, pero creo que todos los mosquitos del mundo han venido a pasar las vacaciones aquí. Si no, no me explico tal cantidad de bichos. En cuanto paras, no te los puedes quitar de la cara, no te dejan ni a sol ni a sombra. ¡Agobiante! Y en la moto, ni te cuento. ¿Cuántas calorías puede tener un mosquito? ¿Media? Si cada mosquito tiene media caloría, y yo me he podido tragar un millón de ellos, si no me fallan las matemáticas, he ingerido medio millón de calorías en un ratín. Hoy ya no como más, que si no, me engordo.

La carretera va alternando entre estupenda y mierdosa, a partes iguales, aproximadamente, pero hay poco tráfico, y se agradece. Por aquí no hay camiones. Creo que he elegido bien, porque había otra ruta, un poco más rápida, pero me ha apetecido escoger esta, no sé porqué.

Hoy es el típico día donde se da la máxima expresión del síndrome del casco: hace ya unas semanas que estoy de viaje, la carretera es buena y sin trafico, el tiempo es excelente, no hace aire, y no tengo prisa. Pues no te queda más remedio que admirar los paisajes y darle al coco que va dentro de ese casco, escuchando rock&roll a todo gas.

Es en esos largas kilometradas cuando tienes tiempo para pensar. Y da tiempo para mucho, te lo advierto. Horas y horas viendo el mundo a través de las pantalla, hace que me sienta un tío con mucha suerte. Soy consciente de que el viajar es un privilegio exclusivo del primer mundo, y cuando estás moviéndote por países siniestros, como es mi caso, te das cuenta de que mucha gente no entiende el concepto de viaje por placer. En la mayoría de sitios del mundo, si te mueves de un sitio a otro, es porque tienes algo que hacer, no por placer. Muchos de ellos me preguntan el motivo de mi viaje. Cuando les contesto que no tengo un motivo, que sólo quiero ver, ver y ver, se rascan la cabeza pensativos. ¿Ver? ¿Y para ver, te vienes hasta aquí, encima de una moto? ¡Tú eres tonto, chaval! Pues seguramente, sí. Pero es una tara con la que tengo que vivir...

Y es que sin haber recorrido 300 kilómetros desde que dejé Volgogrado, el paisaje ha cambiado una barbaridad: esto es un secarral, un puro desierto, sin arena, pero desierto. Los pueblos están muy dispersos, y la mayoría están conformados por 4 chabolas de madera chunga, y cuesta imaginarse tener que pasar el invierno ruso ahí metido.

Paro a hacer una foto y mientras estoy por ahí, enredando, para a mi lado un coche destartalado cuyo sonido es peor que el de una cafetera vieja. Van dos personas en él. Uno de ellos levanta el capó del vehículo y se pone a trastear, mientras el otro se acerca sonriendo a saludarme. Cuando me empieza a hablar en ruso y yo, discretamente, levanto una ceja con cara de póker se da cuenta que no soy de la tierra. Y ahí empieza lo divertido. Es un tío del que no sé calcular su edad. Tiene rasgos mongoles, y puede tener entre 35 y 50 años, no sé, aunque lo cierto es que soy muy malo calculando edades. Juzgad vosotros mismos.

Estamos un rato de cháchara, hasta que el conductor le mete un grito igual que si fuera una oveja que se ha escapado del rebaño. Nos despedimos, se montan en el coche y se van. 

Y tanto que ha cambiado el paisaje. Es que al ver al personaje este, incluso parece que he cambiado de país, y eso que el señor que viaja dentro del GPS no ha dicho lo de "paso fronterizo más adelante".

Hay muchísimos controles policiales, sobre todo de velocidad. Están por todas partes. Yo no voy rápido, no suelo pasar de 100 por hora, y en carreteras secundarias, incluso menos, pero es un coñazo tener que andar pendiente todo el rato del ¿me pararán, no me pararán?. He de decir que hasta el momento no me han parado ni una sola vez. Uno de vosotros me preguntaba el otro día si, realmente, la policía rusa era tan corrupta. Y lo cierto es que no puedo responder con seguridad, aunque la impresión que me da es que dejan un poco tranquilos a los extranjeros, pero a los locales los tienen fundidos. La gente con la que he hablado del tema me han comentado que la corrupción existe, que está establecida hace mucho tiempo y que no va a cambiar. Uno me decía que un amigo suyo había cambiado su puesto de bombero por el de policía, y yo no lo entendía. Es mucho más goloso trabajar de bombero, ¿no? Ya, sí, pero el sueldo de policía es mayor, y encima, está el dinero bajo manga. Aaaamigo! Ahora sí lo entiendo. A base de mordidas, engordan la nómina y viven como reyes, estando, además, socialmente aceptado. De todas formas, repito que esto es de oidas, a mi no me han pedido nada, y lo cierto es que cuando les he solicitado algo, han sido la mar de serviciales (quitando algún poli de frontera, que esos son caso aparte)

Como mi tobillo va mejorando poco a poco, hoy que me siento echo un chaval, me voy a hacer unos kilómetros off road. Así, porque yo lo valgo. Le cojo al señor que va dentro del GPS y le digo que me busque la ruta más corta. No la más rápida, que esa no me interesa, sino la más corta. Y él, muy educado, como siempre, me dice que hay algunos caminos despavimentados en esa ruta. ¡Hombreeee! Ya era hora, vas pillando, tío. Eso es lo que quiero, ni más ni menos. Qué bonita manera de llamarlo: caminos despavimentados. A mí no se me hubiera ocurrido en la vida. Qué salao es...

Se trata de una pista de tierra bastante fácil, pero es precisamente lo que quiero, algo facilillo para quitarme el gusanillo y salir un poco de la rutina de asfalto en la que llevo metido ya demasiados días. Está seco. Y más vale, porque este terreno, con lluvias recientes, se puede convertir en una trampa de barro de la que sería difícil salir con la vaca burra cargada que llevo por montura. Pero se trata de un paseo muy, muy agradable de unos 50 kilómetros, donde incluso me cruzo con un camión de ganado, que a saber de dónde viene y a dónde va. Mejor no preguntar.

Vuelvo a la carretera, y poco a poco, el paisaje vuelve a cambiar a verde, de nuevo, muy poco a poco. Hace calor, y se están formando nubes rápidamente. Me voy a mojar, lo estoy viendo. Y, efectivamente, poco después me cae una pequeña tormenta que dura muy poco y que me viene bien para refrescarme un poquillo. Muy agradecido, oiga.

Al fondo veo algo que no puede ser. Algo que ya se me había olvidado que existía, y que he echado mucho de menos en las últimas semanas. Y no es otra cosa que la visión de unas montañas. Me da igual la forma y el tamaño, pero me da un subidón ver al fondo un par de moles, que no son nada del otro mundo, pero en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Estaba más que harto de rectas interminables y llanuras infinitas. Miles de kilómetros sin una tumbada en condiciones no puede ser bueno, de ninguna de las maneras. La emoción llega hasta tal punto, que tengo que parar para fotografiar semejante visión.

Y por fin, tras varios miles de kilómetros circulando por carreteras rusas, me paran en un control, a unos 50 kms de Vladikavkaz. Ni siquiera me pide la documentación. El muy jodido me ha parado por curiosidad, y lo reconoce abiertamente. He visto una moto gorda, y he dicho: vamos a ver quién es. Y aquí estamos.


Me pregunta sobre mi itineriario, y cuando le digo que al día siguiente tengo intención de cruzar a Georgia, tuerce el morro de una forma que no me gusta nada. La frontera está cerrada. ¡Imposible! Estuvo cerrada mucho tiempo por motivos políticos, pero hace ya unos años que está abierta, no puede ser. Que no, tontaina, que no te enteras, que hubo hace unas semanas unos corrimientos de tierras y está cortada, y bien cortada. No me jodas, pues yo tengo que pasar. Pues tú verás, pero no va a poder ser.

Dejo el control con un disgustazo impresionante. No puede ser que esté cerrada. 

Al llegar al hotel es lo primero que pregunto, y la respuesta es la misma, aunque nadie sabe cuando puede ser reabierta. Unos dicen 2 días, otros un par de semanas, otros un par de meses. Si fueran dos días, me podía permitir el lujo de esperar, pero ya me conozco el percal, y la cosa se va alargando, alargando, y al final has perdido una semana, y tienes que buscar alternativa igual que al principio.

Tengo que ver qué opciones tengo. Subo a la habitación y lo primero que hago es mandar un mensaje a través de Facebook pidiendo colaboración e información a la gente que pueda saber algo sobre el tema. La respuesta es inmediata, y en un momento tengo el buzón lleno de mensajes intentando ayudar. Muchísimas gracias a todos desde aquí. Da gusto saber que, cuando se necesita, estás respaldado por un montón de gente que se desvive por echar una mano, llegando incluso a ofrecerse a adelantar dinero de su bolsillo con tal de aligerar la situación. Repito, un millón de gracias.

Al final, tengo 4 opciones:

-Intentar pasar la frontera de la manera que sea. Igual una moto puede hacerlo.
-Ir a la frontera de Azerbaján e intentar conseguir un visado de tránsito.
-Ir a Sochi y coger un ferry a Turquía.
-Volver a Europa por tierra vía Ucrania.

Las opciones están ordenadas por orden de preferencia. Mañana será otro día.

Me despierto nervioso. Hoy va a ser un día intenso. Lo noto., aunque no hace falta ser muy avispado para darse cuenta de eso.

Desayuno y salgo hacia la frontera, a ver qué me encuentro. El paisaje es espectacular. Montañoso, muy montañoso, como a mí me gusta. Son unos 30 kilómetros de curvas deliciosas, sobre todo teniendo en cuenta el mono que tengo.

No pasa ni un solo coche. Mala señal. No sé por qué me da que se va a confirmar lo que todo el mundo me ha dicho. Llego a la frontera rusa. Está el STOP, la barrera, la puerta echada... Esto está cerrado a cal y canto. Aparece un poli por allí. Le pregunto a ver cómo está el tema y la respuesta no deja lugar a dudas: el paso de cualquier vehículo es materialmente imposible. Están trabajando para abrir la carretera, pero va para largo. Me enseña en su móvil unas cuantas fotos de los corrimientos, y es bastante más grave de lo que me esperaba. Pensé que serían 4 piedras que habían caído a la carretera, pero que las estarían quitando rápidamente con maquinaria pesada, pero lo que veo es un desprendimietno masivo de una ladera completa, que sepultó a 7 camiones con sus conductores dentro. Ninguno sobrevivió.

Los trabajos van a durar meses hasta que se pueda reabrir y seguramente tengan que construir una carretera nueva. Así que la primera opción ya la tenemos descartada.

Le doy las gracias por toda la información, y me piro. Vuelvo hacia Vladikavkaz con lágrimas en los ojos. Lágrimas de impotencia, de rabia, de frustración... El objetivo de este viaje era Rusia. Pero era Rusia por ponerle un nombre. Georgia y Armenia me apetecían tanto o más que Rusia. Y de golpe y porrazo, se ha ido todo a la mierda.

Por supuesto, hay que ver las cosas con perspectiva, y esto tiene la importancia que se merece. Estoy bien de salud, puedo continuar, la moto no tiene problemas... No es el fin del mundo, está claro, pero creo que tengo derecho a una pataleta... ¡Rediooossss!... Ya está...

Vuelvo a la ciudad y cuando estoy buscando un cajero para sacar dinero (había gastado todo el efectivo que tenía porque pensaba que iba a abandonar el país) veo aparcadas entre unos coches a dos motos con matrículas polacas cargadas con todo el equipaje. Paro a su lado, y me digo a mí mismo que estos dos tienen que estar en la misma situación que yo, así que decido esperarlos. Toco sus motores y aún están calientes, o sea que no hace mucho que las han movido. Al poco aparecen: son Marcin y Marcin, pertenecen a una fundación de ayuda a niños huérfanos y están de camino a Mongolia para recaudar fondos. Bueno, más bien estaban, porque tienen problemas con sus visados por algún error de cálculo y ahora tienen un lío tremendo. Estamos a día 9 y el visado les expira a las 23:59 del día 10, y si no han salido del país para esa fecha, tendrán serios problemas. Tampoco contaban con que la frontera estuviese cerrada. Uno de ellos habla ruso, y tienen que ir a una oficina del gobierno ruso para solicitar una ampliación de visado, cosa bastante complicada, según me dicen. Y ya que estamos, se ofrecen a consultar por mí sobre la posibilidad de conseguir ese visado de tránsito en la frontera de Azerbaján. Yo estaba decidido a salir ya mismo hacia la forntera, pero bueno, si me hacen ese favor, me quedo un rato por aquí.

Después de una larga espera y de llamar a varias puertas, nos atienden. Yo, por supuesto, no me entero de nada. Para pedir una hamburguesa o decir que buscar un hotel, no hay problema en usar el lenguaje de signos. Siempre te apañas. Pero cuando se trata de algo serio y oficial, y tú no te enteras de nada de lo que te están diciendo, y la persona al otro lado del escritorio es un funcionario ruso que sigue su absurda burocracia a rajatabla, es bastante más complicado hacerte entender.

Más vale que estoy con Marcin, si no, me podía haber ahorrado el viaje. Se pegan hablando más de media hora, intentando resolver su problema y el mío.

Yo lo único que escucho es "niet" por aquí, "niet" por allá, niet, niet, niet... todo niet. No sé por qué, pero me parece que la cosa no va demasiado bien.

Al final, salimos y la situación es la siguiente: yo no tengo nada que hacer, no me merece la pena ir hasta allá porque no me van a dejar entrar y voy a tener que volver por donde he venido, así que mejor me ahorro los mil y pico kilómetros. Segunda opción a tomar por culo.

Pero la situación de ellos es aún más grave. Disponen de un día para abandonar Rusia, y están en una zona remota, alejada de cualquier frontera. No les da tiempo a llegar a Ucrania, no tienen visado para Azerbaján y el visado para Kazakhstán empieza el día 14. La única opción posible es llegar a la frontera kazaja, pasar el control ruso y permanecer en tierra de nadie hasta el día 14, momento en el que podrían cruzar al otro lado. Tiene muy mala pinta.

Uno de ellos, el más joven, está muy preocupado. El mayor está más tranquilo, dice que la aventura es la aventura y que todo se solucionará. Yo estoy de acuerdo, solucionarse se va a solucionar, pero una deportación desde Rusia no tiene que ser plato de gusto, desde luego.

Salimos juntos de la ciudad hasta que nuestros caminos se separan. Ellos hacia el noreste, yo hacia el noroeste. Espero que les vaya bien. Buenos tíos, los Marcins.

A todo esto, son las 4 de la tarde. No tengo mucho tiempo antes de buscar alojamiento, pero decido rodar un ratillo, y así me voy quitando kilómetros.

En cuanto a la tercera opción, mi amigo Ion Artuzamonoa ha estado intentando buscar algún ferry desde Rusia a Turquía, pero sin suerte. La información no es buena, y los ferrys del mar Negro parece que no andan muy finos últimamente. Algo tendrá que ver la movida de Ucrania, supongo.

Así que, por descarte, sólo me queda la opción que menos me atraía, que es desandar lo andado, o mejor, desrodar lo rodado. Pero cuando no se puede hacer otra cosa, la opción que te queda es la mejor, así que vamos a por ella.

Duermo en un hotel normalucho donde me soplan una pasta, y encima no me puedo conectar a internet con el ordenador, cosa que sigo sin entender, pero así es. Móvil sí, ordenador no. En fin...

Al día siguiente me levanto mejor, más animado. Ayer fue un día de mierda donde el viaje que llevo tanto tiempo preparando ha dado un giro radical, y me quedo sin visitar unos países que me parecen espectaculares, tanto por paisajes como por gentes. Pero bueno, como os digo, hoy tengo el chip de otra manera, y estoy más animado.

Toca rellenar el motor con un poco de aceite, que hacía unos días que me lo estaba pidiendo. Ya va, mi niña, ya va... Lo mejor del mercado, para que ronrronees agusto.

Me pasan dos o tres cosillas, detalles, que hacen que los viajes así merezcan la pena.

Me adelanta una moto a toda velocidad, y poco después veo que va reduciendo, hasta que le alcanzo, e incluso le rebaso. Se queda detrás de mí durante varios kilómetros. Ya me tiene un poco mosqueado, pero yo sigo a lo mío. Y así hasta que llegamos al siguiente pueblo y paramos en el primer semáforo. Se pone a mi altura, se levanta la mentonera del casco. Yo hago lo mismo. El tío me sonríe, me ofrece la mano, se la estrecho, arranca y se da la vuelta. Flipa. No sé cuánta distancia de más habrá recorrido sólo para estrecharme la mano.

A la hora de comer, veo un garito que puede estar bien. Aparco la moto enfrente, y un coche aparca a  mi lado. Se bajan dos hombres hechos y derechos, y por señas me dicen que se quieren hacer una foto conmigo y con la moto. Sí, hombre, sí, eso no hace falta ni preguntar.

Después me dirijo al restaurante. Hay una señora barriendo fuera y cuando voy a abrir la puerta me empieza a decir no se qué. Resulta que está cerrado, pero que no me preocupe, que ya va a abrir, sólo para mí. Sigo flipando, cada vez más. Me da de comer como a un marajá, y me cobra cuatro duros. Al final, saludando a la cámara y todo. Te veo en Hollywood en menos de nada, ya lo verás, reina.

Y ya, para rematar la faena de detalles, al salir del restaurante, del taller mecánico que hay al lado, sale un chaval regordete con cara de bueno, y por gestos me dice si la moto es mía. Yo, que estoy vestido de astronauta y con el casco en la mano, casi se me salta la risa. Pero mira tú por dónde, que coge el chaval, se mete al taller, y sale con una pegatina de Rusia en la mano, para que la pegue en las maletas. Por lo visto se ha fijado en que no llevo pegatina de su país, y eso no puede ser.

Lo que son las cosas. Ya tenía alguna pegatina comprada, pero aún no la había puesto con la esperanza de encontrar alguna que realmente me gustara. Y mira, va y me llueve del cielo. Esta es la pegatina que estaba esperando. La pongo inmediatamente, y voy a buscarlo para que la vea puesta. Le ofrezco la mano para darle un apretón, y él me ofrece su antebrazo porque tiene las manos perdidas de grasa.

Ya estaba cambiando de actitud, pero este tipo de detalles te ponen una sonrisa permanente para todo el día. Esto es lo bonito de los viajes. Ni museos, ni catedrales, ni plazas ni ostias. Esto es lo que merece la pena de verdad. La gente. Ni más ni menos. El resto son chorradas.

Muchachos, mañana Ucrania. Sed buenos. Besos y abrazos.






5 comentarios:

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  2. No hay nada mejor que viajar por el mundo para poder ver como, con mucho menos que nosotros, la gente vive mucho mas feliz y tranquila. Cúanto tenemos que aprender los habitantes del teórico primer mundo.
    V´ssssssssssss
    Iñigo Zunzarren.

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