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domingo, 31 de mayo de 2015

TURQUÍA SIEMPRE SERÁ TURQUÍA


Una vez superado el agujero de la frontera, esta vez sí que noto la diferencia entre los dos países. En su momento os dije que no me parecía para tanto el "atraso" de Irán en cuanto a infraestructuras, pero creo que mi percepción estaba un poco pervertida porque hay que tener en cuenta que accedí al país islámico desde Armenia, que es un país bastante más pobre que Turquía, y eso hizo que no me llamara tanto la atención el contraste. 

Pero ahora, paso de Irán a Turquía directamente, y lo cierto es que sí se nota diferencia: las carreteras son iguales o incluso peores en Turquía (hay que tener en cuenta que estamos en pleno kurdistán), pero el resto de servicios son mucho mejores. Las gasolineras son otro mundo; aquí son áreas de servicio idénticas a las que estamos acostumbrados en Europa, con el mismo tipo de surtidores, tienda con todo tipo de bebidas y sandwiches, baños decentes, etc. Las ciudades son más parecidas a lo que vemos nosotros en el día a día, con lo bueno y con lo malo que eso conlleva, por supuesto.

Lo cierto es que te acostumbras a todo, y llega un momento en que no echas de menos prácticamente nada (bueno, el jamón serrano sí que lo extrañas un poquillo), pero conforme vas volviendo a la civilización te vas dando cuenta de las comodidades de las que disfrutamos en Occidente, y que las asumimos con total normalidad, sin darnos cuenta de la suerte que tenemos sólo por haber nacido en lo que nosotros entendemos como primer mundo.

Tomo dirección norte hacia Van, para después seguir hacia Dogubayazit, donde tengo la intención de hacer mi tercera visita a la diosa Ararat. Ya sé que soy un poco tozudo, pero no me quiero ir de aquí sin llevarme unas fotos decentes del lugar donde se supone que atracó el arca de Noé después del Diluvio Universal. En las dos ocasiones anteriores, la diosa no estuvo muy generosa, y se negó a dejarme ver la cima de la montaña. A ver si hoy la pillo de mejor humor.

Como os he dicho antes, estoy atravesando el kurdistán, y los controles militares son habituales. No me prestan mucha atención. Como mucho me piden el pasaporte, pero me dejan continuar sin más complicación. La ventaja es que no hay policía, y por lo tanto, tampoco hay controles de velocidad, así que me permito alguna pequeña licencia, y le retuerzo la oreja a la moto un poco más de la cuenta.

Tras recorrer los 400 kilómetros que me separaban de Dogubayazit, empiezo a divisar las faldas de la montaña. Digo las faldas porque a pesar de ser un monstruo de más de 5000 metros de altitud, no os la vais a creer, pero está completamente encapotado y amenaza lluvia. No puedo evitar que la mala leche se apodere de mí. No puede ser que esté nublado en mis tres visitas a la jodida montañita. Con la moral un poco baja, continúo la ruta. Parece que no voy a tener suerte tampoco esta vez.


Pero mira por donde, la diosa Ararat me enseña, una vez más, que nunca hay que tirar la toalla.

Cuando estoy a unos pocos kilómetros de mi destino, empiezo a ver cómo, por arte de magia, las nubes se van retirando y dejan pasar esos primeros rayos de sol que hacen que la nieve que cubre la cima brille como una bombilla gigantesca. No puedo expresar con palabras el subidón que siento por dentro. 
Rápidamente me meto por una pista para acercarme un poco más. Tengo que aprovechar el tiempo, porque lo mismo que el cielo se ha abierto, se puede cerrar con la misma rapidez, así que no quiero tentar a la suerte.

Paro la moto y saco todas las cámaras que llevo encima, que son unas cuantas. Realizo la sesión fotográfica más rápida de la historia, y en cuestión de 5 minutos estoy listo. Aún parece que tengo algo de crédito, y las nubes se mantienen respetuosamente a un lado, permitiéndome que siga dándole gusto al dedo durante unos momentos más. 

Unos minutos después, poco a poco, las nubes empiezan a hacer su aparición y en unos instantes cubren la cima de nuevo. La generosidad de la diosa ha llegado a su fin, y llega el momento de continuar la ruta. 




Ahora me dirijo hacia el Oeste, dirección que ya no dejaré hasta llegar a casa. Es lo que tiene la vuelta. La intención es llegar a Erzurum, pero la cosa no va a ser tan sencilla, y una vez más en este viaje (y ya van unas cuantas) empieza a llover. No te creas que se trata de una lluvia fina y refrescante, no. Muy acorde con el lugar donde me encuentro, cae el nuevo diluvio, y me pilla a mí debajo. Son casi 300 kilómetros los que me separan de mi destino de hoy, y los recorro bajo una cortina de agua. 

Nunca me había mojado tanto en un mismo viaje. Es verdad que cuando viajas en moto, sabes a lo que te expones, y las inclemencias del tiempo es algo que está ahí, y contra lo que no se puede luchar, pero cuando pasas de la lluvia y el frío al calor extremo, y luego, vuelta a la lluvia y el frío, sin tener ni un día de tranquilidad y descanso, al final la moral y las fuerzas van flaqueando.

Tras una buena ducha y vestido con ropa de ser humano, siempre se ven las cosas de otra manera, y ya cuando llegas al restaurante de turno para saciar tus instintos más primarios y ves un frigorífico lleno con todo tipo de cervezas, ahí ya se te olvidan todas las penurias anteriores y la sonrisa vuelve a tu rostro.

Al volver hacia el hostal, sobre una acera, veo aparcada una GS con matrícula argentina. Permanezco por ahí durante un rato con la esperanza de encontrar a su dueño. Siento curiosidad por ver quién es el viajero en cuestión y qué ruta ha seguido para llegar hasta aquí desde la lejana Argentina. Y también me apetece charlar un poquito en castellano, para qué negarlo.

Tras un rato allí, y en vista de que siendo la hora que es, seguramente el dueño de la moto esté en su habitación descansando, yo hago lo propio y me voy a la mía. Pero como último intento, cuelgo la foto en Facebook para ver si alguien de mis contactos, por casualidad, conoce esa moto.


Y como esto de la globalización se nos está yendo de las manos, en cuestión de 5 minutos, entre unos y otros, hemos conseguido averiguar quién es. Se trata de Leandro, un viajero argentino que está dando la vuelta al mundo. Le escribo un mensaje para ver si le apetece que nos veamos antes de partir a la mañana siguiente, y sin esperar respuesta, me zambullo en la cama, para lamer mis heridas y descansar unas horas, que me hace falta.

A la mañana siguiente, mientras desayuno, reviso mis mensajes para ver si hay respuesta, pero veo que el mensaje no ha sido abierto todavía, así que deduzco que el compi argentino se debe estar pegando la camada del siglo. Yo debo partir, y no puedo esperar más, así que tras empaquetar todo una vez más, arranco y me voy, pasando por el lugar donde vi la moto anoche, comprobando que sigue ahí. Una pena. Otra vez será.

Hoy la intención es volver a la Capadoccia. Ya estuve allí en el camino de ida, y desde entonces sigo en contacto con Tolga, el guía turístico que conocí y con el que junto a Mehli, pasamos una noche mágica, durmiendo en nuestras tiendas de campaña, en ese inolvidable paraje. Lleva insistiendo varios días para que me pase por Çavusin, cerca de Goreme, y me quede a dormir en su casa. Mi plan inicial era cruzar Turquía por el Norte, pero ya que me ofrecen alojamiento gratuito y que nunca está de más una nueva visita a la Capadoccia, decidí cambiar de planes, que para eso están... para cambiarlos.

Hago una paradita técnica en Erzincan, para repostar y comer algo, y veo que Leandro me ha contestado. Viaja en la misma dirección que yo, pero su ritmo es más lento. En una vuelta al mundo tampoco hay necesidad de correr. Me gustaría poder esperarlo, pero mis circunstancias son otras, y yo tengo las fechas más ajustadas y no puedo bajar el ritmo. Acordamos en vernos cuando su ruta le lleve por España, allá por Octubre. Casi nada. Todo el verano para recorrer Europa. ¡Quién pudiera!

Una cosa que he notado, y que me produce cierto alivio, es que aquí, la moto no llama tanto la atención, y puedo parar en cualquier sitio tranquilamente sin miedo a que hordas de gente se tiren sobre mí para coserme a preguntas y hacerse fotos. En Turquía es todo mucho más normal. Siempre hay algún curioso, pero entra dentro de lo agradable, porque en ningún momento me siento avasallado, cosa que sí ocurría en Irán. Al final, creo que Turquía, y siempre según mi experiencia, se va a llevar el título de país más agradable y recomendable para recorrerlo en moto, de todos los que yo conozco, y no me cansaré de recomendarlo. Es una mezcla perfecta de orden y caos, buena gente, carreteras aceptables, rutas off road, sitios espectaculares y buen clima (aunque esta vez me ha fallado un poco esto último) que lo convierten en un auténtico paraíso para todo aquel que le vaya este rollo del moto-viaje. Si tienes oportunidad, ni lo dudes: date una vuelta por aquí, y no te arrepentirás. Te lo garantizo. 

Sigo mi camino, y por supuesto, antes de llegar a mi destino de hoy, me toca mi sesión diaria de agua. Ya ni lo pienso. En cuanto veo unas nubes un poco amenazantes, paro tranquilamente en algún lugar retirado, me visto como el capitán Pescanova con todos sus impermeables y a la carretera de nuevo. Y ya puede caer lo que quiera, mientras sea líquido.

Afortunadamente, los últimos kilómetros antes de llegar a Çavusin los hago bajo un cielo despejado y un sol de justicia, que se agradece mucho, después de unos cientos de kilómetros de penurias, y que me permiten admirar el paisaje de la manera que se merece un lugar como este.

Nada más entrar en el pueblo me cruzo con Tolga, que me dice que va a Uçhisar, al restaurante de unos amigos, de visita. Por supuesto, yo también estoy invitado, así que le sigo sin dudar.


Vistas desde el restaurante, con el castillo de Uçhisar al fondo
El restaurante es, lógicamente, un hervidero de turistas, pero nos sientan en una mesa un poco retirada de todo el bullicio, donde está el dueño del garito con unos cuanto amigos. No se trata de una cena propiamente dicho, es más bien una quedada de varios amigos que se juntan a charlar y a beber unos tés. Pero al ver que vengo de ruta, el dueño, sin preguntar y asumiendo que estoy cansado y hambriento, manda a uno de sus camareros que me saque algo de comida. A estas alturas de la película, ya ni siquiera me esfuerzo en intentar rechazar el ofrecimiento, más que nada porque sé que es inútil. Así que, simplemente, me dedico a comer y a escuchar. El dueño habla castellano bastante bien. Estuvo en Madrid durante 4 meses hace ya unos años, pero le dio tiempo para aprender nuestro idioma, adquiriendo un nivel más que aceptable. La charla es animada e interesante. Da gusto tratar con gente así, te hacen sentir como en casa. O casi.

Cuando ya es bien entrada la noche, la reunión de amigos toca a su fin, y nos ponemos en movimiento. Sigo a Tolga hasta su casa, donde me ha preparado una pequeña cama en el salón, pero antes de ir a visitar a Morfeo, nos echamos una cerveza más en la terracita, con una temperatura espectacular, y la tranquilidad propia de un pueblecito capadócico. Me cuenta un poco más de su vida, y yo le cuento de la mía, bajo la atenta mirada de su nuevo compañero: Karavach, un perro pastor enorme, con una impresionante musculatura, pero que luego resulta ser un pedazo de pan.

Amanece nublado. Siguiendo con la tónica de este viaje, me da la impresión de que, un día más, me voy a mojar. He perdido la cuenta de los metros cúbicos de agua que me han caído encima, pero os aseguro que son muchos.

Hoy llego a Estambul, una de esas ciudades que con sólo mencionarla, me recorre un agradable escalofrío por toda la espalda. Siempre es emocionante volver a la puerta de Asia, aunque esta vez sea de salida.

Son unos 750 kilómetros los que tengo que recorrer hoy. No sería mayor problema si no fuera por la suerte tan bárbara que estoy teniendo con el clima. Sí, chavales, sí, me vuelve a llover. No quiero parecer un llorón, pero es que cuando esto se repite día tras día, y no te apetece ni parar a hacer fotos, y vas tenso encima de la moto porque la carretera es una pista de patinaje, y el agua te acaba calando (porque al final, cala, y el que diga que no, o no le ha llovido mucho o miente) y sólo piensas en hacer kilómetros, cueste lo que cueste... Pues al final no es lo mismo. Esa misma experiencia, a 25 grados y con un sol radiante, se convierte en maravillosa, pero no es el caso, así que toca apretar los dientes y conducir con cuidado para evitar cualquier tipo de incidente.

La entrada a Estambul bajo una cortina de agua es de lo más entretenida. La lluvia torrencial se suma a la ya muy caótica manera de conducir de esta gente. Como suelo hacer en estos casos, me coloco a rebufo de algún aguerrido motero local que me encuentro por el camino, y me pego a su culo los kilómetros que compartimos ruta. Donde fueres, haz lo que vieres. Y qué mejor manera de aprender a conducir en esta ciudad que con alguien que lo hace a diario. Voy cogiendo y dejando moteros que me abren camino, pero con cuidado, ya que hay veces que se meten en sitios en los que yo no quepo, teniendo en cuenta que la envergadura de mi máquina es bastante mayor que la mayoría de motos que se ven por aquí.

Al final, llego al Kuzgun Motor Adventures sin mayores contratiempos, y allí me encuentro a Taylan, el mecánico, que no habla nada de inglés pero que tampoco le hace falta. El lenguaje de signos no falla. Me da la llave del sitio que va a ser mi alojamiento durante las dos próximas noches, y en el que estuve hace dos años. Grandes recuerdos de aquel viaje vienen constantemente a mi cabeza. Taylan me pasa el teléfono: Mehmet está al otro lado. Es el jefe del garito. Dice que no podrá acercarse esta noche, pero que mañana por la mañana desayunamos juntos y nos ponemos al día.

El amanecer desde mi cama en el Kuzgun
El Kuzgun no es ni la sombra de lo que era hace tan sólo dos años. Está completamente desmantelado, sucio y descuidado. No sé qué es lo que ha podido pasar, y Taylan tampoco es capaz de explicarme. Sólo me dice "problems, problems". Y me lo creo. No es que antes fuera el Ritz, pero estaba limpio, tenía un par de habitaciones con unos sofás, la cocina era aceptable... pero es que ahora está que se cae a trozos. Los tabiques de las habitaciones han desaparecido, hay un remolque de motos en el medio, una moto averiada en un rincón, 3 dedos de polvo por todas partes, y del baño y la cocina mejor no hablar. Con lo que parece una escoba que encuentro por ahí tirada, barro un pequeño rinconcillo y con un trapo limpio un par de estanterías que se convertirán en mis armarios durante mi estancia aquí. Extiendo el saco y la esterilla y ya tengo mi pequeño hogar en marcha.



Es muy cutre, pero es barato. Bueno, más bien, es gratis, así que tampoco tengo derecho a quejarme. Esta gente es super amable y las dos veces que he estado aquí se han portado conmigo como si fuéramos amigos de toda la vida. Y eso se agradece mucho.

Compro comida y cerveza en el super que hay enfrente y me preparo una cena de lo más aparente con la ayuda del hornillo. Entre otras cosas, preparo unas judías verdes que me saben a gloria. Ya sé que no es ningún manjar, pero hace varias semanas que no pruebo las verduras, y me apetecía un montón. Y con la ayuda de las cervecitas, poco después me retiro al catre, donde caigo rendido y me quedo dormido como un lirón.

Por la mañana, Taylan se encarga de ponerme la moto a punto, que ya le tocaba una revisión. El tío sólo quería cobrarme los repuestos, y tengo que insistir para pagar la mano de obra. Aquí van a otro ritmo, y el tiempo no se valora como lo hacemos nosotros. Se paga por los materiales, pero el trabajo no lo cobran al mismo nivel que se hace en Europa. Y no te creas que son fáciles de convencer. Tiene cojones que haya que insistir para pagar más dinero. Igualito que en España.

Con Taylan en el Kuzgun
Luego llega Mehmet, con un desayuno que parece una boda. Charlamos un buen rato y me cuenta que hay un proyecto urbanístico que debería haber comenzado ya, pero por no sé qué trámites burocráticos se está retrasando más de la cuenta, y encima, ahora, es período electoral, así que no tienen muchas esperanzas de que eso vaya a arrancar a corto plazo. Por lo visto, les obligaron a desmantelar todos los locales de esa zona, para después quedarse todo en agua de borrajas. Y esa es la razón por la que el motoclub se encuentra en un estado tan lamentable. Se disculpa en repetidas ocasiones, pero le digo que no hay nada de qué disculparse. Ellos me ofrecen lo que tienen y yo lo acepto encantado y agradecido.

Hoy toca perderse por la gran urbe. Con la moto recién terminada, agarro mis artilugios y me voy hacia el centro, donde tengo la intención de pasar el día completo, cámara en mano y sin rumbo fijo, perdiéndome por las calles, bazares y mezquitas que hay a lo largo y ancho de esta fantástica ciudad. A pesar del intenso tráfico, el hecho de ir en moto siempre facilita mucho las cosas y te mueves con bastante facilidad de un sitio a otro. El tiempo se pasa volando, y para cuando me quiero dar cuenta, ya es la hora de cenar, de hacer las últimas fotos nocturnas de Santa Sofía, y volver al hogar.



Por la mañana...
...y por la noche.



Al día siguiente toca despedida. Una vez más. Es lo "malo" que tiene esto de viajar. Aunque por contra, sé que tengo un sitio al que volver, pase lo que pase. Después de cargar la moto y desayunar con mis amiguetes turcos, nos damos un fuerte abrazo y llega el momento de darle caña al asfalto de nuevo. Insisto en que éste país bien merece una visita, cuanto más larga, mejor. La hospitalidad de esta gente es algo fuera de serie. Os lo garantizo.

Me salto los últimos peajes antes de llegar a la frontera, para no perder la tradición, y llego a Bulgaria. Los trámites fronterizos no tienen ninguna dificultad y todo va rápido y sin problemas. Noto que la carretera empeora ostensiblemente, y cuando enfilo una nacional hacia Rila, dejando la autopista, eso se convierte en un campo de minas y hay que ir con sumo cuidado si tienes algún tipo de aprecio a tus llantas. Hay que decir que, posteriormente, más al norte, la cosa mejora y la calidad del asfalto es buena, no os penséis que esto es un país tercermundista, porque no es así.

Hoy, el destino es Rila, un pueblecito a unos 100 kilómetros de Sofía, desde el que se accede al monasterio del mismo nombre, y donde dormí hace dos años, en el mismo viaje que también me llevó a Turquía. Pero esta vez no voy al monasterio. Voy al mismo pueblo. Allí vive Vladimir, un búlgaro que vivió junto a su familia en Pamplona, mi ciudad, durante más de 8 años, y nos conocimos a través de Facebook el año pasado. Cuando supo que mi ruta pasaba cerca de su casa, ha estado pendiente de mi posición a lo largo de todo el viaje, insistiendo en repetidas ocasiones para que pasara a hacerle una visita.

Y aquí me encuentro, en su pueblo, rodeado por montañas, y recordando viejos tiempos. Su negocio es fácilmente identificable, ya que está en la carretera principal que atraviesa el pueblo en su camino al monasterio y, además, tiene una gran bandera española colgando de un mástil en la fachada del edificio. Vamos, que no tiene pérdida. Si alguna vez pasas por allí, no dudes en parar y hacerles una visita porque son unas personas espectaculares. 

Tienen un pequeño supermercado, en el que puedes encontrar de todo, y al que acude medio pueblo a hacer la compra. En el tiempo que estoy yo presente, no paran de entrar clientes, cosa que me sorprende, ya que el pueblo es relativamente pequeño, pero parece que les va bien la cosa. En la parte de arriba están construyendo un hotelillo, y en el sótano, un restaurante de comida típica búlgara. Creen que para Navidad el restaurante estará funcionando. Pinta muy bien el sitio, la verdad.

En una de las columnas frente a la entrada tienen colgando un gran escudo de Pamplona hecho en madera, recuerdo de su vida en mi pequeña ciudad. Es toda una sorpresa encontrármelo allí, colgando entre todo tipo de productos búlgaros.

Después de un buen rato de charleta en la puerta de la tienda, Vladimir me lleva a su casa, donde conozco a su mujer y a su hijo, me dice donde está mi habitación y el baño, y me deja un rato para que me asee y descanse. Después de varios días sin disponer de un baño en condiciones, esta ducha me sabe a gloria, ni más ni menos.

Más tarde, llega el momento de sentarnos alrededor de la mesa, para degustar una copiosa cena y beber unas Kamenitzas (cervezacas de medio litro que te quitan el hipo). Por allí pasa un montón de gente y también conozco a su hermano, sus sobrinos, su cuñada... Casi todos han vivido en Pamplona bastantes años, y me llena de orgullo cuando me dicen que estarán eternamente agradecidos por el  modo en el que fueron tratados allí, donde hicieron un montón de amigos. 

Con Vladimir y su hermano Lyubo, en la puerta de su negocio
Vladimir está convencido que me quedo allí un par de días, por lo menos. Pero se lleva una pequeña decepción cuando le digo que tengo que marchar al día siguiente. Tienen una fiesta de cumpleaños, y no acepta un no por respuesta. "Tú mañana te quedas" me dice. Pero no puede ser. Mañana es sábado y el domingo tengo que estar en Budapest, porque Elma, mi chica, está allí pasando el fin de semana con sus amigas. El plan es juntarnos en la capital húngara el domingo y volver juntos a casa en moto. Si me quedo el sábado en Rila, no llego el domingo al mediodía a Budapest ni en broma, así que no me queda más remedio que, educadamente, rechazar la oferta de mi amigo búlgaro. Me jode bastante, porque he conectado muy bien con él, y nos hemos echado unas buenas risas juntos.  
                                               
Por la noche, en un momento dado, tengo la necesidad de ir al baño, y después del "acto", al salir, me encuentro a Vladimir que estaba como yo. Le advierto que no le conviene entrar ahí dentro si tiene el mínimo aprecio a su vida. Pero esta gente es dura, y me dice, con toda la guasa: "No te preocupes, voy a hacer una contraoferta". Humor búlgaro. 


Al día siguiente vuelta a la rutina. Empaquetar, cargar, desayunar, despedida y a la carretera. Allá donde estés, Vladimir, un fuerte abrazo para ti y toda tu gente. 

Tengo todo el sábado y la mañana del domingo para recorrer los 850 kilómetros que me separan de Budapest. No sé cuál será la distancia que recorra hoy. Según me vaya encontrando, decidiré sobre la marcha.

La carretera es bastante buena. Aquí ya no hay sorpresas y apenas me entretengo en ningún sitio. En el fondo, para mí, el viaje ya ha acabado. Después de recorrer países tan diferentes a lo que estoy acostumbrado, volver a Europa te deja ese regustillo agridulce en el que estás contento porque cada vez estás más cerca de casa, pero a la vez, no quieres que se termine. Hay una frase muy buena del gran Mc Bauman, que siempre se me viene a la cabeza en estos casos: "Estoy feliz porque vuelvo, pero triste porque regreso". Ese es mi estado de ánimo ahora mismo. Sentimientos encontrados.

Hoy no llueve. Me siento extraño con las gafas de sol puestas, la chaqueta abierta y los guantes de verano. Se me había olvidado esa sensación. 

Sin darme cuenta, llego a Serbia, y casi sin detenerme, voy tirando, tirando, y como no tengo ni un dinar en efectivo, acabo atravesando el país de punta a punta, parando sólo a repostar, y pagando con tarjeta.

Al final, llego a Hungría y decido poner el huevo en Szeged, cerquita de la frontera y a menos de 200 kilómetros de Budapest. Es temprano, y me lo tomo con mucha calma. Me alojo en una residencia de estudiantes que encuentro a muy buen precio y me dan un estudio para mí solito. A todo lujo.

Paseo suave por la ciudad, que tampoco tiene nada espectacular, pero es bastante agradable, y después, vuelta a casa. Tras dar cuenta de las correspondientes latitas de cerveza, estratégicamente compradas en el camino de vuelta, uno se desploma en la cama y presiona el botón OFF, hasta la mañana siguiente.

Como ya he dicho, me faltan menos de 200 kilómetros para llegar al punto de encuentro con Elma, y hemos quedado en reunirnos al mediodía, así que no tengo ninguna prisa. Me preparo un copioso desayuno con la compra que hice ayer y lo devoro gustoso. Se puede ser feliz con muy poco, gastronómicamente hablando. Al menos en mi caso.

Dejo el apartamento a eso de las 11 de la mañana y, sin coger la autopista, me dirijo a la capi. Me apetece ir tranquilo y sin prisas, disfrutando cada rincón que me encuentro. Bonito país, Hungría.

Y, ¿qué decir de Budapest? Estuve aquí hace un año, aproximadamente, y el recuerdo aún lo tengo fresco, pero siempre es un gustazo rodar por sus calles y disfrutar las vistas. Doy un largo rodeo antes de dirigirme al hotel donde se encuentra Elma con sus amigas. Están visitando el parlamento y me toca esperar un ratillo. Cuando llegan, ya es casi la hora de comer, así que, inmediatamente, buscamos un restaurante. El reencuentro es bonito, como todos los reencuentros. Hace más de un mes que no nos vemos, y aunque, hoy en día, con las nuevas tecnologías, tienes contacto casi a diario, no es lo mismo que en persona. Indudablemente.

Por la tarde, nos despedimos del resto del grupo, ya que tienen que ir al aeropuerto a coger el vuelo que les llevará de vuelta a casa. Mientras, nosotros nos dirigimos a Ljubljana (Eslovenia), donde pasaremos una noche y, posteriormente, otras 2 noches en Venecia, antes de enfilar hacia casa, y finiquitar definitivamente el trayecto. Pero eso ya es otro tipo de viaje, que no viene al caso en este blog.

Espero que hayáis disfrutado leyendo mi diario y, por supuesto, si alguien necesita algo de info y está en mi mano, sólo tenéis que escribirme un mail a aitorzunzarren@gmail.com y veremos que se puede hacer.

Espero que nos veamos por aquí el año que viene, si no es antes, o en su defecto, igual coincidimos en la carretera, que eso si que molaría...

Besos y abrazos.


lunes, 25 de mayo de 2015

IRÁN: EL ADIÓS



Mirada persa


Kharanaq
Tras unos kilómetros de buena carretera, llego a Yazd, pero no me detengo. Cojo un desvío a la derecha, y me dirijo al pueblo abandonado de Kharanaq. Mejor dicho, semi abandonado. Tiene su parte viva, donde hay casas normales con tiendas normales y gente normal, y luego, en la zona oriental del pueblo está lo que es la parte abandonada propiamente dicha. Está bien darle un rato como curiosidad, pero tampoco es que sea algo imprescindible en este viaje. Lo cierto es que he visto sitios mejores, aunque insisto en que tiene cierto atractivo.  

Hoy tengo la intención de llegar a Teherán, donde se supone que me voy a alojar en casa de Cyrus, el amigo de Ricardu, el catalán. No ha dado señales de vida en los últimos dos días, aunque tampoco me preocupa. Si no sé nada de él, me buscaré la vida por mi cuenta.

Tengo marcado en el GPS un punto concreto donde se supone que hay una señal de cruce de camellos. Encontré el waypoint en Horizons Unlimited, una página bastante famosa en este mundillo del moto-viajero, y me pareció una tontería curiosa, así que lo descargué. El caso es que, o el waypoint está mal, o ya no cruzan camellos por aquí, porque a pesar de dar un par de vueltas, no consigo encontrar la señal, así que sin más dilación, continúo ruta, que el calor empieza a apretar de nuevo, y en cuanto paras la moto, rompes a sudar sin consuelo.

Lo que sí encuentro un poco más adelante son los camellos. Están dentro de un caravanserai abandonado en el medio de la nada. Me miran con cara de curiosidad mientras les hago un par de fotos rápidas. No he visto más camellos en todo el país. Se supone que son animales bastante comunes por aquí, pero ya os digo que yo no he visto más que estos. Extraño.

Como curiosidad, leí hace poco un artículo que hablaba de las indemnizaciones de las aseguradoras en caso de accidente, y hace tan sólo unos pocos años que se logró equiparar la indemnización entre hombres y mujeres. La vida de esta gente se mide por camellos. Si la cascas, vales un camello. Y hasta hace unos años, eso sólo si eras hombre. Las mujeres valían medio camello. Ahora parece ser que la cotización femenina ha subido y han alcanzado a los hombres, por lo que también valen un camello enterito.

Aún queda un largo camino para la igualdad: en un juicio, el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre, por lo que hace falta, al menos, dos mujeres que testifiquen en la misma línea para que tenga el mismo valor que el testimonio de un hombre. ¡Te cagas!

Los siguientes 500 kilómetros pasan sin pena ni gloria. Las carreteras son bastante buenas a lo largo y ancho del país, aunque al ser de dos carriles, el carril derecho suele estar más dañado por el paso de los camiones, así que los camioneros, que son muy majos, deciden ahora circular por el carril izquierdo, yo creo que para igualar los daños. Los retrovisores son un artículo de lujo por aquí, y el que los lleva, tampoco te creas que los usa para mucho, así que no queda más remedio que adelantar por la derecha en muchísimas ocasiones. No pasa nada, hasta que alguno decide que ya se ha aburrido de circular por la izquierda y sin mirar por el espejo y, por supuesto, sin molestarse en poner intermitentes, cambia de carril, con el consiguiente susto para el pobre motorista con los plomos fundidos por el calor, que tiene que pegar un acelerón de mil pares, si no quiere acabar en una de esas cunetas áridas que caracterizan la zona.

Otra cosa que me pone muy nervioso de la curiosidad que genera la moto es cuando ves por el retrovisor (yo sí los uso, por la cuenta que me trae) que un coche se dispone a adelantar, pero cuando estás esperando que te rebase, esto no ocurre. Vuelves a mirar por el espejo, y no ves nada. Al girar la cabeza, ahí está, agazapado. Se ha quedado en el ángulo muerto mientras observa la moto, hace fotos, etc, etc. Pueden estar ahí durante kilómetros. No se aburren. Pero yo sí. Es un infierno tener un coche ahí pegado, sobre todo porque no sabes cuál va a ser su próxima maniobra, y al final, vas más preocupado de lo que tienes detrás que de lo que tienes delante. 

Al final, cuando esto ocurre, opto por asegurarme de que no tengo a nadie justo detrás de mí, y clavo los frenos. Así, el coche que está detrás haciéndome fotos desde el carril izquierdo, me rebasa y ya no tiene más opción que continuar hacia adelante. Al final es un jueguecito que, para mí, pierde toda la gracia, más que nada, porque en alguna de estas, vamos a tener un disgusto, y no me apetece nada de nada.

Llego a Teherán y paro antes de adentrarme en esa jungla. Se trata de una de las ciudades más grandes del mundo, y los conductores de aquí tienen fama de ser de lo más alocados.

Consulto el teléfono una vez más, por si Cyrus hubiera dado señales, pero no hay mensajes del iraní, así que decido dirigirme hacia el mausoleo de Khomeini, líder de la revolución iraní y fundador de la República Islámica de Irán. Es un sitio un tanto controvertido, y con muchos detractores, por el gasto que está generando y la fastuosidad del monumento. Pero dejando las polémicas aparte, recuerdo que Cuco, otro amiguete catalán, me dijo en su día que era posible acampar en el mismo parking del complejo, así que, como no tengo otro sitio mejor donde caerme muerto, voy hacia allí para ver qué me encuentro, y así de paso, improviso alojamiento.

El sitio es bastante grande, así que me doy un par de vueltas a ver si localizo alguna zona donde haya tiendas de campaña y así poder plantar la mía. Al final acabo al borde de un cementerio, donde paro a descansar un poco. Hay familias con sus picnics montados entre medio de las lápidas, como si eso fuese un parque, mientras los niños juegan por ahí, correteando y dando gritos. Me llama la atención la aparente falta de respeto, con lo religiosos que son por aquí.

A los pocos segundos, uno de los hombres que se encuentra sentado cerca de donde he aparcado, se acerca y comienza la danza de la lluvia. Por señas, me ofrece una bebida, y al poco rato me encuentro sentado entre las lápidas con un vaso de té helado en la mano y rodeado de toda la familia, que me mira como si viniera de otro planeta. No entienden qué es lo que estoy buscando allí, así que el hombre, ni corto ni perezoso, llama a un amigo que habla inglés y después de hablar un poco con él, me pasa el teléfono. Le explico que estoy buscando un sitio donde plantar la tienda. Le devuelvo el teléfono y le traduce a su amigo. Y así, sucesivamente. La risa, vamos. Traductor simultáneo.

Cuando termina la llamada telefónica, el hombre de la casa habla con su hijo y, por señas, me indica que se va a montar conmigo en la moto y que me mostrará hacia dónde tengo que ir. Por no mover todo el equipaje para un trayecto tan corto, nos montamos los dos en el asiento del pasajero. No sé si habéis probado esa experiencia alguna vez, pero no os la recomiendo, si tenéis el mínimo aprecio a vuestros genitales. ¡Qué presión contra el depósito! Más vale que es un trayecto de unos centenares de metros nada más.


Familias acampadas en el mausoleo
El chaval me lleva directo a una zona donde empiezo a ver tiendas de campaña por todas partes. Este va a ser el camping improvisado. Hay incluso un edificio de baños públicos en bastante buenas condiciones. Me despido de mi guía, dándole las gracias, mientras coloco mis atributos en su sitio. ¡Qué dolor, leche!

En un hueco que me parece adecuado y tranquilo, aparco la moto y, antes de montar la tienda, pregunto a la familia que se encuentra acampada al lado a ver si puedo poner allí el huevo. Me dicen que por supuesto que sí, que allí estaré seguro. Ellos también van a pasar la noche. Me vuelven a ofrecer comida y bebida. Me encanta la generosidad de esta gente. Lo llevan en los genes.

Mausoleo de Khomeini, desde la tienda de campaña
Me suena el teléfono. Es Cyrus. Ya no me acordaba de él. Se disculpa por no haber respondido a mis mensajes, pero es que ha estado liado. Me propone ir a pasar la noche a la residencia donde él se aloja, pero ya que estoy aquí y he encontrado un sitio decente donde pernoctar, educadamente rechazo su ofrecimiento, y le digo que me quedo donde estoy. Además, me resulta atractivo dormir en este sitio. No creo que mucha gente occidental pueda decir que ha dormido en el Mausoleo de Khomeini. Las oportunidades están para aprovecharlas.

Monto la tienda, y en cuanto oscurece, me retiro a mis aposentos. Al poco rato, se desata una tormenta eléctrica que casi se lleva volando la tienda, y a mí con ella. Menuda ventolera se levanta en poco rato. Afortunadamente, no llueve, así que simplemente es cuestión de tiempo que pase la tormenta, y los aires vuelvan a su cauce. El resto de la noche pasa tranquilamente y puedo descansar unas cuantas horas, en un sueño de lo más reparador.

Mausoleo de Khomeini, aún en construcción, tras más de dos décadas
Por la mañana, echo un vistazo por los alrededores, me aseo en los baños públicos, cargo la moto, y antes de arrancar, como todos los días, saco mi tubito de protección solar (factor 50) para darme en la cara, para evitar acabar como un tomate de huerta. Esta es otra de las cosas que causa sensación, sobre todo entre las mujeres. Cada vez que estoy con toda la cara embadurnada con mis cremitas, recibo las sonrisas y risitas tímidas de todas las mujeres que pasan por el lugar. Les hace mucha gracia ver a un astronauta dándose crema. Es que aquí son muy machos, y no se dan potingues, me imagino. Pero yo, con mi piel blanquecina y semejante sol, si no lo hago, acabo en urgencias con quemaduras de tercer grado.

Circulo por Teherán, aunque no me complico demasiado. Estoy un poco perezoso, y no me apetece meterme en esa vorágine de asfalto y conductores suicidas, así que lo paso un poco de refilón, acabando en la plaza Azadi, presidida por su torre. Me la esperaba más grande. No es gran cosa y me decepciona un poquillo, aunque ya me habían advertido que esta ciudad tampoco merecía mucho la pena y que no desperdiciara tiempo en ella si eso suponía dejar de ver ciudades más interesantes.

En lo que sí tengo que estar completamente de acuerdo es en el tráfico intenso que soporta esta ciudad. Vayas donde vayas te encuentras todo tipo de vehículos por todas partes, siendo incluso difícil culebrear con la moto, ya que aprovechan todo el espacio disponible, no dejando sitio material para colarte entre los coches. Incluso las motillos de pequeña cilindrada que conducen por aquí tienen serios problemas para avanzar. Un poquito de estres mañanero en forma de asfalto, contaminación y claxons es lo mejor para despejarte para el resto de la jornada.

Al fondo, la Torre Azadi
Después de una pocas fotos, decido que ya he tenido bastante dosis de gran ciudad por hoy, y abandono la capital tomando dirección noroeste, hacia Rasht. Tenga otra foto pendiente por aquella zona: el Mar Caspio. Ya que estoy por aquí, tendré que echarle un vistazo, ¿no?. Aunque sea para ver qué pinta tiene.

Los kilómetros van pasando sin pena ni gloria. Al llegar a la costa, paro en un pueblecillo a comer algo. Son bastante enrollados y simpáticos, dándome conversación todo el rato que estoy sentado en la mesa, hasta el punto de ser un pelín cansinos, pero bueno, hay que aguantar el chaparrón. Cuando me traen la cuenta no me resultan tan simpáticos, y me meten la clavada del siglo. Les pongo un poco de mala cara, y les digo que tampoco hay que pasarse inflando los precios a los turistas, que no somos ni ricos ni tontos. Al final, con un poco de buen rollo, llegamos a un acuerdo intermedio en el que todos salimos ganando. Muchas veces es comprensible esa inflada de precios, pero hay otras veces que, si la columpiada es excesiva, hay que dejar las cosas claras, porque si no, llega un momento en que esto no tiene fin, y pretenden clavártela hasta en el precio del agua. También es justo decir que esto que acabo de contar ha sido una excepción en este país, y lo más habitual ha sido todo lo contrario: gente generosa que te da lo que tiene sin esperar nada a cambio, ofreciéndote su casa y su comida, y siempre, siempre, siempre, con una gran sonrisa.


Después de las mencionadas fotos en el Caspio, tomo dirección Tabriz, donde me espera Mehdi, un amiguete que conocí a través de Facebook, y que quiere adoptarme por una noche. Me confundo en un cruce, y para cuando me quiero dar cuenta, ya es tarde para rectificar, así que tiro para el Norte, y acabo en la frontera con Azerbayán, desde donde giro al Oeste hacia Tabriz. El despiste me cuesta un poco más de tiempo encima de la moto, pero ya que estamos en el lío, no pasa nada. La carretera es bastante divertida, llena de curvitas y bonitos paisajes montañosos. Al final sale bien la jugada.

Un prototipo de Honda ;-)
Al llegar a Tabriz, paro en las afueras, en una especie de polígono industrial, desde donde llamo a Mehdi. No tengo ni idea de dónde vive. Tras intentar durante un buen rato entender las indicaciones que me está dando respecto a la ubicación de su casa, nos resulta imposible entendernos, así que, ni corto ni perezoso, y tras explicarle, más o menos, dónde me encuentro yo, me dice que le espere ahí mismo, que pasa a buscarme en unos 20 minutos. Correcto.

Mientras tanto, de un taller cercano salen un par de curiosos que tras unos minutos de conversación a base de signos, me ofrecen un çay y algo de comer. Esta gente no se cansa de andar con la tetera de un lado para otro. Al rato llega Mehdi en su coche. Es la primera vez que nos vemos, pero le reconozco por la foto de su perfil en FB. Se está haciendo un poco tarde, así que le sigo hasta su casa, sin entretenernos demasiado.

Metemos la moto en su garaje, al lado de varios cochazos y 4x4 que pertenecen a sus vecinos. Al subir a su casa, me quedo con la boca abierta. Más de 300 metros cuadrados tienen la culpa. Pedazo de choza que tiene la familia del colega. Sólo el salón es bastante más grande que toda mi casa. Las vistas sobre la ciudad son espectaculares. La cocina, el salón, las habitaciones, la decoración de toda la casa indican el nivel económico que maneja esta familia. Luego me entero que tanto el padre como el hijo son ingenieros, y trabajan para compañías petrolíferas, y efectivamente, están montados en el petrodólar.


La cena la ha preparado la hermana mayor de Mehdi, que habla un perfecto inglés y me explica uno por uno los ingredientes y la manera de cocinar de todos los platos que hay sobre la mesa, que son unos cuantos. Como ya os he dicho en alguna otra ocasión, cuando tienen invitados, hacen una cena especial para honrar a su huésped, pero esto ya se sale del mapa. Está todo buenísimo, y al principio me corto un poquillo y las raciones que cojo son pequeñas, pero conforme voy cogiendo confianza y ante la insistencia de todo el mundo, doy rienda suelta a la fiera que llevo escondida en el estómago, y comienzo a llenar el plato como si no hubiese un mañana. Esta gente no sabe con quién se están jugando los cuartos.

Después de la copiosa cena, y ya sentados en los mullidos sofás que hay repartidos por todo el salón, estamos un buen rato de sobremesa, tomando çay y unos dulces típicos que están para chuparse los dedos. Posteriormente me acomodo en la habitación de Mehdi, que tiene dos camas, y una de ellas tiene mi nombre. Aún estamos un buen rato hablando él y yo antes de acostarnos. Es un fanático de la fotografía, así que tenemos conversación de sobra. Me enseña un par de truquillos con la cámara, que mañana tenemos planeada una visita al Gran Bazar, y me vendrán de perlas. A ver qué tal va la sesión de disparos. Después de un buen rato de cháchara, cada uno a su camita y a soplar un rato, que hoy a vuelto a ser un día bastante largo.

Por la mañana, de nuevo, la hermanita se pone manos a la obra y desde luego, conmigo no se ofenderán por dejar comida en el plato. ¡Vaya arte que tiene la niña! Salimos a la calle no demasiado temprano, con la intención de visitar el Gran Bazar. Mehdi se empeña en ir en su todo terreno, a pesar del intenso tráfico. Lo que sí es cierto es que el aire acondicionado se agradece un montón. No cambio la moto por nada, eso está claro, pero es justo reconocer las ventajas de otros medios de transporte.

Mi amigo Xabi me ha recomendado este mercado en varias ocasiones, describiéndolo como "imprescindible", así que yo, con lo obediente que soy, no me ha quedado más remedio que venir a comprobarlo.

Aparcamos el 4x4 en un párking cercano y nos adentramos en este monstruo. Son un montón de galerías y callejuelas donde puedes encontrar de todo, pero para mí, lo más interesante que veo son las personas, sobre todo hombres, por lo menos a esta hora de la mañana. El porcentaje de mujeres es bastante bajo, no entiendo muy bien porqué, pero así es. Mehdi tampoco me lo sabe explicar. Reconoce que nunca se había fijado en ese detalle.


Paramos en cada esquina y cada rincón, fotografiando a todo lo que se menea. Me confiesa que está disfrutando como un niño, porque a pesar de tener esta joya de mercado a pocos minutos de su casa, es el primer día que viene con la cámara a disparar abiertamente, porque venir solo le da vergüenza. Pero como dice mi madre, el que tiene vergüenza ni come ni almuerza, aunque a Mehdi no le queda tan claro el refrán. Además, la gente es bastante colaboradora, y algunos hasta posan y todo. En las aproximadamente dos horas que estamos dando vueltas sin parar a lo largo y ancho del bazar, no veo ni un solo turista extranjero, y yo, al ir con un iraní, me mimetizo bastante bien en el ambiente, a pesar de llevar sendas réflex entre las manos.

Después de esto, cogemos el coche de nuevo y nos vamos al parque de Shah-Goli, con su estanque dominado por el palacio del mismo nombre, donde seguimos con la sesión de fotos. Hay mucha gente jugando al volleyball, que parece que es bastante popular en este país. Por fin algo que no sea fútbol, para variar. Tiene un camping donde, de no ser por la generosa invitación de Mehdi, habría dormido la noche pasada.

Vista panorámica de Tabriz, con el parque de Shah-Goli en primer término (foto: Wikipedia)
Posteriormente, y tras un par de visitas turísticas más, toca arrimarse a un restaurante a ver qué se come por estas tierras. Salgo victorioso del envite, una vez más. Qué gran estómago he tenido la suerte de heredar. No me lo merezco.

Y después, volvemos a su hogar, donde, poco a poco, voy recogiendo mi equipaje y todos los cachibaches que tengo tirados por el suelo de la habitación, para ir cargando la moto y partir hacia Urmia, donde me espera Hossein, una vez más. Pero la familia de Mehdi no me iba a dejar marchar sin tomar, por lo menos, un çay y unos dulces en condiciones, y mantener una última conversación con su invitado. Al entrar en la cocina, las mujeres están sin cubrir, pero muy discretamente, se retiran al minuto, y poco después vuelven ya con su pañuelo en la cabeza, como manda la tradición.

Antes de salir, Mehdi me comenta si es posible dar una vueltecilla por la ciudad montado en la moto. ¿Cómo le voy a decir que no a un tío que me ha dado alojamiento y comida por la patilla, me ha llevado a ver toda la ciudad en su vehículo y se ha portado conmigo como si fuera un hermano? Teniendo en cuenta que nos conocíamos tan sólo cibernéticamente, es alucinante la amabilidad de esta gente. Está claro que están atrasados según nuestros parámetros capitalistas, pero socialmente hablando, esta cultura nos da mil vueltas a todos los países "civilizados".

Tras media hora de tour alrededor de la ciudad, nos despedimos definitivamente. Me desea suerte y me dice que si necesito cualquier cosa, no dude en llamarle. Estoy seguro que lo dice de corazón.

Tan sólo 150 kilómetros me separan de Urmia, y además es una ciudad que ya conozco, por lo que la ruta de hoy es un paseo sin más complicaciones. Atravieso el lago Urmia por un puente gigante que lo parte en dos, y voy directo a casa de Hossein, donde me tienen reservada la misma habitación donde estuve hace un par de semanas. El tiempo vuela. Parece que fue ayer cuando entraba en Irán, y ya estoy a punto de finalizar mi periplo por tierras persas.

Después de colocar todo mi equipaje cuidadosamente tirado por el suelo de la habitación, reparar un par de cosillas que tenía pendientes en la moto, y ponerme al día en internet, me voy con mi anfitrión a cenar al mismo restaurante en el que estuvimos la vez anterior. Me gustó tanto aquel kebab que no veo mejor manera de despedir la gastronomía de este país. Por la puerta grande.

Cuando estamos cenando tranquilamente en la terraza del restaurante, presenciamos un accidente en primera fila. Carretera de un carril en cada sentido, un coche se sale al carril izquierdo inexplicablemente, y choca frontalmente con el coche que viene de frente. El golpe no es muy violento, pero el susto tiene que ser monumental. Pues bien, no te creas que veo yo demasiados nervios. Se bajan los dos conductores, charlan amigablemente durante un par de minutos, explicando uno de ellos la ida de olla que acaba de tener (el típico "lo siento chaval, me he liao") y como los daños no son graves, se montan cada uno en su coche y siguen su camino como si no pasara nada. Hossein ni siquiera ha dejado de comer, y el resto de conductores los esquivan como pueden, pero nadie protesta. Eso ocurre en España y aparecen hasta los GEOS.

Por la mañana, toca recoger de nuevo. Hoy abandonamos el país. Hossein me acompaña hasta la frontera, que tan sólo está a 50 kilómetros de su casa. Tiene que hacer unos papeleos en la frontera para que pueda pasar con mi vehículo. Se monta conmigo en la moto, y me dice que para la vuelta, ya se buscará la vida. Aquí el tema del autostop está muy extendido.

Hossein en la frontera Irán-Turquía
Una vez en el puesto fronterizo, el chaval se encarga de todo el papeleo, mientras yo espero pacientemente, sentado a la sombra, porque al sol no se puede aguantar. Es temprano pero la temperatura ya está subiendo por momentos. Tras una hora y pico de espera, y tras presentar mi pasaporte en varias ventanillas, estoy en condiciones de salir de la república en la que tan bien me han acogido y en la que me he sentido como en casa en todo momento. No te creas que no siento cierta morriña y me da un poco de pena, pero el viaje continúa. Vuelvo a Turquía, que es otro país de los buenos, y donde seguro que me esperan nuevas historietas.

Me despido de Hossein con un fuerte abrazo. Se ha portado muy bien conmigo, y aunque sea su negocio, creo que ha excedido con creces lo acordado, y su familia también. Le estoy muy agradecido. Ha facilitado mucho mi estancia en Irán, y ha estado pendiente de mí estas dos semanas que he estado pajareando por aquí, escribiéndome prácticamente a diario para asegurarse de que todo iba bien.

Y ahora, sin yo saberlo, queda lo peor: la frontera turca. ¡Madre mía, qué desbarajuste! Ya de entrada, no me dejan pasar la barrera. Me dicen que aún no está abierta. ¿Qué? Pero si me acaban de decir en el lado iraní que ya podía pasar. Ya, pero eso es Irán, y esto es Turquía, chaval, que no te enteras. Bueno, pues a esperar. Tras un buen rato, abren la famosa barrera, y me tengo que meter entre un montón de gente que estaba esperando en el lado turco. No atropello a nadie porque Alah no quiere.

Me mandan a un barracón (porque a "eso" no se le puede llamar de otra forma) donde se supone que están los oficiales de fronteras. Está todo lleno de mierda, puertas con cristales rotos, cables colgando por todas partes, cintas transportadoras que no funcionan... Vamos, un auténtico estercolero, que esta gente denomina oficinas. Me tienen durante un buen rato esperando no sé qué, aunque al final consigo toda la documentación y sellos necesarios. Pero mi paciencia está llegando al límite. Ya sé que una frontera no es el mejor lugar para perder los nervios, pero esta gente está consiguiendo que me ponga de muy mala ostia. Y ya el colmo es cuando salgo del mierdero que ellos llaman edificio y me encuentro a un tío subido en la moto, y un enjambre de camioneros curioseando y toquiteando.

Le pego un empujón al que está subido en mi máquina, y al ver la cara que traigo, no dice ni mú. El resto, tampoco. Coloco la bolsa sobre-depósito y cuando estoy atándome el casco, aún hay un valiente que echa la mano hacia el manillar. Le pego otro manotazo mientras me acuerdo de toda su familia en un perfecto castellano, que seguro que no entiende, pero que tampoco hace falta. Dicen que el 80% de la comunicación es el lenguaje no verbal. Pues eso. Entre unos y otros, mezclado con el calor que hace, han conseguido que me suban las pulsaciones más de la cuenta. Y se me nota. Vaya si se me nota...

Arranco la moto, y con un acelerón que levanta una buena polvareda (no esperarías asfalto en esta pocilga, ¿verdad?) me despido de esta gente hasta la próxima. Ha sido la peor frontera del viaje con muchísima diferencia. Una cosa es que tengas que esperar por una serie de trámites burocráticos, y otra es que te hagan perder el tiempo en un agujero infecto rodeado de buscavidas paletos.

Cinco minutos después, todo ha vuelto a la normalidad. El aire me da de nuevo en la cara, que es lo que me gusta y seguimos avanzando. Poco a poco, comienza el regreso a casa...

Gracias por leerme. Besos y abrazos.



Vendedor en el Gran Bazar de Tabriz


viernes, 22 de mayo de 2015

EL IRÁN ÁRIDO


Dash-e Lut, todo para mí


Poco a poco, voy saliendo del infierno, y una vez pasadas las montañas, la temperatura comienza, poco a poco, a normalizarse. Y sobre todo, la humedad, que era el mayor de los problemas. ¡Qué manera de sudar, por Dios!

No llega a 300 kilómetros lo que me separa de Shiraz, aunque con el día que llevo, se me hacen bastante largos. El cansancio resta interés al paisaje, que no deja de ser espectacular, pero sólo pienso en llegar. Me sobran los desiertos y las montañas. Una ducha fresquita es en lo único que soy capaz de pensar....Entre pitos y flautas, llego a las afueras de Shiraz.

Hace un par de días se puso en contacto conmigo Ricardu González, un catalán que vive en Suecia, y es colega de Xabi Borinaga, el gasteiztarra que se curró mi logo en Vinyl Armstrong. Pues bien, Ricardu estuvo de viaje por estas tierras el verano pasado, y amablemente se ofrece a pasarme todo tipo de información útil que recopiló en su ruta. Yo entro en modo esponja y trato de absorber toda la info, que es mucha y variada, y entre otras muchas cosas, me pone en contacto con Cyrus Pourjam, un guía turístico que trabaja en Persépolis y en cuya casa se alojó él el año pasado. Resulta que Cyrus ya no vive por aquí, sino en Teherán, donde ha ido a cursar estudios de no se qué. Pero no se queda ahí la cosa. Me pasa el teléfono de Alizera, un amigo suyo, que también trabaja de guía.

Me da un poco de apuro llamar a un tío al que no conozco de nada para que me eche un cable a la hora de moverme por la ciudad, pero oye, ya que estamos en el lío, vamos a por todas.

Contesta enseguida, y prácticamente no me deja ni hablar. Estaba esperando mi llamada, y tarda algo así como 30 segundos en invitarme a su casa. Pero hay una cosilla con la que no contaba. Resulta que no vive en Shiraz, sino en Marvdasht, la ciudad más cercana a Persépolis y a más de 50 kilómetros de donde yo me encuentro. Mi plan era quedarme aquí esta noche, ver la ciudad mañana y visitar Persépolis al día siguiente, pero como los planes están para cambiarlos, tampoco me lo pienso mucho y acepto la invitación de Ali, y me dirijo a Marvdasht para conocer a mi nuevo amigo.

Quedamos en la calle principal de su ciudad, frente a una carnicería y un banco, según sus indicaciones. Al llegar allí, paro la moto y me quedo esperando a que venga a buscarme. Como siempre, un montón de gente me rodea en cuestión de segundos para curiosear. La pregunta estrella es cuánto cuesta la moto. Los primeros días les decía un precio a la baja, pero sin pasarme, porque pensaba que si no, no iba a ser creíble. Se echaban las manos a la cabeza, así que cada vez voy bajando el precio, pero da igual. Les diga lo que les diga, se echan las manos a la cabeza de igual forma, así que al final, opto por cambiar de conversación a las primeras de cambio, o paso a la ofensiva y soy yo el que los abrasa a preguntas, que al final resulta ser lo más efectivo.

Al rato me llama Ali: -¿Dónde estás? -Pues donde me has dicho, frente a un banco y una carnicería.    -Pues no nos hemos entendido, chaval, porque yo estoy aquí y no te veo. 

En esas, un taxista que anda merodeando alrededor de la moto me pregunta a ver si hablo con un iraní. Al asentir, sin dejarme opción, agarra el teléfono y se pone a hablar con Ali. Un minuto después me encuentro siguiendo al taxista al lugar exacto donde le ha indicado mi anfitrión. Y tras dos minutos, llegamos al destino. Si esto no es suficiente por parte del taxista, abre el maletero y saca una garrafa isotérmica y me ofrece un vaso de agua fresquita y algo de comida. Acepto el agua gustoso, pero tengo que rechazar la comida, porque ya me parece un abuso. Esta gente es la leche, un poco pesados, pero desde luego, gentiles como nadie. Recuerdo que había gente que me decía que Irán era peligroso, y aún estoy por ver el más mínimo resquicio de riesgo o violencia en este país.

Después de un rato de conversación, sigo a Ali hasta su casa, metemos la moto en el patio, me presenta a toda su familia, y me indica donde está el baño para que me asee. Mientras tanto, ellos preparan la cena. Resulta que tienen una reunión familiar y viene a casa un montón de gente para no se qué celebración. Yo le digo que no quiero molestar, que si es necesario, me voy a algún hotelillo que haya por ahí. Él me dice a ver si estoy loco. Y me suelta una de esas frases que te dejan descolocado: "Mira, yo por el día soy guía turístico, y es mi trabajo, pero por la tarde, tu y yo somos amigos, y mis amigos duermen en mi casa y cenan con mi familia." ¿Qué puedes contestar? Pues eso...
Me dice a ver si quiero cenar en una mesa o sentados en el suelo, de manera tradicional. Creo que ya sabéis mi respuesta, ¿no? Pues en la mesa... ¡Que nooooooo! Ya que estoy aquí, habrá que empaparse un poco de la cultura y tradiciones del lugar, que merece la pena.

Después de cenar, aún llega más gente a casa. Que si unos primos de no sé dónde, unos tíos del otro lado, la abuela, que vive en la casa de al lado... Todos muy amables, pero las mujeres siempre con distancia, y por supuesto nada de dos besos. Yo ofrezco la mano y noto que no están demasiado cómodas. Pero como soy el guiri, me puedo permitir esas licencias, y nadie dice nada. La sobremesa (o sobresuelo) es larga, aunque no me entero de nada. Sólo observo. Los hombres con los hombres, y las mujeres con las mujeres. No se mezclan. De vez en cuando, las mujeres se juntan en la cocina y preparan té para todos. Por supuesto, todas tapadas. Yo sé que cuando están en familia, hay ratos que están con la cabeza descubierta, pero habiendo un extranjero en la casa, ni de coña. Todas con su pañuelico.

La cama también es al estilo tradicional: 2 o 3 mantas dobladas, una encima de otra, y ya la tienes. Uno de los hermanos de Ali me cede su habitación amablemente y duermo solo. 

Al día siguiente, después de desayunar, salimos temprano con la intención de ver Persépolis. Vamos en mi moto, aunque no tengo casco para Ali, pero da igual, aquí eso no cuenta. O sí....

Casualmente, al llegar al párking, nos dan una mala noticia. Uno de los guías ha sufrido un accidente de moto a unos 3 kilómetros y está en coma. Por supuesto, iba sin casco. Se te queda un cuerpo que no veas.

Entramos en el recinto por 150.000 rials. Todos los monumentos cuestan lo mismo. No llega a 4 euros y estoy viendo las ruinas más espectaculares que he visto en mi vida. Además, al ir con Ali, me va explicando todo y aún te metes más en el papel. Estamos aproximadamente una hora y media dando vueltas y después me deja solo para que le dé gusto al disparador... ¡Y vaya si le doy! Estoy una hora más disparando sin parar, hasta que me quedo sin batería, por no haberla puesto a cargar anoche. ¡Cenutrio! Aún así, me voy contento, muy contento con lo que he visto. Persépolis: Ciudad Persa. Ahí es nada.





Recojo a Ali, que me esperaba tomando un té con sus colegas en una sala que tienen habilitada, y regresamos a su casa. El tío no me quiere cobrar nada y me tengo que poner serio para conseguir que me deje pagarle algo: -Ayer me dijiste que éramos amigos por la tarde, pero ahora es la mañana y has estado haciendo tu trabajo, así que lo justo es que me cobres tu tarifa.

A regañadientes, acepta 15 dólares, una miseria teniendo en cuenta que ha estado conmigo más de 4 horas, y por supuesto, sin contar todo lo demás. Pero es todo lo que cede. No hay manera de darle más dinero, y encima el tío se empieza a cabrear, así que lo dejo estar.

Nos despedimos en la puerta de su casa, no sin antes recomendarme un hotel en Shiraz, barato y bien situado, aunque no está seguro si tiene párking. Bueno, ya veremos qué me encuentro. No tengo miedo a un robo, ni muchísimo menos. Pero sí es verdad que la moto llama mucho la atención, y si la dejas en la calle, ten por seguro que la va a toquitear todo el mundo, y más de uno se va a montar en ella para hacerse fotos, y eso no mola. A mí por lo menos. A mi niña sólo la toco yo... y punto.

Entro en Shiraz sin mayores dificultades. No es una ciudad enorme, y aunque el tráfico es caótico, no es nada que me llame la atención. Uno se va acostumbrando a toda clase de barbaridades.

No consigo encontrar el hotel que me ha recomendado Ali, así que sigo buscando por mi cuenta y caigo en el hotel Niayesh, perdido entre unas callejuelas. Posteriormente, cuando Ali me llama para ver que tal ha ido todo (así son estos persas) le digo dónde he acabado y me dice que es un buen hotel, que es de los tradicionales y que estaré muy bien.

Cuando estoy descargando la moto, se acercan un par de chavales y me piden permiso para fotografiarse con la moto. Claro, hombre, sin problema. Son Mohammad y Sabghat, dos hermanos afganos que viven en Irán desde que eran niños. Viven justo al lado del hotel, y Mohammad trabaja en él, aunque hoy es su día de descanso. Ni cortos ni perezosos, me dicen que descargue las cosas, me duche, si quiero, y que me vaya a su casa a comer. Así que nada, como soy un tío obediente, les digo que nos vemos en media hora. Los niveles de gorroneo me están empezando a preocupar. Es que ya ni lo dudo. En cuanto me ofrecen algo, lo acepto, sencillamente porque me he dado cuenta que lo hacen de corazón, no esperan nada a cambio, y encima, si no tienes una buena razón para rechazar el ofrecimiento, hasta se enfadan.

Mohammad a la izquierda y Sabghat a la derecha
Llamo al timbre y me abre Mohammad, que es el que trabaja en el hotel. Me indica dónde está Sabghat y me dice, por señas, que vuelve enseguida. Apenas habla inglés, aunque su hermano se defiende bastante bien, así que mientras el primero vuelve, entablo una entretenida conversación con el mayor.

Me dice que le gusta mucho su país, pero que el terrorismo es un problema muy grave, y no me recomienda ir. Tiene un amigo japonés que está empeñado en ir a Kabul con él, pero se niega a llevarlo por el riesgo que correría. Le dejo bien claro que, aunque tiene que ser un país alucinante, por el momento, tengo mucho aprecio a mi vida, y mi visita al país vecino tendrá que esperar un poco.

Al poco rato vuelve Mohammad con una bolsa enorme de comida. La ha cogido del hotel. Por lo visto, al trabajar allí, tiene derecho a manutención, así que mi reserva pasa, automáticamente, de alojamiento y desayuno a pensión completa en un abrir y cerrar de ojos. Y por el mismo precio, oiga. Todo un detalle.

Después de una larga conversación, me voy un rato a la habitación, donde cae una siestecilla de lo más reparadora, para recuperar fuerzas y salir a media tarde, cámara en mano, a dar una vuelta por la ciudad.

Para mí, lo más destacado es, sin ninguna duda el Shah-e-Sherag, que significa "Rey de la luz". Es el mausoleo de Ahmadi, y uno de los centros de peregrinación más importantes del país. Cuando voy a entrar, unos guardias me paran y al ver la cámara me echan para atrás y me dicen que tengo que dejar todo en una especie de consigna que está a la vuelta de la esquina. Vaya, pues empezamos bien.

Cuando estoy intentando entenderme con los de la consigna, aparece un paisano que se ofrece a hacerme de traductor. Mantiene una conversación de un par de minutos con ellos, y me dice que no me preocupe, que un guía viene a recogerme y él será el que me muestre todo el recinto y me dirá dónde puedo fotografiar y dónde no. Me estrecha la mano y se despide de mí con el consabido "welcome to Iran".

Efectivamente, poco después, aparece un chaval de unos 25 años, que es el que se hace cargo de mi bienestar. O eso es lo que me dice. Pasamos de nuevo el control de seguridad, y esta vez nadie dice nada sobre mis cámaras. Me dice que no está permitido el uso de cámaras profesionales, y aunque la mía dista mucho de ser profesional, no entro a discutir nada, que bastante suerte he tenido de entrar con la mochila entera. No hay problema en usar el móvil ni la cámara de vídeo, así que os tendréis que conformar con fotos de baja resolución, que no reflejan lo maravilloso del lugar en el que me encuentro.

Jamás en mi vida había visto unas bóvedas tan espectaculares y esplendorosas, cubiertas de diminutos espejos, colocados uno a uno, según me explica mi colega. Es un auténtico lugar de culto, donde la gente reza, y reza, y vuelve a rezar, o simplemente pasea, aprovechando la tranquilidad del lugar, que aunque esté lleno de gente, transmite muchísima paz. El único sitio que está terminante prohibido fotografiar son los sepulcros. Ni móvil ni gaitas. Eso no se fotografía, y punto. Así que ya sabes, no te la juegues.


Pone los pelos de punta el fervor con el que la gente se agarra a las puertas del sepulcro, rezando y pidiendo sus cosas. Pero sólo las caras de la gente hace que te des cuenta del sentimiento que hay detrás.



Después de un buen rato pateando el lugar y escuchando las explicaciones que me da el chaval, me lleva a una sala donde hay más turistas, y me ofrece un té helado y unas galletas, para ir recuperando fuerzas, será. No me veo yo esta atención visitando alguno de nuestros sitios de culto más sagrados. Desde luego, yo no he experimentado nada similar, digamos, por ejemplo, en el Vaticano. Menudo saca cuartos que es aquello. Aquí, en cambio, no solo no me han pedido dinero, sino que encima, me han puesto un guía para mí solito, que ha estado explicándome todo con pelos y señales durante unas dos horas, y no contentos con eso, antes de irme, me han ofrecido un refrigerio con el que me voy realmente agradecido y más contento que unas castañuelas.

Después de esto, me pierdo un rato por el bazar, que se está convirtiendo en mi especialidad. Bazar que pillo, bazar que me pierdo en él. No es tan grande ni tan espectacular como el de Isfahan, pero también merece la pena, claro que sí. También visito la ciudadela Arg-e-Karim Khan, con sus 4 torres cilíndricas en las esquinas, y unos preciosos jardines en el interior, que tengo la oportunidad de visitarlos de milagro, ya que cuando llego a la puerta me dicen que ya no se admiten más personas, porque sólo quedan 20 minutos para el cierre. Le comento al de la puerta que no me importa, que 20 minutos es mejor que nada, y que mañana me voy de la ciudad temprano, y no tendré oportunidad de venir. Se hace un poco el remolón, pero al final me deja pasar, aunque, eso sí, me cobra los 150.000 rials de rigor.


Para cuando salgo ya es noche cerrada, y creo que va siendo hora de retirarse prudentemente a descansar, ya que mañana toca otra vez una tirada de las largas. Al llegar al hotel toco en la puerta de los hermanos afganos, para despedirme de ellos. Tras unos minutos de conversación, me desean buena suerte y nos despedimos en la puerta del hotel. La moto está dentro. Apenas hay sitio, pero me han recomendado que la meta ahí, por si acaso. Mejor para todos. Ellos tranquilos, y yo, más.

Por la mañana, después de un copioso desayuno (aunque no se puede decir que sean muy originales, porque son bastante repetitivos: pan sin levadura, pepino, tomate, huevo duro, una especie de mermelada, y té), dejo Shiraz para coger de nuevo la ruta a Persépolis. Repito esta carretera porque para hoy tengo reservado uno de los platos fuertes de éste viaje. Para mí, claro. No es lo que las guías más destacan de Irán, pero hace mucho que a mí me llamó la atención. Se trata del sitio arqueológico de Naqsh-e Rostam, donde se encuentran las tumbas de 4 reyes aqueménidas, y que recuerda un poco a Petra, salvando las distancias, claro. Me apetecía mucho conocer éste sitio. De hecho, si os habéis fijado, hace unos meses que está de fondo de pantalla sobre lo que estáis leyendo ahora mismo.  En el futuro habrá otro fondo, cuando sepa cuál es el siguiente objetivo, pero a día de hoy, sigue ahí...


Como aún es temprano, no ha llegado el grueso de turistas, y disfruto de unos momentos de relativa calma. Persépolis está a muy pocos kilómetros de aquí, y la mayoría de tours organizados llevan a sus clientes a ver esas ruinas primero, y luego se acercan aquí. La temperatura es estupenda, el sol aún no calienta demasiado, y se puede caminar por el sitio sin sudar demasiado. Se agradece mucho ese frescor mañanero. Ya habrá tiempo de sudar a lo largo del día.



Panorámica de Naqsh-e Rostam

Antes de arrancar, y tras consultar el mapa, cargo en el GPS una ruta hacia Kerman en la que no tenga que volver a Shiraz, que según el aparetejo de marras, es la ruta más rápida, pero creo que no es la más divertida. En la ruta elegida atravieso un gran lago y la carretera parece mucho más atractiva, así que sin pensármelo dos veces, aprieto el botón de arranque, y abandono éste mágico lugar. Uno más de la larga lista que llevo en éste viaje.

Resulta que el lago del que os hablaba está más seco que la mojama, así que en cuanto tengo oportunidad, me meto en él para tener un ratito de diversión totalmente inesperada. Disfruto como un niño dando gas como si no hubiera un mañana por medio de un paisaje como este

Lago Tashk, si se le puede llamar lago...

Tengo más de 500 kilómetros hasta Kerman, para después recorrer otros 100 hasta Shahdad, que es el último pueblo antes de adentrarme en el desierto, y dónde tendré que aprovisionarme de agua y comida para pasar la noche en medio del desierto del Lut o Dasht-e Lut, rodeado de sus fantásticos Kaluts, unas formaciones naturales únicas. Según la Wikipedia, un satélite de la NASA registró una temperatura en superficie de 71 grados centígrados, la temperatura más alta jamás documentada sobre la faz de la tierra.

Hasta Kerman, la temperatura va subiendo poco a poco, pero es soportable. De Kerman a Shahdad, en esos 100 kilómetros que los separan, la subida térmica es espectacular. Supero con creces los 40 grados, aunque la sensación térmica es más llevadera que la del Golfo Pérsico. Aquí la humedad es menor, y se nota. Aunque, para qué nos vamos a engañar, hace un calor del carajo.

Al llegar al pueblo, paro en una tienda de alimentación para comprar víveres y, sobre todo, agua. Botellas y botellas... Bueno, sólo 3 botellas de litro y medio. Creo que con eso iré tirando, teniendo en cuenta que faltan sólo unas pocas horas para que anochezca, y mañana temprano espero abandonar ese infierno en el que estoy a punto de adentrarme.

Uno de los clientes de la tiendecilla entabla conversación conmigo. Resulta que es el banquero del pueblo, y tiene su sucursal enfrente. Por el contorno de su cintura, me da la sensación que visita este lado de la calle bastante a menudo. No he visto gente obesa en ningún sitio del país, más bien al contrario. El pueblo iraní es bastante delgado, y no se ven grandes desproporciones. Aunque aquí, mi amigo, parece que es la excepción que confirma la regla.

Pero lo que no cambia es su amabilidad. Me invita a su oficina y manda a uno de sus empleados a la parte de atrás para que me traiga una limonada fresquita, que me sienta de maravilla. También ayuda el aparato de aire acondicionado que tienen funcionando a todo trapo. Me comenta que para ellos, esto no es calor, pero que en agosto la temperatura es insufrible, superando fácilmente los 50 grados muchos días seguidos. Lo que os decía: un infierno en toda regla.


El banquero insiste en que me quede a dormir en su casa. Me enseña la foto de una pareja de moto viajeros alemanes que estuvieron en su morada hace un par de meses. Yo, amablemente, declino la invitación, y le explico que es importante para mí el dormir allí, en medio de la soledad del desierto. De éste desierto en concreto. Y que además, es el punto más alejado de mi casa en el que voy a estar en todo el viaje. Y es mi momento. Sólo mío. Mi tesooooroooo!!


Al final, cuando se convence de que me voy, me hace prometer que mañana por la mañana, a la vuelta, me pase de nuevo por aquí para asegurarse de que todo ha ido bien y que estoy sano y salvo. Por supuesto que vendré, majete. Y ya, si me invitas a otra limonada de estas, te hago la ola mejicana.

Ya está atardeciendo cuando dejo atrás el pueblo, pero es que ahora es el momento de adentrarse en este desierto. No creo que sea muy buena idea meterse por aquí al mediodía, cuando el calor más aprieta. Más bien, sería una locura, creo yo. Poco a poco, el paisaje va cambiando, y se va transformando en la imagen más árida que haya visto yo nunca. La temperatura supera fácilmente los 40 grados, llegando a marcar el display de la moto hasta 45. Tened en cuenta que son las 19:30 aproximadamente. Imaginad esto a las 3 de la tarde. Sudo sólo de pensarlo.

Kaluts al atardecer
Recorro unos 60 kilómetros hasta que llego a la zona donde están los kaluts, o por lo menos, el grueso de ellos, porque luego hay más repartidos por otras zonas. ¡Es impresionante! Son más grandes de lo que me esperaba, y a esta hora, con el sol cayendo, la luz es perfecta para disfrutar de las vistas y hacer unas fotitos. Pero tampoco me puedo entretener mucho, porque tengo que buscar un sitio para acampar antes de que se haga de noche. 

Dejo la carretera y ahora sí que me meto en el auténtico desierto. La superficie está dura, pero es sólo una primera capa. Al pasar con la moto, se va rompiendo por el peso, y debajo está la arena. Supongo que esto es así por efecto del calor extremo, pero lo cierto es que facilita bastante el manejo de la moto, teniendo en cuenta que mi experiencia en conducción por arena es nula. Aún así, hay algún tramo en el que paso cierto apuros, y la rueda trasera gira loca, aunque consigo salir del lugar sin mayores consecuencias que un fuerte olor a embrague quemado. Espero que no se le ocurra petar en éste lugar tan civilizado.
Después de unos kilómetros, encuentro un lugar que me gusta, y decido parar para empezar a montar el campamento. Son casi las 21:00 y hace 43 grados. Terrible. La temperatura no baja. Tenía entendido que, en el desierto, la amplitud térmica era bastante amplia, pero eso no se cumple aquí. Lo positivo es que, como he dicho antes, es un calor muy seco, y se lleva, más o menos, bien.


Monto la tienda en 5 minutos, porque no pongo el toldo. No creo que le dé por llover. Además, sería bastante complicado sujetar las clavijas en esa arena tan fina que hay debajo de esa primera capa dura que os comentaba.

Cuando dejo de moverme, me impresiona muchísimo el silencio. Silencio con mayúsculas. No hay vida aquí. Las condiciones son incompatibles con ella. Y no mueve nada, nada, nada de viento. Así que el silencio es absoluto. Nunca había experimentado un silencio tan intenso. Pelos de punta de nuevo.

Me preparo algo de cena con el hornillo y mientras le doy caña a las viandas, a la vez, voy moviéndome de un lado a otro, aprovechando a hacer fotos mientras aún queda algo de luz. Después me relajo un rato, para esperar a que se haga de noche por completo, y aprovechar para disfrutar de los millones de estrellas que se ven allí arriba. La contaminación lumínica es inexistente, y se aprecia todo un océano de estrellas allá arriba, a unos cuantos millones de kilómetros. 


Una suite donde las bombillas no se apagan

Me tumbo dentro de la tienda con la puerta abierta y la cabeza en el lado de la misma, y me dispongo a quedarme dormido con una de las vistas más impresionantes que haya visto nunca de un cielo estrellado. Igual soy un poco pesado y parece que todo lo que veo es lo más impresionante del mundo, pero es que, para mí, en este momento, lo es. Son paisajes, situaciones, y vivencias que no las tengo habitualmente en mi mundo, y aquí me llama mucho la atención. Además, cuando estás de viaje, estás mucho más receptivo a todo tipo de estímulos, y las cosas te sorprenden más fácilmente. Y, ¡qué coño! ¡Esto es lo que mola de viajar en moto! No puedo dejar de pensar en lo afortunado que soy, y en estos momentos me acuerdo mucho de mi gente, y aunque me gusta estar aquí en soledad, también sería muy bonito poder compartirlo con los seres queridos. De alguna manera, no estoy sólo aquí. Hay mucha gente que está tumbada conmigo, a mi vera, mirando éste cielo y disfrutando lo mismo que yo. Aunque estemos un poco apretados en la tienda.

Me despierto temprano, en cuanto empieza a clarear. Son las 5:30 y salto de la esterilla para coger, una vez más, la cámara. Para las 7:30 he hecho fotos, grabado vídeos, desayunado y recogido el campamento. Listo para abandonar este mágico lugar. El sol hace un rato que ha salido y la temperatura empieza a subir de nuevo. Por la noche no ha bajado de 30 grados pero he podido sacar unas cuantas horas de sueño profundo.



Sigo mis propias huellas del día anterior para llegar de nuevo a la carretera, aunque no tiene mayor complicación. Por aquí no hay cruces ni semáforos que te despisten. Todo recto.

Enfilo la carretera que lleva al pueblo, y a los 10 kilómetros veo a una persona cargando una mochila caminando por el borde. Paso despacio a su lado, me mira, pero no me hace ningún gesto de parar, así que tras saludar, sigo camino.

Pero me da mal rollo dejarlo ahí andando, así que 500 metros más adelante, doy la vuelta y vuelvo a hablar con él. Se trata de Sergeo, de San Petersburgo (Rusia). El tío viaja haciendo auto-stop y está recorriendo Irán en sentido inverso al mío. Ha dormido en su tienda a sólo unos kilómetros de donde yo estaba, así que no estaba tan aislado como creía jeje.

 Estaba esperando a que pasara algún camión que le recogiese y le llevase hasta el pueblo. 
-¡Pero, hombre de Dios, ¿cómo no me dices que pare?
-Es que como vas en moto y cargado, no tienes sitio para mí.
-Vamos, ¡no me jodas! Que te va a dar un jamakuko con este calor...

Redistribuyo mi equipaje y mi nuevo colega ruso se sube al asiento trasero con su mochila y su gorra. A los pocos metros de arrancar, esta última sale volando, provocando las carcajadas de los dos. Volvemos a recuperar su txapela, que yo no llevo a nadie en mi moto sin casco.

Sergeo, mi colega ruso

Al avistar el pueblo me dice que le deje allí mismo. Él prefiere quedarse en el cruce y esperar a que alguien le recoja y le lleve a Kerman. Nos hacemos unas fotos de recuerdo y nos despedimos. Una de estas relaciones cortas pero intensas.

Mientras yo vuelvo a colocar mis cosas en su sitio, el primer coche que pasa, para y veo a Sergeo todo contento que se despide de mí, se monta en el vehículo y se aleja en la distancia. ¡Buena suerte, compañero!

Yo enfilo hacia el pueblo, a visitar al banquero para que se quede tranquilo, el hombre... Me lo encuentro en su oficina. Por supuesto, me hace entrar y sentarme a descansar, aunque acabe de empezar la jornada y no esté cansado. Me saca un çay y algo para comer. Ni siquiera me esfuerzo en decirle que ya he desayunado. Me como lo que me saca y punto. Sería inútil declinar la oferta, así que a comer y a callar, como cuando era niño. 

Empieza a entrar gente en la oficina. El banquero se ha encargado de mandar mensajes a diestro y siniestro, y aparecen por aquí todos los curiosos del pueblo. ¡Menudo circo se monta en poco rato! Esta gente es la leche. Pero con lo amables que son y lo bien que se portan con uno, hay que hacer un pequeño esfuerzo y acceder a hacerse las fotos de rigor y responder a las repetitivas preguntas.

Una hora después, estoy de nuevo en la carretera, libre como el viento. El calor va apretando, aunque en cuanto paso la primera cadena montañosa que me encuentro, ya noto la temperatura más fresquita, cosa que agradezco un montón. La zona que acabo de dejar es una olla a presión con un microclima muy especial, que lo convierte en uno de los puntos más áridos del planeta. Prueba superada.

Para las 3 de la tarde llego al sitio donde quiero dormir hoy: el caravanserai de Zein o Din, en plena ruta de la seda, antigua parada para viajantes y comerciantes, que ha sido reconstruido y ahora funciona como hotel, pero conservando su historia. Es uno de los pocos caravanserai circulares que se conocen.

Me encuentro la puerta cerrada, pero enseguida aparece Mahmud, el encargado. Me dice que son 45$ la noche, y eso me cambia un poco la cara. Demasiado caro para mi presupuesto. Empiezo a llorarle un poco. Que si voy solo, que me gustaría mucho quedarme a dormir aquí, porque estoy cansado, pero no me puedo permitir pagar eso, que si la abuela fuma...

Con una sonrisa me invita al interior para que le eche un vistazo al garito. Lo cierto es que es precioso, con un patio interior circular, con unos cañizos en la parte de arriba para dar un poco más de sombra, y unas habitaciones que dan directamente al patio. Además, en la parte de dentro tiene unos pasillo amplios donde se distribuyen el resto de habitaciones, con la peculiaridad de que en vez de tabiques, lo que se supone que son los límites de la habitación lo conforman unas cortinas que caen desde unas estructuras de madera de unos tres metros de altura. Por supuesto, se oye todo lo que hacen el resto de huéspedes, así que no es muy apropiado para una noche de bodas. Los baños son comunes y están bastante bien, si lo comparo con lo que he visto los últimos días. Mahmud me dice que el dueño está casado con una española, de Madrid, y ahora están allí, donde pasan la mitad del año. Mientras tanto, él se encarga del sitio.

Me lleva al comedor y me ofrece un çay, que no puedo rechazar, por supuesto. Estamos un rato hablando de nuestras vidas, y después de un rato, saco el tema del precio. Insisto en que voy solo y tal, y a ver si me puede hacer un descuentillo en el precio de la habitación. Esboza media sonrisa. Buena señal. Yo creo que le he caído bien. Me dice que lo mínimo que me puede cobrar son 30$. Yo, aunque no lo expreso, doy un bote de alegría. Sigue siendo un poco caro (aunque luego comprobaré que no es así) pero es un sitio que lo tenía mirado hace tiempo y me apetecía alojarme aquí. Además, la suite donde me alojé anoche me salió bastante barata, a pesar de ser un hotel de 5000 estrellas. Y encima, este sitio está en el medio de la nada, y para buscar otro alojamiento tendría que coger de nuevo la moto, y no me apetece nada de nada. Vamos, en resumen, que me quedo aquí, feliz como un niño con zapatos nuevos.

A esta hora no hay nadie, pero Mahmud me ha dicho que más tarde llegarán un par de microbuses con turistas americanos, alemanes y suecos, principalmente.

Aprovecho para darme una larga ducha, y ya que estamos, también hago la colada, que ya me iba haciendo falta. Después, me subo a la terraza y extiendo la ropa para que se seque, mientras yo descanso bajo unos cañizos que dan una sombrita de lo más agradable. Aprovecho para escribir un rato, relajado, con calma. De vez en cuando viene bien un día de estos. Pocos kilómetros, retirada temprana y relax.

Un par de horas después llegan el resto de huéspedes y se termina la paz. En total son unas 30 personas, pero no estoy excesivamente sociable. Entro en modo ermitaño y apenas hablo con la gente. Me apetece estar a mi aire. Además, tengo la sensación de que no van a decirme nada interesante. Al final, venimos todos del mismo lugar del mundo y no creo que me sorprenda lo que van a decirme. Sin desmerecer a nadie, que quede claro.

Le pregunto a Mahmud por la cena, y me dice que a las 20:30 esté por el patio, que la servirán a esa hora, más o menos. Allí estaré, ya estoy empezando a tener hambre.

Cuando veo movimiento en el lado anglosajón, me acerco al comedor y veo un buffet libre que no se lo salta un gitano. Le doy un primer vistazo y ya veo que aquí hay calidad, desde las ensaladas hasta los postres, pasando por los arroces y la carne. Es parecido a lo que llevo comiendo las últimas semanas pero con un puntillo más de calidad. Sólo te digo un detalle: al lado de las ensaladas hay una mesita con salsas, vinagretas y demás para componer las mismas, y entre las botellas encuentro una de aceite de oliva virgen extra Carbonell que provoca que me arrodille ante ella y no pueda contener las lágrimas de la emoción. ¡Cuánto tiempo sin catar el oro líquido! Cómo se nota el toque español de la señora esposa. Sí, señor.

Después de cenar hay un espectáculo de baile al más puro estilo Benidorm. Me temo que este es el típico baile para entretener a los turistas que poco tiene que ver con las danzas tradicionales de la zona, pero bueno, me hace mucha gracia ver a Mahmud entre los bailarines. Este chaval lo mismo te arregla un roto que un descosido. Un crack.

Por la mañana, y tras un buenísimo descanso, a pesar de haber dormido en el suelo una vez más, me encuentro un desayuno en la línea de la cena de anoche. Al final, yo creo que este lugar se va a llevar el premio al alojamiento más completo del viaje, si ponemos todo en una balanza.

Vista aérea de Zein-o Din (imagen obtenida de www.allempires.com)

Y lo mejor está por llegar. Cuando recojo todo y cargo la moto, busco a Mahmud para despedirme de él y pagar la habitación y la cena. Hay unas cuantas personas alrededor de la mesa de terraza hecha de madera que usan como escritorio, esperando para pagar, igual que yo. Cuando me toca mi turno, el colega me mira con su media sonrisa dibujada en la cara y me dice: "Español, son 30 dólares" Pongo cara de extrañeza pero no digo nada. El muy cabrito me mantiene la mirada y me guiña el ojo derecho en señal de complicidad. Yo creo que la cena de ayer era para el grupo de turistas americanos, y me dijo que me acoplara a ellos por la cara. Ahora sólo me está cobrando el precio de la habitación, que además ya me había rebajado el precio de 45 a 30 dólares. Ya os dije que le había caído bien. Estrechamos las manos para despedirnos, arranco la moto y salgo en dirección norte. Otra vez a la carretera. ¡Gas a fondo!