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miércoles, 13 de mayo de 2015

CERRANDO CÍRCULOS (GEORGIA Y ARMENIA)


El objetivo de hoy es cerrar una etapa. Una etapa que se quedó a medias hace un año. Algunos recordaréis que el año pasado mi destino principal fue Rusia, pero tuve un pequeño contratiempo que me impidió visitar tanto Georgia como Armenia, y es que la frontera ruso-georgiana me la encontré cerrada por unos corrimientos de tierras que habían sepultado la carretera por completo. Tras barajar varias posibilidades, no me quedó más remedio que darme la vuelta y, con el rabo entre las piernas, volver por donde había venido, con una profunda decepción dentro del alma.

Bueno, pues ese es uno de los principales motivos por los que estoy hoy aquí. No me gusta dejar las cosas a medias, y sentía la necesidad de cerrar el círculo que el año pasado se quedó incompleto. Los que me conocen dicen que soy bastante testarudo... No entiendo porqué...

Ushguli ya ha quedado atrás, y la recordaré como una de esas experiencias especiales y únicas que no ocurren todos los días. Un amigo me dijo que llegar allí en moto es algo que cualquier aficionado al trail viajero no debería dejar de probar, si tenía la oportunidad. Y lo cierto es que así fue. Una experiencia con mayúsculas.

Las carreteras georgianas no son las mejores del mundo, pero tampoco hay que echarse las manos a la cabeza. Su estado es aceptable en la mayoría de los casos. Aquí, lo realmente peligroso y con lo que hay que estar realmente atento son los animales: te los encuentras en el medio de la calzada en cualquier punto, continuamente, sin pedir permiso y con toda la parsimonia del mundo. Los hay de todo tipo: vacas, cabras, ovejas, gallinas, ocas, cerdos... Lo de los perros ya sabéis que es tema aparte. Al final, como con todo en esta vida, te acostumbras y convives con ello, sin darle más importancia. Simplemente teniendo en todo momento dos dedos en el freno, por si las moscas.

Voy con un poco de prisa porque intento llegar a la frontera de Stepantsminda, y circulo por encima del límite en numerosas ocasiones. No suelo correr demasiado, y menos cuando estoy de viaje. La prioridad principal se convierte en minimizar el riesgo de accidente al máximo. A nadie le apetece acabar en un hospital a miles de kilómetros de tu casa o, en el mejor de los casos, con la moto en el taller haciendo cola para entrar en quirófano. 

Pero hoy voy ligero, porque si no, no llego. Y ya sabéis que al que rueda... le sucede... Pues eso. Me para la poli en dos ocasiones: una por exceso de velocidad, y otra por adelantar en línea continua. Milagrosamente, y echándole un poco de morro al asunto, me libro de las dos multas. No sé si les he pillado de muy buen humor, o ya han cumplido el cupo mensual, pero con un poco de conversación, unas sonrisas y buen rollo, me dejan marchar con un "welcome to Georgia". Pues muchas gracias, salaos, os debo una...bueno, os debo dos...

Fortaleza de Ananuri
De camino, y al borde de la carretera, me detengo en la fortaleza de Ananuri, a orillas de un lago, y con unas vistas bastante interesantes. No me entretengo demasiado porque el tiempo apremia, y luego siempre llego a los sitios que realmente me interesan con prisas y no les saco el jugo que se merecen. Así que tras una breve conversación con un motero ruso que me encuentro en el parking (confirmándome que el paso de Stepantsminda está abierto), sigo ruta sin más dilación.


El siguiente objetivo es la Gergeti Trinity Church, una iglesia que se encuentra en medio de las montañas del Cáucaso y famosa por las vistas desde sus faldas. Llego al pueblo de Stepantsminda, y desde allí sale, por la izquierda, una carreterilla que, al terminar el pueblo, se convierte en pista, para acabar en un camino cada vez más estrecho, más empinado y con más barro. El barro nunca ha sido uno de mis mejores aliados, y no hay que olvidar que llevo la moto bastante cargada, sumando el peso a los 260 kilitos de la propia máquina. Vamos a dejar a un lado mi peso, que no me parece el foro más apropiado, ¿vale?

En fin, resumiendo: mucho barro, mucho peso, mala combinación. Y en una de esas, pierdo tracción de adelante y me voy al suelo de morros, sin mayores consecuencias. Lo malo de tirar la moto es que, si quieres seguir, hay que levantarla, y en esta ocasión el punto de apoyo para ponerla vertical es un magnífico charco de barro espeso que cuando me meto en él, me llega hasta la espinilla. Me lleva un buen rato hacerlo, con la consiguiente sudada y desgaste físico. Llegan un par de 4X4, pero pasan de largo, despacito, usando la reductora, y mirando desde dentro con la ventanilla cerrada a cal y canto, y con cara de pena, pero no hacen ni mención de parar.  Viendo cómo tengo los pantalones y las botas, si se bajan a ayudarme, van a acabar igual, y luego se tienen que volver a montar en sus flamantes vehículos. No tengo ninguna duda de que si hubiera sido al revés, yo hubiese parado, pero como en todos los lados, hay gente para todos los gustos. He de reconocer que me defraudan un pelín, porque hasta ahora, toda la gente con la que me he cruzado ha sido atenta y amable, pero en este caso ha primado la comodidad. No pasa nada. Seguimos sudando...

Al final, consigo levantarla y poco a poco le doy la vuelta, porque visto lo visto, no tengo ninguna garantía de que vaya a ser posible llegar hasta la iglesia. Según el GPS, me encuentro a algo menos de un kilómetro, pero este barro es muy feo, y no quiero quedarme tirado en medio de uno de esos charcos enormes, y menos con la poca predisposición que he visto por parte de los lugareños de echar un cable si me meto en apuros.                                                                                                                                                 Así que, una vez más, me quedo sin cumplir un objetivo. Son cosas del directo. A veces las cosas son así, aunque siempre digo que cuando estás tan lejos de casa, como que jode más quedarte a un paso de esa foto que tanto tiempo llevas visualizando, porque la realidad es que, posiblemente, no vuelvas a pasar por aquí en la vida. Pero bueno, las circunstancias mandan, y no hay que darle más vueltas.

Vuelvo a la ruta principal, y por lo que veo, los trabajos que yo había visto en los vídeos de otros viajeros, y que convertían este paso en realmente interesante, están prácticamente concluidos, y el 90% de la carretera está ya asfaltada, y hay varios túneles que también están terminados, que realmente facilitan el tráfico bastante, sobre todo en días de mal tiempo, como hoy. Ah, que no os había dicho que ha empezado a llover. Es que como ya está empezando a formar parte de la rutina, casi se me olvida. Lluvia, frío, frío, lluvia. Pero, ¿qué pensabas, tritón? Estás en el Caúcaso, y esto es así. De todo se aprende, aunque sea a la fuerza, como aquí. Y cuando no puedes hacer nada por cambiar las cosas, no tienes más remedio que adaptarte y tirar para adelante con el mejor humor posible. Así que, es lo que toca. Tira pa'lante y sonríe, que estás donde quieres estar...

Frontera ruso-georgiana, desde Georgia
Unos kilómetros más adelante y unos metros más abajo, me encuentro con la frontera ruso-georgiana. El año pasado llegué hasta el otro lado. Acabo de ver los restos de las toneladas y toneladas de tierra y rocas que sepultaron la carretera por la que acabo de circular y me cerraron el paso en aquella ocasión, y la verdad es que quita el hipo. Es como si media montaña se hubiese caído sobre la carretera, arrasando con todo lo que pilla a su paso. En aquella ocasión fueron 7 camiones con sus respectivos conductores los que sufrieron la violencia de la naturaleza. Aquí siguen trabajando para recomponer todos los daños y dejarlo todo perfectamente transitable. Veo rocas al borde del camino del tamaño de una cosechadora. No me quiero imaginar el pánico que tienes que sentir si te encuentras una de esas rodando hacia ti con cara de pocos amigos. Impresionante.

Y como no tengo visado para Rusia, pues las opciones aquí están claras: o doy la vuelta, o doy la vuelta. Así que tras unos minutos de incertidumbre... doy la vuelta.

Voy dirección Tblisi con la intención de alojarme allí, pero es tal la cantidad de agua que me cae encima, y ha sido un día tan largo, que llega un momento en que el cuerpo pide una tregua, así que, a unos 30 kilómetros de la capital, veo un motel de carretera que tiene buena pinta y paro a preguntar: 20 pavos por un apartamento de 50 metros cuadrados para mí solito. Venga, niña, dame la llave, que necesito una ducha de hora y media, y después voy a necesitar todo el espacio del mundo para montar el tendedero, que voy como un cerdo de barro y no tengo nada seco. Nada significa nada.

Amanece bastante nublado. Me lo tomo con calma en el motel. No hay prisa. Hoy sólo tengo 350 kilómetros. Un paseo comparado con lo de los últimos días.

Catedral de Tblisi
Toca visitar Tblisi, la capi. Al llegar a la catedral, empieza a llover, una vez más. Ni me inmuto. Es una lluvia fina, que apenas cala, así que hago como si estuviera seco. Después doy un par de vueltas por la ciudad, pero el agua lo cambia todo, así que tampoco me entretengo demasiado.Veo un puestecillo de comida que me da buena impresión y me acerco a ver el género. Ya voy teniendo hambre y algo habrá que comer para calmar la depresión acuática. Me como 2 empanadas de queso y me llevo otras tantas para el camino. Ummmm! Deliciosas!                                                                                                                                                 Continúo ruta hacia la frontera armenia. Llueve sin parar, pero voy bien pertrechado y no tengo problemas de humedades esta vez.                                                                                                                                                                                                         En la frontera, sin problemas. Pasaporte, sello, y listo. Ni siquiera me miran la documentación de la moto. No hay que pagar ni un duro. Una gozada, oye. Hay un oficial de aduanas bastante simpático que le apetece un poco de palique y se dedica a coserme a preguntas. Cómo no, sale el fútbol... ¿Barcelona o Real Madrid? Como a mí el fútbol me resbala bastante, cada vez que me preguntan les respondo lo que me apetece, y esta vez no soy ni de uno ni de otro. Soy del Atlético. ¡Pues vaya! Mala elección. Resulta que los colchoneros llevan publicidad de Azerbayjan, y los armenios están en guerra con ellos. Parece que el Atlético no tiene muchos adeptos por aquí. Tienen heridas abiertas por el conflicto de Nagorno, un territorio azerí ocupado por Armenia. 

Además, por si esto fuera poco, llevo en las maletas una bandera de Turquía, y tampoco se llevan bien con los turcos, principalmente porque estos últimos no reconocen el genocidio armenio, acontecido hace unos 100 años. Vamos, que esta gente tiene líos con la mayoría de sus vecinos, y las fronteras terrestres con estos dos países están cerradas. No quisiera estar en una reunión de portal con toda esta peña mezclada.

Uno de los de aduanas me recomienda tapar la bandera turca con cinta aislante para evitar problemas con la poli, ya que es una bandera prohibida y me pueden multar y buscar las cosquillas. Vale, vale, chaval, gracias por el aviso, pero ya si eso, la tapo luego. Por supuesto, ni cinta ni ostias. Yo llevo en mis maletas lo que me apetece, que para eso son mías. Si me dicen algo, ya saldré del apuro como sea, pero me da la impresión que no puede ser para tanto (posteriormente compruebo que, a pesar de ser parado en un par de controles y cruzarme con muchas patrullas a lo largo del país, nadie más hizo mención a la banderita de marras) 

La primera impresión de Armenia es que se trata de un país bastante más pobre que su vecina Georgia. Los pueblos y sus casas son más cutres, los coches son más viejos y peores, los camiones son de la época soviética, con motores soviéticos echando mucho humo soviético (pero molan un rato) y sobre todo, las carreteras: se encuentran en bastante mal estado, a pesar de que veo que se esfuerzan en repararlas. Veo varios equipos echando parches de asfalto, pero llega un momento que por mucho parche que pongas, la cosa no tiene más solución que reasfaltar por completo. Lo más curioso es su forma de hacerlo: en primer lugar, agrandan todos los agujeros a reparar de tal manera que los dejan rectangulares y con una profundidad de unos 10 centímetros. Hasta ahí, todo correcto. Cada uno arregla sus baches como quiere. Pero el tema aquí es que te cogen un tramo de carretera de 10 kilómetros y te la dejan como un queso de gruyere con todos los baches agrandados y profundos, siendo muy divertida la ginkana que te ves obligado a realizar, ya que parece ser que no tienen mucha prisa en taparlos y no se preocupan de los pobres moteros que tienen que andar esquivando los cráteres que ellos mismos han hecho. Igual es que pasa una moto al mes, más o menos. Así que yo soy Míster Mayo, y me como unos cuantos megabaches de esos, con gran alegría para la suspensión de mi burrita.

A lo largo de la ruta veo unas cuantas pequeñas ermitas, típicamente armenias, de las que tanto he visto en fotografías. No son grandes. Lo justo tienen capacidad para unas pocas decenas de personas, y eso siendo generoso. Pero son muy coquetas. Me gustan. Tienen cierto encanto, que me hace parar varias veces para darle gusto a la cámara, que la tengo un poco olvidada estos días, sobre todo debido al mal tiempo. En cuanto el cielo me da una pequeña tregua, aprovecho.

Monasterio de Sevanavank
Voy con dirección a Yerevan, la capital armenia, pero antes bordeo el lago Sevan, para admirar el pequeño monasterio de Sevanavank, situado en un pequeño islote, al borde de las aguas.


Desde aquí, dirección suroeste, hacia la capi. Al borde de la carretera veo, periódicamente, coches parados en el arcén, con sus paisanos sentados, a veces solos, a veces acompañados, y sobre el asfalto, unos pequeños cubos blancos, llenos hasta arriba de champiñones, supongo que silvestres y recién cogidos de los bosques cercanos. Y ahí pasan el rato. Por la mañana recogen el género, y por la tarde lo venden al borde de la carretera. Clientes no les faltan, ya que veo, a menudo, coches parados comprando los champis o negociando el precio. Aquí todo es negociable. Desde los champis, hasta el precio de la habitación. Hay que regatear sin complejos. De entrada, por ser turista, te la intentan colar, pero si entras en la negociación, suele salir bien la cosa.

Yerevan
Cuando llego a Yerevan, ha dejado de llover hace un rato, y lo cierto es que las cosas se ven de otra manera con buen tiempo, y las sensaciones ante los mismos estímulos no tienen nada que ver. No es una ciudad que destaque por su especial belleza, y son cuatro cositas las que tiene para ver, pero yo le encuentro cierto encanto soviético que me gusta mucho.

Me llama mucho la atención la cantidad de personas que veo leyendo. Puede parecer una chorrada, pero los hay por todas partes. En cualquier parquecillo, en cualquier banco, ves gente sentada tranquilamente con un libro entre las manos, leyendo sin más preocupaciones. Y me llama la atención. Es algo que no lo veo a menudo. Pero ni esta zona del mundo ni en la mía. ¿Cuántas personas te encuentras leyendo un libro hoy en día en cualquiera de nuestros parques? Creo que no muchas. Los armenios tienen fama de ser bastante cultos, y desde luego, sólo con este detalle, me lo puedo llegar a creer.


Me doy un buen paseo por el centro, y cuando ya he visto lo que tenía que ver, busco un hotelillo un poco retirado, por eso de la tranquilidad, y paro el motor por hoy, que ya se está haciendo la hora. La hora de cenar y meterme una buena cerveza entre pecho y espalda, que el cuerpo me la está pidiendo a gritos. Además, en breve, estaré en tierras islámicas, donde el beber alcohol será del todo imposible, así que hay que aprovechar. Es curioso que esos pequeños placeres que te da la vida son, en definitiva, los que te permiten relajarte, recordar lo que ha pasado a lo largo del día, tomar tus notas y empezar esa recarga de baterías necesaria para la jornada del día siguiente. Y algo tan sencillo como esa cervezota fresquita, es lo que suele hacer comenzar ese proceso, al menos en mi caso. ¡Salud!

Por la mañana disfruto del mejor desayuno hasta el momento. Nada de tomate, pepino y aceitunas, como en los últimos días. Aquí tengo bollería y pan recién hecho, mermelada casera, café y té, tortilla, quesos de varios tipos, etc, etc. Todo un festival. Una bonita manera de empezar la jornada. 

A la hora de salir, cuando estoy cargando la moto, se acerca un señor mayor que se dirige a mí en un perfecto castellano. ¡Hombreee! ¡Qué sorpresa! Se trata de un valenciano de adopción. Vivió en España durante 8 años y dice que guarda muy buen recuerdo de su estancia allí. Ahora hace ya años que volvió y se dedica a ver pasar la vida mientras cuida de sus nietos. Charlita corta pero muy agradable. Muy majo.

Salgo de Yerevan con un resolillo la mar de agradable, pero conforme voy avanzando, se va nublando hasta que poco después empieza a llover de nuevo. 

Monte Ararat desde Khor Virap

Llego al monasterio de Khor Virap, mi primer destino, y desde donde hay unas buenas vistas del monte Ararat desde el lado armenio. Como ya os expliqué, el monte Ararat fue arrebatado a Armenia por parte de Turquía, de manera poco diplomática, y desde entonces los armenios lloran la pérdida de su monte sagrado, y se tienen que conformar con verlo desde la distancia.


Monasterio de Khor Virap
Llego al aparcamiento y veo un caminillo que sube hasta el mismo monasterio, pero se encuentra cerrado por una valla. Me aproximo a un grupo de gente que hay en las inmediaciones y localizo al que parece ser el jefe del garito este. Tras un buen rato de negociación, donde parece que va a ser imposible subir hasta el monasterio con la moto, no sé muy bien cómo, pero acabo convenciéndole, y un poco a regañadientes, pero me abre el candado que cierra la valla y me deja subir. Al final, resulta que tampoco era para tanto, porque pensaba que iba a poder juntar el monasterio, la moto y el monte Ararat en una misma foto, pero por la configuración del monasterio y, sobre todo, el pequeño parking que hay arriba, no hay manera de hacer la foto que me hubiera gustado.



 Pero bueno, por otra parte, la diosa Ararat, que es la que habita en la famosa montaña, tiene un poco de compasión conmigo, y por unos minutos, deja de llover y aleja las nubes momentáneamente, permitiendo que capture alguna que otra imagen medianamente decente, aunque, a pesar de que espero pacientemente, no se despeja por completo y no acabo de ver la cima en su completa majestuosidad. Pero algo es algo. Tampoco me voy a quejar, teniendo en cuenta que hace sólo unos minutos, estaba jarreando sin parar. Hay que tener en cuenta que se trata de una cima de más de 5000 metros de altura, y no resulta nada fácil pillar un día completamente despejado, ya que todas las nubes que aparecen por la zona, se quedan enganchadas ahí arriba, y le ponen la boina a la montaña sagrada.

Tras ese buen rato esperando la generosidad de la diosa Ararat, y sin obtener el resultado esperado, continúo ruta hacia el siguiente monasterio: el de Noravank. Son menos de 100 kilómetros. Un paseo, vaya.

Paro en el arcén para comprar un kilito de fresas en un puesto a pie de carretera. Tienen una pinta estupenda y el precio es muy bueno, así que ya tengo algo para echar el estómago para cuando llegue al monasterio. De vez en cuando, procuro comprar fruta, por aquello de las vitaminas, y tal, ya que no es fácil comer fruta en hoteles y restaurantes, así que toca comprarlas cuando se puede y merece la pena. Y esta era una de esas ocasiones. Hay que cuidarse. En un viaje largo es importante no ponerse enfermo. O por lo menos, intentarlo. Así que toca alimentarse bien, descansar y abrigarse. Vamos, cosas muy básicas, pero que a veces, no resultan del todo fácil. Pero no me apetece tener que buscar un hospital o un médico tan lejos de casa, así que prefiero cuidarme un poquito, y evitar ponerme enfermo. De todas formas, yo soy de la creencia de que el cuerpo es bastante más inteligente que todo esto, y sabe que estás fuera de casa, poniéndose en un estado de alerta permanente que te permite maltratarlo relativamente sin apenas consecuencias. Yo he notado que duermo menos que en casa, como peor y, dependiendo del tiempo, te mojas y pasas frío, pero en raras ocasiones necesitas tomar algún medicamento y, en mi caso, nunca he necesitado ir al médico cuando estoy de viaje. El propio cuerpo cuida de sí mismo. estoy convencido.

Monasterio de Noravank
Para llegar a Noravank hay que dejar la carretera principal y coger una secundaria bacheada que se adentra por una garganta de lo más fotogénica. La verdad es que el acceso mola mucho. La carretera va picando hacia arriba y tras unos cuantos kilómetros de curvas, se llega al monasterio sin mayores complicaciones. Si algún día caéis por aquí, apuntad este monasterio porque es de los que merece la pena. En medio de las montañas, con sus dos iglesias principales, sin aglomeraciones, su pequeño cementerio, su entrada gratuita y sus vistas espectaculares, hacen de él una visita de las buenas.

Otra de las cosas que me llama la atención es la cantidad de talleres que veo al borde de la carretera. Talleres de los de antes, talleres con mecánicos con las manos negras y ropa sucia. Nada de batas blancas y guantes de látex. Eso se debería dejar para los quirófanos de los hospitales, no para talleres.

Por supuesto, aquí no se tira nada. Todo se repara. Los recursos son limitados y ahí es donde entra en juego la imaginación. En la mayoría de los casos no hay un servicio oficial que te dice que tienes que cambiar la pieza entera. Aquí las piezas se desmontan, se limpian y se reparan. Se cambia lo imprescindible. 

Voy hacia Goris. No hay autopistas en Armenia, lo que hace que los ritmos no sean altos, pero, por contra, te hace disfrutar mucho más de los paisajes. La ruta sigue por carreteras de montaña, y hace un buen rato que no llueve, cosa que se agradece, aunque a falta de unos kilómetros para finalizar la jornada, me meto en el banco de niebla más denso que he visto nunca. Tened en cuenta que no hay líneas al borde de la carretera, sólo está la línea central, y a veces, ni eso. Y con esta densa niebla no veo tres en un burro. Tengo que ayudarme del GPS para ir adelantándome a las curvas y no acabar pastando hierba en cualquier momento. De cualquier manera, disfruto mucho de las circunstancias, sobre todo porque sé que no me queda demasiado para llegar al destino de hoy. A estos días de etapas cortas se les saca mucho jugo, y son la esencia del viaje, porque te permiten ver las cosas con mucha más calma, sin prisas, y con la posibilidad de rectificar la ruta prevista sin que te suponga grandes contratiempos. Es lo recomendable en cualquier tipo de viaje, pero cuando vas tan lejos de casa, en algún momento te tienes que pegar una tirada larga, porque si no necesitarías el doble de tiempo para realizar el viaje. Que, por supuesto, es genial, para el que disponga del tiempo necesario para ello.




Llego a Goris, y he reservado un hotelito que parece que es bastante apañado. Sigo las indicaciones del GPS pero no hay manera de encontrarlo. Al final, le pregunto a un taxista que pasa por allí y me dice que le siga, que él me lleva, pero me advierte de antemano que me cobrará por el servicio. Venga, dale, que estoy helado de frío y tengo ganas de tirar todo por el suelo de la habitación y darme una ducha calentita.

Empiezo a seguir al fulano y me lleva a la otra punta del pueblo, cosa que me mosquea, porque no puede estar tan lejos. Una cosa es que no encuentres un lugar específico y otra bien distinta es que te confundas por semejante distancia. Algo no me huele bien. Le adelanto y le digo que pare. Le pregunto a ver si sabe a dónde me está llevando, y por el careto que me pone me doy cuenta que el muy cabrito está más perdido que yo. De muy mal humor, doy la vuelta, y me dirijo a la zona donde me había mandado el GPS en primera instancia, mientras el taxista me sigue a mí, ¡¡Tiene cojones la cosa!!

Al final encuentro el hotelillo en un pequeño callejón que no había visto antes, y entro con la moto hasta dentro, con el taxista pegado al culo. El tío jeta aún me dice que le dé el dinero por el servicio. Ya cabreado de verdad, le digo que se pire de ahí cagando ostias, si no quiere que acabemos mal. Menudo rostro tiene el colega. Encima que me hace perder el tiempo perdido por su pueblo, dando tumbos de aquí para allá, aún tiene la desfachatez de pedirme dinero.

Tras una agria discusión en la que nos decimos de todo, cada uno en su idioma, el tío se da cuenta que no va a sacar ni media moneda de mí, se monta en el taxi y sale del parking quemando goma. Tú verás, niñato, pero para sacar dinero al personal hay que tener un poco más de gracia, algo que Dios no te ha dado.

En fin, yo a lo mío. Duchita y a cenar. El dueño del hotel me dice que hay dos españoles alojados en el hotel, así que los busco y les propongo una cenita en familia, invitación que aceptan gustosos. Se trata de una madre y un hijo de Valladolid. Todos los años se van de viaje juntos, y casualidades de la vida, el año pasado estuvieron en Irán, así que tenemos una cena de lo más animada. Son dos viajeros empedernidos. Antes iban toda la familia, pero el padre murió de un cáncer de hígado, tras dos transplantes, y el hijo pequeño se casó, y parece que las obligaciones familiares acabaron con sus posibilidades de viajar. Así que ahora el equipo viajero se ha quedado en dos componentes. Tienen mucha experiencia, y es un gustazo compartir mesa con ellos. Nos dan las mil contando batallitas, pisándonos unos a otros. Además se une a nosotros una guía turística que habla castellano perfectamente, y aunque confiesa que le hubiera gustado haber viajado más, es como un libro abierto en cuanto a información de diferentes países. Cada uno viaja como quiere, o como puede. Esta chica ha viajado a través de los libros, y aunque igual no es lo mismo, me parece una forma bastante interesante de conocer mundo.

Tras varias horas de palique, llega el momento de irse a descansar. Mañana me toca madrugar, porque tengo que estar en la frontera de Irán a las 9 de la mañana, para iniciar los trámites de importación temporal de la moto, y tengo más de 150 kilómetros de carretera, que por lo que me comentan, se encuentra en muy mal estado.

Mañana comienza el otro viaje. Comienza lo desconocido, lo diferente. Definitivamente, salgo de mi zona de confort, y lo cierto es que tengo cierto hormigueo en el estómago, un poco de nervios ante lo desconocido, aunque tengo el presentimiento de que todo va ir bien. Van pasando los días y voy cumpliendo objetivos (aunque algunos se han quedado por el camino). Seguimos el patrón de ruta. Nos vemos en la siguiente crónica. Gracias por estar ahí. Besos y abrazos.







7 comentarios:

  1. Que recuerdos !!!!!! Habrá que volver ....

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    1. Molan esos países, tú lo sabes bien, Joseba! Abrazo!

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  2. .
    Pedazo de crónica para disfrutar siendo jueves!

    Aúpa Aitor, eres un crack...

    ... y lo sabes gañan!

    - LULO -

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  3. Un desayuno sin pepino en aquella zona???? Seguro que el gps funciona bien????? Vsssssssssssss

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    1. Cada vez que me ponen pepino para desayunar, me acuerdo de ti jajaja... Abrazo!

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