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viernes, 22 de mayo de 2015

EL IRÁN ÁRIDO


Dash-e Lut, todo para mí


Poco a poco, voy saliendo del infierno, y una vez pasadas las montañas, la temperatura comienza, poco a poco, a normalizarse. Y sobre todo, la humedad, que era el mayor de los problemas. ¡Qué manera de sudar, por Dios!

No llega a 300 kilómetros lo que me separa de Shiraz, aunque con el día que llevo, se me hacen bastante largos. El cansancio resta interés al paisaje, que no deja de ser espectacular, pero sólo pienso en llegar. Me sobran los desiertos y las montañas. Una ducha fresquita es en lo único que soy capaz de pensar....Entre pitos y flautas, llego a las afueras de Shiraz.

Hace un par de días se puso en contacto conmigo Ricardu González, un catalán que vive en Suecia, y es colega de Xabi Borinaga, el gasteiztarra que se curró mi logo en Vinyl Armstrong. Pues bien, Ricardu estuvo de viaje por estas tierras el verano pasado, y amablemente se ofrece a pasarme todo tipo de información útil que recopiló en su ruta. Yo entro en modo esponja y trato de absorber toda la info, que es mucha y variada, y entre otras muchas cosas, me pone en contacto con Cyrus Pourjam, un guía turístico que trabaja en Persépolis y en cuya casa se alojó él el año pasado. Resulta que Cyrus ya no vive por aquí, sino en Teherán, donde ha ido a cursar estudios de no se qué. Pero no se queda ahí la cosa. Me pasa el teléfono de Alizera, un amigo suyo, que también trabaja de guía.

Me da un poco de apuro llamar a un tío al que no conozco de nada para que me eche un cable a la hora de moverme por la ciudad, pero oye, ya que estamos en el lío, vamos a por todas.

Contesta enseguida, y prácticamente no me deja ni hablar. Estaba esperando mi llamada, y tarda algo así como 30 segundos en invitarme a su casa. Pero hay una cosilla con la que no contaba. Resulta que no vive en Shiraz, sino en Marvdasht, la ciudad más cercana a Persépolis y a más de 50 kilómetros de donde yo me encuentro. Mi plan era quedarme aquí esta noche, ver la ciudad mañana y visitar Persépolis al día siguiente, pero como los planes están para cambiarlos, tampoco me lo pienso mucho y acepto la invitación de Ali, y me dirijo a Marvdasht para conocer a mi nuevo amigo.

Quedamos en la calle principal de su ciudad, frente a una carnicería y un banco, según sus indicaciones. Al llegar allí, paro la moto y me quedo esperando a que venga a buscarme. Como siempre, un montón de gente me rodea en cuestión de segundos para curiosear. La pregunta estrella es cuánto cuesta la moto. Los primeros días les decía un precio a la baja, pero sin pasarme, porque pensaba que si no, no iba a ser creíble. Se echaban las manos a la cabeza, así que cada vez voy bajando el precio, pero da igual. Les diga lo que les diga, se echan las manos a la cabeza de igual forma, así que al final, opto por cambiar de conversación a las primeras de cambio, o paso a la ofensiva y soy yo el que los abrasa a preguntas, que al final resulta ser lo más efectivo.

Al rato me llama Ali: -¿Dónde estás? -Pues donde me has dicho, frente a un banco y una carnicería.    -Pues no nos hemos entendido, chaval, porque yo estoy aquí y no te veo. 

En esas, un taxista que anda merodeando alrededor de la moto me pregunta a ver si hablo con un iraní. Al asentir, sin dejarme opción, agarra el teléfono y se pone a hablar con Ali. Un minuto después me encuentro siguiendo al taxista al lugar exacto donde le ha indicado mi anfitrión. Y tras dos minutos, llegamos al destino. Si esto no es suficiente por parte del taxista, abre el maletero y saca una garrafa isotérmica y me ofrece un vaso de agua fresquita y algo de comida. Acepto el agua gustoso, pero tengo que rechazar la comida, porque ya me parece un abuso. Esta gente es la leche, un poco pesados, pero desde luego, gentiles como nadie. Recuerdo que había gente que me decía que Irán era peligroso, y aún estoy por ver el más mínimo resquicio de riesgo o violencia en este país.

Después de un rato de conversación, sigo a Ali hasta su casa, metemos la moto en el patio, me presenta a toda su familia, y me indica donde está el baño para que me asee. Mientras tanto, ellos preparan la cena. Resulta que tienen una reunión familiar y viene a casa un montón de gente para no se qué celebración. Yo le digo que no quiero molestar, que si es necesario, me voy a algún hotelillo que haya por ahí. Él me dice a ver si estoy loco. Y me suelta una de esas frases que te dejan descolocado: "Mira, yo por el día soy guía turístico, y es mi trabajo, pero por la tarde, tu y yo somos amigos, y mis amigos duermen en mi casa y cenan con mi familia." ¿Qué puedes contestar? Pues eso...
Me dice a ver si quiero cenar en una mesa o sentados en el suelo, de manera tradicional. Creo que ya sabéis mi respuesta, ¿no? Pues en la mesa... ¡Que nooooooo! Ya que estoy aquí, habrá que empaparse un poco de la cultura y tradiciones del lugar, que merece la pena.

Después de cenar, aún llega más gente a casa. Que si unos primos de no sé dónde, unos tíos del otro lado, la abuela, que vive en la casa de al lado... Todos muy amables, pero las mujeres siempre con distancia, y por supuesto nada de dos besos. Yo ofrezco la mano y noto que no están demasiado cómodas. Pero como soy el guiri, me puedo permitir esas licencias, y nadie dice nada. La sobremesa (o sobresuelo) es larga, aunque no me entero de nada. Sólo observo. Los hombres con los hombres, y las mujeres con las mujeres. No se mezclan. De vez en cuando, las mujeres se juntan en la cocina y preparan té para todos. Por supuesto, todas tapadas. Yo sé que cuando están en familia, hay ratos que están con la cabeza descubierta, pero habiendo un extranjero en la casa, ni de coña. Todas con su pañuelico.

La cama también es al estilo tradicional: 2 o 3 mantas dobladas, una encima de otra, y ya la tienes. Uno de los hermanos de Ali me cede su habitación amablemente y duermo solo. 

Al día siguiente, después de desayunar, salimos temprano con la intención de ver Persépolis. Vamos en mi moto, aunque no tengo casco para Ali, pero da igual, aquí eso no cuenta. O sí....

Casualmente, al llegar al párking, nos dan una mala noticia. Uno de los guías ha sufrido un accidente de moto a unos 3 kilómetros y está en coma. Por supuesto, iba sin casco. Se te queda un cuerpo que no veas.

Entramos en el recinto por 150.000 rials. Todos los monumentos cuestan lo mismo. No llega a 4 euros y estoy viendo las ruinas más espectaculares que he visto en mi vida. Además, al ir con Ali, me va explicando todo y aún te metes más en el papel. Estamos aproximadamente una hora y media dando vueltas y después me deja solo para que le dé gusto al disparador... ¡Y vaya si le doy! Estoy una hora más disparando sin parar, hasta que me quedo sin batería, por no haberla puesto a cargar anoche. ¡Cenutrio! Aún así, me voy contento, muy contento con lo que he visto. Persépolis: Ciudad Persa. Ahí es nada.





Recojo a Ali, que me esperaba tomando un té con sus colegas en una sala que tienen habilitada, y regresamos a su casa. El tío no me quiere cobrar nada y me tengo que poner serio para conseguir que me deje pagarle algo: -Ayer me dijiste que éramos amigos por la tarde, pero ahora es la mañana y has estado haciendo tu trabajo, así que lo justo es que me cobres tu tarifa.

A regañadientes, acepta 15 dólares, una miseria teniendo en cuenta que ha estado conmigo más de 4 horas, y por supuesto, sin contar todo lo demás. Pero es todo lo que cede. No hay manera de darle más dinero, y encima el tío se empieza a cabrear, así que lo dejo estar.

Nos despedimos en la puerta de su casa, no sin antes recomendarme un hotel en Shiraz, barato y bien situado, aunque no está seguro si tiene párking. Bueno, ya veremos qué me encuentro. No tengo miedo a un robo, ni muchísimo menos. Pero sí es verdad que la moto llama mucho la atención, y si la dejas en la calle, ten por seguro que la va a toquitear todo el mundo, y más de uno se va a montar en ella para hacerse fotos, y eso no mola. A mí por lo menos. A mi niña sólo la toco yo... y punto.

Entro en Shiraz sin mayores dificultades. No es una ciudad enorme, y aunque el tráfico es caótico, no es nada que me llame la atención. Uno se va acostumbrando a toda clase de barbaridades.

No consigo encontrar el hotel que me ha recomendado Ali, así que sigo buscando por mi cuenta y caigo en el hotel Niayesh, perdido entre unas callejuelas. Posteriormente, cuando Ali me llama para ver que tal ha ido todo (así son estos persas) le digo dónde he acabado y me dice que es un buen hotel, que es de los tradicionales y que estaré muy bien.

Cuando estoy descargando la moto, se acercan un par de chavales y me piden permiso para fotografiarse con la moto. Claro, hombre, sin problema. Son Mohammad y Sabghat, dos hermanos afganos que viven en Irán desde que eran niños. Viven justo al lado del hotel, y Mohammad trabaja en él, aunque hoy es su día de descanso. Ni cortos ni perezosos, me dicen que descargue las cosas, me duche, si quiero, y que me vaya a su casa a comer. Así que nada, como soy un tío obediente, les digo que nos vemos en media hora. Los niveles de gorroneo me están empezando a preocupar. Es que ya ni lo dudo. En cuanto me ofrecen algo, lo acepto, sencillamente porque me he dado cuenta que lo hacen de corazón, no esperan nada a cambio, y encima, si no tienes una buena razón para rechazar el ofrecimiento, hasta se enfadan.

Mohammad a la izquierda y Sabghat a la derecha
Llamo al timbre y me abre Mohammad, que es el que trabaja en el hotel. Me indica dónde está Sabghat y me dice, por señas, que vuelve enseguida. Apenas habla inglés, aunque su hermano se defiende bastante bien, así que mientras el primero vuelve, entablo una entretenida conversación con el mayor.

Me dice que le gusta mucho su país, pero que el terrorismo es un problema muy grave, y no me recomienda ir. Tiene un amigo japonés que está empeñado en ir a Kabul con él, pero se niega a llevarlo por el riesgo que correría. Le dejo bien claro que, aunque tiene que ser un país alucinante, por el momento, tengo mucho aprecio a mi vida, y mi visita al país vecino tendrá que esperar un poco.

Al poco rato vuelve Mohammad con una bolsa enorme de comida. La ha cogido del hotel. Por lo visto, al trabajar allí, tiene derecho a manutención, así que mi reserva pasa, automáticamente, de alojamiento y desayuno a pensión completa en un abrir y cerrar de ojos. Y por el mismo precio, oiga. Todo un detalle.

Después de una larga conversación, me voy un rato a la habitación, donde cae una siestecilla de lo más reparadora, para recuperar fuerzas y salir a media tarde, cámara en mano, a dar una vuelta por la ciudad.

Para mí, lo más destacado es, sin ninguna duda el Shah-e-Sherag, que significa "Rey de la luz". Es el mausoleo de Ahmadi, y uno de los centros de peregrinación más importantes del país. Cuando voy a entrar, unos guardias me paran y al ver la cámara me echan para atrás y me dicen que tengo que dejar todo en una especie de consigna que está a la vuelta de la esquina. Vaya, pues empezamos bien.

Cuando estoy intentando entenderme con los de la consigna, aparece un paisano que se ofrece a hacerme de traductor. Mantiene una conversación de un par de minutos con ellos, y me dice que no me preocupe, que un guía viene a recogerme y él será el que me muestre todo el recinto y me dirá dónde puedo fotografiar y dónde no. Me estrecha la mano y se despide de mí con el consabido "welcome to Iran".

Efectivamente, poco después, aparece un chaval de unos 25 años, que es el que se hace cargo de mi bienestar. O eso es lo que me dice. Pasamos de nuevo el control de seguridad, y esta vez nadie dice nada sobre mis cámaras. Me dice que no está permitido el uso de cámaras profesionales, y aunque la mía dista mucho de ser profesional, no entro a discutir nada, que bastante suerte he tenido de entrar con la mochila entera. No hay problema en usar el móvil ni la cámara de vídeo, así que os tendréis que conformar con fotos de baja resolución, que no reflejan lo maravilloso del lugar en el que me encuentro.

Jamás en mi vida había visto unas bóvedas tan espectaculares y esplendorosas, cubiertas de diminutos espejos, colocados uno a uno, según me explica mi colega. Es un auténtico lugar de culto, donde la gente reza, y reza, y vuelve a rezar, o simplemente pasea, aprovechando la tranquilidad del lugar, que aunque esté lleno de gente, transmite muchísima paz. El único sitio que está terminante prohibido fotografiar son los sepulcros. Ni móvil ni gaitas. Eso no se fotografía, y punto. Así que ya sabes, no te la juegues.


Pone los pelos de punta el fervor con el que la gente se agarra a las puertas del sepulcro, rezando y pidiendo sus cosas. Pero sólo las caras de la gente hace que te des cuenta del sentimiento que hay detrás.



Después de un buen rato pateando el lugar y escuchando las explicaciones que me da el chaval, me lleva a una sala donde hay más turistas, y me ofrece un té helado y unas galletas, para ir recuperando fuerzas, será. No me veo yo esta atención visitando alguno de nuestros sitios de culto más sagrados. Desde luego, yo no he experimentado nada similar, digamos, por ejemplo, en el Vaticano. Menudo saca cuartos que es aquello. Aquí, en cambio, no solo no me han pedido dinero, sino que encima, me han puesto un guía para mí solito, que ha estado explicándome todo con pelos y señales durante unas dos horas, y no contentos con eso, antes de irme, me han ofrecido un refrigerio con el que me voy realmente agradecido y más contento que unas castañuelas.

Después de esto, me pierdo un rato por el bazar, que se está convirtiendo en mi especialidad. Bazar que pillo, bazar que me pierdo en él. No es tan grande ni tan espectacular como el de Isfahan, pero también merece la pena, claro que sí. También visito la ciudadela Arg-e-Karim Khan, con sus 4 torres cilíndricas en las esquinas, y unos preciosos jardines en el interior, que tengo la oportunidad de visitarlos de milagro, ya que cuando llego a la puerta me dicen que ya no se admiten más personas, porque sólo quedan 20 minutos para el cierre. Le comento al de la puerta que no me importa, que 20 minutos es mejor que nada, y que mañana me voy de la ciudad temprano, y no tendré oportunidad de venir. Se hace un poco el remolón, pero al final me deja pasar, aunque, eso sí, me cobra los 150.000 rials de rigor.


Para cuando salgo ya es noche cerrada, y creo que va siendo hora de retirarse prudentemente a descansar, ya que mañana toca otra vez una tirada de las largas. Al llegar al hotel toco en la puerta de los hermanos afganos, para despedirme de ellos. Tras unos minutos de conversación, me desean buena suerte y nos despedimos en la puerta del hotel. La moto está dentro. Apenas hay sitio, pero me han recomendado que la meta ahí, por si acaso. Mejor para todos. Ellos tranquilos, y yo, más.

Por la mañana, después de un copioso desayuno (aunque no se puede decir que sean muy originales, porque son bastante repetitivos: pan sin levadura, pepino, tomate, huevo duro, una especie de mermelada, y té), dejo Shiraz para coger de nuevo la ruta a Persépolis. Repito esta carretera porque para hoy tengo reservado uno de los platos fuertes de éste viaje. Para mí, claro. No es lo que las guías más destacan de Irán, pero hace mucho que a mí me llamó la atención. Se trata del sitio arqueológico de Naqsh-e Rostam, donde se encuentran las tumbas de 4 reyes aqueménidas, y que recuerda un poco a Petra, salvando las distancias, claro. Me apetecía mucho conocer éste sitio. De hecho, si os habéis fijado, hace unos meses que está de fondo de pantalla sobre lo que estáis leyendo ahora mismo.  En el futuro habrá otro fondo, cuando sepa cuál es el siguiente objetivo, pero a día de hoy, sigue ahí...


Como aún es temprano, no ha llegado el grueso de turistas, y disfruto de unos momentos de relativa calma. Persépolis está a muy pocos kilómetros de aquí, y la mayoría de tours organizados llevan a sus clientes a ver esas ruinas primero, y luego se acercan aquí. La temperatura es estupenda, el sol aún no calienta demasiado, y se puede caminar por el sitio sin sudar demasiado. Se agradece mucho ese frescor mañanero. Ya habrá tiempo de sudar a lo largo del día.



Panorámica de Naqsh-e Rostam

Antes de arrancar, y tras consultar el mapa, cargo en el GPS una ruta hacia Kerman en la que no tenga que volver a Shiraz, que según el aparetejo de marras, es la ruta más rápida, pero creo que no es la más divertida. En la ruta elegida atravieso un gran lago y la carretera parece mucho más atractiva, así que sin pensármelo dos veces, aprieto el botón de arranque, y abandono éste mágico lugar. Uno más de la larga lista que llevo en éste viaje.

Resulta que el lago del que os hablaba está más seco que la mojama, así que en cuanto tengo oportunidad, me meto en él para tener un ratito de diversión totalmente inesperada. Disfruto como un niño dando gas como si no hubiera un mañana por medio de un paisaje como este

Lago Tashk, si se le puede llamar lago...

Tengo más de 500 kilómetros hasta Kerman, para después recorrer otros 100 hasta Shahdad, que es el último pueblo antes de adentrarme en el desierto, y dónde tendré que aprovisionarme de agua y comida para pasar la noche en medio del desierto del Lut o Dasht-e Lut, rodeado de sus fantásticos Kaluts, unas formaciones naturales únicas. Según la Wikipedia, un satélite de la NASA registró una temperatura en superficie de 71 grados centígrados, la temperatura más alta jamás documentada sobre la faz de la tierra.

Hasta Kerman, la temperatura va subiendo poco a poco, pero es soportable. De Kerman a Shahdad, en esos 100 kilómetros que los separan, la subida térmica es espectacular. Supero con creces los 40 grados, aunque la sensación térmica es más llevadera que la del Golfo Pérsico. Aquí la humedad es menor, y se nota. Aunque, para qué nos vamos a engañar, hace un calor del carajo.

Al llegar al pueblo, paro en una tienda de alimentación para comprar víveres y, sobre todo, agua. Botellas y botellas... Bueno, sólo 3 botellas de litro y medio. Creo que con eso iré tirando, teniendo en cuenta que faltan sólo unas pocas horas para que anochezca, y mañana temprano espero abandonar ese infierno en el que estoy a punto de adentrarme.

Uno de los clientes de la tiendecilla entabla conversación conmigo. Resulta que es el banquero del pueblo, y tiene su sucursal enfrente. Por el contorno de su cintura, me da la sensación que visita este lado de la calle bastante a menudo. No he visto gente obesa en ningún sitio del país, más bien al contrario. El pueblo iraní es bastante delgado, y no se ven grandes desproporciones. Aunque aquí, mi amigo, parece que es la excepción que confirma la regla.

Pero lo que no cambia es su amabilidad. Me invita a su oficina y manda a uno de sus empleados a la parte de atrás para que me traiga una limonada fresquita, que me sienta de maravilla. También ayuda el aparato de aire acondicionado que tienen funcionando a todo trapo. Me comenta que para ellos, esto no es calor, pero que en agosto la temperatura es insufrible, superando fácilmente los 50 grados muchos días seguidos. Lo que os decía: un infierno en toda regla.


El banquero insiste en que me quede a dormir en su casa. Me enseña la foto de una pareja de moto viajeros alemanes que estuvieron en su morada hace un par de meses. Yo, amablemente, declino la invitación, y le explico que es importante para mí el dormir allí, en medio de la soledad del desierto. De éste desierto en concreto. Y que además, es el punto más alejado de mi casa en el que voy a estar en todo el viaje. Y es mi momento. Sólo mío. Mi tesooooroooo!!


Al final, cuando se convence de que me voy, me hace prometer que mañana por la mañana, a la vuelta, me pase de nuevo por aquí para asegurarse de que todo ha ido bien y que estoy sano y salvo. Por supuesto que vendré, majete. Y ya, si me invitas a otra limonada de estas, te hago la ola mejicana.

Ya está atardeciendo cuando dejo atrás el pueblo, pero es que ahora es el momento de adentrarse en este desierto. No creo que sea muy buena idea meterse por aquí al mediodía, cuando el calor más aprieta. Más bien, sería una locura, creo yo. Poco a poco, el paisaje va cambiando, y se va transformando en la imagen más árida que haya visto yo nunca. La temperatura supera fácilmente los 40 grados, llegando a marcar el display de la moto hasta 45. Tened en cuenta que son las 19:30 aproximadamente. Imaginad esto a las 3 de la tarde. Sudo sólo de pensarlo.

Kaluts al atardecer
Recorro unos 60 kilómetros hasta que llego a la zona donde están los kaluts, o por lo menos, el grueso de ellos, porque luego hay más repartidos por otras zonas. ¡Es impresionante! Son más grandes de lo que me esperaba, y a esta hora, con el sol cayendo, la luz es perfecta para disfrutar de las vistas y hacer unas fotitos. Pero tampoco me puedo entretener mucho, porque tengo que buscar un sitio para acampar antes de que se haga de noche. 

Dejo la carretera y ahora sí que me meto en el auténtico desierto. La superficie está dura, pero es sólo una primera capa. Al pasar con la moto, se va rompiendo por el peso, y debajo está la arena. Supongo que esto es así por efecto del calor extremo, pero lo cierto es que facilita bastante el manejo de la moto, teniendo en cuenta que mi experiencia en conducción por arena es nula. Aún así, hay algún tramo en el que paso cierto apuros, y la rueda trasera gira loca, aunque consigo salir del lugar sin mayores consecuencias que un fuerte olor a embrague quemado. Espero que no se le ocurra petar en éste lugar tan civilizado.
Después de unos kilómetros, encuentro un lugar que me gusta, y decido parar para empezar a montar el campamento. Son casi las 21:00 y hace 43 grados. Terrible. La temperatura no baja. Tenía entendido que, en el desierto, la amplitud térmica era bastante amplia, pero eso no se cumple aquí. Lo positivo es que, como he dicho antes, es un calor muy seco, y se lleva, más o menos, bien.


Monto la tienda en 5 minutos, porque no pongo el toldo. No creo que le dé por llover. Además, sería bastante complicado sujetar las clavijas en esa arena tan fina que hay debajo de esa primera capa dura que os comentaba.

Cuando dejo de moverme, me impresiona muchísimo el silencio. Silencio con mayúsculas. No hay vida aquí. Las condiciones son incompatibles con ella. Y no mueve nada, nada, nada de viento. Así que el silencio es absoluto. Nunca había experimentado un silencio tan intenso. Pelos de punta de nuevo.

Me preparo algo de cena con el hornillo y mientras le doy caña a las viandas, a la vez, voy moviéndome de un lado a otro, aprovechando a hacer fotos mientras aún queda algo de luz. Después me relajo un rato, para esperar a que se haga de noche por completo, y aprovechar para disfrutar de los millones de estrellas que se ven allí arriba. La contaminación lumínica es inexistente, y se aprecia todo un océano de estrellas allá arriba, a unos cuantos millones de kilómetros. 


Una suite donde las bombillas no se apagan

Me tumbo dentro de la tienda con la puerta abierta y la cabeza en el lado de la misma, y me dispongo a quedarme dormido con una de las vistas más impresionantes que haya visto nunca de un cielo estrellado. Igual soy un poco pesado y parece que todo lo que veo es lo más impresionante del mundo, pero es que, para mí, en este momento, lo es. Son paisajes, situaciones, y vivencias que no las tengo habitualmente en mi mundo, y aquí me llama mucho la atención. Además, cuando estás de viaje, estás mucho más receptivo a todo tipo de estímulos, y las cosas te sorprenden más fácilmente. Y, ¡qué coño! ¡Esto es lo que mola de viajar en moto! No puedo dejar de pensar en lo afortunado que soy, y en estos momentos me acuerdo mucho de mi gente, y aunque me gusta estar aquí en soledad, también sería muy bonito poder compartirlo con los seres queridos. De alguna manera, no estoy sólo aquí. Hay mucha gente que está tumbada conmigo, a mi vera, mirando éste cielo y disfrutando lo mismo que yo. Aunque estemos un poco apretados en la tienda.

Me despierto temprano, en cuanto empieza a clarear. Son las 5:30 y salto de la esterilla para coger, una vez más, la cámara. Para las 7:30 he hecho fotos, grabado vídeos, desayunado y recogido el campamento. Listo para abandonar este mágico lugar. El sol hace un rato que ha salido y la temperatura empieza a subir de nuevo. Por la noche no ha bajado de 30 grados pero he podido sacar unas cuantas horas de sueño profundo.



Sigo mis propias huellas del día anterior para llegar de nuevo a la carretera, aunque no tiene mayor complicación. Por aquí no hay cruces ni semáforos que te despisten. Todo recto.

Enfilo la carretera que lleva al pueblo, y a los 10 kilómetros veo a una persona cargando una mochila caminando por el borde. Paso despacio a su lado, me mira, pero no me hace ningún gesto de parar, así que tras saludar, sigo camino.

Pero me da mal rollo dejarlo ahí andando, así que 500 metros más adelante, doy la vuelta y vuelvo a hablar con él. Se trata de Sergeo, de San Petersburgo (Rusia). El tío viaja haciendo auto-stop y está recorriendo Irán en sentido inverso al mío. Ha dormido en su tienda a sólo unos kilómetros de donde yo estaba, así que no estaba tan aislado como creía jeje.

 Estaba esperando a que pasara algún camión que le recogiese y le llevase hasta el pueblo. 
-¡Pero, hombre de Dios, ¿cómo no me dices que pare?
-Es que como vas en moto y cargado, no tienes sitio para mí.
-Vamos, ¡no me jodas! Que te va a dar un jamakuko con este calor...

Redistribuyo mi equipaje y mi nuevo colega ruso se sube al asiento trasero con su mochila y su gorra. A los pocos metros de arrancar, esta última sale volando, provocando las carcajadas de los dos. Volvemos a recuperar su txapela, que yo no llevo a nadie en mi moto sin casco.

Sergeo, mi colega ruso

Al avistar el pueblo me dice que le deje allí mismo. Él prefiere quedarse en el cruce y esperar a que alguien le recoja y le lleve a Kerman. Nos hacemos unas fotos de recuerdo y nos despedimos. Una de estas relaciones cortas pero intensas.

Mientras yo vuelvo a colocar mis cosas en su sitio, el primer coche que pasa, para y veo a Sergeo todo contento que se despide de mí, se monta en el vehículo y se aleja en la distancia. ¡Buena suerte, compañero!

Yo enfilo hacia el pueblo, a visitar al banquero para que se quede tranquilo, el hombre... Me lo encuentro en su oficina. Por supuesto, me hace entrar y sentarme a descansar, aunque acabe de empezar la jornada y no esté cansado. Me saca un çay y algo para comer. Ni siquiera me esfuerzo en decirle que ya he desayunado. Me como lo que me saca y punto. Sería inútil declinar la oferta, así que a comer y a callar, como cuando era niño. 

Empieza a entrar gente en la oficina. El banquero se ha encargado de mandar mensajes a diestro y siniestro, y aparecen por aquí todos los curiosos del pueblo. ¡Menudo circo se monta en poco rato! Esta gente es la leche. Pero con lo amables que son y lo bien que se portan con uno, hay que hacer un pequeño esfuerzo y acceder a hacerse las fotos de rigor y responder a las repetitivas preguntas.

Una hora después, estoy de nuevo en la carretera, libre como el viento. El calor va apretando, aunque en cuanto paso la primera cadena montañosa que me encuentro, ya noto la temperatura más fresquita, cosa que agradezco un montón. La zona que acabo de dejar es una olla a presión con un microclima muy especial, que lo convierte en uno de los puntos más áridos del planeta. Prueba superada.

Para las 3 de la tarde llego al sitio donde quiero dormir hoy: el caravanserai de Zein o Din, en plena ruta de la seda, antigua parada para viajantes y comerciantes, que ha sido reconstruido y ahora funciona como hotel, pero conservando su historia. Es uno de los pocos caravanserai circulares que se conocen.

Me encuentro la puerta cerrada, pero enseguida aparece Mahmud, el encargado. Me dice que son 45$ la noche, y eso me cambia un poco la cara. Demasiado caro para mi presupuesto. Empiezo a llorarle un poco. Que si voy solo, que me gustaría mucho quedarme a dormir aquí, porque estoy cansado, pero no me puedo permitir pagar eso, que si la abuela fuma...

Con una sonrisa me invita al interior para que le eche un vistazo al garito. Lo cierto es que es precioso, con un patio interior circular, con unos cañizos en la parte de arriba para dar un poco más de sombra, y unas habitaciones que dan directamente al patio. Además, en la parte de dentro tiene unos pasillo amplios donde se distribuyen el resto de habitaciones, con la peculiaridad de que en vez de tabiques, lo que se supone que son los límites de la habitación lo conforman unas cortinas que caen desde unas estructuras de madera de unos tres metros de altura. Por supuesto, se oye todo lo que hacen el resto de huéspedes, así que no es muy apropiado para una noche de bodas. Los baños son comunes y están bastante bien, si lo comparo con lo que he visto los últimos días. Mahmud me dice que el dueño está casado con una española, de Madrid, y ahora están allí, donde pasan la mitad del año. Mientras tanto, él se encarga del sitio.

Me lleva al comedor y me ofrece un çay, que no puedo rechazar, por supuesto. Estamos un rato hablando de nuestras vidas, y después de un rato, saco el tema del precio. Insisto en que voy solo y tal, y a ver si me puede hacer un descuentillo en el precio de la habitación. Esboza media sonrisa. Buena señal. Yo creo que le he caído bien. Me dice que lo mínimo que me puede cobrar son 30$. Yo, aunque no lo expreso, doy un bote de alegría. Sigue siendo un poco caro (aunque luego comprobaré que no es así) pero es un sitio que lo tenía mirado hace tiempo y me apetecía alojarme aquí. Además, la suite donde me alojé anoche me salió bastante barata, a pesar de ser un hotel de 5000 estrellas. Y encima, este sitio está en el medio de la nada, y para buscar otro alojamiento tendría que coger de nuevo la moto, y no me apetece nada de nada. Vamos, en resumen, que me quedo aquí, feliz como un niño con zapatos nuevos.

A esta hora no hay nadie, pero Mahmud me ha dicho que más tarde llegarán un par de microbuses con turistas americanos, alemanes y suecos, principalmente.

Aprovecho para darme una larga ducha, y ya que estamos, también hago la colada, que ya me iba haciendo falta. Después, me subo a la terraza y extiendo la ropa para que se seque, mientras yo descanso bajo unos cañizos que dan una sombrita de lo más agradable. Aprovecho para escribir un rato, relajado, con calma. De vez en cuando viene bien un día de estos. Pocos kilómetros, retirada temprana y relax.

Un par de horas después llegan el resto de huéspedes y se termina la paz. En total son unas 30 personas, pero no estoy excesivamente sociable. Entro en modo ermitaño y apenas hablo con la gente. Me apetece estar a mi aire. Además, tengo la sensación de que no van a decirme nada interesante. Al final, venimos todos del mismo lugar del mundo y no creo que me sorprenda lo que van a decirme. Sin desmerecer a nadie, que quede claro.

Le pregunto a Mahmud por la cena, y me dice que a las 20:30 esté por el patio, que la servirán a esa hora, más o menos. Allí estaré, ya estoy empezando a tener hambre.

Cuando veo movimiento en el lado anglosajón, me acerco al comedor y veo un buffet libre que no se lo salta un gitano. Le doy un primer vistazo y ya veo que aquí hay calidad, desde las ensaladas hasta los postres, pasando por los arroces y la carne. Es parecido a lo que llevo comiendo las últimas semanas pero con un puntillo más de calidad. Sólo te digo un detalle: al lado de las ensaladas hay una mesita con salsas, vinagretas y demás para componer las mismas, y entre las botellas encuentro una de aceite de oliva virgen extra Carbonell que provoca que me arrodille ante ella y no pueda contener las lágrimas de la emoción. ¡Cuánto tiempo sin catar el oro líquido! Cómo se nota el toque español de la señora esposa. Sí, señor.

Después de cenar hay un espectáculo de baile al más puro estilo Benidorm. Me temo que este es el típico baile para entretener a los turistas que poco tiene que ver con las danzas tradicionales de la zona, pero bueno, me hace mucha gracia ver a Mahmud entre los bailarines. Este chaval lo mismo te arregla un roto que un descosido. Un crack.

Por la mañana, y tras un buenísimo descanso, a pesar de haber dormido en el suelo una vez más, me encuentro un desayuno en la línea de la cena de anoche. Al final, yo creo que este lugar se va a llevar el premio al alojamiento más completo del viaje, si ponemos todo en una balanza.

Vista aérea de Zein-o Din (imagen obtenida de www.allempires.com)

Y lo mejor está por llegar. Cuando recojo todo y cargo la moto, busco a Mahmud para despedirme de él y pagar la habitación y la cena. Hay unas cuantas personas alrededor de la mesa de terraza hecha de madera que usan como escritorio, esperando para pagar, igual que yo. Cuando me toca mi turno, el colega me mira con su media sonrisa dibujada en la cara y me dice: "Español, son 30 dólares" Pongo cara de extrañeza pero no digo nada. El muy cabrito me mantiene la mirada y me guiña el ojo derecho en señal de complicidad. Yo creo que la cena de ayer era para el grupo de turistas americanos, y me dijo que me acoplara a ellos por la cara. Ahora sólo me está cobrando el precio de la habitación, que además ya me había rebajado el precio de 45 a 30 dólares. Ya os dije que le había caído bien. Estrechamos las manos para despedirnos, arranco la moto y salgo en dirección norte. Otra vez a la carretera. ¡Gas a fondo!





2 comentarios:

  1. Cada día estoy más enganchada a tus crónicas y lo que estoy aprendiendo, gracias.

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