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lunes, 25 de mayo de 2015

IRÁN: EL ADIÓS



Mirada persa


Kharanaq
Tras unos kilómetros de buena carretera, llego a Yazd, pero no me detengo. Cojo un desvío a la derecha, y me dirijo al pueblo abandonado de Kharanaq. Mejor dicho, semi abandonado. Tiene su parte viva, donde hay casas normales con tiendas normales y gente normal, y luego, en la zona oriental del pueblo está lo que es la parte abandonada propiamente dicha. Está bien darle un rato como curiosidad, pero tampoco es que sea algo imprescindible en este viaje. Lo cierto es que he visto sitios mejores, aunque insisto en que tiene cierto atractivo.  

Hoy tengo la intención de llegar a Teherán, donde se supone que me voy a alojar en casa de Cyrus, el amigo de Ricardu, el catalán. No ha dado señales de vida en los últimos dos días, aunque tampoco me preocupa. Si no sé nada de él, me buscaré la vida por mi cuenta.

Tengo marcado en el GPS un punto concreto donde se supone que hay una señal de cruce de camellos. Encontré el waypoint en Horizons Unlimited, una página bastante famosa en este mundillo del moto-viajero, y me pareció una tontería curiosa, así que lo descargué. El caso es que, o el waypoint está mal, o ya no cruzan camellos por aquí, porque a pesar de dar un par de vueltas, no consigo encontrar la señal, así que sin más dilación, continúo ruta, que el calor empieza a apretar de nuevo, y en cuanto paras la moto, rompes a sudar sin consuelo.

Lo que sí encuentro un poco más adelante son los camellos. Están dentro de un caravanserai abandonado en el medio de la nada. Me miran con cara de curiosidad mientras les hago un par de fotos rápidas. No he visto más camellos en todo el país. Se supone que son animales bastante comunes por aquí, pero ya os digo que yo no he visto más que estos. Extraño.

Como curiosidad, leí hace poco un artículo que hablaba de las indemnizaciones de las aseguradoras en caso de accidente, y hace tan sólo unos pocos años que se logró equiparar la indemnización entre hombres y mujeres. La vida de esta gente se mide por camellos. Si la cascas, vales un camello. Y hasta hace unos años, eso sólo si eras hombre. Las mujeres valían medio camello. Ahora parece ser que la cotización femenina ha subido y han alcanzado a los hombres, por lo que también valen un camello enterito.

Aún queda un largo camino para la igualdad: en un juicio, el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre, por lo que hace falta, al menos, dos mujeres que testifiquen en la misma línea para que tenga el mismo valor que el testimonio de un hombre. ¡Te cagas!

Los siguientes 500 kilómetros pasan sin pena ni gloria. Las carreteras son bastante buenas a lo largo y ancho del país, aunque al ser de dos carriles, el carril derecho suele estar más dañado por el paso de los camiones, así que los camioneros, que son muy majos, deciden ahora circular por el carril izquierdo, yo creo que para igualar los daños. Los retrovisores son un artículo de lujo por aquí, y el que los lleva, tampoco te creas que los usa para mucho, así que no queda más remedio que adelantar por la derecha en muchísimas ocasiones. No pasa nada, hasta que alguno decide que ya se ha aburrido de circular por la izquierda y sin mirar por el espejo y, por supuesto, sin molestarse en poner intermitentes, cambia de carril, con el consiguiente susto para el pobre motorista con los plomos fundidos por el calor, que tiene que pegar un acelerón de mil pares, si no quiere acabar en una de esas cunetas áridas que caracterizan la zona.

Otra cosa que me pone muy nervioso de la curiosidad que genera la moto es cuando ves por el retrovisor (yo sí los uso, por la cuenta que me trae) que un coche se dispone a adelantar, pero cuando estás esperando que te rebase, esto no ocurre. Vuelves a mirar por el espejo, y no ves nada. Al girar la cabeza, ahí está, agazapado. Se ha quedado en el ángulo muerto mientras observa la moto, hace fotos, etc, etc. Pueden estar ahí durante kilómetros. No se aburren. Pero yo sí. Es un infierno tener un coche ahí pegado, sobre todo porque no sabes cuál va a ser su próxima maniobra, y al final, vas más preocupado de lo que tienes detrás que de lo que tienes delante. 

Al final, cuando esto ocurre, opto por asegurarme de que no tengo a nadie justo detrás de mí, y clavo los frenos. Así, el coche que está detrás haciéndome fotos desde el carril izquierdo, me rebasa y ya no tiene más opción que continuar hacia adelante. Al final es un jueguecito que, para mí, pierde toda la gracia, más que nada, porque en alguna de estas, vamos a tener un disgusto, y no me apetece nada de nada.

Llego a Teherán y paro antes de adentrarme en esa jungla. Se trata de una de las ciudades más grandes del mundo, y los conductores de aquí tienen fama de ser de lo más alocados.

Consulto el teléfono una vez más, por si Cyrus hubiera dado señales, pero no hay mensajes del iraní, así que decido dirigirme hacia el mausoleo de Khomeini, líder de la revolución iraní y fundador de la República Islámica de Irán. Es un sitio un tanto controvertido, y con muchos detractores, por el gasto que está generando y la fastuosidad del monumento. Pero dejando las polémicas aparte, recuerdo que Cuco, otro amiguete catalán, me dijo en su día que era posible acampar en el mismo parking del complejo, así que, como no tengo otro sitio mejor donde caerme muerto, voy hacia allí para ver qué me encuentro, y así de paso, improviso alojamiento.

El sitio es bastante grande, así que me doy un par de vueltas a ver si localizo alguna zona donde haya tiendas de campaña y así poder plantar la mía. Al final acabo al borde de un cementerio, donde paro a descansar un poco. Hay familias con sus picnics montados entre medio de las lápidas, como si eso fuese un parque, mientras los niños juegan por ahí, correteando y dando gritos. Me llama la atención la aparente falta de respeto, con lo religiosos que son por aquí.

A los pocos segundos, uno de los hombres que se encuentra sentado cerca de donde he aparcado, se acerca y comienza la danza de la lluvia. Por señas, me ofrece una bebida, y al poco rato me encuentro sentado entre las lápidas con un vaso de té helado en la mano y rodeado de toda la familia, que me mira como si viniera de otro planeta. No entienden qué es lo que estoy buscando allí, así que el hombre, ni corto ni perezoso, llama a un amigo que habla inglés y después de hablar un poco con él, me pasa el teléfono. Le explico que estoy buscando un sitio donde plantar la tienda. Le devuelvo el teléfono y le traduce a su amigo. Y así, sucesivamente. La risa, vamos. Traductor simultáneo.

Cuando termina la llamada telefónica, el hombre de la casa habla con su hijo y, por señas, me indica que se va a montar conmigo en la moto y que me mostrará hacia dónde tengo que ir. Por no mover todo el equipaje para un trayecto tan corto, nos montamos los dos en el asiento del pasajero. No sé si habéis probado esa experiencia alguna vez, pero no os la recomiendo, si tenéis el mínimo aprecio a vuestros genitales. ¡Qué presión contra el depósito! Más vale que es un trayecto de unos centenares de metros nada más.


Familias acampadas en el mausoleo
El chaval me lleva directo a una zona donde empiezo a ver tiendas de campaña por todas partes. Este va a ser el camping improvisado. Hay incluso un edificio de baños públicos en bastante buenas condiciones. Me despido de mi guía, dándole las gracias, mientras coloco mis atributos en su sitio. ¡Qué dolor, leche!

En un hueco que me parece adecuado y tranquilo, aparco la moto y, antes de montar la tienda, pregunto a la familia que se encuentra acampada al lado a ver si puedo poner allí el huevo. Me dicen que por supuesto que sí, que allí estaré seguro. Ellos también van a pasar la noche. Me vuelven a ofrecer comida y bebida. Me encanta la generosidad de esta gente. Lo llevan en los genes.

Mausoleo de Khomeini, desde la tienda de campaña
Me suena el teléfono. Es Cyrus. Ya no me acordaba de él. Se disculpa por no haber respondido a mis mensajes, pero es que ha estado liado. Me propone ir a pasar la noche a la residencia donde él se aloja, pero ya que estoy aquí y he encontrado un sitio decente donde pernoctar, educadamente rechazo su ofrecimiento, y le digo que me quedo donde estoy. Además, me resulta atractivo dormir en este sitio. No creo que mucha gente occidental pueda decir que ha dormido en el Mausoleo de Khomeini. Las oportunidades están para aprovecharlas.

Monto la tienda, y en cuanto oscurece, me retiro a mis aposentos. Al poco rato, se desata una tormenta eléctrica que casi se lleva volando la tienda, y a mí con ella. Menuda ventolera se levanta en poco rato. Afortunadamente, no llueve, así que simplemente es cuestión de tiempo que pase la tormenta, y los aires vuelvan a su cauce. El resto de la noche pasa tranquilamente y puedo descansar unas cuantas horas, en un sueño de lo más reparador.

Mausoleo de Khomeini, aún en construcción, tras más de dos décadas
Por la mañana, echo un vistazo por los alrededores, me aseo en los baños públicos, cargo la moto, y antes de arrancar, como todos los días, saco mi tubito de protección solar (factor 50) para darme en la cara, para evitar acabar como un tomate de huerta. Esta es otra de las cosas que causa sensación, sobre todo entre las mujeres. Cada vez que estoy con toda la cara embadurnada con mis cremitas, recibo las sonrisas y risitas tímidas de todas las mujeres que pasan por el lugar. Les hace mucha gracia ver a un astronauta dándose crema. Es que aquí son muy machos, y no se dan potingues, me imagino. Pero yo, con mi piel blanquecina y semejante sol, si no lo hago, acabo en urgencias con quemaduras de tercer grado.

Circulo por Teherán, aunque no me complico demasiado. Estoy un poco perezoso, y no me apetece meterme en esa vorágine de asfalto y conductores suicidas, así que lo paso un poco de refilón, acabando en la plaza Azadi, presidida por su torre. Me la esperaba más grande. No es gran cosa y me decepciona un poquillo, aunque ya me habían advertido que esta ciudad tampoco merecía mucho la pena y que no desperdiciara tiempo en ella si eso suponía dejar de ver ciudades más interesantes.

En lo que sí tengo que estar completamente de acuerdo es en el tráfico intenso que soporta esta ciudad. Vayas donde vayas te encuentras todo tipo de vehículos por todas partes, siendo incluso difícil culebrear con la moto, ya que aprovechan todo el espacio disponible, no dejando sitio material para colarte entre los coches. Incluso las motillos de pequeña cilindrada que conducen por aquí tienen serios problemas para avanzar. Un poquito de estres mañanero en forma de asfalto, contaminación y claxons es lo mejor para despejarte para el resto de la jornada.

Al fondo, la Torre Azadi
Después de una pocas fotos, decido que ya he tenido bastante dosis de gran ciudad por hoy, y abandono la capital tomando dirección noroeste, hacia Rasht. Tenga otra foto pendiente por aquella zona: el Mar Caspio. Ya que estoy por aquí, tendré que echarle un vistazo, ¿no?. Aunque sea para ver qué pinta tiene.

Los kilómetros van pasando sin pena ni gloria. Al llegar a la costa, paro en un pueblecillo a comer algo. Son bastante enrollados y simpáticos, dándome conversación todo el rato que estoy sentado en la mesa, hasta el punto de ser un pelín cansinos, pero bueno, hay que aguantar el chaparrón. Cuando me traen la cuenta no me resultan tan simpáticos, y me meten la clavada del siglo. Les pongo un poco de mala cara, y les digo que tampoco hay que pasarse inflando los precios a los turistas, que no somos ni ricos ni tontos. Al final, con un poco de buen rollo, llegamos a un acuerdo intermedio en el que todos salimos ganando. Muchas veces es comprensible esa inflada de precios, pero hay otras veces que, si la columpiada es excesiva, hay que dejar las cosas claras, porque si no, llega un momento en que esto no tiene fin, y pretenden clavártela hasta en el precio del agua. También es justo decir que esto que acabo de contar ha sido una excepción en este país, y lo más habitual ha sido todo lo contrario: gente generosa que te da lo que tiene sin esperar nada a cambio, ofreciéndote su casa y su comida, y siempre, siempre, siempre, con una gran sonrisa.


Después de las mencionadas fotos en el Caspio, tomo dirección Tabriz, donde me espera Mehdi, un amiguete que conocí a través de Facebook, y que quiere adoptarme por una noche. Me confundo en un cruce, y para cuando me quiero dar cuenta, ya es tarde para rectificar, así que tiro para el Norte, y acabo en la frontera con Azerbayán, desde donde giro al Oeste hacia Tabriz. El despiste me cuesta un poco más de tiempo encima de la moto, pero ya que estamos en el lío, no pasa nada. La carretera es bastante divertida, llena de curvitas y bonitos paisajes montañosos. Al final sale bien la jugada.

Un prototipo de Honda ;-)
Al llegar a Tabriz, paro en las afueras, en una especie de polígono industrial, desde donde llamo a Mehdi. No tengo ni idea de dónde vive. Tras intentar durante un buen rato entender las indicaciones que me está dando respecto a la ubicación de su casa, nos resulta imposible entendernos, así que, ni corto ni perezoso, y tras explicarle, más o menos, dónde me encuentro yo, me dice que le espere ahí mismo, que pasa a buscarme en unos 20 minutos. Correcto.

Mientras tanto, de un taller cercano salen un par de curiosos que tras unos minutos de conversación a base de signos, me ofrecen un çay y algo de comer. Esta gente no se cansa de andar con la tetera de un lado para otro. Al rato llega Mehdi en su coche. Es la primera vez que nos vemos, pero le reconozco por la foto de su perfil en FB. Se está haciendo un poco tarde, así que le sigo hasta su casa, sin entretenernos demasiado.

Metemos la moto en su garaje, al lado de varios cochazos y 4x4 que pertenecen a sus vecinos. Al subir a su casa, me quedo con la boca abierta. Más de 300 metros cuadrados tienen la culpa. Pedazo de choza que tiene la familia del colega. Sólo el salón es bastante más grande que toda mi casa. Las vistas sobre la ciudad son espectaculares. La cocina, el salón, las habitaciones, la decoración de toda la casa indican el nivel económico que maneja esta familia. Luego me entero que tanto el padre como el hijo son ingenieros, y trabajan para compañías petrolíferas, y efectivamente, están montados en el petrodólar.


La cena la ha preparado la hermana mayor de Mehdi, que habla un perfecto inglés y me explica uno por uno los ingredientes y la manera de cocinar de todos los platos que hay sobre la mesa, que son unos cuantos. Como ya os he dicho en alguna otra ocasión, cuando tienen invitados, hacen una cena especial para honrar a su huésped, pero esto ya se sale del mapa. Está todo buenísimo, y al principio me corto un poquillo y las raciones que cojo son pequeñas, pero conforme voy cogiendo confianza y ante la insistencia de todo el mundo, doy rienda suelta a la fiera que llevo escondida en el estómago, y comienzo a llenar el plato como si no hubiese un mañana. Esta gente no sabe con quién se están jugando los cuartos.

Después de la copiosa cena, y ya sentados en los mullidos sofás que hay repartidos por todo el salón, estamos un buen rato de sobremesa, tomando çay y unos dulces típicos que están para chuparse los dedos. Posteriormente me acomodo en la habitación de Mehdi, que tiene dos camas, y una de ellas tiene mi nombre. Aún estamos un buen rato hablando él y yo antes de acostarnos. Es un fanático de la fotografía, así que tenemos conversación de sobra. Me enseña un par de truquillos con la cámara, que mañana tenemos planeada una visita al Gran Bazar, y me vendrán de perlas. A ver qué tal va la sesión de disparos. Después de un buen rato de cháchara, cada uno a su camita y a soplar un rato, que hoy a vuelto a ser un día bastante largo.

Por la mañana, de nuevo, la hermanita se pone manos a la obra y desde luego, conmigo no se ofenderán por dejar comida en el plato. ¡Vaya arte que tiene la niña! Salimos a la calle no demasiado temprano, con la intención de visitar el Gran Bazar. Mehdi se empeña en ir en su todo terreno, a pesar del intenso tráfico. Lo que sí es cierto es que el aire acondicionado se agradece un montón. No cambio la moto por nada, eso está claro, pero es justo reconocer las ventajas de otros medios de transporte.

Mi amigo Xabi me ha recomendado este mercado en varias ocasiones, describiéndolo como "imprescindible", así que yo, con lo obediente que soy, no me ha quedado más remedio que venir a comprobarlo.

Aparcamos el 4x4 en un párking cercano y nos adentramos en este monstruo. Son un montón de galerías y callejuelas donde puedes encontrar de todo, pero para mí, lo más interesante que veo son las personas, sobre todo hombres, por lo menos a esta hora de la mañana. El porcentaje de mujeres es bastante bajo, no entiendo muy bien porqué, pero así es. Mehdi tampoco me lo sabe explicar. Reconoce que nunca se había fijado en ese detalle.


Paramos en cada esquina y cada rincón, fotografiando a todo lo que se menea. Me confiesa que está disfrutando como un niño, porque a pesar de tener esta joya de mercado a pocos minutos de su casa, es el primer día que viene con la cámara a disparar abiertamente, porque venir solo le da vergüenza. Pero como dice mi madre, el que tiene vergüenza ni come ni almuerza, aunque a Mehdi no le queda tan claro el refrán. Además, la gente es bastante colaboradora, y algunos hasta posan y todo. En las aproximadamente dos horas que estamos dando vueltas sin parar a lo largo y ancho del bazar, no veo ni un solo turista extranjero, y yo, al ir con un iraní, me mimetizo bastante bien en el ambiente, a pesar de llevar sendas réflex entre las manos.

Después de esto, cogemos el coche de nuevo y nos vamos al parque de Shah-Goli, con su estanque dominado por el palacio del mismo nombre, donde seguimos con la sesión de fotos. Hay mucha gente jugando al volleyball, que parece que es bastante popular en este país. Por fin algo que no sea fútbol, para variar. Tiene un camping donde, de no ser por la generosa invitación de Mehdi, habría dormido la noche pasada.

Vista panorámica de Tabriz, con el parque de Shah-Goli en primer término (foto: Wikipedia)
Posteriormente, y tras un par de visitas turísticas más, toca arrimarse a un restaurante a ver qué se come por estas tierras. Salgo victorioso del envite, una vez más. Qué gran estómago he tenido la suerte de heredar. No me lo merezco.

Y después, volvemos a su hogar, donde, poco a poco, voy recogiendo mi equipaje y todos los cachibaches que tengo tirados por el suelo de la habitación, para ir cargando la moto y partir hacia Urmia, donde me espera Hossein, una vez más. Pero la familia de Mehdi no me iba a dejar marchar sin tomar, por lo menos, un çay y unos dulces en condiciones, y mantener una última conversación con su invitado. Al entrar en la cocina, las mujeres están sin cubrir, pero muy discretamente, se retiran al minuto, y poco después vuelven ya con su pañuelo en la cabeza, como manda la tradición.

Antes de salir, Mehdi me comenta si es posible dar una vueltecilla por la ciudad montado en la moto. ¿Cómo le voy a decir que no a un tío que me ha dado alojamiento y comida por la patilla, me ha llevado a ver toda la ciudad en su vehículo y se ha portado conmigo como si fuera un hermano? Teniendo en cuenta que nos conocíamos tan sólo cibernéticamente, es alucinante la amabilidad de esta gente. Está claro que están atrasados según nuestros parámetros capitalistas, pero socialmente hablando, esta cultura nos da mil vueltas a todos los países "civilizados".

Tras media hora de tour alrededor de la ciudad, nos despedimos definitivamente. Me desea suerte y me dice que si necesito cualquier cosa, no dude en llamarle. Estoy seguro que lo dice de corazón.

Tan sólo 150 kilómetros me separan de Urmia, y además es una ciudad que ya conozco, por lo que la ruta de hoy es un paseo sin más complicaciones. Atravieso el lago Urmia por un puente gigante que lo parte en dos, y voy directo a casa de Hossein, donde me tienen reservada la misma habitación donde estuve hace un par de semanas. El tiempo vuela. Parece que fue ayer cuando entraba en Irán, y ya estoy a punto de finalizar mi periplo por tierras persas.

Después de colocar todo mi equipaje cuidadosamente tirado por el suelo de la habitación, reparar un par de cosillas que tenía pendientes en la moto, y ponerme al día en internet, me voy con mi anfitrión a cenar al mismo restaurante en el que estuvimos la vez anterior. Me gustó tanto aquel kebab que no veo mejor manera de despedir la gastronomía de este país. Por la puerta grande.

Cuando estamos cenando tranquilamente en la terraza del restaurante, presenciamos un accidente en primera fila. Carretera de un carril en cada sentido, un coche se sale al carril izquierdo inexplicablemente, y choca frontalmente con el coche que viene de frente. El golpe no es muy violento, pero el susto tiene que ser monumental. Pues bien, no te creas que veo yo demasiados nervios. Se bajan los dos conductores, charlan amigablemente durante un par de minutos, explicando uno de ellos la ida de olla que acaba de tener (el típico "lo siento chaval, me he liao") y como los daños no son graves, se montan cada uno en su coche y siguen su camino como si no pasara nada. Hossein ni siquiera ha dejado de comer, y el resto de conductores los esquivan como pueden, pero nadie protesta. Eso ocurre en España y aparecen hasta los GEOS.

Por la mañana, toca recoger de nuevo. Hoy abandonamos el país. Hossein me acompaña hasta la frontera, que tan sólo está a 50 kilómetros de su casa. Tiene que hacer unos papeleos en la frontera para que pueda pasar con mi vehículo. Se monta conmigo en la moto, y me dice que para la vuelta, ya se buscará la vida. Aquí el tema del autostop está muy extendido.

Hossein en la frontera Irán-Turquía
Una vez en el puesto fronterizo, el chaval se encarga de todo el papeleo, mientras yo espero pacientemente, sentado a la sombra, porque al sol no se puede aguantar. Es temprano pero la temperatura ya está subiendo por momentos. Tras una hora y pico de espera, y tras presentar mi pasaporte en varias ventanillas, estoy en condiciones de salir de la república en la que tan bien me han acogido y en la que me he sentido como en casa en todo momento. No te creas que no siento cierta morriña y me da un poco de pena, pero el viaje continúa. Vuelvo a Turquía, que es otro país de los buenos, y donde seguro que me esperan nuevas historietas.

Me despido de Hossein con un fuerte abrazo. Se ha portado muy bien conmigo, y aunque sea su negocio, creo que ha excedido con creces lo acordado, y su familia también. Le estoy muy agradecido. Ha facilitado mucho mi estancia en Irán, y ha estado pendiente de mí estas dos semanas que he estado pajareando por aquí, escribiéndome prácticamente a diario para asegurarse de que todo iba bien.

Y ahora, sin yo saberlo, queda lo peor: la frontera turca. ¡Madre mía, qué desbarajuste! Ya de entrada, no me dejan pasar la barrera. Me dicen que aún no está abierta. ¿Qué? Pero si me acaban de decir en el lado iraní que ya podía pasar. Ya, pero eso es Irán, y esto es Turquía, chaval, que no te enteras. Bueno, pues a esperar. Tras un buen rato, abren la famosa barrera, y me tengo que meter entre un montón de gente que estaba esperando en el lado turco. No atropello a nadie porque Alah no quiere.

Me mandan a un barracón (porque a "eso" no se le puede llamar de otra forma) donde se supone que están los oficiales de fronteras. Está todo lleno de mierda, puertas con cristales rotos, cables colgando por todas partes, cintas transportadoras que no funcionan... Vamos, un auténtico estercolero, que esta gente denomina oficinas. Me tienen durante un buen rato esperando no sé qué, aunque al final consigo toda la documentación y sellos necesarios. Pero mi paciencia está llegando al límite. Ya sé que una frontera no es el mejor lugar para perder los nervios, pero esta gente está consiguiendo que me ponga de muy mala ostia. Y ya el colmo es cuando salgo del mierdero que ellos llaman edificio y me encuentro a un tío subido en la moto, y un enjambre de camioneros curioseando y toquiteando.

Le pego un empujón al que está subido en mi máquina, y al ver la cara que traigo, no dice ni mú. El resto, tampoco. Coloco la bolsa sobre-depósito y cuando estoy atándome el casco, aún hay un valiente que echa la mano hacia el manillar. Le pego otro manotazo mientras me acuerdo de toda su familia en un perfecto castellano, que seguro que no entiende, pero que tampoco hace falta. Dicen que el 80% de la comunicación es el lenguaje no verbal. Pues eso. Entre unos y otros, mezclado con el calor que hace, han conseguido que me suban las pulsaciones más de la cuenta. Y se me nota. Vaya si se me nota...

Arranco la moto, y con un acelerón que levanta una buena polvareda (no esperarías asfalto en esta pocilga, ¿verdad?) me despido de esta gente hasta la próxima. Ha sido la peor frontera del viaje con muchísima diferencia. Una cosa es que tengas que esperar por una serie de trámites burocráticos, y otra es que te hagan perder el tiempo en un agujero infecto rodeado de buscavidas paletos.

Cinco minutos después, todo ha vuelto a la normalidad. El aire me da de nuevo en la cara, que es lo que me gusta y seguimos avanzando. Poco a poco, comienza el regreso a casa...

Gracias por leerme. Besos y abrazos.



Vendedor en el Gran Bazar de Tabriz


2 comentarios:

  1. No sabía yo que los gañanes se daban cremita (Ssshhh, yo también pero nadie lo sabe hahahaaaa)

    Eres un crack amigo, un fuerte abrazo!

    - LULO

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    1. Los gañanes somos tipos duros, pero de piel sensible jajaja... Abrazaco, my friend!

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