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lunes, 18 de mayo de 2015

IRÁN: EL INICIO



La niebla sigue aquí, conmigo, impidiendo la visibilidad y mojando todo con su humedad. Salgo a las 6:30 de la mañana. Comienzo la jornada con un par de puertos de montaña, para alegrar el cuerpo. Tal y como me habían advertido, la carretera hasta la frontera iraní está en muy malas condiciones, y a pesar de que he salido temprano, si sigo a este ritmo, voy a llegar tarde. 

Hay tramos en los que la carretera desaparece por completo, convirtiéndose en una pista bacheada y embarrada que hacen el trayecto de lo más entretenido. Al final, me planto en el control armenio a las 9:30. Tres horas para recorrer 160 kilómetros de lo que, se supone, es una vía de tráfico internacional. ¡De traca!

Ya en el lado armenio me piden el Carnet de Passages. No lo llevo, y ya empiezan a ponerme caritas raras, pero como el marrón no es para ellos, me dejan continuar sin más complicaciones. 

Cruzo el típico puente fronterizo, lleno de alambradas y banderas de los dos países. Digo típico porque es muy común que la frontera la marque un río, como frontera natural, que se ha convertido en frontera política. Y al haber un río, pues tiene que haber un puente que lo cruce. No hay más.

Paso el control de pasaportes sin mayor problema, siendo atendido en 3 ventanillas diferentes, en un inglés más que correcto (algo que no me esperaba) y en unos 30 minutos tenía el correspondiente sello en mi documentación.

La moto iba a ser algo más complicado de justificar. Me vuelven a pedir el CDP. 
-No lo llevo, chaval. 
-¿Cómo? Si no hay CDP, no hay sello. 
-Ya, pero es que estoy esperando a mi colega Hossein, que se supone que tiene un truquillo con el que no es necesario el famoso documento amarillo. 
-Ya, y ¿quién es ese chaval iraní del que hablas? 
-Pues no lo sé muy bien. Lo conocí a través de Facebook, pero parece un tío legal, tiene cara de buena persona.
-¿Facebook?... Sabes que está prohibido en Irán, ¿verdad?
-Estooo... sí, perooo...
-Bueno, pues a ver si lo localizas, porque, de momento, estás más fuera que dentro
-Glups...

Se ha puesto serio y todo, el tío. Me deja pasar a una zona restringida, donde se supone que debería encontrar a Hossein, aunque la moto se queda al lado de su garita.

Después de mucho preguntar, no localizo a Hossein, pero sí a uno de sus empleados, que me comunica que no ha podido venir y que me espera en Urmia, en la casa donde se supone que voy a dormir hoy. Mientras tanto, el tío que parece que trabaja para Hossein es el que se va encargar de hacer todo el papeleo necesario para que pueda entrar con la moto en la famosa república. Me dice que tardará unas dos horas en tenerlo todo listo. Mientras tanto, me lleva a una especie de cantina, donde me dan de desayunar, y después me lleva a su oficina donde me muestra un sofá un tanto desvencijado donde puedo descansar mientras él trabaja.

Me han dejado traer la moto hasta la puerta de la oficina. Llama mucho la atención, y se acerca muchísima gente a curiosear. No están acostumbrados a ver una moto tan grande. En Irán sólo están permitidas motos de cilindrada menor o igual a 250 c.c. Incluso un hombre mayor entra en la oficina, y me da su tarjeta. Por señas, consigo entender que él vive en Teherán, y me da su teléfono para que le llame cuando llegue a la capital, y me invita a quedarme en su casa.

Había oído hablar mucho de la hospitalidad iraní, pero no te lo acabas de creer hasta que lo experimentas. Con este detalle, el mito empieza a hacerse realidad.

Tras las 2 horas indicadas, llega el empleado de Hossein y me dice que ya está, que vaya preparándome, que nos vamos a la barrera. Y 5 minutos después estoy rodando por tierras persas, libre como el viento, y exultante de alegría. ¡Ya estoy dentro! República Islámica de Irán. Tanto tiempo planeando esto, y ya estoy dentro ¡Yeeaaaahhh!

Lo primero que me llama la atención son las montañas. Me esperaba un puro desierto nada más cruzar la frontera, pero nada más lejos de la realidad. Paisaje montañoso y verde es lo que me encuentro. Como dice un amigo mío: ¡Qué atrevida es la ignorancia!

Parece que alguien se ha metido en apuros...
Voy dirección Urmia, donde vive Hossein, y donde me alojaré durante una o dos noches. Voy bastante cansado y hay veces que el sueño me ataca sin compasión, estando un par de veces a punto de salirme de la calzada. Es difícil encontrar un área de servicio de las que tenemos en Europa, con café y Red Bull si lo necesitas. Bueno, no es que sea difícil... es que es imposible, porque no existen. Olvídate de grandes cadenas internacionales en este país. Aquí son todo pequeños negocios regentados por sus pequeños comerciantes, y ahí es donde tienes que encontrar lo que buscas, desde comida y bebida, hasta recambios para la moto. El inglés no está muy extendido, pero el lenguaje de signos no falla en ningún sitio, si hay un poco de voluntad por ambas partes.

En cuanto paro a descansar o a beber agua, es cuestión de segundos el verme rodeado por 15 personas, todos con intención de curiosear, hacerse fotos conmigo y con la moto (sobre todo con la moto) y de albardarme a preguntas, aunque no consiga entender ni la décima parte de lo que me dicen. Ésto será la tónica general en los próximos días.

Llego a Urmia, y el GPS me lleva hasta la casa de Hossein. No tiene ningún tipo de cartel en la puerta, por lo que la primera vez paso de largo. Al volver sobre mis pasos, aparece el hermano pequeño de mi anfitrión. Ha oído el sonido de la moto y ha salido raudo y veloz a buscarme. Me abre la puerta y meto la moto en el patio. Ya estoy en casa. Hossein no está, pero parece que volverá en breve. Mientras, el pequeño del hogar me enseña todo. Una habitación sencilla, con una litera sin sábanas y un baño sin taza (típico de aquí) es lo que me corresponde, pero me siento como en el Ritz. No necesito nada más. Tengo espacio suficiente, cama, ducha caliente, wifi decente y la moto aparcada en lugar seguro. Perfecto.

Con Hossein, en el patio de su casa


Un rato después oigo ruido en el salón y llaman a la puerta. Es Hossein. Por fin nos conocemos en persona. Hemos chateado un montón de veces en los últimos meses, y ya parece que nos conocemos de toda la vida.  Es un chaval cercano y amable, que se preocupa de que tus primeros momentos en su país sean lo más placenteros posible. Nos vamos a cenar a un restaurante de un amigo suyo, que se encuentra un poco alejado, pero se supone que es frecuentado por locales, y la comida es fantástica. Pues nada, si me lo pones así, no me queda más remedio que hacerle caso al chaval.

Es un restaurante sencillo, pero me acogen como uno más. Me zampo uno de los mejores kebabs que me he comido en mi vida. Y mira que he comido unos cuantos. Sencillamente, espectacular. Siempre es aconsejable dejarse guiar por la gente del lugar. Este es el típico sitio que, de cualquier otra forma, no lo hubiera encontrado en mi vida, pero si alguien te lo aconseja, se convierte en una experiencia para los sentidos. O al menos para uno de ellos: el gusto.

Los amigos flipan un rato con la moto y el interrogatorio continúa, aunque son bastante respetuosos, y cuando llega la comida, nos dejan cenar con tranquilidad. Por supuesto, nada de cerveza. Se me hace un poco duro trabajarme semejante trozo de carne bebiendo una especie de yogur agrio, pero es lo que hay por estas tierras. Hubiera dado un dedo de cada mano por una cerveza bien fresquita...

De ahí, a la cama. Una vez más, estoy molido. Está siendo un viaje bastante exigente físicamente, debido a la mezcla de altos kilometrajes y clima adverso. Pero como tantas veces me dicen, sarna, con gusto,  no pica. Así que, a descansar, y mañana más. 

En Irán están prohibidas las motos de cilindrada superior a 250 cc. perooooo... hecha la ley, hecha la trampa. Hossein y sus amigos, pagando más dinero por la importación del vehículo, tienen motos gordas, siendo la mayor una Hayabusa 1300. Eso sí, están sin matricular y entiendo que tampoco tienen seguro ni ningún tipo de documentación. Además, sólo pueden salir a rodar los viernes (el equivalente a nuestro domingo) ya que la policía hace la vista gorda ese día y les deja tranquilos. 

Me despierto como nuevo. He dormido como un niño y tengo las baterías a tope. Anoche, Hossein me había propuesto salir a rodar con ellos por la mañana, pero con lo cansado que estaba, mi respuesta fue imprecisa, ya que no sabía si me iba a apetecer. 

Como siempre, tras una buena paliza a la almohada, se ven las cosas de una manera muy distinta, y la verdad es que me apetece rodar en grupo con todos estos iraníes. Puede ser toda una experiencia y no me lo puedo perder. Hay que aprovechar las oportunidades que surgen, ¿no? 

Así que durante el desayuno que prepara la madre del chaval, le confirmo que me voy con ellos de ruta y que me quedo un día más en su casa. El desayuno lo tomamos en el patio, sobre un somier que se convierte en mesa en cuestión de segundos, una vez que lo cubres con un mantel. En la mesa, los 3 hombres: Hossein, su padre y yo. El peque no sé dónde anda y la madre se retira dentro de la casa una vez que todo está en la mesa. No es algo a lo que yo esté acostumbrado, pero no digo ni mú. No quiero meter la pata el primer día. 

Al terminar empiezo a recoger la mesa. Me dicen que no me preocupe, que lo deje. Insisto en ayudar, por lo menos llevando los platos. Y aquí, al entrar en la cocina, sí que flipo en colores: me encuentro a la madre, sola, sentada sobre las baldosas de la cocina, frente a un plato medio vacío, tomando su desayuno. Se levanta a toda prisa y coge los platos que llevo en las manos. Me quedo un poco cortado, pero sigo sin decir nada. 

Me voy a mi habitación para vestirme de astronauta y reunirme con el grupo, que llegarán en breve. Al final nos juntamos 5 motos y 8 personas. Cuando voy a quitarle las maletas a la moto para ir más cómodo y ligero, Hossein me dice que no lo haga, para que se vea que soy extranjero, que así mola más...
Aquí parece que la costumbre al salir en grupo no es aprovechar las carreteras de montaña para curvear y disfrutar así de la conducción. Me doy cuenta que con lo que disfrutan aquí es con la velocidad pura y dura. Vas en grupo, sorteando coches a diestro y siniestro, sin ningún respeto por las normas que, por otra parte, nadie respeta de todas formas. Ni motos, ni peatones, ni coches. Cada uno hace lo que le sale de los cojones, básicamente.

Entonces, uno del grupo se descuelga, y al poco tiempo te mete una pasada a tope de revoluciones que te quita las pegatinas. Y así una y otra vez. Uno por la derecha, otro por la izquierda, y venga más... Yo no le veo mucho sentido, pero bueno, si se lo pasan bien... Yo me mantengo a una velocidad más o menos constante, convirtiéndome en el soso de la cuadrilla, pero, sinceramente, paso de hacer el tonto y acabar con mis huesos en el suelo, que no mola nada. Yo aquí he venido a observar, y me conformo con eso. Ya estoy un poco mayor para carreritas.

Mención aparte merece la equipación. Teniendo en cuenta que son motos potentes y circulamos bastante rápido, 2 de ellos van sin casco y la mayoría en camiseta. No me quiero imaginar las consecuencias de un accidente en semejantes condiciones. Está claro que no tienen la concienciación que tenemos en Europa, pero para mí es tan básico el ir protegido que no puedo dejar de mencionarlo.



Acabamos en un restaurante con un jardín enorme, donde nos sentamos sobre unas alfombras y piden unas tortillas con tomate frito, y unas cachimbas para fumar. Tienen muy buen ambiente y aunque no me entero de casi nada de lo que dicen, pasamos un buen rato al solete. En esta zona, como estamos cerca de las montañas, el calor no es excesivo, y se aguanta sin problemas, pero me advierten que me prepare cuando vaya más al sur, que el calor es sofocante. A ellos no les gusta, prefieren su clima más fresquito. Y yo creo que también.

A la vuelta nos despedimos desde las monturas, ya que ellos van a otra parte de la ciudad. Yo me voy con Hossein hacia casa, donde pasaré el resto del día descansando tranquilamente, escribiendo y organizando fotos y vídeos, que si no luego el trabajo se acumula y es un jaleo.

Antes de acostarme, me despido de la familia, porque al día siguiente saldré temprano y no quiero despertar al personal. Hossein me dice que él sí se levantará para despedirme. No hace ninguna falta, pero es inútil insistir, ya me voy dando cuenta. El concepto de hospitalidad que tienen aquí no es el mismo que el nuestro. Estamos a años luz en ese sentido.

Me levanto antes de las 6 de la mañana. Desayuno frugal, despedida y en marcha. La intención es llegar a Isfahan, y eso significa que tengo 1000 kms por delante, lo justo para entretenerme el resto del día. Hace fresquete, algo con lo que no contaba, pero aguanto sin parar a abrigarme. Está completamente despejado y seguro que enseguida empieza a subir la temperatura. El paisaje es muy montañoso, algo con lo que tampoco contaba. Además, se mantiene durante bastantes kilómetros. Yo me esperaba un desierto enorme y lo que me estoy encontrando es todo lo contrario.

Voy conduciendo, y unos metros más adelante, veo a un señor mayor acercándose al borde de la carretera. Cuando pasa el primer coche, el señor hace un pequeño gesto y el coche para automáticamente, se monta en él y el conductor continúa su marcha. Me da la impresión de que esa es la forma que tienen de viajar de un pueblo a otro. Ese señor ha tardado algo así como tres segundos en encontrar a alguien que le llevara, así que esto resulta muchísimo mejor que cualquiera de nuestros autobuses urbanos, ¿no te parece?

Poco a poco, el paisaje, definitivamente, va cambiando y se aproxima más a lo esperado. La temperatura también ha subido, sin llegar a ser sofocante.

La entrada en Isfahan es un caos. Tráfico denso, aunque no excesivamente agresivo. A pesar de que cada uno maniobra según le viene en gana, da la impresión de que la gente se lo toma con cierta calma, y aunque el sonido del claxon es una constante, tampoco agobia en exceso. Es un caos ordenado. Da la sensación de que siguen otras normas, no las que yo conozco. Eso hace que tengas que conducir en modo defensivo, porque las maniobras no te las esperas, así que hay que andar pendiente de las intenciones del vehículo que te precede. Pero repito que me esperaba algo peor. Ciertamente, he conducido en sitios más estresantes...

Llego al hotel Totia, uno de los varios que aparecen en una lista de hoteles recomendados  que me ha dado Hossein. Es el más barato de esa lista, aunque pago 25 euros por la habitación, que no es precisamente barato para este país. La intención es quedarme 2 noches. Mi sorpresa viene cuando me llevan a la habitación y compruebo que está en el sótano, y no tiene ventanas. Amplia pero sin ventanas. No es que sufra de claustrofobia ni nada de eso, pero vaya, que me gusta saber qué ropa me tengo que poner antes de salir a la calle. Vuelvo a la recepción y le digo a ver qué clase de broma es esta. No me jodas, chaval, eso es un agujero, y por ese precio creo que merezco algo mejor. Tras un buen rato intentando que me cambien de habitación, y con el recepcionista insistiendo en que no tienen otra, pero que si no me convence, me devuelven el dinero, accedo a quedarme con la condición de que me den otra habitación al día siguiente. Consigo que el tío me dé su palabra de que así será. Al final accedo a quedarme en ese zulo, principalmente porque he madrugado, he conducido durante mil kilómetros, es tarde y creo que no es el momento de empaquetar todo de nuevo y ponerme a buscar alojamiento. Mañana será otro día.

Puente Si-o-se Pol
Me doy una ducha y salgo a cenar, que algo habrá que echar al estómago, digo yo. Después me doy un pequeño garbeo para ver algo de la ciudad e ir cogiéndole la medida. Acabo llegando al puente Si-o-se Pol y me quedo maravillado. Absolutamente espectacular. Hace rato que se ha hecho de noche y me encuentro el puente perfectamente iluminado y con cientos de personas paseando por el mismo puente o por los parques aledaños. Por lo visto, es muy típico pasear en familia por esta zona cuando cae la noche y el calor da una tregua. Veo muchos grupos sentados alrededor de un mantel haciendo un picnic, pero a todo lujo, con todo tipo de cuberterías, platos, vasos, termos, tuppers, etc, etc... ¡¡Menudo montaje!! Posteriormente, veré esto a lo largo y ancho del país. Aprovechan cualquier sitio y circunstancia para sacar el mantel de flores, montar la tienda de campaña, y en cuestión de minutos, tienen el fiestón organizado. Y no te creas que nadie te mira mal por hacer eso en cualquier sitio de cualquier parque. Es algo absolutamente normal y aceptado, por lo que a nadie le va a extrañar. ¡Me gusta este estilo!

Después de un buen rato pajareando por ahí, se hace hora de ir a descansar. El hotel está bastante bien situado y llego enseguida. Me meto en mi cueva particular y me quedo dormido en segundos. Ventajas de estar agotado.

Al levantarme, antes de ir a desayunar, me paso por la recepción. Voy a seguir dando el coñazo hasta que me cambien de habitación. Sólo quiero una ventana, coño. Lo demás me da igual, pero qué menos que una ventana. No me gusta estar encerrado. Y eso que la noche no ha sido mala, he dormido bastante bien y no ha sido para tanto... pero quiero mi ventana!

Afortunadamente, no me ponen ninguna pega, y aunque el recepcionista de ayer no está trabajando, parece que ha cumplido su palabra y ha dejado bien claro que me cambien de habitación en cuanto puedan. Ya me voy a desayunar más tranquilo. ¡Ahora os vais a enterar de lo que come un navarro!

Después me trasladan al tercer piso. La habitación es exactamente igual que la anterior, con la misma configuración, con la pequeña diferencia de que tiene la ansiada ventana. Ahora sí, ya estoy instalado, relajado, y preparado para patear la ciudad de Isfahan como se merece. Al final, soy un tío muy básico (bueno, como todos) y con que me des una cama, algo de comida y una ventana, soy feliz. Bueno, y ya si me das una moto, pues mejor...


Palacio de Chehel Sotun
Hoy toca ponerse en modo turistlander, y pasear con la cámara colgando del cuello, cual japonés con una semana de vacaciones al año. Visito el palacio y los jardines de Chehel Sotun (150.000 rials la entrada. Al cambio, 3 euros y pico) Hablando de cambio de dinero, me sorprende que la tasa oficial de cambio que aparece en internet es más desfavorable que la que te encuentras en la calle. Siempre que te acercas a un sitio medianamente turístico, hay un montón de personas que te abordan para ver si quieres cambiar. Un poco de negociación y la transacción se realiza sin más problemas. Si planeas venir a este país, tienes que tener en cuenta que las tarjetas occidentales no funcionan ni en los cajeros ni en las tiendas. He leído por ahí que sí funcionan en algunos hoteles de 5 estrellas, pero como yo no frecuento, pues toca tirar de cash, así que tenedlo en cuenta. Los billeticos en el bolsillo. Se hace un poco extraño llevar unos cuantos millones encima, pero enseguida te acostumbras a pagar en cientos de miles. 

Después de ver el palacio, me dirijo a la plaza de Naqsh-e-Jahan, en pleno centro, siendo una de las plazas más grandes del mundo y flanqueada por una serie de monumentos que quitan el hipo: al este, la mezquita Sheikh Lotf Allah. Al oeste, el palacio de Ali Qapu. Al sur, la mezquita del Iman (que me la encuentro en plena restauración y no la puedo disfrutar en todo su esplendor) y al norte, la puerta Qasarieh, que da acceso al Gran Bazar.



Mezquita Sheikh Lotf Allah
Rodeando la plaza, a cubierto, hay unos pasillos y pasadizos donde puedes encontrar todo tipo de tiendecillas, desde joyas, souvenirs, artesanía, hasta tiendas de alimentación, restaurantes, teterías, etc. Interesante. El bazar es inmenso y te puedes perder durante horas, si lo deseas. Si te pierdes sin desearlo, puede no ser una experiencia muy agradable. A mí, al final, me costó encontrar la salida. Y eso que yo sí quería perderme.

Negocio el precio de un montón de fruta y vuelvo a la plaza, donde hay mucha gente tumbada en la hierba, en las pocas sombras que hay a esta hora, ya que el sol está muy alto. Busco un sitio tranquilo y le doy caña al arsenal que acabo de comprar. Hace mucho calor, incluso a la sombra.


Baños públicos
Entro a unos baños para aliviarme y asearme un poco, y hay un paisano lavándose los pies, sentado en un taburete. Inicia una conversación en perfecto inglés mientras él termina con sus pies y yo me lavo la cara y las manos. Se disculpa por el estado de los baños y como todo el mundo por aquí, me da la bienvenida a su país, deseándome una bonita estancia. Si no es porque ya estoy alojado en el hotel, acabo durmiendo en su casa. Seguro. Esta gente es la leche. Entablas una conversación de 5 minutos, y ya te están invitando a comer y a dormir. ¡Mola! 


Mezquita del Imán, al atardecer
Las mujeres van tapadas, al igual que en el resto del país, aunque noto que aquí se dejan intuir ciertas curvas (aunque el trasero siempre tapado), van más maquilladas, con las uñas hechas e incluso te mantienen la mirada, cosas que no he visto en otros sitios. Supongo que al ser una ciudad turística, al final se nota cierta apertura a Occidente, aunque ya os digo que son matices, nada de estridencias, que aquí estas cosas se las toman muy en serio.

Conforme cae la tarde empiezan a funcionar las fuentes, para refrescar el ambiente. Hay un montón de ellas. También hay pequeños canales por donde circula el agua al borde de las aceras y jardines. Se agradece mucho el fresquito que proporcionan tras varias horas con un calor sofocante.


Vuelvo hacia el río, al igual que el día anterior. Quiero volver a ver los puentes. Son espectaculares, y por la noche es algo que ningún visitante se debería perder. Hay dos de ellos que son imprescindibles: el puente Si-o-se Pol, con sus 33 arcos, y el puente Khaju, considerado uno de los más bellos del mundo. Sencillamente, una obligación. Tengo a la cámara contenta. Y al dueño, más contento. Disfruto mucho de estos momentos. Ya os dije que soy un tío sencillo. O simple. O básico. Lo que queráis.


Después de dos días parado, al tercero toca moverse, y ya que estamos, vamos a darle un buen paseo a la moto. Antes de las 8:00 ya estoy en la carretera. Como siempre que paro en una gasolinera, soy recibido como un famosillo de tres al cuarto. Se acerca todo pichichi y me cosen a preguntas, aunque no entienda un carajo de lo que me dicen. Es suficiente con asentir o contestar en castellano, y se quedan tan contentos. Amabilidad hasta el extremo, que incluso, a veces, llega a agobiar un poquillo, ya que nuestra cultura no es así, y no estamos acostumbrados a estos niveles de atención.

Hoy voy hacia el suroeste, con dirección a Busher. No tengo ni idea de lo que hay en esa ciudad. No me interesa. Sólo tengo un objetivo: llegar a orillas del Golfo Pérsico.

Lo que no me imaginaba es que iba a ser tan duro. La carretera comienza a ascender, poco a poco, hasta llegar a una cadena montañosa bastante potente. No os creáis que aquí es como en el norte. Esto es un auténtico secarral, y no hay ni rastro del color verde. Aquí todo es marrón, naranja, caqui... Como quieras. Nunca se me han dado bien los colores. Pero sí las temperaturas, y el mercurio empieza a subir y subir. Alcanzo los 45 grados centígrados, subiendo desde los 35, en tan sólo unos kilómetros. Cuesta respirar. el mar está más cerca y la humedad es muy alta, incrementando la sensación térmica. La visera tengo que llevarla bajada, porque a pesar de ir cocido dentro del casco, si la levanto es aún peor. Es como si te pusieran un secador de pelo enfrente, que te quema la piel de los pómulos sin consuelo. Llevo dos botellas de agua enganchadas atrás, y cada vez que paro a beber es como si fuera té recién hecho. Nunca había bebido agua tan caliente. Es asqueroso, pero tengo que hacerlo si no quiero tener problemas de hidratación. Estas condiciones climatológicas te hacen sudar como un pollo.


A orillas del Golfo Pérsico, feliz...
Al final, llego al destino programado con una sudada encima de lo más interesante. Hago las fotos de rigor, sin entretenerme demasiado, y salgo cagando leches de allí. Me cuesta incluso respirar. No me puedo imaginar estar aquí en agosto. Tiene que ser el Infierno en la Tierra, o algo muy parecido. Pero me voy con una gran sonrisa dentro del casco. Para mí era importante llegar hasta aquí sobre la moto, era un objetivo marcado en el mapa, y aunque no sea el más espectacular, tiene cierto valor sentimental. El caso es que me apetecía, y aunque ha sido duro, a mí me compensa. Creo que es suficiente con eso, ¿no?

Próximo destino: Shiraz y Persépolis. Eso ya, lo dejaremos para la próxima crónica, que creo que con el ladrillo éste, es suficiente por hoy.

Gracias por leerme. Besos y abrazos...


Plaza de Naqsh-e-Jahan, con la mezquita del Imán al fondo, y a la izquierda la mezquita Sheikh Lotf Allah


10 comentarios:

  1. Tío sencillo, simple o básico... me ha encantado!

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  2. La última vez que un gañan estuvo en el Golfo Pérsico hubo una guerra...

    ... gracias amigo por hacernos viajar por la lejana Persia.

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    1. Los tiempos han cambiado, aunque no tanto... Y ahí está otro gañán para coger el testigo jajaja

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    2. Los tiempos han cambiado, aunque no tanto... Y ahí está otro gañán para coger el testigo jajaja

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  3. Me encantaaaaa!
    Joder, yo quiero iiiiiiiiiir!
    Muchas gracias por compartir con nosotros estas vivencias. Pero eres un mamón, me pones los dientes largos!!!
    Un abrazo!

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    1. Pues para limar los dientes, ya sabes lo que hay que hacer: llenas el depósito y pa'lante!! jajaja
      Gracias por leerme. Abrazo

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  4. Que buena cronica Aitor. Lo narras que parece chupado el estar por esos lares. ;-)

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    1. Y es que está chupado 😉 Sólo hay que decidirse y lo demás viene rodado, nunca mejor dicho... Abrazo

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