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domingo, 31 de mayo de 2015

TURQUÍA SIEMPRE SERÁ TURQUÍA


Una vez superado el agujero de la frontera, esta vez sí que noto la diferencia entre los dos países. En su momento os dije que no me parecía para tanto el "atraso" de Irán en cuanto a infraestructuras, pero creo que mi percepción estaba un poco pervertida porque hay que tener en cuenta que accedí al país islámico desde Armenia, que es un país bastante más pobre que Turquía, y eso hizo que no me llamara tanto la atención el contraste. 

Pero ahora, paso de Irán a Turquía directamente, y lo cierto es que sí se nota diferencia: las carreteras son iguales o incluso peores en Turquía (hay que tener en cuenta que estamos en pleno kurdistán), pero el resto de servicios son mucho mejores. Las gasolineras son otro mundo; aquí son áreas de servicio idénticas a las que estamos acostumbrados en Europa, con el mismo tipo de surtidores, tienda con todo tipo de bebidas y sandwiches, baños decentes, etc. Las ciudades son más parecidas a lo que vemos nosotros en el día a día, con lo bueno y con lo malo que eso conlleva, por supuesto.

Lo cierto es que te acostumbras a todo, y llega un momento en que no echas de menos prácticamente nada (bueno, el jamón serrano sí que lo extrañas un poquillo), pero conforme vas volviendo a la civilización te vas dando cuenta de las comodidades de las que disfrutamos en Occidente, y que las asumimos con total normalidad, sin darnos cuenta de la suerte que tenemos sólo por haber nacido en lo que nosotros entendemos como primer mundo.

Tomo dirección norte hacia Van, para después seguir hacia Dogubayazit, donde tengo la intención de hacer mi tercera visita a la diosa Ararat. Ya sé que soy un poco tozudo, pero no me quiero ir de aquí sin llevarme unas fotos decentes del lugar donde se supone que atracó el arca de Noé después del Diluvio Universal. En las dos ocasiones anteriores, la diosa no estuvo muy generosa, y se negó a dejarme ver la cima de la montaña. A ver si hoy la pillo de mejor humor.

Como os he dicho antes, estoy atravesando el kurdistán, y los controles militares son habituales. No me prestan mucha atención. Como mucho me piden el pasaporte, pero me dejan continuar sin más complicación. La ventaja es que no hay policía, y por lo tanto, tampoco hay controles de velocidad, así que me permito alguna pequeña licencia, y le retuerzo la oreja a la moto un poco más de la cuenta.

Tras recorrer los 400 kilómetros que me separaban de Dogubayazit, empiezo a divisar las faldas de la montaña. Digo las faldas porque a pesar de ser un monstruo de más de 5000 metros de altitud, no os la vais a creer, pero está completamente encapotado y amenaza lluvia. No puedo evitar que la mala leche se apodere de mí. No puede ser que esté nublado en mis tres visitas a la jodida montañita. Con la moral un poco baja, continúo la ruta. Parece que no voy a tener suerte tampoco esta vez.


Pero mira por donde, la diosa Ararat me enseña, una vez más, que nunca hay que tirar la toalla.

Cuando estoy a unos pocos kilómetros de mi destino, empiezo a ver cómo, por arte de magia, las nubes se van retirando y dejan pasar esos primeros rayos de sol que hacen que la nieve que cubre la cima brille como una bombilla gigantesca. No puedo expresar con palabras el subidón que siento por dentro. 
Rápidamente me meto por una pista para acercarme un poco más. Tengo que aprovechar el tiempo, porque lo mismo que el cielo se ha abierto, se puede cerrar con la misma rapidez, así que no quiero tentar a la suerte.

Paro la moto y saco todas las cámaras que llevo encima, que son unas cuantas. Realizo la sesión fotográfica más rápida de la historia, y en cuestión de 5 minutos estoy listo. Aún parece que tengo algo de crédito, y las nubes se mantienen respetuosamente a un lado, permitiéndome que siga dándole gusto al dedo durante unos momentos más. 

Unos minutos después, poco a poco, las nubes empiezan a hacer su aparición y en unos instantes cubren la cima de nuevo. La generosidad de la diosa ha llegado a su fin, y llega el momento de continuar la ruta. 




Ahora me dirijo hacia el Oeste, dirección que ya no dejaré hasta llegar a casa. Es lo que tiene la vuelta. La intención es llegar a Erzurum, pero la cosa no va a ser tan sencilla, y una vez más en este viaje (y ya van unas cuantas) empieza a llover. No te creas que se trata de una lluvia fina y refrescante, no. Muy acorde con el lugar donde me encuentro, cae el nuevo diluvio, y me pilla a mí debajo. Son casi 300 kilómetros los que me separan de mi destino de hoy, y los recorro bajo una cortina de agua. 

Nunca me había mojado tanto en un mismo viaje. Es verdad que cuando viajas en moto, sabes a lo que te expones, y las inclemencias del tiempo es algo que está ahí, y contra lo que no se puede luchar, pero cuando pasas de la lluvia y el frío al calor extremo, y luego, vuelta a la lluvia y el frío, sin tener ni un día de tranquilidad y descanso, al final la moral y las fuerzas van flaqueando.

Tras una buena ducha y vestido con ropa de ser humano, siempre se ven las cosas de otra manera, y ya cuando llegas al restaurante de turno para saciar tus instintos más primarios y ves un frigorífico lleno con todo tipo de cervezas, ahí ya se te olvidan todas las penurias anteriores y la sonrisa vuelve a tu rostro.

Al volver hacia el hostal, sobre una acera, veo aparcada una GS con matrícula argentina. Permanezco por ahí durante un rato con la esperanza de encontrar a su dueño. Siento curiosidad por ver quién es el viajero en cuestión y qué ruta ha seguido para llegar hasta aquí desde la lejana Argentina. Y también me apetece charlar un poquito en castellano, para qué negarlo.

Tras un rato allí, y en vista de que siendo la hora que es, seguramente el dueño de la moto esté en su habitación descansando, yo hago lo propio y me voy a la mía. Pero como último intento, cuelgo la foto en Facebook para ver si alguien de mis contactos, por casualidad, conoce esa moto.


Y como esto de la globalización se nos está yendo de las manos, en cuestión de 5 minutos, entre unos y otros, hemos conseguido averiguar quién es. Se trata de Leandro, un viajero argentino que está dando la vuelta al mundo. Le escribo un mensaje para ver si le apetece que nos veamos antes de partir a la mañana siguiente, y sin esperar respuesta, me zambullo en la cama, para lamer mis heridas y descansar unas horas, que me hace falta.

A la mañana siguiente, mientras desayuno, reviso mis mensajes para ver si hay respuesta, pero veo que el mensaje no ha sido abierto todavía, así que deduzco que el compi argentino se debe estar pegando la camada del siglo. Yo debo partir, y no puedo esperar más, así que tras empaquetar todo una vez más, arranco y me voy, pasando por el lugar donde vi la moto anoche, comprobando que sigue ahí. Una pena. Otra vez será.

Hoy la intención es volver a la Capadoccia. Ya estuve allí en el camino de ida, y desde entonces sigo en contacto con Tolga, el guía turístico que conocí y con el que junto a Mehli, pasamos una noche mágica, durmiendo en nuestras tiendas de campaña, en ese inolvidable paraje. Lleva insistiendo varios días para que me pase por Çavusin, cerca de Goreme, y me quede a dormir en su casa. Mi plan inicial era cruzar Turquía por el Norte, pero ya que me ofrecen alojamiento gratuito y que nunca está de más una nueva visita a la Capadoccia, decidí cambiar de planes, que para eso están... para cambiarlos.

Hago una paradita técnica en Erzincan, para repostar y comer algo, y veo que Leandro me ha contestado. Viaja en la misma dirección que yo, pero su ritmo es más lento. En una vuelta al mundo tampoco hay necesidad de correr. Me gustaría poder esperarlo, pero mis circunstancias son otras, y yo tengo las fechas más ajustadas y no puedo bajar el ritmo. Acordamos en vernos cuando su ruta le lleve por España, allá por Octubre. Casi nada. Todo el verano para recorrer Europa. ¡Quién pudiera!

Una cosa que he notado, y que me produce cierto alivio, es que aquí, la moto no llama tanto la atención, y puedo parar en cualquier sitio tranquilamente sin miedo a que hordas de gente se tiren sobre mí para coserme a preguntas y hacerse fotos. En Turquía es todo mucho más normal. Siempre hay algún curioso, pero entra dentro de lo agradable, porque en ningún momento me siento avasallado, cosa que sí ocurría en Irán. Al final, creo que Turquía, y siempre según mi experiencia, se va a llevar el título de país más agradable y recomendable para recorrerlo en moto, de todos los que yo conozco, y no me cansaré de recomendarlo. Es una mezcla perfecta de orden y caos, buena gente, carreteras aceptables, rutas off road, sitios espectaculares y buen clima (aunque esta vez me ha fallado un poco esto último) que lo convierten en un auténtico paraíso para todo aquel que le vaya este rollo del moto-viaje. Si tienes oportunidad, ni lo dudes: date una vuelta por aquí, y no te arrepentirás. Te lo garantizo. 

Sigo mi camino, y por supuesto, antes de llegar a mi destino de hoy, me toca mi sesión diaria de agua. Ya ni lo pienso. En cuanto veo unas nubes un poco amenazantes, paro tranquilamente en algún lugar retirado, me visto como el capitán Pescanova con todos sus impermeables y a la carretera de nuevo. Y ya puede caer lo que quiera, mientras sea líquido.

Afortunadamente, los últimos kilómetros antes de llegar a Çavusin los hago bajo un cielo despejado y un sol de justicia, que se agradece mucho, después de unos cientos de kilómetros de penurias, y que me permiten admirar el paisaje de la manera que se merece un lugar como este.

Nada más entrar en el pueblo me cruzo con Tolga, que me dice que va a Uçhisar, al restaurante de unos amigos, de visita. Por supuesto, yo también estoy invitado, así que le sigo sin dudar.


Vistas desde el restaurante, con el castillo de Uçhisar al fondo
El restaurante es, lógicamente, un hervidero de turistas, pero nos sientan en una mesa un poco retirada de todo el bullicio, donde está el dueño del garito con unos cuanto amigos. No se trata de una cena propiamente dicho, es más bien una quedada de varios amigos que se juntan a charlar y a beber unos tés. Pero al ver que vengo de ruta, el dueño, sin preguntar y asumiendo que estoy cansado y hambriento, manda a uno de sus camareros que me saque algo de comida. A estas alturas de la película, ya ni siquiera me esfuerzo en intentar rechazar el ofrecimiento, más que nada porque sé que es inútil. Así que, simplemente, me dedico a comer y a escuchar. El dueño habla castellano bastante bien. Estuvo en Madrid durante 4 meses hace ya unos años, pero le dio tiempo para aprender nuestro idioma, adquiriendo un nivel más que aceptable. La charla es animada e interesante. Da gusto tratar con gente así, te hacen sentir como en casa. O casi.

Cuando ya es bien entrada la noche, la reunión de amigos toca a su fin, y nos ponemos en movimiento. Sigo a Tolga hasta su casa, donde me ha preparado una pequeña cama en el salón, pero antes de ir a visitar a Morfeo, nos echamos una cerveza más en la terracita, con una temperatura espectacular, y la tranquilidad propia de un pueblecito capadócico. Me cuenta un poco más de su vida, y yo le cuento de la mía, bajo la atenta mirada de su nuevo compañero: Karavach, un perro pastor enorme, con una impresionante musculatura, pero que luego resulta ser un pedazo de pan.

Amanece nublado. Siguiendo con la tónica de este viaje, me da la impresión de que, un día más, me voy a mojar. He perdido la cuenta de los metros cúbicos de agua que me han caído encima, pero os aseguro que son muchos.

Hoy llego a Estambul, una de esas ciudades que con sólo mencionarla, me recorre un agradable escalofrío por toda la espalda. Siempre es emocionante volver a la puerta de Asia, aunque esta vez sea de salida.

Son unos 750 kilómetros los que tengo que recorrer hoy. No sería mayor problema si no fuera por la suerte tan bárbara que estoy teniendo con el clima. Sí, chavales, sí, me vuelve a llover. No quiero parecer un llorón, pero es que cuando esto se repite día tras día, y no te apetece ni parar a hacer fotos, y vas tenso encima de la moto porque la carretera es una pista de patinaje, y el agua te acaba calando (porque al final, cala, y el que diga que no, o no le ha llovido mucho o miente) y sólo piensas en hacer kilómetros, cueste lo que cueste... Pues al final no es lo mismo. Esa misma experiencia, a 25 grados y con un sol radiante, se convierte en maravillosa, pero no es el caso, así que toca apretar los dientes y conducir con cuidado para evitar cualquier tipo de incidente.

La entrada a Estambul bajo una cortina de agua es de lo más entretenida. La lluvia torrencial se suma a la ya muy caótica manera de conducir de esta gente. Como suelo hacer en estos casos, me coloco a rebufo de algún aguerrido motero local que me encuentro por el camino, y me pego a su culo los kilómetros que compartimos ruta. Donde fueres, haz lo que vieres. Y qué mejor manera de aprender a conducir en esta ciudad que con alguien que lo hace a diario. Voy cogiendo y dejando moteros que me abren camino, pero con cuidado, ya que hay veces que se meten en sitios en los que yo no quepo, teniendo en cuenta que la envergadura de mi máquina es bastante mayor que la mayoría de motos que se ven por aquí.

Al final, llego al Kuzgun Motor Adventures sin mayores contratiempos, y allí me encuentro a Taylan, el mecánico, que no habla nada de inglés pero que tampoco le hace falta. El lenguaje de signos no falla. Me da la llave del sitio que va a ser mi alojamiento durante las dos próximas noches, y en el que estuve hace dos años. Grandes recuerdos de aquel viaje vienen constantemente a mi cabeza. Taylan me pasa el teléfono: Mehmet está al otro lado. Es el jefe del garito. Dice que no podrá acercarse esta noche, pero que mañana por la mañana desayunamos juntos y nos ponemos al día.

El amanecer desde mi cama en el Kuzgun
El Kuzgun no es ni la sombra de lo que era hace tan sólo dos años. Está completamente desmantelado, sucio y descuidado. No sé qué es lo que ha podido pasar, y Taylan tampoco es capaz de explicarme. Sólo me dice "problems, problems". Y me lo creo. No es que antes fuera el Ritz, pero estaba limpio, tenía un par de habitaciones con unos sofás, la cocina era aceptable... pero es que ahora está que se cae a trozos. Los tabiques de las habitaciones han desaparecido, hay un remolque de motos en el medio, una moto averiada en un rincón, 3 dedos de polvo por todas partes, y del baño y la cocina mejor no hablar. Con lo que parece una escoba que encuentro por ahí tirada, barro un pequeño rinconcillo y con un trapo limpio un par de estanterías que se convertirán en mis armarios durante mi estancia aquí. Extiendo el saco y la esterilla y ya tengo mi pequeño hogar en marcha.



Es muy cutre, pero es barato. Bueno, más bien, es gratis, así que tampoco tengo derecho a quejarme. Esta gente es super amable y las dos veces que he estado aquí se han portado conmigo como si fuéramos amigos de toda la vida. Y eso se agradece mucho.

Compro comida y cerveza en el super que hay enfrente y me preparo una cena de lo más aparente con la ayuda del hornillo. Entre otras cosas, preparo unas judías verdes que me saben a gloria. Ya sé que no es ningún manjar, pero hace varias semanas que no pruebo las verduras, y me apetecía un montón. Y con la ayuda de las cervecitas, poco después me retiro al catre, donde caigo rendido y me quedo dormido como un lirón.

Por la mañana, Taylan se encarga de ponerme la moto a punto, que ya le tocaba una revisión. El tío sólo quería cobrarme los repuestos, y tengo que insistir para pagar la mano de obra. Aquí van a otro ritmo, y el tiempo no se valora como lo hacemos nosotros. Se paga por los materiales, pero el trabajo no lo cobran al mismo nivel que se hace en Europa. Y no te creas que son fáciles de convencer. Tiene cojones que haya que insistir para pagar más dinero. Igualito que en España.

Con Taylan en el Kuzgun
Luego llega Mehmet, con un desayuno que parece una boda. Charlamos un buen rato y me cuenta que hay un proyecto urbanístico que debería haber comenzado ya, pero por no sé qué trámites burocráticos se está retrasando más de la cuenta, y encima, ahora, es período electoral, así que no tienen muchas esperanzas de que eso vaya a arrancar a corto plazo. Por lo visto, les obligaron a desmantelar todos los locales de esa zona, para después quedarse todo en agua de borrajas. Y esa es la razón por la que el motoclub se encuentra en un estado tan lamentable. Se disculpa en repetidas ocasiones, pero le digo que no hay nada de qué disculparse. Ellos me ofrecen lo que tienen y yo lo acepto encantado y agradecido.

Hoy toca perderse por la gran urbe. Con la moto recién terminada, agarro mis artilugios y me voy hacia el centro, donde tengo la intención de pasar el día completo, cámara en mano y sin rumbo fijo, perdiéndome por las calles, bazares y mezquitas que hay a lo largo y ancho de esta fantástica ciudad. A pesar del intenso tráfico, el hecho de ir en moto siempre facilita mucho las cosas y te mueves con bastante facilidad de un sitio a otro. El tiempo se pasa volando, y para cuando me quiero dar cuenta, ya es la hora de cenar, de hacer las últimas fotos nocturnas de Santa Sofía, y volver al hogar.



Por la mañana...
...y por la noche.



Al día siguiente toca despedida. Una vez más. Es lo "malo" que tiene esto de viajar. Aunque por contra, sé que tengo un sitio al que volver, pase lo que pase. Después de cargar la moto y desayunar con mis amiguetes turcos, nos damos un fuerte abrazo y llega el momento de darle caña al asfalto de nuevo. Insisto en que éste país bien merece una visita, cuanto más larga, mejor. La hospitalidad de esta gente es algo fuera de serie. Os lo garantizo.

Me salto los últimos peajes antes de llegar a la frontera, para no perder la tradición, y llego a Bulgaria. Los trámites fronterizos no tienen ninguna dificultad y todo va rápido y sin problemas. Noto que la carretera empeora ostensiblemente, y cuando enfilo una nacional hacia Rila, dejando la autopista, eso se convierte en un campo de minas y hay que ir con sumo cuidado si tienes algún tipo de aprecio a tus llantas. Hay que decir que, posteriormente, más al norte, la cosa mejora y la calidad del asfalto es buena, no os penséis que esto es un país tercermundista, porque no es así.

Hoy, el destino es Rila, un pueblecito a unos 100 kilómetros de Sofía, desde el que se accede al monasterio del mismo nombre, y donde dormí hace dos años, en el mismo viaje que también me llevó a Turquía. Pero esta vez no voy al monasterio. Voy al mismo pueblo. Allí vive Vladimir, un búlgaro que vivió junto a su familia en Pamplona, mi ciudad, durante más de 8 años, y nos conocimos a través de Facebook el año pasado. Cuando supo que mi ruta pasaba cerca de su casa, ha estado pendiente de mi posición a lo largo de todo el viaje, insistiendo en repetidas ocasiones para que pasara a hacerle una visita.

Y aquí me encuentro, en su pueblo, rodeado por montañas, y recordando viejos tiempos. Su negocio es fácilmente identificable, ya que está en la carretera principal que atraviesa el pueblo en su camino al monasterio y, además, tiene una gran bandera española colgando de un mástil en la fachada del edificio. Vamos, que no tiene pérdida. Si alguna vez pasas por allí, no dudes en parar y hacerles una visita porque son unas personas espectaculares. 

Tienen un pequeño supermercado, en el que puedes encontrar de todo, y al que acude medio pueblo a hacer la compra. En el tiempo que estoy yo presente, no paran de entrar clientes, cosa que me sorprende, ya que el pueblo es relativamente pequeño, pero parece que les va bien la cosa. En la parte de arriba están construyendo un hotelillo, y en el sótano, un restaurante de comida típica búlgara. Creen que para Navidad el restaurante estará funcionando. Pinta muy bien el sitio, la verdad.

En una de las columnas frente a la entrada tienen colgando un gran escudo de Pamplona hecho en madera, recuerdo de su vida en mi pequeña ciudad. Es toda una sorpresa encontrármelo allí, colgando entre todo tipo de productos búlgaros.

Después de un buen rato de charleta en la puerta de la tienda, Vladimir me lleva a su casa, donde conozco a su mujer y a su hijo, me dice donde está mi habitación y el baño, y me deja un rato para que me asee y descanse. Después de varios días sin disponer de un baño en condiciones, esta ducha me sabe a gloria, ni más ni menos.

Más tarde, llega el momento de sentarnos alrededor de la mesa, para degustar una copiosa cena y beber unas Kamenitzas (cervezacas de medio litro que te quitan el hipo). Por allí pasa un montón de gente y también conozco a su hermano, sus sobrinos, su cuñada... Casi todos han vivido en Pamplona bastantes años, y me llena de orgullo cuando me dicen que estarán eternamente agradecidos por el  modo en el que fueron tratados allí, donde hicieron un montón de amigos. 

Con Vladimir y su hermano Lyubo, en la puerta de su negocio
Vladimir está convencido que me quedo allí un par de días, por lo menos. Pero se lleva una pequeña decepción cuando le digo que tengo que marchar al día siguiente. Tienen una fiesta de cumpleaños, y no acepta un no por respuesta. "Tú mañana te quedas" me dice. Pero no puede ser. Mañana es sábado y el domingo tengo que estar en Budapest, porque Elma, mi chica, está allí pasando el fin de semana con sus amigas. El plan es juntarnos en la capital húngara el domingo y volver juntos a casa en moto. Si me quedo el sábado en Rila, no llego el domingo al mediodía a Budapest ni en broma, así que no me queda más remedio que, educadamente, rechazar la oferta de mi amigo búlgaro. Me jode bastante, porque he conectado muy bien con él, y nos hemos echado unas buenas risas juntos.  
                                               
Por la noche, en un momento dado, tengo la necesidad de ir al baño, y después del "acto", al salir, me encuentro a Vladimir que estaba como yo. Le advierto que no le conviene entrar ahí dentro si tiene el mínimo aprecio a su vida. Pero esta gente es dura, y me dice, con toda la guasa: "No te preocupes, voy a hacer una contraoferta". Humor búlgaro. 


Al día siguiente vuelta a la rutina. Empaquetar, cargar, desayunar, despedida y a la carretera. Allá donde estés, Vladimir, un fuerte abrazo para ti y toda tu gente. 

Tengo todo el sábado y la mañana del domingo para recorrer los 850 kilómetros que me separan de Budapest. No sé cuál será la distancia que recorra hoy. Según me vaya encontrando, decidiré sobre la marcha.

La carretera es bastante buena. Aquí ya no hay sorpresas y apenas me entretengo en ningún sitio. En el fondo, para mí, el viaje ya ha acabado. Después de recorrer países tan diferentes a lo que estoy acostumbrado, volver a Europa te deja ese regustillo agridulce en el que estás contento porque cada vez estás más cerca de casa, pero a la vez, no quieres que se termine. Hay una frase muy buena del gran Mc Bauman, que siempre se me viene a la cabeza en estos casos: "Estoy feliz porque vuelvo, pero triste porque regreso". Ese es mi estado de ánimo ahora mismo. Sentimientos encontrados.

Hoy no llueve. Me siento extraño con las gafas de sol puestas, la chaqueta abierta y los guantes de verano. Se me había olvidado esa sensación. 

Sin darme cuenta, llego a Serbia, y casi sin detenerme, voy tirando, tirando, y como no tengo ni un dinar en efectivo, acabo atravesando el país de punta a punta, parando sólo a repostar, y pagando con tarjeta.

Al final, llego a Hungría y decido poner el huevo en Szeged, cerquita de la frontera y a menos de 200 kilómetros de Budapest. Es temprano, y me lo tomo con mucha calma. Me alojo en una residencia de estudiantes que encuentro a muy buen precio y me dan un estudio para mí solito. A todo lujo.

Paseo suave por la ciudad, que tampoco tiene nada espectacular, pero es bastante agradable, y después, vuelta a casa. Tras dar cuenta de las correspondientes latitas de cerveza, estratégicamente compradas en el camino de vuelta, uno se desploma en la cama y presiona el botón OFF, hasta la mañana siguiente.

Como ya he dicho, me faltan menos de 200 kilómetros para llegar al punto de encuentro con Elma, y hemos quedado en reunirnos al mediodía, así que no tengo ninguna prisa. Me preparo un copioso desayuno con la compra que hice ayer y lo devoro gustoso. Se puede ser feliz con muy poco, gastronómicamente hablando. Al menos en mi caso.

Dejo el apartamento a eso de las 11 de la mañana y, sin coger la autopista, me dirijo a la capi. Me apetece ir tranquilo y sin prisas, disfrutando cada rincón que me encuentro. Bonito país, Hungría.

Y, ¿qué decir de Budapest? Estuve aquí hace un año, aproximadamente, y el recuerdo aún lo tengo fresco, pero siempre es un gustazo rodar por sus calles y disfrutar las vistas. Doy un largo rodeo antes de dirigirme al hotel donde se encuentra Elma con sus amigas. Están visitando el parlamento y me toca esperar un ratillo. Cuando llegan, ya es casi la hora de comer, así que, inmediatamente, buscamos un restaurante. El reencuentro es bonito, como todos los reencuentros. Hace más de un mes que no nos vemos, y aunque, hoy en día, con las nuevas tecnologías, tienes contacto casi a diario, no es lo mismo que en persona. Indudablemente.

Por la tarde, nos despedimos del resto del grupo, ya que tienen que ir al aeropuerto a coger el vuelo que les llevará de vuelta a casa. Mientras, nosotros nos dirigimos a Ljubljana (Eslovenia), donde pasaremos una noche y, posteriormente, otras 2 noches en Venecia, antes de enfilar hacia casa, y finiquitar definitivamente el trayecto. Pero eso ya es otro tipo de viaje, que no viene al caso en este blog.

Espero que hayáis disfrutado leyendo mi diario y, por supuesto, si alguien necesita algo de info y está en mi mano, sólo tenéis que escribirme un mail a aitorzunzarren@gmail.com y veremos que se puede hacer.

Espero que nos veamos por aquí el año que viene, si no es antes, o en su defecto, igual coincidimos en la carretera, que eso si que molaría...

Besos y abrazos.


6 comentarios:

  1. Fantástica crónica que te transporta a ese no menos fantástico viaje.

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  2. Gran episodio final de tu viaje por Irán, me has robado muchas risas, e incluso algún momento de morriña!

    El año que viene nos volveremos a ver amigo... Aúpa AITOR!!!

    #alQueRuedaLeSucede

    LULO

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    1. Hombre, espero verte antes, no? Abrazo, máquina!!

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  3. Muchiisimas gracias por tu crónica, la he leido del tiron. El año que viene voy ha hacer un recorrido parecido al tuyo, en mi Toyota con una caravana y llevando a mi familia. Gracias por ayudarme a preparar el viaje. Un saludo

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    1. Pues espero que lo disfrutéis. Turquía es un país alucinante para recorrerlo en cualquier medio de transporte. Algún día espero hacerlo en autocaravana también. Si necesitas más info, me dices. Saludos

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